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	<title>La voz del Cardenal</title>
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	<description>Textos del Cardenal Arzobispo de Madrid D. Antonio Mª Rouco Varela</description>
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		<title>PURIFICAR LA MIRADA DEL ALMA TIENE TAREA ACTUAL E IMPRESCINDIBLE PARA LA NUEVA CUARESMA DEL AÑO 2012</title>
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		<pubDate>Wed, 22 Feb 2012 10:56:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cartas]]></category>

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		<description><![CDATA[Mis queridos hermanos y amigos:  En su Mensaje para la próxima Cuaresma, que se inicia el próximo 22 de febrero, Miércoles de Ceniza, el Santo Padre nos invita a que nos fijemos “los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras”, haciendo así nuestra la exhortación de la Carta a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Mis queridos hermanos y amigos:</p>
<p style="text-align: justify;"> En su Mensaje para la próxima Cuaresma, que se inicia el próximo 22 de febrero, Miércoles de Ceniza, el Santo Padre nos invita a que nos fijemos “los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras”, haciendo así nuestra la exhortación de la Carta a los Hebreos a los cristianos de la primera hora de la Iglesia (Cfr. Hb 10,24). “Ese fijarse”, fecundo en frutos de caridad cristiana, de reciprocidad y de santidad, presupone y exige una mirada limpia o, lo que es lo mismo, que los ojos del alma hayan sido purificados previamente de toda la escoria del egoísmo, de la soberbia y de la malicia, en una palabra, del pecado que haya podido enturbiarlos en nuestro pasado y que los mantenga todavía manchados en el presente. Solamente si nuestra mirada interior es capaz de elevar su perspectiva de visión a la verdad de Dios ¡el Dios vivo y verdadero!, caerá en la cuenta de la verdad del hombre que tiene a su lado; por lo tanto, del hombre concreto a quien encuentra y con el que vive en su casa, en su familia, en la vecindad, en el lugar de trabajo y de tiempo libre; en la comunidad civil y en la sociedad de la que forma parte, es decir, en el pueblo, la ciudad y la patria en la que cada uno de nosotros está inserto. Ya decía Romano Guardini en momentos dramáticos de la historia contemporánea, en los que la durísima realidad de un mundo en guerra casi obligaba a aceptar la terrible y conocida tesis de que “el hombre es un lobo para el otro hombre”, que sólo el que conoce de verdad a Dios conoce verdaderamente al hombre.<span id="more-5173"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Comenzamos una nueva Cuaresma en un tiempo de mucho sufrimiento a nuestro alrededor. La crisis, que lo caracteriza económica, social, cultural, moral y espiritualmente, está dejando muchos pobres a su paso: pobres en lo material, en la expresión más dolorosa de la pérdida o de la falta de puesto de trabajo; pobres en lo humano y espiritual en sus más variadas y crueles facetas. La ruptura del matrimonio y de la familia, la frustración y depresión de jóvenes y mayores, el endurecimiento del alma y la pérdida de la conciencia del pecado… son los índices más evidentes del estado de postración espiritual en el que se encuentra nuestra sociedad. Y, lo peor, es que hemos perdido el sentido y el valor de la compasión. Solo nos interesamos por nosotros mismos. Y como nos horroriza pensar de que “somos polvo y en polvo nos hemos de convertir”, nos aferramos al “no” al Evangelio y vivimos como si Dios no existiese, como si no se hubiese hecho uno de nosotros para poder cargar con nuestros pecados y ofrecerse como víctima de justicia y de misericordia, clavado en una Cruz. El tiempo litúrgico de la Cuaresma, tiempo siempre de conversión al “Dios vivo y verdadero” −¡a Jesucristo Redentor del hombre!−, nos apremia  a purificar la mirada del alma alzándola y fijándola en el rostro divino-humano del Crucificado, del “Dios con nosotros”, ¡con nosotros hasta la muerte y una muerte de Cruz! La Iglesia nos facilita, un año más, el camino que nos abre a su gracia redentora. La oración personal y la oración comunitaria de nuestra Iglesia Diocesana, unida a la del Santo Padre y a la de toda la Iglesia Universal, precisa centrarse en una insistente y perseverante intención: ¡Señor, purifica los ojos de nuestra alma con la luz de tu Santo Espíritu, el Espíritu Santo! ¡Danos la gracia actual y viva de apartarlos de las verdades capciosas y engañosas del mundo y de dirigirlos a la única verdad salvadora del amor misericordioso de Jesucristo muerto y resucitado por nosotros para la vida bienaventurada y eterna! La meditación de la Palabra de Dios, la plegaria humilde, acudir al confesor en el Sacramento de la Penitencia y la vivencia de la litúrgica eucarística son los instrumentos privilegiados para la acogida sincera y fructífera de la gracia de una nueva conversión. Si nos fijamos en Dios de verdad y en la verdad, también nos fijaremos en el hombre “nuestro hermano en la fe y en la humanidad” de verdad y en la verdad: en la verdad viva de el que está cerca y en la del que está lejos. Graves son las necesidades materiales y espirituales, que agobian a los países subdesarrollados y más pobres de la tierra y graves también las que angustian a los que padecen entre nosotros más directamente las consecuencias empobrecedoras de la crisis. Pueden ser un familiar, un vecino, un amigo, un compañero de profesión y tiempo libre, a alguien que encontramos en la calle o en la plaza sin techo ni hogar. Esperan una respuesta fraterna del que ama movido por el amor del Padre común y por la caridad de aquel que es el Hermano, Amigo y Señor  de todos: ¡Jesucristo!</p>
<p style="text-align: justify;">Fijarse en el hombre hermano, que convive y comparte con nosotros los bienes de la gracia de Dios en la Iglesia y en la sociedad, implica por lo tanto mirar también y ver las necesidades del alma, como nos lo recuerda el Papa en su Mensaje cuaresmal. Vivir la Iglesia y vivir en la Iglesia significa y es lo mismo que “caminar juntos en la santidad”. Convivir en la comunidad humana de un pueblo y de una misma sociedad implica buscar juntos el bien común de la persona humana en toda su integridad, material, moral, cultural y espiritual. Una sociedad que haya perdido la sensibilidad ética más elemental en la conciencia personal y colectiva frente a los sufrimientos del ser humano despojado de los bienes más esenciales para la realización de su destino −bienes materiales y bienes espirituales−, no saldrá nunca de las crisis históricas de todo tipo que puedan afligirla. Las conciencias corrompidas son incapaces de cualquier regeneración social, digna de este nombre. La conversión cuaresmal al amor misericordioso de Jesucristo, muerto y resucitado por nuestra salvación, comprende también asumir la obra básica de una caridad espiritual que se ejercita en la corrección fraterna individual y social, en el acompañamiento personal en lo humano y en lo espiritual estrictamente dicho, en la  ayuda y sostén para la búsqueda de la fe, en la afirmación práctica de la esperanza y en la apuesta firme por vivir el mandato del amor hasta el extremo: ¡ en la apuesta por la santidad!</p>
<p style="text-align: justify;">La evocación de la experiencia eclesial de la JMJ 2011 es un buen estímulo de pedagogía pastoral para esa purificación de la mirada del alma que el Santo Padre implícitamente nos pide al iniciar la nueva Cuaresma del año 2012. En aquellos días inolvidables del encuentro mundial de los jóvenes del mundo con el Santo Padre en la Comunión de la Iglesia nuestros ojos se llenaron de luz: ¡de la luz de Jesucristo Resucitado, nuestro Hermano, nuestro Amigo, nuestro Señor! y nuestro corazón de una alegría, presagio y señal luminosa de la alegría que nunca acaba ni acabará. La alegría, que brota incontenible del corazón cuando “sus ojos” se fijan en Cristo y en su luz, se experimenta viva y contagiosa cuando en esa mirada del corazón a Jesucristo queda comprendido el fijarse en el hombre: en los hombres, nuestros hermanos.</p>
<p style="text-align: justify;">A la Virgen María nuestra Madre y Señora, Virgen de La Almudena, le pedimos fervientemente que nos acompañe en este propósito renovado de mirar a su divino Hijo, como le miró Ella al pie de la Cruz y en su primer encuentro después de la Resurrección.</p>
<p style="text-align: justify;">Con mi oración  para que el nuevo tiempo de Cuaresma, que el Señor y la Iglesia nos regalan, sea verdaderamente un tiempo de gracia y de santidad para toda la comunidad diocesana, os bendigo de corazón.</p>
<div><img class="alignright" title=" Firma Cardenal-Arzobispo de Madrid" src="http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/wp-content/uploads/2003/11/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></div>
