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	<title>La voz del Cardenal &#187; Artículos</title>
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	<description>Textos del Cardenal Arzobispo de Madrid D. Antonio Mª Rouco Varela</description>
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		<title>La Inmaculada Concepción de María Su verdad y su actualidad</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Dec 2010 14:41:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Blanca</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>

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		<description><![CDATA[La Fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María es una Fiesta de la Iglesia Universal y muy especialmente una Fiesta de la Iglesia en España; más aún, una Fiesta de España misma. El próximo 25 de diciembre, día de la Natividad del Señor, se cumplirán 250 años de la publicación de la Bula [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">La Fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María es una Fiesta de la Iglesia Universal y muy especialmente una Fiesta de la Iglesia en España; más aún, una Fiesta de España misma. El próximo 25 de diciembre, día de la Natividad del Señor, se cumplirán 250 años de la publicación de la Bula “Quantum Ornamenti” del Papa Clemente XIII en la que se proclamaba a la Virgen María, en el Misterio de su Concepción Inmaculada, Patrona de los Reinos de España a uno y a otro lado del Atlántico. El Papa actuaba no de “motu propio”, por propia iniciativa pastoral, sino movido por una súplica del nuevo Rey de España Carlos III. En el acto del juramento ante las Cortes Generales, el 11 de septiembre de 1759, los Procuradores del Reino le habían pedido que solicitase del Papa “el Universal Patronato de Ntra. Sra. en la Inmaculada Concepción en todos los Reinos de España y de Indias”. <span id="more-4817"></span>Un Real Decreto de 16 de enero del año siguiente 1761 daba oficialidad y validez civil al establecimiento canónico del Patronazgo de “la Inmaculada” sobre España.</p>
<p style="text-align: justify;">La Fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María es el fruto litúrgico y espiritual de un multisecular proceso de fe y devoción marianas que la Iglesia vive desde los primeros siglos de su historia como la apropiación progresiva de la honda y bella verdad de todo lo que significa la figura de María, la Madre de Jesús, en el Misterio de su Hijo: Hijo Unigénito de Dios y Salvador del hombre. Se trata de una historia apasionante y conmovedora en la que los protagonistas no son solamente los teólogos, los hombres del pensamiento tantas veces egregio y siempre sutil; sino sobre todo el pueblo cristiano que con su fina intuición de lo que contiene el lenguaje y la tradición de la fe común, vivida en su plenitud católica, se adelanta y vitaliza la construcción intelectual de los mejores maestros de la teología. A las famosas y seculares disputas teológicas entre  “escotistas” y “tomistas” les precede y acompaña “la devotio moderna” y el fervor creciente de los fieles por la Madre de Dios. En la España del Renacimiento y del Barroco la devoción por “La Inmaculada” alcanza a las capas más hondas e íntimas de la conciencia popular e inspira las obras más geniales de la cultura y el arte de esos “siglos de oro”. La joven Compañía de Jesús se sumará desde muy pronto a la tesis de Duns Scoto de que María había sido concebida sin pecado original. María es Purísima originariamente desde el seno materno; antes, durante y después del parto de su Hijo Jesús. La cuestión “inmaculista” apasionaba a las almas más sencillas. Se podía llegar al tumulto popular como en Sevilla, en 1613, cuando en un sermón de la Virgen el predicador se permitió poner en duda la verdad de “la Inmaculada Concepción”. El Rey Felipe III se verá obligado a constituir “la Real Junta de la Inmaculada” para la defensa en la Iglesia y en la sociedad de la tesis “escotista”.</p>
