Plan pastoral 2010 – 2011. “Firmes en la Fe”. Lineas de accion
Archidiócesis de Madrid
Curso pastoral 2010 – 2011
Preparación de la JMJ Madrid 2011
En agosto de 2011 se celebra en Madrid la XXVI Jornada Mundial de la Juventud. Es una fiesta: los jóvenes, reunidos en torno al Papa y los Obispos, celebran el encuentro con Jesucristo. Es un acontecimiento que expresa la comunión de la Iglesia, la alegría entusiasta de la fe que se desborda en anuncio del Evangelio, en invitación a los que no creen. Es un acontecimiento eminentemente misionero, en el que todos estamos implicados.
“Preparar la Jornada Mundial de la Juventud es para nosotros un nuevo llamamiento a la misión, que reclama nuestro dinamismo y toda nuestra generosidad” (Carta pastoral Firmes en la fe).
La archidiócesis de Madrid –sacerdotes, laicos, consagrados, cuantos participamos en actividades apostólicas en parroquias y movimientos- nos preparamos para celebrarlo con toda verdad.
En el curso 2010 – 2011 nos proponemos como OBJETIVO GENERAL:
Fortalecer nuestra adhesión a Jesucristo y nuestro compromiso en el anuncio del Evangelio
La Carta Pastoral Firmes en la fe que nos ha dirigido nuestro Arzobispo el pasado mes de junio, explica el lema de la JMJ Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe e inspira nuestro trabajo.
Queremos avanzar hacia el objetivo general siguiendo estas tres LÍNEAS DE ACCIÓN:
- Crecer en el conocimiento de Jesucristo.
- Fomentar la oración y la participación consciente y provechosa en los sacramentos.
- Testimoniar nuestra fe por la palabra y la acción.
Para crecer en el conocimiento de Jesucristo puede ayudarnos:
- Profundizar, en las reuniones de grupos parroquiales y de movimientos, en el significado que para nuestra vida tiene el Credo: la profesión de fe que nos entrega la Iglesia y celebramos a lo largo del Año Litúrgico.
- Prestar atención en la predicación dominical a la dimensión misionera de la vida cristiana: fomentar el encuentro personal con Jesucristo a través del Evangelio, mostrar la transformación que realiza en las personas, suscitar el deseo y la necesidad de anunciarlo.
- Avanzar en la coordinación del trabajo pastoral de las diferentes instituciones eclesiales (parroquias, colegios, movimientos y asociaciones) que intervienen en la educación cristiana de niños y jóvenes.
- Hacer un llamamiento especial a los jóvenes que aún no han recibido el sacramento de la Confirmación, para que, tomando en serio la fe en Jesucristo y el compromiso que conlleva, quieran prepararse para recibirlo y convertirse en testigos del Evangelio.
- Favorecer en la catequesis, y en general en la pastoral de niños y jóvenes, la respuesta generosa a una posible vocación al ministerio ordenado o a la vida consagrada.
- En las distintas modalidades de la educación de la fe, tener en cuenta las circunstancias que marcan la vida de la sociedad; discernir cómo favorecen o estorban la realización del designio de Dios, garantía firme de la dignidad humana, y acoger las llamadas del Señor a colaborar en la realización del Evangelio.
- En la formación permanente de los sacerdotes (reuniones en los arciprestazgos), fijarse especialmente en la dimensión cristológica que fundamenta la espiritualidad del ministerio presbiteral.
Para fomentar la oración y la participación consciente y provechosa en los sacramentos puede ayudarnos:
- Practicar la lectio divina de los textos bíblicos que, en torno al lema de la Jornada y también según los tiempos litúrgicos, se proponen a lo largo del curso.
- Impulsar la oración en las familias (en torno a la mesa, al terminar el día, en las fiestas y aniversarios, en momentos de enfermedad y de prueba…).
- Avivar la conciencia de que el Espíritu Santo, en la celebración de la Eucaristía, nos une cada vez más a Jesucristo y nos edifica sólidamente como Iglesia, reuniéndonos en un solo cuerpo y enviándonos a dar testimonio del Evangelio.
- Promover la adoración del Santísimo Sacramento en la que se fortalecen las actitudes eucarísticas de fe y alabanza, de comunión y de servicio.
- Favorecer la celebración del sacramento de la Penitencia por la adecuada catequesis, la exhortación y la disponibilidad de los sacerdotes.
- Fomentar la participación en ejercicios espirituales, retiros de oración y silencio, convivencias para la reflexión espiritual y la ayuda mutua.
- Organizar una campaña de oración por el fruto espiritual de la JMJ, en la que se asocien especialmente las comunidades religiosas contemplativas, así como los enfermos e impedidos.
Para testimoniar nuestra fe por la palabra y la acción puede ayudarnos:
- Impulsar el anuncio del Evangelio a los jóvenes en la calle, en colegios y centros educativos, en lugares de ocio…
- Explicitar, en la formación doctrinal y en la oración común, los motivos que tenemos para testimoniar abiertamente en nuestros ambientes la fe y la esperanza cristiana.
- Participar en iniciativas sociales que se proponen difundir la concepción cristiana de la familia, la valoración de la vida y la educación de los hijos.
- Colaborar para la realización del proyecto de ayuda a familias sin vivienda (“JMJ Madrid 2011”), que propone Caritas diocesana.
- Difundir el sentido de la JMJ entre familiares, amigos y compañeros a través de conversaciones personales (en la medida de lo posible), entregando información impresa y motivando para acoger en casa a algún joven extranjero durante los días de la Jornada.
- Promover el voluntariado consciente y generoso en los distintos servicios necesarios para la preparación y celebración de la JMJ.
- Elegir en las acciones preparatorias de la JMJ el estilo y los medios más coherentes con el Evangelio, en los que más fielmente se reflejen la fe en Jesucristo, la comunión eclesial y el testimonio misionero.