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		<title>CON MOTIVO DE LA LIII CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE DE  MANOS UNIDAS. &#8220;La salud, derecho de todos: ¡Actúa!&#8221;</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Feb 2012 15:22:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>angel8k</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cartas]]></category>

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		<description><![CDATA[CARTA PASTORAL ANTONIO Mª ROUCO VARELA, CARDENAL ARZOBISPO DE MADRID, CON MOTIVO DE LA LIII CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE DE MANOS UNIDAS. Madrid, 12 de febrero de 2012 &#8220;La salud, derecho de todos: ¡Actúa!&#8221; &#160; Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Como viene siendo habitual, según una arraigada tradición, en la segunda semana de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><strong>CARTA PASTORAL<br />
ANTONIO Mª ROUCO VARELA,<br />
CARDENAL ARZOBISPO DE MADRID,</strong></p>
<p align="center"><strong>CON MOTIVO DE LA LIII CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE DE </strong></p>
<p align="center"><strong>MANOS UNIDAS.</strong></p>
<p align="center"><strong>Madrid, 12 de febrero de 2012<br />
&#8220;La salud, derecho de todos: ¡Actúa!&#8221;</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;">Queridos hermanos y hermanas en el Señor:</p>
<p style="text-align: justify;">Como viene siendo habitual, según una arraigada tradición, en la segunda semana de febrero nos disponemos a realizar con Manos Unidas la &#8220;Campaña contra el hambre&#8221;. Como ya sabéis, con dicha campaña Manos Unidas se propone, entre otros, dos objetivos fundamentales. Por un lado, nos invita a interesamos, mediante una reflexión detenida y serena, por algunos de los males que afectan gravemente a nuestra sociedad. Por otro, para que no nos quedemos en la sola reflexión, nos insta a que, movidos por el amor a nuestros hermanos y según el principio de la comunión cristiana de bienes, hagamos una colecta en nuestras parroquias, colegios y demás instituciones diocesanas. De este modo, se consigue llevar a cabo proyectos concretos de lucha contra la pobreza.<span id="more-5169"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Este año, el tema propuesto para la reflexión es la salud y la enfermedad, más concretamente, la preocupación por la desmesurada extensión que algunas enfermedades alcanzan en los países menos desarrollados. Es cierto que la enfermedad es un mal que afecta a todos, pues ningún hombre o pueblo, por socialmente desarrollado que esté, puede considerarse totalmente inmune a ella. La enfermedad, lo sabemos, forma parte de las heridas que el hombre porta consigo. Por desgracias, todos somos testigos de los efectos que provoca la enfermedad en los seres humanos: además del dolor y el sufrimiento, la soledad y el aislamiento.</p>
<p style="text-align: justify;">La historia de la humanidad es en buena medida historia de la lucha contra las enfermedades, muchas de las cuales felizmente han sido total, o en parte erradicadas. Por eso, causa un gran dolor comprobar que los adelantos de la ciencia médica no son igualmente accesibles para todos. Son muchos nuestros hermanos que todavía siguen afectados por enfermedades que en España prácticamente han desaparecido. Es una fuerte llamada a nuestra conciencia ver cómo mucha gente sigue sufriendo a causa de enfermedades que en sus países no pueden ser tratadas por falta de medios. ¿No resulta sangrante saber que muchos no pueden acceder a los avances médicos elementales por falta de medios? Si la salud es un bien para mí y los míos, también lo es para todos. De aquí nace el derecho que declara el lema que Manos Unidas ha elegido para esta campaña: &#8220;La salud, derecho de todos: ¡Actúa!&#8221;. Todos reconocemos la salud como un bien fundamental para el desarrollo. La Iglesia ha mostrado esto a lo largo de su historia con la fundación de tantos hospitales e instituciones dedicadas al cuidado de los enfermos. Todos podemos trabajar por la salud de los más pobres. En primer lugar, cada persona, en la formación para la prevención de las enfermedades; también los gobiernos y las empresas médicas, para que los avances técnicos puedan ser accesibles a todos; y cada uno de nosotros, ayudando con nuestros bienes a los que menos tienen. No es responsabilidad de unos pocos, sino de todos, cada uno según sus circunstancias.</p>
<p style="text-align: justify;">La imagen del Buen Samaritano que cuida del hombre herido debe suscitar en nosotros el deseo de paliar el sufrimiento que la enfermedad y la pobreza cargan sobre nuestros hermanos. Jesucristo, que vino para traer al hombre la verdadera Salud –la salvación-, no dudó en acercarse a los enfermos y darles la salud como signo de la vida eterna. Hoy Cristo sigue sufriendo con aquellos que sufren a causa de enfermedades que fácilmente se pueden detectar, prevenir o curar. Os invito, hermanos, a no ser insensibles y a no quedar inactivos ante el sufrimiento de los enfermos. Que cada uno, según esté en sus manos, haga lo posible para llevar a los enfermos el gozo de la salud.</p>
<p style="text-align: justify;">Que la Virgen María, Nuestra Señora de la Almudena, Salud de los enfermos, nos mueva a actuar a favor de los hermanos necesitados.</p>
<p>Con todo afecto y mi bendición,</p>
<p>Antonio Mª Rouco Varela</p>
<p>Cardenal-Arzobispo de Madrid</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>“TU FE TE HA SALVADO” (Lc 17,19),  En la Jornada del Enfermo.</title>
		<link>http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/2012/02/03/tu-fe-te-ha-salvado-lc-1719-en-la-jornada-del-enfermo/</link>
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		<pubDate>Fri, 03 Feb 2012 15:15:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>angel8k</dc:creator>
				<category><![CDATA[Alocuciones]]></category>

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		<description><![CDATA[Madrid, 3 de febrero de 2012 “TU FE TE HA SALVADO” (Lc 17,19) En la Jornada del Enfermo   Mis queridos hermanos y amigos: El Santo Padre nos convoca para celebrar la XX Jornada del Enfermo el próximo sábado día 11. Fecha extraordinariamente significativa para la Iglesia y para el mundo de los enfermos. Es [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="right">Madrid, 3 de febrero de 2012</p>
<p align="center"><strong>“TU FE TE HA SALVADO” (Lc 17,19)</strong></p>
<p align="center"><strong>En la Jornada del Enfermo</strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p>Mis queridos hermanos y amigos:</p>
<p style="text-align: justify;">El Santo Padre nos convoca para celebrar la XX Jornada del Enfermo el próximo sábado día 11. Fecha extraordinariamente significativa para la Iglesia y para el mundo de los enfermos. Es el día en el que se conmemora la aparición de la Santísima Virgen en Lourdes, aldea perdida del Pirineo Francés, a Bernardita Soubirous, una adolescente campesina del lugar. Corría el año 1858. Hacía poco más de tres que el Papa Pío IX había proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. En el último día de las apariciones, al preguntarle Benardita a la que ella llama “la encantadora Señora” quién era, le responde “levantando los brazos y los ojos al Cielo”: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. ¡Una singular y emocionante confirmación de la fe de la Iglesia y comienzo de un capítulo nuevo de la historia de la verdadera salud que Dios concede al hombre por su Hijo Jesucristo, a quien acompaña María su Madre y Madre de la Iglesia! Desde entonces aquella desconocida localidad del sur de Francia se convierte en lugar donde la gracia redentora de la Cruz fluye como el río que atraviesa el lugar, el río Gave, y que limpia y cura almas y cuerpos con la fuerza y la alegría con la que brota el agua de la fuente regalada por la Virgen a sus devotos: un agua “milagrosa” destinada a los hombres de un tiempo, “el moderno”, que había dejado de “creer en Dios” después de haber rechazado la fe de sus antepasados en Jesucristo su Hijo, el Redentor del hombre.<span id="more-5166"></span></p>