<p style="text-align: justify;">El momento clave de esa historia se produce cuando el Beato Pío IX “declara, proclama y define” que “la doctrina que sostiene que la Beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles”. Con esta promulgación del dogma de la Inmaculada Concepción de María, el Papa ponía fin a una intrincada y prolongada controversia teológica, la “controversia inmaculista”; anticipaba, además, por la vía de los hechos canónicos las enseñanzas del Concilio Vaticano I sobre el Primado del Romano Pontífice y la infalibilidad de su magisterio que definiría, años más tarde, el 18.VII.1870, la “Constitución Dogmática I sobre la Iglesia de Cristo” y, sobre todo, abriría un nuevo y fecundo capítulo de la espiritualidad y de la devoción mariana del pueblo de Dios, cuya importancia y trascendencia para el futuro de una Iglesia, que quería estar cercana al hombre moderno, se pondrían pronto de manifiesto.</p>
<p style="text-align: justify;">La “Revolución” le había dejado vacilante en su fe, alejado de Dios, impotente ante las tragedias del dolor humano, confuso y trasteado por tantas propuestas de “paraísos en la tierra” irrealizables siempre y origen de violencias sociales muchas veces. Cuatro años después de la definición dogmática, en el duro invierno de 1858, en un remoto y desconocido pueblecillo al norte de los Pirineos franceses, llamado Lourdes, se apareció la Virgen dieciocho veces a una muchacha campesina, Bernadette de Soubirous, a la que se presenta como “la Inmaculada Concepción”. A su pregunta, quién era “la misteriosa Señora”, ésta le responde: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. ¿Su mensaje?, muy sencillo, ¡puro Evangelio! Es posible y necesaria la conversión porque el pecado ha quedado vencido por la misericordia de Dios; del Corazón de su Hijo, clavado en la Cruz, fluye abundante para todos los pecadores; en los sacramentos de la Iglesia se encuentra la gracia del perdón y de la vida nueva. Las recomendaciones concretas sobre la capilla, el descubrimiento del manantial, el rezo del Rosario… invitan a andar el camino de la penitencia guiados por María “la Inmaculada” hasta dejarse perdonar y amar por su Hijo. “María Inmaculada”, desde la Gruta de Lourdes, como una lámpara permanentemente encendida en el día a día del hombre de nuestro tiempo, les mostrará dónde se encuentra la fuente de su curación integral: de la sanación de su cuerpo enfermo y herido y de la salvación de su alma, siempre tentada a encerrarse en el fatal círculo del “amor a uno mismo”.</p>
<p style="text-align: justify;">La fuente era Cristo, el Hijo de Dios y el Hijo de María: ¡su amor redentor! La omnipotencia de ese amor se había revelado en María, su Madre, en forma sublime; librándola, desde el primer instante de su concepción, de la causa original del mal -¡el pecado!- y preparándola para ser su Madre y la Madre de todos los hombres. Una Madre “divina” en verdad; aunque profunda y tiernamente humana. Ella nos enseña como nadie el método de “alcanzar amor”: el de la sencillez y la transparencia de corazón. Siguiendo su ejemplo, sabremos “hacer lo que Él nos mande” y, apoyándonos en su intercesión, asumiremos los mandamientos del Hijo, su Hijo Jesucristo, el Redentor del hombre, como “un yugo suave y una carga ligera”. La Fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen Madre no ha perdido en este año 2010 ni un ápice de su actualidad. La situación crítica, en la que estamos inmersos, como ha acontecido en todas las crisis históricas del pasado siglo, nos urge a volver a las fuentes de la razón y de la fe, de la vida espiritual y de la conciencia renovada… ¡de la auténtica libertad!: ¡a Cristo! María Inmaculada, Patrona de España, nos muestra el camino. Sigue a nuestro lado. En Ella, alumbra la esperanza: la esperanza de la vida verdadera, la esperanza de la gloria.</p>
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		<title>Benedicto XVI cinco años de Pontificado</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Apr 2010 12:00:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Blanca</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[papa]]></category>

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		<description><![CDATA[Al servicio de la verdad en la caridad (Publicado en la tercera del ABC ) 1. En la tarde del 19 de abril del año 2005, segundo día del Cónclave, era elegido Papa el Cardenal Joseph Ratzinger. Hacía poco más de dos semanas que había fallecido el Siervo de Dios, Juan Pablo II. La multitud [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3 style="text-align: center;">Al servicio de la verdad en la caridad</h3>