Madrid peregrina al Sepulcro del Apóstol Santiago, Patrón de España
Madrid, 17 de julio de 2010
Madrid peregrina al Sepulcro del Apóstol Santiago,
Patrón de España
Mis queridos hermanos y amigos:
Los peregrinos madrileños que llegan a Santiago de Compostela para venerar las reliquias del Apóstol Santiago, Patrón de España, han sido siempre numerosos en los años ordinarios y sobre todo en los Años Santos. Son de hecho los más numerosos. También sucede así en el presente Año Santo del 2010. Comunidades parroquiales, Colegios, asociaciones y movimientos apostólicos, grupos juveniles y todo el espectro de fieles que conforman la comunidad diocesana de Madrid, han peregrinado y continuarán peregrinando en gran número a Santiago hasta que el día 31 de diciembre próximo se cierre solemnemente la Puerta Santa en la Catedral del Apóstol, que no se abrirá de nuevo hasta el primer día del año 2021. En la devoción mostrada por los madrileños de todos los tiempos al Apóstol Santiago, alienta una exquisita sensibilidad humana y espiritual para dos grandes valores de la existencia cristiana: el de sentir vivamente la necesidad de una actitud de permanente conversión al don de la gracia que nos ha venido por Jesucristo, nuestro Redentor y Señor, y la de la imprescindible fidelidad a los orígenes apostólicos de la Iglesia para poder acceder al encuentro salvador con Él. Orígenes apostólicos que custodian, guardan y actualizan ininterrumpidamente los Obispos, Sucesores de los Apóstoles, bajo la autoridad del Sucesor de Pedro, el Romano Pontífice, Cabeza del Colegio Episcopal.
Estamos viviendo un nuevo Año Santo Jacobeo, apenas iniciado el tercer Milenio de la Era Cristiana, en un momento histórico en que no sólo la vieja Europa, nacida de la evangelización de la cultura clásica greco-latina, sino también la bimilenaria España –a la que aún hoy es frecuente identificar culturalmente por su catolicismo– parecen haber perdido la conciencia de “esos orígenes apostólicos” de la Iglesia y de la experiencia cristiana y con ello, en gran medida, la conciencia de los propios orígenes espirituales y culturales: ¡la conciencia de los principios religiosos y morales que las han constituido interiormente como pueblos, civilizaciones y comunidades políticas con un perfil humano de extraordinario valor, capaz de influir benéficamente en el mundo como quizá no lo han logrado hacer ninguna otra de las realidad religiosas, culturales y sociopolíticas que completan el cuadro de la actual geografía humana del planeta. De esos “orígenes” fluye como de un manantial histórico siempre vivo y fresco la identidad interior de nuestros pueblos: el alma de España y de Europa.
Urge pues que la peregrinación a Santiago por los Caminos recorridos por la riada nunca agotada de nuestros antepasados, hombres de fe y de confianza en la gracia del perdón –de “la gran Perdonanza”–, permanentemente abierta desde el Sagrado Corazón de Jesús, sea vivida hoy por nosotros, los peregrinos de Madrid hijos de la Iglesia y miembros de la comunidad ciudadana madrileña, como una ocasión única para una nueva conversión a Jesucristo: a su Verdad, a su Vida, a sus Camino. Hay que reencontrar de nuevo el camino cristiano de la vida. Es el único que la conduce por el itinerario de este mundo como preparación y anticipo de la posesión de plenitud del amor y de la vida más allá de la muerte, es decir, a la plena realidad del Reino de Dios. Un camino, por tanto, seguro para ir construyendo en el día a día de la existencia personal y de la comunitaria una sociedad fraterna en la que tengan cada vez menos cabida la violencia, la eliminación de los seres humanos más inocentes desde su concepción en el vientre de su madre hasta su muerte natural, la no posibilidad y negación de ejercer el derecho de toda persona a un trabajo y a una vivienda digna, donde se protege el verdadero matrimonio y la familia y su derecho primario a la educación de los hijos, y donde se cuida amorosamente a los enfermos, se atiende debidamente a los extranjeros y a los emigrantes en sus necesidades y donde se acoge a los indigentes y a los pobres.
Nuestra peregrinación a Santiago, finalmente, hemos de emprenderla y configurarla interior y exteriormente como una vivencia fiel de la Iglesia Diocesana en comunión afectiva y efectiva con la Iglesia Universal y su Pastor, el Santo Padre Benedicto XVI. Unidos a él queremos dar ante el mundo, a lo largo del “Camino”, testimonio visible de la vigencia imperecedera del Evangelio de Jesucristo. Se trata de una obligación especialmente exigente para los peregrinos jacobeos madrileños del año 2010, puestos ante el gran reto eclesial que supone la preparación y la realización de la JMJ con el Papa, que tendrá lugar en agosto del próximo año 2011. Benedicto XVI nos propone y quiere que los jóvenes del mundo católico y los demás jóvenes que quieran participar en nuestra celebración y de nuestro gozo, vivan esos días de gracia “edificados y arraigados en Cristo, firmes en la Fe”.
Por todos ellos y para todos ellos y sobre todo por todos y para todos los peregrinos madrileños en el Camino de Santiago, invocamos la protección maternal de la Virgen María, Madre del Señor y Madre nuestra, que ayer celebraba la Iglesia bajo la advocación del Carmelo y que nosotros en Madrid veneramos siempre como la Virgen de La Almudena, nuestra Patrona.
Con todo afecto y mi bendición,

El primer mandamiento de la Ley de Dios. Su olvido y su urgencia
Madrid, 10 de Julio de 2010
EL PRIMER MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS
Su olvido y su urgencia
Mis queridos hermanos y amigos:
“Maestro ¿cuál es el primer mandamiento de la Ley? El le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón con toda tu alma y con toda tu mente”.
Esta pregunta dirigida a Jesús en distintos contextos y momentos de su predicación, casi siempre con insidiosa intención, le sirve para dejar claro para todos los tiempos cual es el principio sustentador de todo comportamiento y acción del hombre si quiere llegar a su verdadera realización, es decir, a su felicidad. El hombre creado para amar, ve quebrada y herida esta disposición y vocación innata, que caracteriza lo más íntimo e, incluso, la totalidad de su ser, cuando se rebela contra Aquel que es “el Amor”, Dios, que le creó por puro amor y para que pudiese amar. Dios le ama y él, el hombre, no le corresponde. Superpone el amor a si mismo al amor de Dios, no queriendo advertir que con esta actitud cerraba su alma a la fuente del amor. Era un primer pecado -¡pecado original!-, del que nacería y se originaría un mundo en el que la negación y el rechazo del amor dominan vidas personales, relaciones sociales, culturas y pueblos con una dramática fuerza: un mundo dividido, irreconciliado, ¡roto! Dios responde al desamor del hombre con más amor, con un amor insondable, ¡con un amor de infinita misericordia! Responde con una historia de salvación que culmina en la Encarnación de su Hijo Unigénito en el seno de la Virgen María, en su Pasión y Muerte en la Cruz y en su Resurrección: responde con Jesús. La respuesta de Dios es Jesús: Jesucristo y su Evangelio de la gracia y de la ley nueva. Lo que era necesario para que el hombre se salvase -amar a Dios, el Señor, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas que le son propias-, es posible, es factible, es realidad anticipada que se puede pregustar y preformar en la vida de este mundo. Es, pues, ya posible y exigible que la norma primera que debe regir toda relación de los hombres entre sí, sea la nacida, la inspirada y la iluminada por el Amor de Dios; más concretamente, por el amor a Jesucristo, nuestro Salvador y Señor. ¡Amar a Jesucristo es la definitiva fórmula de amor a Dios y del amor al hombre! Es la fórmula de vida confiada a su Iglesia para que la ponga en práctica en el interior de si misma y la ofrezca y difunda en la familia humana como la única válida para afirmar y sostener la esperanza en medio de las vicisitudes tantas veces dolorosas de la historia. La vida de la humanidad actual y su futuro siguen sujetos a la pugna y resistencia última del pecado contra la gracia, de la soberbia del hombre contra la misericordia de Dios, manifestada en Cristo Crucificado, de las potencias del mal contra el reino del bien.
