Discípulos misioneros siempre, también en verano

Llega el tiempo de vacaciones, especialmente para los niños y los jóvenes. El curso ha terminado. Las salidas a los lugares de origen o a otros sitios son parte de estos meses de julio y agosto. Aquí, en Madrid, también os quedáis muchos. La capital nunca queda vacía, está más tranquila y sin el agobio del trabajo. Llegan también gentes procedentes de otros lugares del mundo, vienen a ver esta ciudad llena de historia y de realidades bellas. Quizá lo más importante es descubrir que los cristianos no debemos ni podemos excusarnos para tomar la decisión de entrar decididamente, con todas nuestras fuerzas, en ese proceso que el descanso y las vacaciones nos posibilitan. ¿Puede ser un tiempo de reflexión, de ver todo desde otras perspectivas, de cambio, de renovación? Claro que puede serlo. Desde mi misión como arzobispo os digo a todos que la gracia y la paz de Nuestro Señor Jesucristo habite en vuestros corazones y se difunda a través de vuestra vida con quienes estéis y donde estéis pasando estos meses. Muy especialmente pido esta paz de Jesucristo para los niños y los jóvenes, porque esta paz es la que llena el corazón de alegría y es medicina para el descanso y de paz.

Salís de una tierra donde la Santísima Virgen María tiene desde hace muchos siglos una presencia singular. Os invito a que donde estéis viváis un encuentro expreso con Ella, visitando juntos, toda la familia, el santuario más cercano que tengáis. Ella, Nuestra Madre –como la llamamos desde que Jesús nos la entregó como Madre–, antes que ningún otro ser humano y de forma insuperable, creyó y experimentó que Jesucristo, Verbo encarnado, es la cumbre y la cima de la felicidad y de la dicha, experimentada en el encuentro del hombre con Dios. La Santísima Virgen María, acogiendo la Palabra plenamente, «llegó felizmente a la montaña» donde vivía su prima Isabel e hizo experimentar a quienes estaban en aquella casa el gozo y la felicidad que daba la presencia y cercanía de Dios a sus vidas. Experiencia que tuvieron desde un niño no nacido aún –Juan el Bautista, que estaba en el vientre de su madre– hasta aquella anciana mujer, Isabel, que pudo decir de María lo más grande que se puede decir de un ser humano: «Dichosa Tú que has creído que lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». Visitad un santuario. Yo os invito a quienes estéis en Madrid a visitar la catedral de Santa María la Real de la Almudena.

Con la ayuda de María, os propongo que verifiquéis la fe en la vida de cada día. Demostrad vuestra responsabilidad. Mostrad en todos los lugares que sabéis de Dios, que sabéis de la Verdad, y que, precisamente por ello, os convertís en indicadores del camino. Un indicador que entre otras cosas señala dirección a todo ser humano con el que se encuentre. En el seguimiento de Cristo de la mano de María, encontramos la alegría, la verdad, la vida y la paz. Sed en vuestra vida discípulos misioneros que, como María, presentan al Señor allí donde se encuentran, regalando apertura a Dios y a los hombres; diálogo con todos desde la convicción absoluta que el Señor nos manifiesta cuando nos dice «no he venido a condenar, sino a salvar», y esa disponibilidad plena y total que promueve corresponsabilidad y participación. Porque el mandamiento nuevo del amor es la fuerza y el motor de quienes se han encontrado con Jesucristo e impulsan la evangelización, que significa fundamentalmente que, en el encuentro con Jesucristo, se le desvelan al hombre las fuentes de su identidad y se hace capaz de desarrollar toda la plenitud de su ser. Nuestra programación pastoral debe inspirarse en el mandamiento nuevo del amor (cfr. Jn 13, 35). María puede ser para nosotros esa gran Maestra que nos enseña a hacer lo que Ella hizo: decir a Dios sí por amor. No podemos malvivir, hemos de vivir y de dar vida, por ello nuestra vida cristiana tiene que tomar una decisión clara de ser misionera, como lo hizo María en las bodas de Caná; allí se convirtió en misionera, señalando a quien podía llevar la alegría para hacer la fiesta y expresando que, haciendo lo que Él nos dice, es como se devuelve vida y alegría.

En este tiempo de más sosiego, a los cristianos os invito a realizar esa conversión misionera y pastoral de la que nos habla el Papa Francisco, que ni es restauración ni modernización. La conversión misionera y pastoral se realiza cuando volvemos a los orígenes, cuando la orientación de fondo de nuestra vida se pone bajo el signo de la esperanza, cuando el encuentro con el Señor es absoluto. Para renovar nuestra vida de discípulos, la pregunta que debemos hacernos es esta: ¿Qué es propiamente lo cristiano? Y no otra que a veces tenemos la tentación de hacernos: ¿Qué piden los tiempos nuevos? El cristianismo no es una casa comercial preocupada por ajustar su propaganda al gusto del público. La fe cristiana es la medicina de Dios que no se dirige por los gustos del cliente, ni por lo que sabe bien, se dirige a entregar la salud al ser humano. Como un día lo hizo el padre Kolbe, al que oían cantar en el búnker del hambre y en el que veían el rostro radiante del hambriento, percibiendo en él el rostro de Dios. Tened el coraje de la beata madre Teresa de Calcuta, que con sus hermanas recogía a los hambrientos y moribundos por las calles de Calcuta envuelta en un amor extraño para aquellos habitantes. ¿Estamos dispuestos a construirnos y construir al ser humano según Dios, a su imagen y semejanza?

Os invito a vivir para dar a conocer a Jesucristo, siendo luz y sal de la tierra:

1. Cristianos valientes. No tengáis miedo de decir que Dios quiere a los hombres y que Jesucristo es el único Salvador.

2. Cristianos profundos. Consolidad vuestras convicciones. Vivid teniendo la seguridad de que Jesús es verdad y es la Verdad, es camino y es el Camino, es vida y es la Vida.

3. Cristianos agradecidos y con coraje. Habéis recibido mucho. Además sois miembros de la Iglesia; con pecadores, pero con muchos santos, ¿quién da más?

4. Cristianos íntegros. No viváis cobardemente la fe. Debéis dar razones de la misma, pero tened la seguridad de que nadie puede presentar otra cosa mejor.

5. Cristianos orantes. Rezad mucho más cada día, a solas, en casa, en el templo. Y os aconsejo, o mejor, os pido, que aseguréis la Misa los domingos.

6. Cristianos testigos. Que vuestras palabras estén avaladas por la vida que hacéis, haced el bien que podáis.

7. Cristianos verdad. Para ello hay que tener cada día más vivas las medidas de Cristo en cada uno de nosotros.

8. Cristianos fundados en el amor y en la bondad de Dios. Entregad la vida desde este fundamento.

9. Cristianos miembros vivos de la Iglesia. Amad a la Iglesia que os entregó lo mejor de vuestra vida: la vida de Dios; ella es vuestra familia.

10. Cristianos con esperanza y llenos de alegría que nos dejamos orientar por la Palabra de Dios. Dejaos envolver por el misterio de la Eucaristía, gozad con el perdón del Señor y sentid la fuerza y la belleza de vivir junto a otros como nosotros.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos, arzobispo de Madrid

Visto 1741 veces Modificado por última vez en Miércoles, 29 Junio 2016 16:10

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