<p style="text-align: center;">(Publicado en la tercera del ABC )</p>
<p style="text-align: justify;">1.	En la tarde del 19 de abril del año 2005, segundo día del Cónclave, era elegido Papa el Cardenal Joseph Ratzinger. Hacía poco más de dos semanas que había fallecido el Siervo de Dios, Juan Pablo II. La multitud reunida en la Plaza de San Pedro recibía la noticia con expresiones de un sentido júbilo nada artificial. “Pedro” volvía a hacerse presente en la Iglesia, a través de un nuevo Sucesor, como Cabeza del Colegio Episcopal y Pastor Universal: como “el Vicario de Cristo en la Tierra”. <span id="more-4574"></span>El pueblo cristiano venía aplicando al Papa este bellísimo título desde  una antiquísima y venerable tradición teológica y espiritual, cultivada con conmovedor afecto y devoción, especialmente en los dos típicos siglos de la modernidad –el XIX y el XX–. Siglos éstos de “Calvario” para esa pléyade de figuras insignes que ocuparon la Sede de Pedro desde los tiempos de las vejaciones revolucionarias de comienzos del siglo XIX hasta hoy mismo. Siglos también de tiempos eclesiales de comunión y unión con el Romano Pontífice, de una intensidad espiritual y pastoral desconocida. Pastores y fieles pudieron comprobar y experimentar en carne viva, en una época marcada por tantos, tan graves y tan dramáticos acontecimientos, cómo la Iglesia necesitaba de ese servicio de la unidad y la verdad en la caridad de Cristo, que el Señor había confiado a Pedro y a sus Sucesores,  si quería vivir en la libertad de los hijos de Dios y ser fiel al testimonio íntegro del Evangelio. “el Dulce Cristo en la Tierra” es la forma como Santa Catalina de Siena llamó al Papa en el momento quizá más dramático de la historia del Papado, el Cisma de Occidente, en el quicio del siglo XIV al XV de nuestra Era. La expresión podía –y puede de hecho– parecer a muchos, teólogos y no teólogos, melosa; pero lo cierto es que el Concilio Vaticano II no le retiró a su significado,  profundizado por el Concilio Vaticano I, ni un ápice de su valor teológico y pastoral. Sí, el Obispo de Roma, el Papa, es Vicario de Cristo para la Iglesia de modo eminente. (LG 18).</p>
<p style="text-align: justify;">2.	Joseph, Cardenal Ratzinger, aceptaba la elección del Colegio Cardenalicio “en espíritu de obediencia” y se daba el nombre de Benedicto XVI; no sin sorpresa para muchos de los observadores intra  y extra–eclesiales del acontecer de la Iglesia. El nuevo Papa explicaba su decisión con su habitual  claridad intelectual y lucidez pedagógica. El nombre de Benedicto le evocaba el “no anteponer nada a Cristo”: quinta-esencia de la espiritualidad benedictina; máxima que había conformado no sólo el monacato latino siglos y siglos, sino también, lo más íntimo y profundo de la experiencia cristiana de la vida, sobre todo en Occidente. El nombre le vinculaba, además, al gran “leit-motiv” de la paz, que había caracterizado la trayectoria pastoral del último Papa “Benedicto”, Benedicto XV: el Papa testigo indomable del valor de la verdadera paz fundada en la aceptación común de la ley moral, que Dios graba en las conciencias de cada persona y de la propia familia humana. Testigo en medio de la tragedia de la I Guerra Mundial, que había sumido primero a Europa y, finalmente, al mundo en una contienda crudelísima y en una ruina material y espiritual sin precedentes ¿No era la catástrofe el precio de haber preterido las normas más substanciales de una elemental humanidad? El ya Papa Benedicto XVI  vivió y vió en su niñez y  adolescencia cómo el menosprecio de los principios de la ley natural conducía de nuevo al mundo a una versión todavía más devastadora de cuerpos y de almas de lo que había sido la tragedia sufrida entre los años 1914-1918, a la de la II Guerra Mundial, en la que habían jugado un papel decisivo los totalitarismos ateos: el Comunismo soviético, el Fascismo y el Nacionalsocialismo. ¿Cómo se podían sembrar paz, justicia, solidaridad, progreso humano sin ley moral, sin una consideración trascendente de la dignidad de cada persona humana? ¿Y cómo se podía conocerla, valorarla y respetarla en toda su profunda y plena verdad sin Cristo? En su primera aparición en la “logia” de “San Pedro”, el Papa se presentaría al mundo como “un sencillo y humilde trabajador en la viña del Señor”. A cuantos era familiar la figura modesta y casi imperceptible del Cardenal Ratzinger, cruzando la Plaza de San Pedro desde el Borgo Pío hasta el viejo “Palazzo” del Santo Oficio, con su dulleta y boina negra, la cartera de documentos en la mano, no podría resultarles extraña la presentación del Papa. Siempre había sido “un sencillo y humilde trabajador en la viña del Señor” –de sacerdote y profesor,  de Arzobispo de Munich y de Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, al lado de Juan Pablo II– y lo continuaría siendo como Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia Universal.</p>