Acaba de iniciarse para muchos de nosotros y de nuestros conciudadanos el tiempo de las vacaciones de verano. Tiempo fácil para dejarse deslumbrar por las ofertas falseadas del amor: para la sustitución del mandamiento primero del amor a Dios por el del amor a uno mismo. Pero, también tiempo propicio para ejercitarse en el Amor a Jesucristo en el seno del matrimonio y de la familia, en el cultivo de la verdadera amistad, en el sacrificio del tiempo y de las comodidades personales a favor del servicio a los más necesitados: desde los más próximos en la comunidad familiar, en la vecindad, en el trabajo, hasta los más lejanos. Tiempo propicio, por lo tanto, para cultivar esa forma de grandes amores que circunscriben el ámbito inmediato de la propia existencia y que incluyen a la patria. Tiempo, finalmente, en el que se puede encontrar espacio abundante para el silencio y la oración, para recuperar fuerzas morales y espirituales a través de la participación en la Misa dominical y de la visita al Santísimo. La combinación inteligente y espiritualmente sensible del disfrute de la naturaleza y del recogimiento en una Iglesia cercana –tantas veces enriquecida por la belleza de la herencia histórico-artística que la distingue– invita a la contemplación para “alcanzar amor”. Tiempo, también, para el testimonio explícito de “Dios que es Amor”: ¡para el apostolado! El “Camino de Santiago” se nos presenta este año, “Año Santo, como especialmente apto para vivir un período de nuestro tiempo vocacional como una excepcional oportunidad para encontrarnos con Jesucristo”, ¡el Amor de los Amores! Muchos de nuestros diocesanos lo han entendido así y, de una forma muy destacada, lo han entendido nuestros jóvenes que emprenderán ese excelente Camino de peregrinación cristiana, que es el Camino de Santiago, el próximo 26 de julio, siguiendo su trazado del Norte, para llegar a la Ciudad del Apóstol el fin de semana del 7/8 de agosto con la Cruz de las Jornadas Mundiales de la Juventud.
Encomendémoslos a la Virgen María, su Madre y nuestra Madre, Madre del Amor Hermoso y Virgen de La Almudena, para que lo aprovechen reafirmando un renovado “si” al Amor verdadero, al Amor de Dios, al amor de Jesucristo: su amigo, su Señor, ¡firmes en la fe!
Con todo afecto y mi bendición,

“Firmes en la Fe” Plan Pastoral 2010-2011
“FIRMES EN LA FE”
Preparación de la Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011
Carta Pastoral del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal-Arzobispo D. Antonio María Rouco Varela
M a d r i d , j u n i o 2 0 1 0
Í NDICE
1. La Jornada Mundial de la Juventud, un acontecimiento evangelizador
2. En el marco del empeño misionero de la diócesis
3. El lema de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid 2011
1 Arraigados en Cristo
2 Edificados en Cristo
3 Firmes en la fe
“Puesto que habéis recibido a Cristo Jesús, el Señor, caminad en Él, arraigados y edificados en Él, firmes en la fe, tal como se os enseñó, rebosando en agradecimiento”.
(Col 2,6-7)
Queridos hermanos y hermanas en el Señor:
El curso pastoral 2010-2011 marcará a nuestra diócesis con un acontecimiento de especial trascendencia para toda la Iglesia católica: la Jornada Mundial de la Juventud, que presidirá el Santo Padre Benedicto XVI. La diócesis de Madrid se convertirá durante los días 16 al 21 de agosto del año 2011 en la sede de la catolicidad con la presencia del Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo en la tierra, de un gran número de obispos, sacerdotes y consagrados, y, sobre todo, de una inmensa multitud de jóvenes que llenarán nuestras calles, plazas, lugares públicos e iglesias con la alegría desbordante de quienes añaden a su juventud el gozo del seguimiento de Cristo. Madrid será una auténtica fiesta de la familia de los hijos de Dios, llamada a abrir las puertas de sus hogares, comunidades parroquiales, movimientos e instituciones de la Iglesia, a los jóvenes procedentes de todos los países del mundo que vendrán a la capital de España para celebrar un renovado encuentro con Cristo.
Esta imagen de la Iglesia, familia de Dios, que acogerá a los peregrinos como si se tratara del mismo Cristo, debe ayudarnos a vivir como comunidad diocesana durante todo el curso pastoral. Los dos cursos anteriores hemos centrado nuestro interés pastoral en la familia, comunidad de vida y de amor, lugar de crecimiento en la fe y en la vida cristiana. La Jornada de la Juventud no nos aparta del afán por evangelizar la familia y situarla en el centro de nuestras prioridades pastorales. El tema de los jóvenes afecta directamente a las familias, en cuyo seno crecen y maduran su personalidad, y concierne de modo especial a la Iglesia que ve en los jóvenes el futuro de la sociedad y de la Iglesia. Ellos son protagonistas de la vida eclesial[1], a la que aportan no sólo la vitalidad de su juventud sino también la frescura del seguimiento de Cristo, cuando se fían de Él y se ponen incondicionalmente a su servicio. Por ello, aunque este año el Plan Diocesano de Pastoral se centre en la preparación de la Jornada Mundial de la Juventud y sitúe, por tanto, a los jóvenes en el centro de nuestra atención pastoral, queremos hacerlo sin perder de vista a la familia, a cada familia, que constituye la célula básica de la comunidad diocesana, entendida como comunidad de familias. Queremos, sobre todo, que todas las familias aprovechen la gracia de la Jornada Mundial de la Juventud en nuestra diócesis, para preguntarse qué deben hacer para responder generosamente a este acontecimiento trascendental para toda la vida de la Iglesia. Se trata de que cada familia sea en verdad una iglesia doméstica, para que toda la diócesis se muestre como familia de los hijos de Dios. Si vivimos así, los jóvenes del mundo reconocerán en nosotros la comunidad creyente que tiene “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32) y gozarán de la experiencia de ser acogidos y amados por la Iglesia de Cristo que camina en Madrid.