<p style="text-align: justify;">La Europa del siglo XIX había elegido el camino de “otra fe”: la fe en el hombre y en su progreso, sin contar con Dios e incluso contra Dios. Un amplio sector de su sociedad y de su cultura apuesta por el humanismo, impotente en todos sus intentos de vencer el mal sin el bien. Sus frutos bien amargos eran ya dolorosamente perceptibles a mediados de siglo. Los tiempos progresaban ¡ciertamente!, pero los dramas de una sociedad dividida en “clases” enfrentadas en lucha abierta, ensombrecían y desbordaban las potencialidades físicas, psicológicas y políticas puestas a disposición de los programas y planes de reformas económicas, sociales y culturales por una teoría y una técnica apoyadas exclusivamente en una ciencia elaborada de espaldas al conocimiento de Dios, no sólo por la vía de la fe sino también de la razón. El dolor, la enfermedad, la muerte&#8230; se desvelaban, a fin de cuentas, como obstáculos infranqueables, que el orgullo del hombre y de una sociedad engreída por su progreso científico pretendían soslayar con el espejismo de que la época nueva del progreso indefinido estaba al alcance de la mano, garantizado y promovido por leyes resultado exclusivo de la razón humana. En vano. Los enfermos del alma y del cuerpo comienzan pronto a peregrinar a Lourdes. Buscan a quien de verdad les puede sanar en lo más hondo de su ser, es decir, en lo más íntimo y fundamental de lo que son como personas: su corazón, su mundo interior, su libertad, su capacidad física y psicológica para esperar y comunicar el don de sí mismo a los demás. Peregrinan y peregrinan por millones, sin interrupción hasta nuestros días. Al comenzar el tercer Milenio de la Era Cristiana la peregrinación a la gruta de las apariciones de la Virgen en Lourdes se ha hecho habitual en las costumbres del pueblo cristiano. El peregrino retorna siempre a casa −así ocurre con la inmensa mayoría− sano de alma, confortado verdaderamente de espíritu y, no pocas veces, sano de cuerpo. La explicación de la curación del leproso por Jesús en Galilea mantiene toda su vigencia. Jesús le dice “Levántate y vete; tu fe te ha salvado” (Lc 17,19). Sí, la fe salva hoy igual que en los inicios de Lourdes, como en los tiempos de Jesús, ¡como siempre! La fe viva salva plena e íntegramente al hombre en la verdad completa de lo que es espiritual y corporalmente: persona llamada al amor y a la felicidad eterna. La fe sana el alma y permite la recuperación −a veces ¡milagrosamente!− de la salud perdida del cuerpo. Es la gracia la que en todo caso, por la vía del amor crucificado, convierte el dolor del hombre en razón, prueba e instrumento del amor salvador de Jesucristo.</p>
<p style="text-align: justify;">            La creencia moderna en el progreso entendido de forma materialista y en la suficiencia de la capacidad humana para establecer un mundo nuevo y feliz iba a sufrir en la historia del siglo XX decepción tras decepción. Las ideologías negadoras radicales de Dios pondrían pronto al descubierto a que extremos de destrucción y de muerte puede llegar el hombre cuando se ensoberbece hasta el punto de querer ocupar el lugar de Dios en la vida personal y en el gobierno y configuración cultural y política de la sociedad. Los campos de exterminio constituyen su índice más terrible. La primera reacción política a tanta barbarie, concluida la guerra, no podía ser otra que la vuelta a una visión trascendente de la persona humana imagen de Dios, salvada y redimida por Cristo hecho carne y que habitó entre nosotros. El acierto político y cultural del recurso al derecho natural en la doctrina jurídica y antropológica que guió a los grandes hombres de Estado en aquella encrucijada histórica, se evidenció pronto en la reconstrucción de la Europa libre. Continuaron con el empeño del desarrollo científico en todos los campos de la vida y experiencia humanas, pero proporcionándole un marco ético y espiritual que impidiese su deshumanización.</p>
<p style="text-align: justify;">Nos encontramos ya a comienzos del siglo XXI y muchas son las señales de alarma respecto a la probabilidad, por no decir, al hecho mismo de una nueva recaída en la tentación del hombre que prescinde de Dios y que se proclama a sí mismo como la última instancia del bien y del mal. Se impone “el poder”, sin más. Entre tanto aparecen y se propagan por todas partes nuevos sufrimientos físicos y psicológicos. La depresión se ha convertido en la enfermedad típica de nuestro tiempo. El dolor interior se apodera de muchas vidas jóvenes. ¿De quién y cómo nos vendrá la salvación? Benedicto XVI nos indicaba la dirección para encontrar la respuesta en el Vía Crucis de la JMJ.2011 de Madrid al señalar el Misterio del amor misericordioso que se nos ha revelado y donado en la Cruz de Cristo: “La Cruz no fue el desenlace de un fracaso −decía el Papa−, sino el modo de expresar la entrega amorosa que llega hasta la donación más inmensa de la propia vida. El Padre quiso amar a los hombres en el abrazo de su Hijo crucificado por amor”. En el encuentro con los jóvenes discapacitados en el Instituto San José de Carabanchel, el Papa los denomina “testigos” que “nos hablan ante todo de la dignidad de cada vida humana creada a imagen de Dios. Ninguna aflicción es capaz de borrar esta impronta divina grabada en lo más profundo del hombre. Y no solo: desde que el Hijo de Dios quiere abrazar libremente el dolor y la muerte, la imagen de Dios se nos ofrece también en el rostro de quien procede”. Sí, el camino de la fe en Jesucristo, Redentor del hombre, sigue abierto para todos los que en el tercer Milenio busquen sinceramente la verdadera salud. El Señor no deja de repetirnos: “Tu fe te ha salvado”.</p>
<p style="text-align: justify;">         A su Madre Santísima, Virgen María, Virgen de Lourdes, invocada en Madrid como Nuestra Señora de La Almudena, le encomendamos nuestras pobres plegarias para que no nos desviemos nunca del verdadero camino que lleva a la salud y a la vida.</p>
<p style="text-align: justify;">         Con todo afecto y con mi bendición,</p>
<p>         +Antonio Mª Rouco Varela</p>
<p>Cardenal-Arzobispo de Madrid</p>
]]></content:encoded>
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		<title>HOMILIA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid Para el Funeral por el Excmo. Sr. D. Manuel Fraga Iribarne</title>
		<link>http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/2012/01/23/homilia-del-emmo-y-rvdmo-sr-cardenal-arzobispo-de-madrid-para-el-funeral-por-el-excmo-sr-d-manuel-fraga-iribarne/</link>
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		<pubDate>Mon, 23 Jan 2012 20:00:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Homilias]]></category>

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		<description><![CDATA[HOMILIA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid Para el Funeral por el Excmo. Sr. D. Manuel Fraga Iribarne Catedral de La Almudena, 23.I.2012; 20,00h. (Ro 6,3-9; Sal 129,1-2.4-5.6-7.8-9; Jn 5.24-29) &#160; &#160; Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor: Siempre que celebramos la Eucaristía se actualiza el sacrificio de Jesucristo. Aquel [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>HOMILIA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Para el Funeral por el Excmo. Sr. D. Manuel Fraga Iribarne</strong></p>
<p style="text-align: center;">Catedral de La Almudena, 23.I.2012; 20,00h.</p>
<p style="text-align: center;">(Ro 6,3-9; Sal 129,1-2.4-5.6-7.8-9; Jn 5.24-29)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:</p>
<p>Siempre que celebramos la Eucaristía se actualiza el sacrificio de Jesucristo. Aquel famoso Jesús de Nazareth, que había removido la conciencia religiosa y política de su pueblo en lo más hondo de sí misma, culmina su obra salvadora muriendo como un malhechor clavado en una Cruz. Su muerte, sin embargo, fue, es y será para siempre una muerte victoriosa: victoria para Él y victoria para el mundo. Al resucitar al tercer día, se verá con toda claridad que la muerte había sido vencida definitivamente. ¡La muerte de Cristo es una muerte victoriosa! ¡Más aún, representa la victoria decisiva sobre la muerte! Muerte ¿dónde esta tu victoria? ¿dónde está tu aguijón?, preguntaría San Pablo al proclamar el triunfo pascual de Jesucristo, el Señor. No hay nada, pues, más connatural con el profundo significado del Sacramento de la Eucaristía que la tradición inmemorial de la Iglesia −se remonta al primer siglo de su historia− de ofrecerla por los vivos y por los difuntos. Hoy la ofrecemos en la Catedral de Nuestra Señora La Real de la Almudena por nuestro recordado hermano Manuel, D. Manuel, (q.e.g.e), fallecido en su casa de Madrid en la noche del pasado 15 de enero; amado y querido entrañablemente por los suyos: hijos, nietos, hermanos y sobrinos… por toda la gran Familia Fraga-Iribarne; estimado y apreciado por los muchos compañeros de la vida académica y política de los que supo granjearse una sincera y fiel amistad; admirado y respetado por un número incontable de conciudadanos que no olvidarán nunca la forma extraordinariamente generosa, desinteresada e incansable de su entrega al bien común de los españoles: característica de su dilatada fecunda vida de noble servicio a España en circunstancias complejas y no siempre fáciles. Los dieciséis años de su dedicación a Galicia, su tierra natal, ponen una nota admirable de ternura personal y, a la vez, de auténtica, sencilla y comprometida humanidad. Su defensa del derecho a la vida desde el primer momento de su concepción hasta el último de la muerte natural, fue admirable. La Iglesia diocesana de Madrid lo ha tenido por hijo en los periodos más prolongados de su vida. Los ciudadanos de Madrid lo han considerado y apreciado como un vecino entrañable: ¡Como un madrileño más!<span id="more-5150"></span></p>