<p style="text-align: justify;">3.	El nuevo Papa había centrado desde el principio la línea de su Pontificado y de su servicio pastoral a la Iglesia y al mundo inequívocamente en el anuncio y proclamación de Cristo,   Salvador del hombre. Se constituiría como la médula misma de un Magisterio, desplegado con una profundidad,  transparencia y  abundancia teológica y catequética admirables. Ninguno de los ámbitos en los que se sitúan la existencia y la vida personal y social de la persona humana se escapa a la iluminación penetrante del pensamiento y de la palabra del Papa. Conoce la coyuntura cultural y espiritual del hombre contemporáneo: sus dudas y depresiones, su angustia existencial, su desorientación moral, su excepticismo religioso, sus miedos ante un futuro histórico  después de la soterrada –o abierta– decepción sobrevenida por las crisis de los modelos de desarrollo, acusadamente materialistas y agnósticos, propuestos para “el después” de la caída del Muro de Berlín. Se había quedado de nuevo sin horizontes positivos y ciertos para sus proyectos de una vida personal con esperanza y de una configuración social y cultural de la humanidad, asentada ética y jurídicamente sobre los derechos fundamentales  y el bien común universal, capaz de asegurar y de garantizar la paz. No es extraño que su gran Magisterio –las Tres Encíclicas y su Exhortación Postsinodal del Sínodo del año 2005 sobre la Eucaristía– se hubiese situado en la perspectiva espiritual y pastoral de las virtudes teologales la caridad y la esperanza. Perspectiva, en la que se encuentran los más hondos y cruciales interrogantes del hombre con la respuesta luminosa y gozosa de la Palabra de Dios, que es Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado por nosotros, para que tengamos vida, y ésta, abundante, eterna y feliz.</p>
<p style="text-align: justify;">4.	Incluso, cuando Benedicto XVI aborda el complejo y gravísimo problema de la crisis financiera y económica, que azota hoy al mundo, elige como punto de mirada intelectual para comprenderla, analizarla en sus raíces más profundas y sugerir caminos morales, sociales y culturales de verdaderas soluciones,  “la verdad en la caridad”. Sólo el amor, vivido de verdad y en la verdad, comprende y garantiza la realización de la justicia y la aspiración de una solidaridad generosa. Tanto el método adoptado en sus enseñanzas como el estilo de su acción de gobierno pastoral responden a ese modelo supremo de la caridad de Cristo. Lo demuestran tanto el diálogo fe–razón practicado sin desviación alguna intelectual o vital, antes y después del inicio de su Pontificado, como la mansedumbre, bondad  y la serena y paciente firmeza al señalar la recta dirección para el camino de la Iglesia en el siglo XXI. La continuidad creativa con la obra de Juan Pablo II es evidente. Su fidelidad a la aplicación del Concilio Vaticano II con el sentido  innovador de la permanente y viva tradición de la Iglesia, sin ruptura dogmática y espiritual alguna.</p>
<p style="text-align: justify;">5.	Celebramos el quinto aniversario de la elección del Benedicto XVI  en  un momento histórico en que los ataques mediáticos a su persona y ministerio han adquirido las formas de una virulencia dialéctica insultante y difamatoria. Son “hora de Cruz” para aquel que representa heroicamente al Crucificado. La Iglesia se siente más unida a El que nunca en la oración y en la veneración y afecto filiales. Se repite una vez más la historia: “Pedro” es perseguido; la comunidad universal de los fieles permanece perseverante y fiel en la oración a su Señor por él, sintiéndose cobijada por un amor maternal de exquisito valor: el amor de su Madre y nuestra Madre, María.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;"><img class="alignright" title="Firma Cardenal-Arzobispo de Madrid" src="http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/wp-content/uploads/2003/11/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></p>