1. La Jornada Mundial de la Juventud, un acontecimiento evangelizador
Desde que el Venerable Juan Pablo II instituyera las Jornadas Mundiales de la Juventud como un cauce para que los jóvenes del mundo entero se uniesen para confesar y vivir su fe en Jesucristo, los frutos evangelizadores de estos encuentros son indiscutibles. Quienes han participado en ellos son testigos de la capacidad que tienen para fortalecer la fe en Cristo como Hijo de Dios y para renovar la conciencia de pertenecer a la Iglesia, Cuerpo de Cristo. La razón de esto es sencilla: confesar la fe en Cristo es inseparable de la experiencia de comunión eclesial que genera el mismo encuentro con Él. La espontánea comunión que se da entre quienes asisten a las Jornadas de la Juventud, testificada incluso por quienes ven este acontecimiento desde fuera, es el signo de la fe común en el Hijo de Dios. Al confesar la misma fe en Cristo, los creyentes nos unimos en una comunión indestructible que se llama Iglesia. Desde este punto de vista, las Jornadas de la Juventud son signo de la comunión que establece Cristo entre quienes creen en Él, entre los jóvenes que vienen de todo el mundo, integrados en parroquias, comunidades, asociaciones, movimientos y grupos muy diversos, pero unidos por la misma fe en Jesucristo y la misma vocación. Sólo por esto, las Jornadas de la Juventud son acontecimientos evangelizadores, una especie de “epifanía” de la juventud de la Iglesia que muestra su dinamismo y testifica la actualidad del mensaje de Cristo.
Otro elemento evangelizador de las Jornadas es su carácter festivo. “Las Jornadas –ha dicho Benedicto XVI– se han convertido en una fiesta para todos; es más, sólo entonces se han dado verdaderamente cuenta de qué es una fiesta”[2]. Desde que en la mañana de la resurrección, los apóstoles “se alegraron de ver al Señor” (Jn 20,20), el cristianismo es fuente inagotable de alegría, porque es anuncio de la victoria sobre el pecado y la muerte, y experiencia gozosa de la presencia de Cristo en la vida de los hombres. Nadie como los jóvenes para mostrar, cuando viven con coherencia su fe, el dinamismo de la Iglesia y la atractiva vigencia del mensaje cristiano. Esta es la novedad de la fiesta que empapa todo lo que se vive en las Jornadas de la Juventud. Son auténticas fiestas de la fe que invitan a participar a quienes buscan un sentido para sus vidas. Por ello, las Jornadas constituyen un acontecimiento misionero de primer orden. A través de sus variadas actividades –catequesis, encuentros festivos, momentos de oración, celebración de los sacramentos– son una propuesta de acercamiento a Cristo y a su Iglesia.
En realidad, las Jornadas consisten precisamente en esto: en favorecer el encuentro personal con Cristo, que cambia la vida y satisface todas las exigencias espirituales, más aún, las colma hasta el infinito. Cristo es el centro de las Jornadas, la clave para interpretarlas. El mensaje de la Jornada, la meta de sus actividades, el centro mismo de la experiencia que proponen, es Cristo resucitado, reconocido en la comunión de su Iglesia, que despliega toda su riqueza en las mismas personas que la constituyen, los que formamos la Iglesia en Madrid y los que vienen de todas las diócesis del mundo. Al ser Cristo el centro mismo de la Jornada, se explica que ésta ayude a quienes participan en su preparación y desarrollo a tomar conciencia de su condición de bautizados y a proyectarse en la sociedad como misioneros y apóstoles de Cristo. Del mismo modo que Él vino para evangelizar y fue ungido por el Espíritu para proclamar el evangelio (cf. Lc 4,18), nos envía a nosotros con su propia misión (cf. Mt 28,19-20) y con la fuerza de lo alto. Por ello, se presta especial atención a descubrir los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía, que fortalecen nuestra pertenencia a Cristo y la responsabilidad de anunciarlo con el testimonio de la vida y el impulso misionero.
Es fácil comprender, si atendemos a la naturaleza de las Jornadas de la Juventud y a su finalidad, que el hecho mismo de prepararla como conviene constituye no sólo un reto sino una enorme responsabilidad. No se trata de quedar bien ante los demás o ante la opinión pública, sino de mostrar lo que somos, la Iglesia de Cristo que camina en Madrid y que es convocada por el Señor para ser ella misma la casa donde los que vivimos aquí y los que vengan de fuera renueven su fe, celebren a Cristo y den testimonio del evangelio en medio del mundo. Este es, por tanto, nuestro plan pastoral. ¿Cómo llevarlo a cabo?
2. En el marco del empeño misionero de la diócesis
Una de las notas distintivas de nuestra diócesis es su potencial evangelizador, debido a la riqueza y variedad de instituciones y carismas empeñados en la tarea prioritaria de la Iglesia que es la evangelización. Desde mi llegada a Madrid he querido potenciar esta riqueza de la Iglesia diocesana mediante planes pastorales centrados en el anuncio explícito de Jesucristo, Hijo de Dios y Redentor del hombre. Anunciar a Cristo a todos los hombres y en todos los ambientes ha sido mi inquietud como Obispo diocesano[3]. Trasmitir la fe a las nuevas generaciones ha sido el afán con que comenzábamos el nuevo milenio[4]. Las iniciativas han sido muy variadas y sólo Dios conoce los frutos de nuestros afanes por sembrar la palabra del evangelio a través de misiones populares renovadas, y de misiones en campos específicos de la sociedad, como la Universidad, la Escuela, la Sanidad. El Año Jubilar 2000 representó un impulso extraordinario gracias a la preparación y el posterior desarrollo que el Venerable Juan Pablo II llevó adelante con fortaleza apostólica y creatividad centrando la misión evangelizadora de la Iglesia en el misterio trinitario. El III Sínodo diocesano fue un fruto del Espíritu para nuestra Iglesia precisamente al inicio del tercer milenio. Empeñados en la aplicación del Sínodo, hemos llevado adelante la Misión Joven en la que de modo especial los jóvenes vivieron la experiencia apasionante de llevar a Cristo a sus compañeros en los diversos ambientes.