<p>Nuestro hermano D. Manuel recibió el bautismo poco después de nacer, como era costumbre entonces en las familias cristianas de la época. La suya, lo era profundamente. Desde ese instante quedó incorporado a Cristo (cfr. Ro 6,3). Es decir, desde aquel día en el que fue llevado a la pila bautismal de su Parroquia natal de Santa María de Villalba (Lugo), adquirió el ser y la condición de cristiano. Lo que jamás negó, más aún, lo que profesó firmemente hasta el momento de su fallecimiento. La fe cristiana, confesada en la comunión de la Iglesia, fue la clave más profunda para comprender su rica personalidad humana. Es siempre la decisiva para entender y configurar la vida como una novedad −valga la redundancia− siempre nueva, como había enseñado San Pablo (Ro 6,4). El hombre no ha sido creado para morir; pero elige desde el principio un camino de rebelión contra su Creador, el Dueño de la Vida, que le condujo y conduce inexorablemente a la muerte. San Pablo habla a los Romanos de <em>“nuestra vieja condición”</em>, de <em>“nuestra personalidad de pecadores”</em>, en una palabra, del <em>“hombre viejo”</em>. El curso de nuestra existencia en el mundo se encuentra, pues, ante un inesquivable dilema: o vivir para finalmente morir, no queriendo liberarse de la esclavitud del pecado en la ilusa creencia, escéptica o desesperada, de que con la muerte física termina todo; o vivir enfrentándose a la fascinación y el poder del mal en la raíz espiritual del alma, para escribir la historia propia, compartiéndola con la de todos, próximos y extraños, de tal modo que la muerte física sea solamente el paso y la puerta para entrar en el ámbito de la vida eterna: gozosa y bienaventurada. O, lo que es lo mismo, forjar la existencia para llegar a la hora de la muerte dispuestos a vivirla atravesando su umbral con Cristo y en Cristo, dando <em>“el paso”</em> a la otra vida con Él, el Resucitado, con la certeza de que <em>“si hemos muerto con Cristo… también viviremos con Él”</em> (Ro 6,9). La recta dirección de la vida quedó claramente definida para nuestro hermano en ese día de su Bautismo en la Iglesia parroquial de Villalba. La educación recibida de sus padres y el ambiente de sencilla piedad y de caridad cristiana que le envolvió en su pueblo y parroquia natal, le animarían y sostendrían en la decisión de mantenerse fiel a sus raíces cristianas, en los aspectos más personales e íntimos de su vida y en el ejercicio de sus múltiples, variadas y graves responsabilidades públicas. Nuestra Eucaristía de hoy, en la Catedral de La Almudena, la ofrecemos unidos a la oblación de Cristo al Padre para que nuestro querido hermano haya alcanzado aquello en lo que se cifra el triunfo del hombre al concluir su vida en este mundo: la victoria irrevocable sobre la muerte, ¡el triunfo de la vida eterna con Jesucristo en Dios <em>“que es el Amor”</em>!</p>
<p>La fe nos da a conocer la verdad del amor infinitamente misericordioso de ese Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, como un amor cercano, concreto, salido del Corazón divino-humano de Cristo, herido por la lanza del soldado romano y que fluye incontenible como su sangre sobre toda la humanidad. Dios busca para nosotros más que una simple inmortalidad del alma. Dios quiere introducirnos eficazmente en el Misterio insondable de su mismo amor −¡amor glorioso!− desde aquella hora de la Resurrección de su Hijo Jesucristo en aquel Domingo, primer día de la semana judía, que inaugurará el tiempo nuevo de una Pascua que conducirá al hombre a la Gloria final, cuando la historia llegue a su término. Esta fe −¡la fe pascual!− es la que alumbra en el corazón cristiano la verdadera esperanza, que nadie ni nada es capaz de apagar. Esa es hoy la esperanza que sentimos cuando unimos nuestro ruego a la Plegaria Eucarística de la Iglesia en el Altar de la Nueva Alianza para que <em>“el paso”</em> de nuestro querido D. Manuel por la muerte haya sido ya el tránsito a la vida gloriosa y feliz en Cristo. <em>“Si hemos muerto con Cristo</em> −enseñaba San Pablo (Ro 6,9)− <em>creemos que también viviremos con él”</em>. No se tiene miedo a la muerte, cuando se la vive como la oblación final de un vivir muriendo a la soberbia del espíritu y de la carne y viviendo para darse al verdadero amor. Santa Teresa de Jesús llega, incluso, como a desear ardientemente su venida −la hermana muerte de San Francisco de Asís−. Decía la Santa de Ávila:</p>
<p style="text-align: center;"><em>“Vivo sin vivir en mí</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>y tan alta vida espero</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>que muero porque no muero”</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Aquello que confiere seguridad y firmeza a la experiencia de la verdadera esperanza es ciertamente el don del amor infinitamente misericordioso que hemos conocido en el momento de la Crucifixión y Muerte de Jesucristo Nuestro Señor. Pero también es obligado reconocer que el estilo y la forma de entender el significado de la existencia humana y el modo de hacer uso de la libertad, como aparecen en la biografía de una persona, pueden considerarse como huellas y señales de que se ha vivido desde el amor y del amor de Cristo, dando como apoyo humano a nuestra esperanza. La historia personal de nuestro querido hermano Manuel en su dimensión pública y en la esfera privada está llena de <em>“buenas obras”</em>: de datos elocuentes de una vida regida por principios intelectuales, morales y espirituales, fundados en la verdad de la ley y de la gracia de Dios: ¡guiada por la ley nueva del Amor! Cómo no vamos a abrigar, pues, en este momento de la celebración de la Santa Misa por él la esperanza de que se hayan cumplido las palabras que dijo Jesús a los judíos: <em>“Os lo aseguro: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio, porque ha pasado ya de la muerte a la vida”</em> (Jn 5,24). En el Magisterio de los últimos Papas, desde Pío XI hasta nuestro Santo Padre Benedicto XVI, se ha acuñado y empleado la expresión <em>“caridad política”</em> como distintivo de aquel que se proponga vivir su vocación personal como un noble y entregado servicio al bien común a la luz y en el espíritu de la experiencia cristiana; o, dicho con otras palabras de Benedicto XVI, como expresión de <em>“una cultura del don”</em>. Reconocérselo a D. Manuel Fraga, en la hora de su despedida última de España, a la que quiso servir con toda la nobleza de su gran corazón, en el umbral de la eternidad, es la consecuencia obligada que extraerán todos aquellos que han seguido y acompañado su vida desde el cariño cercano de la familia, de la amistad y de la fe.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;"><em>“Desde lo hondo a ti grito Señor; </em></p>
<p style="text-align: center;"><em>Señor, escucha mi voz;</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>estén tus oídos atentos</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>a la voz de mi súplica”</em> (Sal 129, 1-2)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Así cantábamos con el Salmista, sintonizando nuestra oración con la del antiguo Pueblo de Dios; oración que nuestro Señor Jesucristo y su Iglesia han hecho suyas. Esa es hoy nuestra súplica por el alma de nuestro hermano Manuel. Se la confiamos a la Madre del Señor y Madre nuestra, la Santísima Virgen María, siempre a la espera de la llegada de sus hijos a la Casa del Padre, donde reina gloriosamente y acoge su divino Hijo, Jesucristo, para facilitarles con su amor exquisito de Madre la entrada. A Ella, Asumpta al Cielo, le encomendamos a nuestro hermano Manuel, a quien su madre de la tierra le había enseñado venerar y querer como la Madre del Cielo.</p>
<div></div>
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		<title>CARTA A TODOS LOS NIÑOS DE MADRID CON MOTIVO DE LA JORNADA DE LA INFANCIA MISIONERA</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Jan 2012 13:11:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[CARTA A TODOS LOS NIÑOS DE MADRID CON MOTIVO DE LA JORNADA DE LA INFANCIA MISIONERA Domingo, 22 de enero de 2012 &#8220;Con los niños de América&#8230;, hablamos de Jesús&#8221; Mis queridos niños y niñas: En los últimos años, en la celebración de la Jornada de la lnfancia Misionera, hemos ido recorriendo los distintos continentes [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>CARTA A TODOS LOS NIÑOS DE MADRID<br />
CON MOTIVO DE LA JORNADA DE LA INFANCIA MISIONERA<br />
Domingo, 22 de enero de 2012</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>&#8220;Con los niños de América&#8230;, hablamos de Jesús&#8221;</strong></p>
<p>Mis queridos niños y niñas:</p>
<p>En los últimos años, en la celebración de la Jornada de la lnfancia Misionera, hemos ido recorriendo los distintos continentes de nuestro planeta tierra, siguiendo el mandato de Jesús de &#8220;ir al mundo entero&#8221; para llevar a todos la alegría de la salvación que está en É1, en conocerle y amarle. Para eso nació en Belén, como hemos celebrado en las pasadas fiestas de Navidad, y para eso murió en la Cruz y resucitó, como celebramos en la Santa Misa. En cumplimiento de esto que Jesús nos encomendó a sus discípulos al subir a los cielos, después de resucitar y aparecerse a los apóstoles y estar con ellos e instruirles durante cuarenta días, ya hemos &#8220;ido&#8221;, con el pensamiento y con el corazón, a Asia, hemos pasado por África y, el año pasado, tuvimos la oportunidad de conocer un poco mejor Oceanía. En este año 2012 nos vamos a acercar a un continente que está lejos por la distancia de los kilómetros, pero que es muy cercano a nuestro corazón: América.<span id="more-5162"></span></p>