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		<title>«¿Quién es éste?» (Los ramos y las piedras)</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Mar 2008 07:27:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[domingo de ramos]]></category>

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		<description><![CDATA[Domingo de Ramos, 16 de marzo de 2008 (Publicado en la tercera de ABC) La pregunta sobre quién es Jesús de Nazaret emerge en los evangelios suscitada siempre por acontecimientos que manifiestan el misterio escondido en su persona. «¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar obedecen?», preguntan los discípulos cuando Cristo calma [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>Domingo de Ramos, 16 de marzo de 2008</strong></p>
<p style="text-align: center;">(Publicado en la tercera de ABC)</p>
<p style="text-align: justify;">La pregunta sobre quién es Jesús de Nazaret emerge en los evangelios suscitada siempre por acontecimientos que manifiestan el misterio escondido en su persona. «¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar obedecen?», preguntan los discípulos cuando Cristo calma la tempestad del lago. <span id="more-1898"></span>A veces la pregunta no es explícita; responde más bien al asombro ante un modo de actuar o enseñar poco acorde con lo que se puede esperar de un aldeano de Nazaret: «¿Acaso no es éste el hijo de José, el carpintero?», preguntan sus vecinos al escuchar en la sinagoga las palabras de gracia que salían de su boca. Su origen humilde no explica la autoridad de su enseñanza ni el poder de sus milagros: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿De dónde le viene todo esto?», se preguntan admirados ante lo inefable que rodea su persona. En realidad, el evangelio nació para responder a estas preguntas que, amigos y enemigos, se hacían sobre Él. El mismo Jesús se dirige a los suyos persuadido de que la pregunta que la gente se hacía sobre él, ocupaba y zarandeaba también el corazón de sus íntimos: «¿Quién dice la gente que soy yo? ¿ vosotros, quién decís que soy yo?»</p>
<p style="text-align: justify;">La respuesta a esta pregunta, que desde entonces no ha dejado de hacerse, es fundamental para mantener una auténtica relación con Jesús, el Cristo. El domingo de Ramos, Jesús responde a esa pregunta suscitando de nuevo el interés por su persona. Lo hace mediante un gesto profético anunciado por el profeta Zacarías, que contempla la llegada del Mesías rey, montado sobre un asno, que entra en Jerusalén no con las armas de la guerra sino con el anuncio de la paz; la paz que buscaban los peregrinos cuando subían gozosos al templo de Jerusalén. Jesús cumple la profecía de Zacarías. Pero hay un detalle que conviene observar. Mientras Zacarías califica al rey con los adjetivos «victorioso», «justo» y «manso», el evangelista Mateo utiliza únicamente «manso», para resaltar la condición que el mismo Cristo se atribuye al definirse como «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). La mansedumbre revela la realeza de Cristo, que llamará bienaventurados a los mansos que opten por seguirle. «Su naturaleza más íntima &#8211; dice Benedicto XVI en su Jesús de Nazaret – es la humildad, la mansedumbre ante Dios y ante los hombres. Esa esencia, que lo contrapone a los grandes reyes del mundo, se manifiesta en el hecho de que llega montado en un asno, la cabalgadura de los pobres, imagen que contrasta con los carros de la guerra que él rechaza. Es el rey de la paz, y lo es gracias al poder de Dios, no al suyo propio» (p.109).</p>
<p style="text-align: justify;">Este gesto profético suscita de nuevo la pregunta «¿Quién es éste?». En esta ocasión la pregunta viene de una Jerusalén sobresaltada. Se trata del mismo sobresalto que experimentó Herodes y toda la ciudad de Jerusalén al enterarse del nacimiento del Mesías rey, descendiente de David. Es el sobresalto de quienes consideran que el Mesías viene a arrebatarles el poder, la gloria y el triunfo humano, de quienes consideran que Dios viene a podar o limitar nuestra libertad, a frenar nuestras ansias de ser felices. Tembló Herodes al pensar que podía perder el trono; tiembla Jerusalén ante la inminencia de Alguien que viene a implantar una paz definitiva y estable en todas las naciones. La ciudad de Jerusalén se convierte en el símbolo de la hostilidad, de la dureza de corazón, del rechazo de los profetas y enviados de Dios que sufren la persecución y la muerte. Sólo quienes han aclamado a Cristo con palmas y ramos, los que forman su cortejo, responden sencillamente a la pregunta de quién es éste: «Es Jesús el profeta de Nazaret de Galilea».</p>