Podemos decir sin arrogancia que en este tiempo no nos hemos avergonzado del Evangelio (cf. Rom 1,16), sino que, a pesar de nuestras insuficiencias, hemos querido proclamarlo a tiempo y a destiempo (cf. 2Tim 4,2). Providencialmente el Señor nos ha ido preparando a través de todas estas iniciativas a vivir la experiencia eclesial de la Jornada Mundial de la Juventud como una ocasión más de nuestro empeño misionero, de forma que la diócesis viva la tarea de anunciar a Cristo a cuantos viven en Madrid y a los jóvenes peregrinos que participen en los actos convocados y presididos por el Sucesor de Pedro. Dicho de otro modo: preparar la Jornada Mundial de la Juventud es para nosotros un nuevo llamamiento a la misión, que reclama nuestro dinamismo y toda nuestra generosidad.
3. El lema de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid 2011
Aunque la Jornada Mundial de la Juventud se celebre en una sede episcopal concreta, el Papa la convoca y la preside como Pastor de toda la Iglesia. También él la orienta mediante un lema, que, como armazón doctrinal, da coherencia a todas las actividades. El lema para la XXVI Jornada de Madrid, está tomado de la carta de san Pablo a los Colosenses y dice así: Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe (Col 2,6). Para entender adecuadamente estas palabras del apóstol es preciso tener en cuenta que pertenecen a una exhortación más amplia de corte moral que invita al cristiano a caminar en Cristo, es decir, a vivir como Él. Dice así el texto completo: “Puesto que habéis recibido a Cristo Jesús, el Señor, caminad en Él, arraigados y edificados en él, firmes en la fe, tal como se os enseñó, rebosando en agradecimiento” (Col 2,6-7).
En esta apretada síntesis de la vida cristiana, el apóstol apela a la tradición que los cristianos han recibido cuyo centro es Cristo. La fórmula “habéis recibido a Cristo” es paralela a “tal como se os enseñó”, y se refiere a la fe en Cristo, heredada de los apóstoles, gracias a la cual los cristianos pueden caminar en Él, es decir, vivir en Él. La vida cristiana aparece, por tanto, como la puesta en práctica de la tradición apostólica. Este carácter existencial de la fe aparece en las metáforas de las que se sirve san Pablo para describir la vida cristiana como un arraigarse y edificarse en Cristo, imágenes ambas que se refieren a los fundamentos de la vida del cristiano. La firmeza de la fe no alude sólo a la estabilidad de la doctrina, sino a la consistencia de toda la vida en Cristo, que hace de los cristianos la casa edificada sobre una roca firme, o el árbol plantado junto a las corrientes de agua viva. Quien vive así, concluye el apóstol, se des-borda en la acción de gracias, porque experimenta la solidez de su vida, que puede resistir todo tipo de amenazas y embestidas de los poderes del mal.
La riqueza doctrinal de esta exhortación de san Pablo, que orientará pastoralmente la Jornada de la Juventud en Madrid, nos ofrece un marco muy oportuno para reflexionar sobre nuestro plan pastoral y las acciones que lo constituyan. Todas ellas deben aspirar a que la comunidad diocesana camine en Cristo con fidelidad a la fe que hemos recibido de los apóstoles y cuyo centro es la persona misma del Señor.
1. Arraigados en Cristo
Nunca se insistirá bastante en que la vida cristiana consiste en una relación vital con Cristo, que tiene su origen en el bautismo, considerado como nuevo nacimiento a la vida de Dios. Echar raíces en Cristo significa vivir de su misma vida, y en especial de su conocimiento que recibimos a través de la predicación apostólica. Esta imagen recuerda la parábola del sembrador que lanza la semilla para que arraigue en la tierra y dé mucho fruto. Al explicarla, Jesús hace referencia a las dificultades que rodean al hombre e impiden que la semilla arraigue y dé fruto. Dice así Jesús:
“Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la palabra, sucumbe enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la palabra y la entiende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta” (Mt 13,18-23).
La actualidad de esta enseñanza de Cristo nos urge también hoy a luchar contra todo lo que impide que la Palabra de Dios, y con ella el conocimiento de Cristo, arraigue en nuestro corazón y dé los frutos esperados. Son muchos los cristianos que no comprenden la Palabra ni los misterios del Reino. Muchos también los que, habiendo comprendido, no tienen la necesaria consistencia –las raíces de las que habla Jesús- para resistir en momentos de tribulación o de dificultad por la Palabra. Finalmente, el mundo en que vivimos no deja de seducir con sus preocupaciones y riquezas, que, como las zarzas, ahogan el tallo naciente y lo sofocan dejándolo estéril.
En nuestro plan de pastoral para este curso debemos dar gran importancia a todo lo que nos haga crecer en el conocimiento y seguimiento de Cristo, de forma que su vida misma arraigue en nosotros y nosotros en Él. Hemos de tener en cuenta el hecho de que “las Jornadas Mundiales de la Juventud no consisten sólo en esa única semana en la que se hacen visibles al mundo. Hay un largo camino exterior e interior que conduce a ella”[5]. Ese camino interior no es otro que el de la fe con la que nos adherimos personalmente a Cristo y que nos conduce cada día al encuentro personal con Él. Esto es lo que pedimos en la oración de la Jornada: “Tú eres la Vida. ¡Que nuestro pensamiento, nuestro amor y nuestro obrar tengan sus raíces en Ti!”.
En este sentido, toda la comunidad diocesana debe asumir la tarea de repasar, aunque sea de forma muy sintética, el conjunto de la fe cristiana tal como se profesa en el Credo. Quien lo profesa de verdad, y no sólo con los labios, comprende su propio ser, qué significa ser un hijo de Dios, redimido por Cristo y santificado por su Espíritu. Descubre su dignidad como miembro de la Iglesia y el gozo de vivir ya aquí la vida eterna. Los jóvenes particularmente, gracias al programa catequético de preparación a la Jornada, podrán hacer este camino interior hacia Cristo mediante la reflexión sobre los artículos del Credo, que no son formulaciones ajenas a la vida, sino la misma vida de Dios presente en nuestra existencia cotidiana. “El justo vivirá por la fe” (Rom 1,17), dice san Pablo, aludiendo a la capacidad que tiene el Evangelio para hacernos vivir en plenitud. La llamada de Cristo a creer en Él sólo se entiende plenamente desde la confesión de Pedro: “Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).
Cuando el conocimiento de Cristo arraiga en nosotros, toda nuestra vida –pensamientos, emociones, relaciones personales, iniciativas…– tiene en Jesucristo sus raíces, que le dan alimento y firmeza. El cristiano crece progresivamente según la medida de Cristo y se realiza esa admirable transformación en Él. En la personalidad de un creyente en Jesucristo no queda elemento que no sea iluminado por su luz, corregido con su poder, transfigurado por la gracia, reinsertado en su verdadera dimensión por la relación personal y viva con el Señor. Toda la verdad del hombre, dice la Constitución Gaudium et Spes, encuentra en Cristo su fuente y su corona[6]. Por esta razón, nos sentimos urgidos, como misioneros, a proclamar a otros nuestra experiencia de Cristo para que también ellos gocen conociendo a Cristo y viviendo la novedad absoluta de la vida nueva que nos trae. Esto es lo que pedimos, en realidad, en la oración de la Jornada Mundial de la Juventud: “Nos llamas a trabajar contigo. Queremos ir a donde tú nos envíes, a anunciar tu Nombre, a curar en tu Nombre, a acompañar a nuestros hermanos hasta Ti”.