<p>América es, sin duda, el continente que mejor conocemos después del nuestro, que es Europa. En primer lugar, porque comparten con nosotros las mismas raíces cristianas, que allí llevamos, sobre todo, los españoles en la gran empresa que fue el descubrimiento y la evangelización del &#8220;Nuevo Mundo&#8221;, que así se llama también el continente americano; y en segundo lugar porque, ciertamente, son muchos los niños y niñas que han venido de aquellas tierras a compartir con nosotros la vida, lo que somos y tenemos, unos y otros. Sin embargo, seguramente algunos de vosotros no sabéis cosas que son muy importantes, y una de ellas es que aquel continente, América, es donde vive el mayor número de católicos del mundo. Se podría decir que es el continente desde donde más oraciones suben al cielo. Seguro que muchos de vosotros habéis visto, o incluso tenéis en casa, un belén navideño que procede de alguno de los países de lberoamérica, y la verdad es que tienen una sencillez y una belleza muy original. Con el colorido y con unas vestiduras típicas de aquellas naciones, expresan su fe y su amor al Niño Dios, al igual que hacemos los españoles, y en particular los madrileños, siguiendo nuestra propia tradición. Verdaderamente, la Navidad nos ha unido a todos, a los de alláy a los de acá, en una misma oración para hacernos, cada vez más, un solo corazón y una sola alma.</p>
<p>Los misioneros españoles y portugueses llevaron la fe en Jesucristo, &#8220;el Camino, la Verdad y la Vida&#8221;, a los hombres y mujeres, a los jóvenes y a los niños que vivían en aquel inmenso continente americano. Hoy, los misioneros continúan esa labor, manteniendo viva la de de los cristianos y evangelizando atantos que aún no conocen a Dios, para que encuentren la alegría de la Salvación. España tiene una gran responsabilidad ante ellos, y con ellos. Todos nosotros, los niños también, sentimos una gran ilusión por que, en los pueblos hermanos de América, Jesús sea amado y alabado. Y quizás, queridos niños, hayáis tenido la experiencia, viendo y hablando con vuestros amigos del colegio y de la parroquia que han venido de alguno de los países de aquel continente, que ellos también rezan, van a Misa cada domingo, quieren hacer la Primera Comunión y recibir el sacramento de la Confirmación, y en muchísimos casos con una fe y una piedad muy grandes. Son cristianos, como nosotros, y precisamente su fe en Jesucristo les ha ayudado a superar tantas difícultades y problemas que han tenido que sufrir. Ellos y nosotros, como verdaderos hermanos, tenemos que querernos y ayudarnos, todos unidos a Jesús, viviendo y hablando con É1, y hablando de É1. Por eso, el lema de este año para la celebración de la lnfancia Misionera es: &#8220;Con los niños de América&#8230;, hablamos de Jesús&#8221;.</p>
<p>Con esta carta, os invito a todos los niños y niñas a que habléis de Jesús con vuestros amigos. Si ellos también creen, os ayudaréis a vivir con alegría vuestra misma fe en Jesús; y si alguno no tiene fe, o no está bautizado, habladle de Jesús, con vuestras palabras, pero sobre todo con el testimonio de vuestra vida, y al ver cómo conocéis y amáis a Jesús, seguro que ellos también querrán hacerlo como vosotros. De este modo, estáis siendo verdaderos misioneros, que lleváis la alegría de la fe, la esperanza y el amor de Jesús a los demás, ¡y así también crecerá aún más vuestra alegría! El Día de la lnfancia Misionera quiere recordaros precisamente esto, que sois misioneros, y lo sois especialmente en esta Jornada con vuestra oración y vuestra limosna, rezando por los niños que aún no conocen a Jesús, pidíendo a la Virgen por los misioneros, para que les abran los ojos a la fe, y ofreciendo algún sacrificio, renunciando a algo bueno que os apetezca, reservando un poco, ¡o mucho!, de la paga semanal para ayudar a los niños que no tienen las facilidades que tenemos en Madrid para recibir formación cristiana y poder celebrar mejor los sacramentos, y tantas cosas más. Pero, sobre todo, si entre vuestros compañeros del colegio, vuestros amigos, incluso vuestros hermanos y familiares, habláis de vuestra fe, los invitáis a ir a Misa el domingo, a rezar algunos ratos en la iglesia, a confesar con frecuencia&#8230;, ¡entonces sí que estáis viviendo el espíritu misionero!</p>
<p>Ya me despido, recordando que esta Jornada de la lnfancia Misionera es vuestra Jornada, que vosotros, queridos niños, igual que los mayores, también podéis ser verdaderos misioneros. Sabed que rezo por vosotros a Jesús. A Él le pido, con la intercesión de la Virgen, Nuestra Señora de la Almudena, que os bendiga a vosotros, y también a vuestras familias, y a vuestros amigos. Y todos vosotros pedid también por mí al Señor.</p>
<p>Con un beso para todos, recibid mi bendición,</p>
<p><img class="alignright" title=" Firma Cardenal-Arzobispo de Madrid" src="http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/wp-content/uploads/2003/11/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></p>
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		<title>ORAR POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS: Una urgencia siempre nueva</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Jan 2012 13:08:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Mis queridos hermanos y amigos: Comienza una nueva semana de oración por la unidad de los cristianos avanzando en un camino espiritual y pastoral iniciado ya hace casi un siglo y que la Iglesia ha hecho suyo con una intensidad creciente. El Decreto del Ecumenismo del Concilio Vaticano II, del que se va a cumplir [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Mis queridos hermanos y amigos:</p>
<p style="text-align: justify;">Comienza una nueva semana de oración por la unidad de los cristianos avanzando en un camino espiritual y pastoral iniciado ya hace casi un siglo y que la Iglesia ha hecho suyo con una intensidad creciente. El Decreto del Ecumenismo del Concilio Vaticano II, del que se va a cumplir pronto los cincuenta años de su aprobación en 1965, y el Magisterio ulterior de los Papa, que lo han desarrollado tanto en la doctrina como en la vida práctica de la Iglesia con una amplitud temática y una insistencia apostólica extraordinaria, no dejan lugar a dudas respecto de la actualidad e importancia pastoral de la tarea “ecuménica” y precisamente en orden a la propuesta y objetivos de la nueva evangelización, que ya Pablo VI y, luego, el Beato Juan Pablo II y nuestro Santo Padre Benedicto XVI han fijado para la Iglesia del Tercer Milenio como una prioridad indiscutible. Precisamente “el estado de la fe” en los países de viejas raíces cristianas, muy gravemente crítico en Europa y América sobre todo, pone de manifiesto la necesidad apremiante de promover e intensificar la unidad fundamental de todos los cristianos en torno a lo que ha sido desde los primeros pasos del movimiento ecuménico la profesión y el testimonio de la verdad de Dios y de Cristo. El Santo Padre lo recordaba y urgía con palabras claras y cálidas en la Liturgia Ecuménica de la Palabra celebrada en el antiguo monasterio de los PP. Agustinos de Erfurt el pasado 23 de septiembre, el segundo día de su viaje pastoral a Alemania. Hoy, en la situación actual de una sociedad y una cultura profundamente secularizada, increyente, no podemos quedarnos en nuestros encuentros ecuménicos −decía Benedicto XVI− en la pena y lamentación de las separaciones y de las divisiones, sino que debemos dar el paso del reconocimiento agradecido a Dios por lo que nos ha conservado y regalado de unidad en la Fe: en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo y “en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, que ha vivido con nosotros y entre nosotros, que ha padecido y muerto por nosotros, y que en su Resurrección ha rasgado la puerta de la muerte”. Fortalecernos mutuamente en esa fe y ayudarnos unos a otros a vivirla es la gran tarea ecuménica que nos espera hoy, quizá más que en ningún otro momento de la historia del movimiento ecuménico, y la que nos introduce en el mismo corazón de la oración de Jesús: “No te pido solo por éstos, te pido también por los que van a creer en mí mediante su palabra” (Jn 17, 20). <span id="more-5159"></span></p>