<p style="text-align: justify;">Jesús no se contenta con entrar en Jerusalén, su meta es el templo, lugar santo de la morada de Dios. Es allí donde el Mesías manso y pacífico realiza un gesto sorprendente expulsando a mercaderes y volcando las mesas de los cambistas y de vendedores de palomas para los sacrificios. Con este gesto se atribuye el cumplimiento de lo dicho por el profeta Isaías: «mi casa será casa de oración, pero vosotros la convertís en cueva de bandidos». Jesús se presenta a sí mismo como restaurador del verdadero culto, el culto del espíritu y de la verdad, el de la misericordia compasiva que supera los sacrificios rituales y las ofrendas materiales. Por ello, acto seguido, «se le acercaron ciegos y cojos, y él los curó». Esta referencia a los milagros de Cristo revela quién es el que acaba de entrar en Jerusalén y en su templo. Curar y sanar dolencias, limpiar a los leprosos, abrir los ojos y los oídos de ciegos y sordos, levantar a los tullidos de sus catres eran las señales de la llegada del Mesías. Al cumplirse en el mismo recinto del templo, estas signos mesiánicos apuntan a Cristo como Aquel que instaura la verdadera liturgia en la que el hombre es sanado radicalmente, no sólo de las dolencias corporales, sino de aquella más íntima, la del pecado, por la que los fieles peregrinos subían años tras años al templo de Jerusalén para ofrecer víctimas y sacrificios con la esperanza de ser reconciliados.</p>
<p style="text-align: justify;">Que Jesús estaba revelándose a sí mismo como Salvador del hombre fue captado enseguida por los sacerdotes y letrados que, indignados, pretendían hacer callar a los niños que gritaban «hosanna al Hijo de David», es decir, al Mesías. Jesús se defiende una vez más apelando a las Sagradas Escrituras: «¿Nunca habéis leído aquello: “De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza”?».  Los niños son en este caso la voz misma de Dios, que alaba a su Mesías. Ellos cantan al Hijo de David porque su corazón es capaz de recibir el Reino que trae Jesucristo. Cristo había dicho que era preciso hacerse niño para acoger el Reino de Dios. Ahora, cuando los letrados y sabios de este mundo se preguntan quién es éste, los niños afirman: «Hosanna al Hijo de David», al que cura ciegos y sordos, al manso de corazón que se compadece de los pobres pecadores que buscan ternura y misericordia. Ellos son el cortejo del Mesías, el coro de su alabanza, la voz de la profecía.</p>
<p style="text-align: justify;">Los poderes de este mundo no quieren escuchar la respuesta a la pregunta sobre Cristo: ¿Quién es éste? Pretenden silenciar cualquier voz que lo proclame Mesías y Señor de la historia y del cosmos. Pero la voz de los sencillos, de los pobres de Yahvé, de cuantos esperan la salvación, viene resonando desde aquel primer día de Ramos en el que Cristo, con la contradicción que le acompaña desde su nacimiento, entró en el templo, pacífico sobre un asno, y lo purificó con el fuego de su mansedumbre para hacernos ver que Dios ha querido tomar nuestra propia carne y ofrecerla en sacrificio por todos los hombres. Esta es la verdad de Jesús, la única respuesta que hace justicia a la pregunta sobre su ser personal. El domingo de Ramos cuantos acompañamos a Cristo y cantamos «hosanna al Hijo de David» sabemos que pertenecemos a los mansos y humildes de su cortejo, porque, siendo pecadores, hemos sido agraciados con su infinita misericordia. Y sabemos también que, si nosotros callamos esta verdad tan liberadora, gritarán las piedras.</p>
<p class="p6"><strong><span style="font-family: Times; font-size: x-small;"><span class="Texto02negro"><img src="../../princi/menu/vozcar/imagenes/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></span></span></strong></p>
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