2. Edificados en Cristo
San Pablo exhorta a los Colosenses a edificarse sobre Cristo, que es el único fundamento de los cristianos como se dice en 1Cor 3,10-11: “Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como buen arquitecto, puse el cimiento, y otro construye encima.¡Mire cada cual cómo construye! Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo”. La imagen de la edificación aparece también en el Nuevo Testamento para describir a los cristianos “edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también vosotros con ellos estáis siendo edificados, para ser morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2,20-22). Los cristianos somos, pues, “piedras vivas” (1Pe 2,5) del edificio espiritual de la Iglesia en el que se integran los que son regenerados por la fe y el bautismo.
De nuevo tenemos aquí, como en la parábola del sembrador, la llamada a la vigilancia para que nuestra vida sea estable y consistente como si se tratara de un edificio inamovible. Todos queremos tener éxito en la vida. Nadie desea la ruina de su persona, de sus obras, sobre todo de aquellas en las que pone todo su afecto y corazón, como es la formación de una familia, la educación de los hijos. El hombre está llamado a la felicidad, a la plenitud de la vida y del amor. Esto es lo que propone Jesús al final del sermón de la montaña cuando utiliza la imagen de la casa edificada sobre roca o sobre arena (cf. Mt 7,24-27). Ésta se arruina por falta de fundamento cuando llegan riadas y vendavales; aquélla los resiste gracias a la estabilidad de sus fundamentos. Muchas vidas cristianas se derrumban por carecer de cimientos estables. Son muchos los cristianos de nuestro tiempo que pierden la fe, se alejan de la Iglesia y terminan arruinando su vida.
San Pablo exhorta a la “mutua edificación” (Rom 14,19), es decir, a vivir la comunión de la Iglesia como una llamada a sostenernos unos a otros sobre el cimiento de Cristo. Por ello, esta tarea de la mutua edificación puede ayudarnos a programar dentro del plan de pastoral todas las acciones que fomentan la oración personal y comunitaria como forma eficaz de edificación. Orar sin desfallecer es un precepto de la vida cristiana. La oración ilumina, corrige, fortalece, discierne, sostiene la vida entera del creyente. La oración comunitaria hace de la Iglesia un lugar de adoración de Dios y de reconocimiento de su soberanía. La Iglesia vive en permanente oración, siguiendo la enseñanza de Cristo, a quien esperamos en su venida gloriosa. La renovación conciliar ha abierto caminos muy sugerentes de oración, que nos permiten situarnos en la escucha de Dios, en la apertura a sus planes, en la disponibilidad para su servicio.
Invito a las familias, de modo especial, a recuperar la oración en familia especialmente en los momentos en que la unidad familiar se hace patente: en torno a la mesa, al comenzar y terminar el día, en las celebraciones gozosas de los aniversarios del nacimiento y de los santos patronos, en los momentos de enfermedad de algún miembro. Los padres de familia no deben olvidar que son los sacerdotes de su propio hogar, responsables de la fe de sus hijos, que deben descubrir en sus padres no sólo a los que cuidan de su cuerpo y de su salud sino también a los que protegen su alma de toda adversidad, tentación y pecado. La oración en familia debe ser una prioridad fundamental de nuestro plan pastoral. Los jóvenes peregrinos de la Jornada Mundial, que tengan la suerte de ser acogidos en nuestros hogares, recibirán un hermoso testimonio de fe al participar en la oración de las familias que les acogen y les invitan a participar de la oración común.
También debe ser prioritaria, en esta tarea de la mutua edificación, la oración en los diversos grupos apostólicos, tanto de parroquias como de movimientos y asociaciones seglares, que buscan la renovación de nuestra sociedad. No hay renovación sin apertura al Espíritu, sin docilidad a la voluntad de Dios. Dada la riqueza y variedad de formas de oración, no tenemos excusa si no hallamos aquélla que más nos ayuda al encuentro con Dios y con los hermanos. La Liturgia de las Horas, que nos permite orar y sentir con la Iglesia, la lectio divina, el rezo meditado y sereno de los misterios de Cristo en el rosario, y tantas otras formas de piedad inspiradas en la gran tradición de la Iglesia con los textos de los Maestros espirituales, ayudará a edificarnos sobre Cristo y a vivir atentos a la voluntad de Dios.
El culto cristiano tiene su fuente y su centro en la Eucaristía, el Misterio Pascual de Cristo. Todas las formas de oración culminan y alcanzan su pleno sentido en la Acción de gracias por excelencia que Cristo eleva al Padre en la acción eucarística. Por eso, merece el interés de todo el pueblo cristiano. La Eucaristía edifica la Iglesia como Cuerpo de Cristo bien trabado. Sin ella, la Iglesia no tendría consistencia. Los recientes documentos del Magisterio nos invitan a proteger el misterio eucarístico de toda banalización y subjetivismo, promoviendo una auténtica participación de los fieles, que unidos a Cristo por la gracia, se convierten en instrumentos de la edificación de la Iglesia. Es en la Eucaristía donde los fieles se unen a Cristo y entre sí mediante el vínculo de la caridad que nace de la entrega de Cristo hasta el fin. Quien participa en la Eucaristía se ofrece con Cristo y, unido a Él, da la vida por sus hermanos. Éste es en definitiva el destino de todo evangelizador: derramar su vida –según dice san Pablo– como un sacrificio de libación por la tarea del evangelio entre los que no conocen a Cristo (cf. Flp 2,17). Proclamar el evangelio y dar la propia vida son acciones inseparables[7].
Todo lo que la comunidad diocesana haga para vivir en plenitud el misterio eucarístico, no sólo en la misma celebración sino en la adoración que debe acompañarlo durante todo el día, servirá para ofrecer a los hombres la verdadera imagen de la Iglesia, signo e instrumento de salvación para el mundo. El centro y la cumbre de las Jornadas Mundiales de la Juventud es la celebración eucarística presidida por el Santo Padre[8]. Durante la semana que dura la Jornada, las iglesias acogerán a multitud de jóvenes que celebrarán la Eucaristía después de recibir catequesis en sus lenguas, y permanecerán abiertas para la adoración eucarística, que caldeará el corazón de tantos jóvenes para vivir la misma caridad de Cristo. Prepararnos para esta vivencia del amor de Cristo, presente en la Eucaristía, favorecerá sin duda que los peregrinos encuentren en Madrid una ciudad eucarística por la autenticidad de su culto y por el testimonio de caridad de todos sus cristianos.