<p style="text-align: justify;">En esta oración de Jesús “se encuentra el lugar o centro interior de nuestra unidad”. La unidad, si se la pretende y quiere vivir con toda la seriedad de la fe profesada, debe de expresarse en la común toma de conciencia de que ha de ser testimoniada con la palabra y con la vida siempre y mucho más en este momento histórico de la Iglesia y del mundo, en el que la fe se ve acosada y negada a través de múltiples versiones teóricas y prácticas: intelectuales, culturales y sociales. No se avanzará en la unidad eclesial de los cristianos, si no se dan progresos auténticos en el terreno de la misión evangelizadora. ¿Quién se pregunta hoy en el ambiente tan materialista y hedonista de nuestras sociedades cómo “alcanzar a un Dios de la gracia”, al Dios compasivo y misericordioso que buscaba ardientemente Martín Lucero en sus años de novicio, monje y sacerdote agustino en su Convento de Erfurt? La pregunta la hacía el Papa ante “el consejo de la Iglesia Evangélica en Alemania” el mismo 23 de septiembre en el encuentro oficial con los máximos representantes del Protestantismo alemán. ¿Nos preocupa de verdad a nosotros mismos, los cristianos de hoy en España y en Europa? ¿Es decisiva esta pregunta para nuestra concepción de la acción pastoral y misionera, de nuestra predicación y de la catequesis? Y, sobre todo, ¿es decisiva en nuestra vida? La hora del Ecumenismo del siglo XXI ha de estar marcada por el sí de la fe y de la vida, fundado en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en Dios que “es el Amor”; y en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho carne en el seno de la Virgen Madre, muerto y resucitado por nuestra salvación. Un sí, manifestado y confesado sin recortes, capaz de iluminar el camino de la cultura actual y de convertirse en un estilo de vida entregada al amor de Dios y del prójimo. Porque en palabras de Romano Guardini evocadas por el Papa: “Sólo el que conoce a Dios, conoce al hombre”. Y se podría añadir: solo el que ama a Dios, ama al hombre. ¡Cuánto campo de ejercicio del amor al hombre, sembrado y cultivado en común nos queda por hacer! En esta hora histórica de una tan grave crisis económica y social, que afecta a los valores humanos más esenciales, como son la vida, el matrimonio y la familia, el trabajo y la educación de las jóvenes generaciones, etc., la respuesta unida de los cristianos −respuesta de las ideas y de los comportamientos− es indispensable. Una exigencia de un actualizado “ecumenismo”, que adquiere en España una especial fuerza ante el hecho de tantos hermanos inmigrantes, provenientes unos de las Iglesias Ortodoxas del Centro y del Este de Europa, y de otros muchos, hermanos católicos, venidos de las tierras hermanas de América, no siempre inmunes a la sugestión de la confusa religiosidad y de captación complaciente por parte de las sectas.</p>
<p style="text-align: justify;">Sí, la oración por la unidad de los Cristianos vuelve a presentársenos como una obligación espiritual y pastoral inaplazable en unas circunstancias históricas que la hacen especialmente urgente. Sólo orando humildemente con el alma abierta a que se cumpla la oración sacerdotal de la Última Cena: de que seamos uno como Él es uno con el Padre, se podrá vivir y alcanzar la esperanza que Pablo afirmaba en su primera Carta a los Corintios: “Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo”.</p>
<p style="text-align: justify;">Confiamos a María, la Virgen Santísima, la Madre del Señor y la Madre de la Iglesia, la “Virgen de La Almudena”, nuestra plegaria por los frutos de esta nueva Semana de la Unidad, sintonizando con las intenciones del Santo Padre.</p>
<p style="text-align: justify;">Con todo afecto y con mi bendición para el año nuevo que acaba de iniciar su andadura,</p>
<div><img class="alignright" title=" Firma Cardenal-Arzobispo de Madrid" src="http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/wp-content/uploads/2003/11/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></div>
<div style="text-align: justify;"></div>
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		<title>Salir al encuentro. Jornada Mundial del emigrante y del refugiado</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Jan 2012 10:49:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cartas]]></category>

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		<description><![CDATA[JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE Y DEL REFUGIADO Migraciones y nueva evangelización 15 ENERO 2012 &#160; SALIR AL ENCUENTRO &#160; Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor: Con ocasión de la próxima Jornada Mundial de las Migraciones, el próximo domingo 15 de enero, el Papa Benedicto XVI nos invita a «despertar en cada uno de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="right"><strong><em>JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE Y DEL REFUGIADO</em></strong></p>
<p align="right"><strong><em>Migraciones y nueva evangelización</em></strong><em></em></p>
<p align="right"><strong>15 ENERO 2012</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center"><strong><em>SALIR AL ENCUENTRO</em></strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:</p>
<p>Con ocasión de la próxima Jornada Mundial de las Migraciones, el próximo domingo 15 de enero, el Papa Benedicto XVI nos invita a «<em>despertar en cada uno de nosotros el entusiasmo y la valentía que impulsaron a las primeras comunidades cristianas a anunciar con ardor la novedad evangélica, haciendo resonar en nuestro corazón las palabras de san Pablo: «El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!»</em><em> </em><em>(1 Co</em><em> 9,16)</em><a title="" href="#_ftn1"><em><strong>[1]</strong></em></a><em>.<span id="more-5147"></span></em></p>
<p>La Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado en efecto, brinda a toda la Iglesia una nueva oportunidad de reflexionar sobre el creciente fenómeno de la emigración en este mundo global, de orar para que los corazones se abran a la acogida cristiana y de trabajar para que crezcan en el mundo la justicia y la caridad, columnas para la construcción de una paz auténtica y duradera. <em>«Como yo os he amado, que también os améis unos a otros» </em><em>(Jn 13,34)</em><em> es la invitación que el Señor nos dirige con fuerza y nos renueva constantemente: si el Padre nos llama a ser hijos amados en su Hijo predilecto, nos llama también a reconocernos todos como hermanos en Cristo</em><em>»</em><a title="" href="#_ftn2">[2]</a>.</p>
<p align="right">
<p align="right"><strong><em>Una llamada a nuestra acción pastoral</em></strong></p>
<p>Con la mirada puesta en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, que acabamos de celebrar, la Jornada Mundial nos estimula a <em>realizar una pastoral de comunión, a salir al encuentro de los que llegan y a actualizar las estructuras tradicionales de atención a los inmigrantes y refugiados, a fin de  que respondamos mejor a las nuevas situaciones en que interactúan culturas y pueblos<a title="" href="#_ftn3"><strong>[3]</strong></a>.</em> Deseo que nuestras comunidades cristianas sean constructoras de unidad integradora, capaces de abrazar a todos por encima de las diferencias de nuestros orígenes. Una pastoral de verdadera comunión.</p>
<p>Desde que el viejo Adán le diera la espalda, Dios no ha cesado de salir en busca del hombre. Jesús es la verdadera novedad que supera todas las expectativas y así será para siempre a través de la historia. Al encontrar a Cristo, todo hombre descubre el misterio de su propia vida, como les ocurre a los primeros apóstoles, según nos narra el Evangelio de este domingo (Jn 1,35-42).</p>
<p>La esperanza que nace de esta presencia de Cristo, de una parte, nos mueve a los cristianos a no perder de vista la meta final que da sentido y valor a nuestra entera existencia y, de otra, nos ofrece motivaciones sólidas y profundas para hacer frente, inmigrantes y madrileños, al apasionante reto de construir un futuro de esperanza para todos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="right"><strong>Una nueva «<em>imaginación»  </em>pastoral</strong></p>
<p>Desde hace unas décadas, inmigrantes y madrileños convivimos, trabajamos, crecemos juntos y formamos parte de nuestra sociedad y de nuestra diócesis. No podemos considerar a los inmigrantes como extraños, como forasteros. Somos muchos los que en nuestra sociedad madrileña estamos caminando juntos. Todos estamos llamados a desarrollar una convivencia verdaderamente humana basada en la fraternidad. Son nuestros vecinos, son nuestros conciudadanos, son nuestros diocesanos y nuestros feligreses, son nuestros hermanos.</p>
<p>En un mundo cada vez más globalizado, los inmigrantes <em>han contribuido a crear −</em>junto a nuestras migraciones interiores− <em>una </em>sociedad cada vez más intercultural y multiétnica,<em> con problemáticas nuevas, no sólo desde un punto de vista humano, sino también ético, religioso y espiritual<a title="" href="#_ftn4"><strong>[4]</strong></a></em>. Este cúmulo de circunstancias suscita nuevas situaciones pastorales que nuestras comunidades parroquiales no pueden por menos de tener en cuenta y que exigen una respuesta imaginativa. Corresponderá a sus miembros buscar ocasiones oportunas para compartir con quienes son acogidos el don de la revelación del Dios Amor, «que tanto amó al mundo, que dio a su Hijo único» (Jn 3,16). A pesar de las difíciles condiciones de vida, debemos trabajar para que no les falte a los trabajadores inmigrantes y a sus familias el cuidado pastoral ordinario, el anuncio de Jesucristo, la luz y el apoyo del Evangelio, que abre a los hombres horizontes de salvación y de esperanza.</p>