Vinculado al misterio eucarístico se halla el sacramento del perdón, sin el cual la Eucaristía sería un culto inaccesible para el cristiano, pues todos necesitamos de la misericordia divina para acceder al banquete del Señor. Con el perdón y la misericordia Dios edifica y reedifica a su pueblo constantemente, pues sana las heridas del pecado que debilita el fundamento de la vida cristiana. La crisis de este sacramento en el momento actual de la Iglesia es una de las causas de la banalización de la Eucaristía, pues ésta actualiza la redención de Cristo, cuya esencia es la paz y la reconciliación con Dios. Si no nos dejamos reconciliar con Dios difícilmente nos sentiremos atraídos a la Eucaristía, que es el lugar donde Cristo ha establecido nuestra paz. Por ello, invito a la comunidad diocesana a celebrar gozosamente este sacramento. Exhorto a los sacerdotes a estar disponibles para escuchar a los penitentes que buscan el perdón. Y animo a todos los cristianos a una práctica responsable y sincera de este sacramento. Cuando el hombre restablece los lazos con Dios y con la Iglesia, ésta se edifica en la verdad y en la caridad. Y todos, hasta los más justos, necesitamos, como ha recordado el Papa Benedicto XVI recientemente, hacer penitencia por nuestros pecados y reparar el mal que todos hacemos[9]. En la Jornada Mundial de la Juventud la celebración de este sacramento es uno de los actos de culto que impregnan la vida de los jóvenes con la belleza y la alegría del perdón. ¿Qué mejor preparación para la Jornada Mundial podemos pedir a la diócesis que intensificar el aprecio y la celebración de este sacramento que hará de todos nosotros signos vivos de la misericordia de Dios?
3. Firmes en la fe
En el contexto de la exhortación de san Pablo a los Colosenses, la expresión “firmes en la fe”, no se refiere sólo a mantener íntegra la confesión de las verdades que la tradición apostólica nos ha trasmitido sobre Cristo. La fe que hemos recibido por tradición es la misma vida de Cristo que habita en nosotros y nos permite vivir, caminar en Él. La fe, por tanto, no se reduce al conocimiento de las verdades, sino que implica el testimonio con toda nuestra vida, un testimonio que se hace particularmente necesario en momentos de desorientación moral como es el nuestro. Desde sus comienzos, la Iglesia no ha dejado de exhortar a sus hijos en la necesidad de vivir con coherencia la fe. El testimonio de la vida es la mejor predicación para atraer a quienes no creen, y a los tibios hacia la verdad de Cristo. “Las multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo”[10]; por ello, los cristianos tenemos que hacer visible a Cristo en nuestro comportamiento. Esta firmeza de la fe, que equivale a ser firmes en Cristo, debe acrecentar nuestro deseo de entender la vida y vivirla conforme al evangelio que nos ha salvado. El Papa Benedicto XVI, en la audiencia que nos concedió con ocasión de la clausura del III Sínodo Diocesano, nos decía: “En una sociedad sedienta de auténticos valores humanos y que sufre tantas divisiones y fracturas, la comunidad de los creyentes ha de ser portadora de la luz del evangelio, con la certeza de que la caridad es, ante todo, comunicación de la verdad”[11].
En este campo, por tanto, debemos proponer con creatividad y audacia modos de vivir la firmeza del testimonio cristiano en una sociedad aquejada de tantas debilidades, que provienen de corrientes de pensamiento y de actitudes desprovistas de fundamentos morales. Hemos de afirmar la fe haciéndonos cargo del aire que respiran nuestros contemporáneos y respondiendo a las objeciones teóricas nacidas de algunos esquemas de pensamiento opuestos a los principios evangélicos. No cabe duda, las jóvenes generaciones necesitan aprender a ser fuertes y firmes en la fe, mediante la catequesis que les eduque a dar razón de la misma y mediante la maduración de la personalidad cristiana que exige el ejercicio de las virtudes teologales y morales, ejercicio que se propone ya en las cartas apostólicas del Nuevo Testamento como forma concreta de caminar en Cristo. También aquí tenemos amplio campo de planificación pastoral. Son muchos los ámbitos donde el evangelio tiene que arraigarse y producir frutos de la vida nueva que encierra: la familia y las relaciones sociales, la formación para el amor y el matrimonio, la enseñanza y la educación de las jóvenes generaciones, el cuidado de las vocaciones. En estos tiempos de crisis económica no podemos olvidar el ejercicio cristiano de la solidaridad, especialmente con aquellas personas que sufren con mayor dramatismo el desempleo y la carencia de recursos para llevar una vida digna.
En conclusión, el lema de la Jornada Mundial presenta, desde la perspectiva de tres aspectos diferentes, la unidad interior de la vida cristiana entendida como adhesión gozosa y entusiasta a Cristo en la comunión de su Iglesia. Una adhesión que se expresa: 1) en la profesión del Credo, dándonos cuenta del significado que tiene la fe que confesamos y de la relación entre nuestra vida y las verdades de la fe; 2) en la celebración litúrgica y en la oración, acogiendo la salvación que se manifiesta y realiza en los sacramentos; 3) en el seguimiento de Cristo en la vida concreta de cada día mediante el amor fraterno, el perdón y el servicio a los más desfavorecidos. Viviendo así seremos la levadura en la masa, la luz en la oscuridad y la ciudad edificada sobre un monte, de forma que los hombres puedan reconocer que el Reino de Dios está presente en este mundo y que la sociedad se trasforma día a día a impulsos de la gracia de Cristo. En realidad, este plan pastoral tiene como eje a Jesucristo conocido y confesado en el Credo, Jesucristo acogido y celebrado en los sacramentos, Jesucristo testimoniado en medio del mundo por la palabra y la acción: Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe.
Nos ponemos en camino con el gozo de saber que el Señor Resucitado nos acompaña en esta empresa tan suya, a la que ha querido asociarnos. Lo hacemos mirando a la Madre de Cristo y Madre nuestra, Santa María de la Almudena. Ella nos anima siempre a hacer lo que el Señor nos dice. Ella permaneció firme al pie de la cruz con la certeza de que el amor que allí se consumaba era Vida para el mundo. Ella acompaña nuestra oración perseverante invocando la luz y la fuerza del Espíritu Santo para preparar la Jornada Mundial de la Juventud.
Con todo afecto y mi bendición.

[1] JUAN PABLO II, Christifideles Laici, 46: “Los jóvenes no deben considerarse simplemente como objeto de la solicitud pastoral de la Iglesia; son de hecho –y deben ser incitados a serlo– sujetos activos, protagonistas de la evangelización y artífices de la renovación social“.
[2] BENEDICTO XVI, Discurso a los miembros de la Curia romana, 22-XII-2008.
[3] ANTONIO MARÍA ROUCO VARELA, Evangelizar en la comunión de la Iglesia. Carta Pastoral (15-V-1995).
[4] ANTONIO MARÍA ROUCO VARELA, La Trasmisión de la fe: Ésta es nuestra fe, ésta es la fe de la Iglesia. Plan pastoral para la archidiócesis de Madrid. Curso 20002001.
[5] BENEDICTO XVI, Discurso a los miembros de la Curia romana, 22-XII-2008.
[6] GS 22: “Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación. Así pues, no es nada extraño que las verdades ya indicadas encuentren en Él su fuente y alcancen su culminación”.
[7] Así lo afirma bellamente san Pablo en 1Tes 2,8-9: “Tanto os queríamos, que estábamos dispuestos a daros no sólo el Evangelio de Dios, sino nuestras propias vidas. ¡Habéis llegado a sernos entrañables! Pues recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas. Trabajando día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios”.
[8] BENEDICTO XVI, Discurso a la Curia romana, 22-XII-2008, recuerda que en las Jornadas Mundiales de la Juventud, “La liturgia solemne es el centro de todo, porque en ella sucede lo que nosotros no podemos realizar y de los que, con todo, estamos siempre a la espera. Él está presente, Él entra en medio de nosotros. Se ha abierto el cielo y esto hace luminosa la tierra”.
[9] BENEDICTO XVI, Palabras del Santo Padre Benedicto XVI a los periodistas durante el vuelo hacia Portugal, 11-V-2010: “La mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y que la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, de una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia”.
[10] JUAN PABLO II, Redemptoris Missio, 8.
[11] BENEDICTO XVI, Audiencia con ocasión de la clausura del tercer Sínodo Diocesano de Madrid, 4-VII- 2005.
Estrechar los vinculos de comunión filiar con el Papa : Su nueva urgencia
Mis queridos hermanos y amigos:
El próximo martes, día 29 de junio, celebramos la solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo. Día de gozo y de fiesta. Día de acción de gracias para todo el pueblo cristiano desde tiempos inmemoriales por el ministerio de aquellos cuyas enseñanzas fueron fundamento de nuestra fe cristiana. Leer el resto de esta entrada »
Homilía en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Plaza de Oriente, 6.VI.2010; 18’30 horas
(Gn 14,18-20; Sal 109, 1.2.3.4; 1Co 11,23-26; Lc 9,11b-17)
Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:
1. La Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, que según el calendario litúrgico de España se celebra en el Domingo siguiente al tradicional jueves del “Corpus Christi”, al ser suprimido del calendario civil de Fiestas nacionales como día no laborable, invita a la Iglesia a reconocer y a agradecer públicamente el gran don de la Eucaristía, “Memorial de la Pascua del Señor” y “Pan de Vida eterna”. Leer el resto de esta entrada »
Carta con motivo del Día del Corpus Christi
Queridos diocesanos:
En este año sacerdotal la solemnidad del Corpus Christi centra nuestra mirada en la persona de Cristo que, como Sumo Sacerdote del Pueblo cristiano, nos convoca para darnos el Pan de vida eterna. Leer el resto de esta entrada »
Carta Pastoral en el Día Nacional del Apostolado Seglar y de la Acción Católica
«No he venido a ser servido, sino a servir»
(Mt 20, 28)
Sábado, 22 de mayo de 2010
Queridos hermanos y hermanas en el Señor:
Un año más, la Solemnidad de Pentecostés nos invita a reflexionar acerca del Apostolado de los seglares y de su inestimable ayuda a nuestro ministerio apostólico. Este año, además, se nos brinda la ocasión de hacerlo teniendo como telón de fondo el final del Año Sacerdotal convocado por Su Santidad Benedicto XVI en el dies natalis de S. Juan María Vianney, el santo cura de Ars, que será clausurado con la próxima Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Tenemos que estar agradecidos a Dios por tantos frutos recogidos. Leer el resto de esta entrada »
Homilía en la Solemnidad de San Isidro Labrador Patrono de la Archidiócesis de Madrid
Colegiata de San Isidro; 15.V.2010; 11’00 horas
(He 4,32-35; Sal 1,1-2.3.4 y 6; Sant 5,7-8.11.16-17; Jn 15,1-7)
Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:
1. La Festividad de nuestro Patrono San Isidro Labrador, Patrono de la Villa de Madrid y de los agricultores de todo el mundo, nos acerca de nuevo a una de las fuentes principales de la piedad cristiana que modeló la forma de creer y de vivir cristianamente de los madrileños del segundo milenio de su historia espiritual y religiosa; más aún, que imprimió un inequívoco sello cristiano a costumbres, tradiciones populares, expresiones culturales, formas de vida e ideales morales y humanos del pueblo de Madrid hasta hoy mismo. Leer el resto de esta entrada »
La Palabra de la Verdad en el apasionado y apasionante mundo de la Comunicación Social
Mis queridos hermanos y amigos:
El próximo Domingo, Solemnidad de la Ascensión del Señor, lo celebra y vive pastoralmente la Iglesia también como “la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales”, la XLIV después del Concilio Vaticano II, que la instauró en el Decreto “Inter Mirifica”, aprobado el 4 de diciembre de 1963. De vertiginosa se puede calificar la evolución tecnológica de los medios de comunicación social desde esa fecha hasta hoy día. El desarrollo de la televisión y la aparición del “mundo digital” son sus signos más inequívocos. La influencia socio-política, cultural, e incluso, la espiritual y religiosa, que han ejercido estos medios de inter-comunicación de personas, de sociedades y de comunidades culturales y políticas en el hombre contemporáneo y en la configuración actual de la humanidad, no ha dejado de crecer con semejante intensidad en sus efectos. Positivos, desde muchos puntos de vista, para estrechar más viva y directamente los lazos que nos unen en la comunidad universal de los pueblos y naciones de la tierra, que debe asentarse más y más sobre los fundamentos éticos de una paz y para una paz verdadera. Pero negativos e, incluso, destructivos, desde otros puntos de vista, al ponerse demasiado frecuentemente al servicio de procesos sociales y culturales profundamente degradantes de la dignidad del ser humano. Leer el resto de esta entrada »