<p>Las comunidades parroquiales no deben olvidar que el hombre y la mujer inmigrantes han sufrido un profundo cambio cultural con el desplazamiento geográfico y el paso de un mundo rural a un mundo urbano, y del sector agrícola y ganadero al sector industrial y de servicios, que significa un cambio de civilización. Cambio que produce inmediatamente un hecho significativo que merece nuestra atención: que la gente pierde la base de sustentación, el substrato sociológico que sostenía su vida, y su vida religiosa.</p>
<p>Cambio de civilización que conlleva naturalmente graves implicaciones para las personas y para su vida de fe:</p>
<p>-       <em>«I</em><em>nmigrantes que han conocido a Cristo y lo han acogido son inducidos con frecuencia a no considerarlo importante en su propia vida, a perder el sentido de la fe, a no reconocerse como parte de la Iglesia, llevando una vida que a menudo ya no está impregnada de Cristo y de su Evangelio»<a title="" href="#_ftn5"><strong>[5]</strong></a>, </em></p>
<p>-       Un relevante número de fieles procedentes de las Iglesias Católicas Orientales de rito diferente y de las Iglesias hermanas separadas, que como consecuencia de la dispersión encuentran dificultades para celebrar y vivir su fe, y</p>
<p>-       Podemos encontrarnos, como consecuencia de la encrucijada de credos y culturas que conforman las migraciones, con hombres y mujeres, que aún no han encontrado a Jesucristo, o lo conocen solamente de modo parcial, a cuyo encuentro también hemos de saber salir.</p>
<p>Esta realidad pone de relieve nuestro deber de ayudar a que la fe no se quede en un simple recuerdo para el inmigrante: necesita imperiosamente cultivarla para, con su luz, leer su nueva historia desde la misma fe. De aquí resulta la evidencia pastoral de que el compromiso de la comunidad cristiana con los inmigrantes no puede reducirse a organizar simplemente las estructuras de acogida y solidaridad, por muy generosas que sean; esta actitud menoscabaría las riquezas de la vocación eclesial, llamada a transmitir la fe, que se fortalece dándola; ha de incluir la respuesta debida desde el Evangelio a todas las cuestiones antropológicas, teológicas, económicas y políticas que encierra la condición del inmigrante, del modo como se plantean en la hora actual de la historia.</p>
<p>Es más, a la comunidad cristiana en su relación con el inmigrante ha de importarle en primer término, hoy como siempre, ofrecerle, como a todo ser humano, sin diferencias de cultura o de raza, el servicio eminentemente evangelizador del encuentro con Cristo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="right"><strong>Promover la evangelización en una sociedad y mundo globalizados</strong></p>
<p>Nuestras comunidades cristianas han de afrontar el desafío de salir al encuentro para ayudar a los inmigrantes a mantener firme su fe, aun cuando falte el apoyo cultural que existía en el país de origen, buscando también nuevas respuestas pastorales, métodos y lenguajes para una acogida siempre viva de la Palabra de Dios. Recordemos lo que nos dice el mensaje papal:</p>
<p>-       <em>en unos casos se trata de una ocasión para proclamar que la humanidad participa en Jesucristo del misterio de Dios y de su vida de amor, y que se abre a un horizonte de esperanza y paz, incluso a través del diálogo respetuoso y del testimonio concreto de la solidaridad; en otros<a title="" href="#_ftn6"><strong>[6]</strong></a>&#8230;</em></p>
<p>-     <em>existe la posibilidad de despertar la conciencia cristiana adormecida a través de un anuncio renovado de la Buena Nueva y de una vida cristiana más coherente, para ayudar a redescubrir la belleza del encuentro con Cristo, que llama al cristiano a la santidad dondequiera que se encuentre, incluso en tierra extranjera<a title="" href="#_ftn7"><strong>[7]</strong></a>.</em></p>
<p>-     <em> De ser conscientes de que el actual fenómeno migratorio es también una oportunidad providencial para el anuncio del Evangelio en el mundo contemporáneo. Hombres y mujeres provenientes de diversas regiones de la tierra, que aún no han encontrado a Jesucristo o lo conocen solamente de modo parcial, piden ser acogidos en países de antigua tradición cristiana. Es necesario encontrar modalidades adecuadas para ellos, a fin de que puedan encontrar y conocer a Jesucristo y experimentar el don inestimable de la salvación, fuente de «vida abundante» para todos (</em><em>Jn 10,10)</em><a title="" href="#_ftn8"><em><strong>[8]</strong></em></a><em>. </em></p>
<p>Y todo ello sin olvidar que también el trabajador inmigrante está llamado a ser testigo del Evangelio: «<em>los propios inmigrantes tienen un valioso papel, puesto que pueden convertirse a su vez en «anunciadores de la Palabra de Dios y testigos de Jesús resucitado, esperanza del mundo»<a title="" href="#_ftn9"><strong>[9]</strong></a>.</em></p>
<p>Estamos, pues, ante el reto en orden a afrontar la tarea histórica de hacer posible una sociedad nueva y una convivencia profundamente humana, sobre la base, eminentemente evangélica, del mutuo reconocimiento como hermanos. <em>«Hoy notamos la urgencia de promover, con nueva fuerza y modalidades renovadas, la obra de evangelización en un mundo en el que la desaparición de las fronteras y los nuevos procesos de globalización acercan aún más las personas y los pueblos, tanto por el desarrollo de los medios de comunicación como por la frecuencia y la facilidad con que se llevan a cabo los desplazamientos de individuos y de grupos»<a title="" href="#_ftn10"><strong>[10]</strong></a>. </em></p>
<p><em>Para la Iglesia, esta realidad constituye un signo elocuente de nuestro tiempo, que evidencia aún más la vocación de la humanidad a formar una sola familia y, al mismo tiempo, las dificultades que, en lugar de unirla, la dividen y la laceran. «En una sociedad en vías de globalización, el bien común y el esfuerzo por él han de abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones, dando así forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios sin barreras»<a title="" href="#_ftn11"><strong>[11]</strong></a>. </em><em></em></p>
<p>−<em>«La Iglesia que se encuentra entre las casas</em> <em>de los hombres, vive y obra profundamente injertada en la sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dramas»−<a title="" href="#_ftn12"><strong>[12]</strong></a></em> por todo ello, la comunidad parroquial está urgida a repensar sus proyectos pastorales, a no encerrarse en seguridades pretéritas, a no inflexionar su diálogo con el mundo, a mantenerse en su vocación misionera y en su mediación de vehicular el diálogo de la salvación entre el Evangelio del Reino, los hombres y los pueblos. Debe constituirse en buena noticia para la cultura y las culturas, para los hombres y los pueblos que constituyen hoy nuestras ciudades y nuestros barrios, nuestros municipios y nuestras comunidades por la diversidad sobrevenida con las migraciones. No puede eludir este desafío. «<em>La caridad es don de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (</em><em>Rm 5,5)</em><em> en cuanto don de Dios, no es utopía, sino realidad concreta; es buena nueva, Evangelio. (…) Los creyentes están llamados a manifestar el rostro de una Iglesia abierta a las realidades sociales y a cuanto permite a la persona humana afirmar su dignidad. En particular, los cristianos, conscientes del amor del Padre celestial, deberán reavivar su atención con respecto a los inmigrantes para desarrollar un diálogo sincero y respetuoso, con vistas a la construcción de la civilización del amor</em>»<a title="" href="#_ftn13"><em><strong>[13]</strong></em></a>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="right"><strong>Al servicio del Evangelio de la esperanza</strong></p>
<p>Asumir responsabilidades, problemas, desafíos y esperanzas ante el mundo, forma parte del compromiso de anunciar el Evangelio de la esperanza. En efecto, siempre está en juego el futuro del hombre en cuanto “<em>ser de esperanza</em>”. Es comprensible que, ante la acumulación de retos a los que la esperanza está expuesta, surja la tentación del escepticismo y la desconfianza; pero el cristiano sabe que puede afrontar incluso las situaciones más difíciles, porque el fundamento de su esperanza es el misterio pascual. Solamente en el Señor puede encontrar fuerzas para ponerse y permanecer al servicio de Dios, que quiere la salvación y la liberación integral del hombre.</p>
<p>Anunciar a Jesucristo, único Salvador del mundo, <em>«constituye la misión esencial de la Iglesia; una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes»<a title="" href="#_ftn14"><strong>[14]</strong></a></em>. Evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. La Iglesia existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa. Las condiciones de la sociedad nos obligan, por tanto, a revisar métodos, a buscar por todos los medios el modo de llevar al hombre moderno el mensaje cristiano, en el cual únicamente podrá hallar la respuesta a sus interrogantes y la fuerza para su empeño de solidaridad humana.</p>
<p>En el actual contexto social, los cristianos, madrileños e inmigrantes, estamos llamados a reconocernos entre nosotros como hermanos, a compartir los bienes provenientes de Cristo y a ser testigos del Evangelio. Con la fuerza que brota del Evangelio se hace realidad esa convivencia profundamente humana, pacífica, solidaria y enriquecedora que todo corazón humano desea desde lo más hondo de su ser. De este modo, la nueva sociedad emerge cada vez más visiblemente, por encima de las diferencias de nuestros orígenes y de nuestra condición, con gestos de respeto, de solidaridad, de mutua ayuda, de amistad y fraternidad, realizados con sencillez y constancia en la vida diaria. Necesitamos derribar las barreras de la desconfianza, de los prejuicios y de los miedos que, por desgracia, existen, y rechazar la discriminación o exclusión de cualquier persona, con el consiguiente compromiso de promover sus derechos inalienables para que aumente la comprensión y la confianza.</p>
<p>En este nuevo contexto social, que anteriormente hemos descrito, las experiencias de éxodo y la transferencia a un mundo urbano complejo y cambiante han de ser iluminadas y discernidas desde la luz que proyecta la visión cristiana de la vida sobre toda la realidad, hasta en los más pequeños detalles. Es preciso que los cristianos, los lugareños y los inmigrantes no tengamos ningún miedo a vivirlo todo desde la fe; de este modo, los demás, en los distintos ámbitos de su múltiple existencia, pueden descubrir cómo es verdaderamente necesaria para ellos la Iglesia, y, a través de su misión y su servicio, podrán descubrir el tesoro infinito que encierra, a Cristo Salvador, cuya Presencia en la Eucaristía es el centro y la fuente de todo. Es en, y desde la Eucaristía, como somos verdaderos hermanos, y en esta fraternidad se manifiesta la paternidad de Dios Creador, de modo que se haga visible y fecunda allí donde se vive y se trabaja, en la familia y en la escuela, en la fábrica y en las más diversas condiciones de la existencia humana.</p>
<p align="right">
<p align="right"><strong>Una atención especial a la familia inmigrante</strong></p>
<p>Frente a los desafíos de esta sociedad, urbana, plural, compleja y cambiante, marcada por la dispersión que se genera, el compromiso misionero de nuestras comunidades se ha de centrar sobre todo en la familia, <em>«no sólo porque esta realidad humana fundamental es sometida hoy a múltiples dificultades y amenazas, y por tanto tiene particular necesidad de ser evangelizada y apoyada concretamente, sino también porque las familias cristianas constituyen un recurso decisivo para la educación en la fe, la edificación de la Iglesia como comunión y su capacidad de presencia misionera en las situaciones más variadas de la vida, así como para fermentar en sentido cristiano la cultura y las estructuras sociales&#8230; El presupuesto por el que hay que comenzar para comprender la misión de la familia en la comunidad cristiana y sus tareas de formación de la persona y de transmisión de la fe, sigue siendo siempre el significado que el matrimonio y la familia tienen en el designio de Dios, creador y salvador»</em><a title="" href="#_ftn15"><em><strong>[15]</strong></em></a>. De este modo, nuestras comunidades cristianas contribuirán a que se creen también para las familias inmigrantes las condiciones válidas para la plena realización de los valores fundamentales: la unión tanto del matrimonio mismo como del núcleo familiar que implica la armonía en la mutua integración de los esposos desde el punto de vista moral, afectivo y de su fecundidad en el amor; y conlleva un crecimiento ordenado de todos los miembros de la familia. Es así como se hace posible la formación de personalidades sólidas y comprometidas socialmente con un amplio sentido de solidaridad y disponibilidad para el sacrificio generoso<a title="" href="#_ftn16">[16]</a>.</p>
<p>Una vez más, invito a los inmigrantes católicos y a sus familias a ocupar el lugar que les corresponde en nuestra Iglesia diocesana, y a todos los inmigrantes a ocupar su lugar en la sociedad y a que se abran a los valores de nuestro pueblo. No declinéis vuestra responsabilidad en la educación de vuestros hijos. Pensad que, junto con la transmisión de la fe y del amor del Señor, una de las tareas más grandes de la familia es la de formar personas libres y responsables. Educadlos en el descubrimiento de su identidad, iniciadlos en la vida social, en el ejercicio responsable de su libertad moral y de su capacidad de amar a través de la experiencia de ser amados y, sobre todo, en el encuentro con Dios. Los hijos crecen y maduran humanamente en la medida en que acogen con confianza ese patrimonio y esa educación que van asumiendo progresivamente<a title="" href="#_ftn17">[17]</a>.</p>
<p align="right">
<p align="right"><strong>La evangelización de los jóvenes</strong></p>
<p>En medio de esta sociedad plural, los grupos parroquiales, los movimientos y las asociaciones apostólicas han de trabajar para que los jóvenes descubran y se convenzan de que</p>
<p>-     <em>pueden ser fieles a la fe cristiana y seguir aspirando a los grandes ideales en la sociedad actual que le</em><em>s den plenitud y felicidad</em><em>, </em></p>
<p>-     <em>l</em><em>a fe no se opone a </em><em>sus</em><em> ideales más altos, al contrario, los exalta y perfecciona</em><em>,</em></p>
<p>-     <em>no se conformen </em><em>con menos que la Verdad y el Amor, que no se conformen con menos que Cristo</em><em>,  </em></p>
<p>-     <em>si permanecen en el amor de Cristo,</em> arraigados en la fe, encontrarán, <em>aun en medio de contrariedades y sufrimientos, la raíz del gozo y la alegría</em>, porque</p>
<p>-     <em>Dios nos ama. Ésta es la gran verdad de nuestra vida y que da sentido a todo lo demás. No somos fruto de la casualidad o la irracionalidad, sino que en el origen de nuestra existencia hay un proyecto de amor de Dios. Permanecer en su amor significa entonces vivir arraigados en la fe, porque la fe no es la simple aceptación de unas verdades abstractas, sino una relación íntima con Cristo que nos lleva a abrir nuestro corazón a este misterio de amor y a vivir como personas que se saben amadas por Dios<a title="" href="#_ftn18"><strong>[18]</strong></a>.</em></p>
<p>Queridos jóvenes<em>, </em>inmigrantes y madrileños, «<em>precisamente ahora, en que la cultura relativista dominante renuncia y desprecia la búsqueda de la verdad, que es la aspiración más alta del espíritu humano», </em>los cristianos, por encima de las diferencias de nuestro origen,<em> «debemos proponer con coraje y humildad el valor universal de Cristo, como salvador de todos los hombres y fuente de esperanza para nuestra vida. Que ninguna adversidad os paralice. No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando su Nombre en toda la tierra»<a title="" href="#_ftn19"><strong>[19]</strong></a>.</em></p>
<p>Vosotros, que crecéis y camináis juntos en la escuela, en el barrio, en las organizaciones deportivas, en la formación profesional, en el mundo universitario y en el acceso al mundo laboral y en la comunidad cristiana&#8230;, puesto que estáis a<em>rraigados y edificados en Cristo, estáis </em>llamados a hacer «visible y sociológicamente perceptible el proyecto de Dios de invitar a todos los hombres a la alianza sellada en Cristo, sin excepción o exclusión alguna, y a ser un espacio acogedor donde se reconoce a todo hombre la dignidad que le otorgó su Creador<em>»</em>. <em>Apoyaos en la fe de aquellos que están cerca de vosotros, </em>vuestra comunidad,<em> en la fe de la Iglesia&#8230; Encontraos con </em>«<em>otros para profundizar en ella</em>»<a title="" href="#_ftn20">[20]</a>, participad en los grupos apostólicos y de formación, vivid en la Eucaristía, misterio de la fe por excelencia que hace a la Iglesia: el centro es <em>Cristo que nos atrae hacia Sí, nos hace, salir de nosotros mismos para hacer de nosotros una sola cosa con Él y, de este modo, nos introduce en la comunidad de los hermanos<a title="" href="#_ftn21"><strong>[21]</strong></a></em><em>.</em> “<em>Poneos a la escucha de la Palabra de Dios </em><em>que nos muestra la auténtica senda, es la luz que ilumina el camino</em>. <em>Solamente Cristo puede responder a vuestras aspiraciones. Dejaros conquistar por Dios para que vuestra presencia dé a la Iglesia un impulso nuevo»<a title="" href="#_ftn22"><strong>[22]</strong></a>.</em></p>
<p>Reitero mi invitación a todos a ser testigos del Evangelio y artífices de paz. Que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por intercesión de Santa María, nos sostenga en el propósito emprendido. A Ella le encomiendo los esfuerzos y logros de cuantos recorren con sinceridad el camino de la fe, fuente de fraternidad, de diálogo y de paz en medio de la rica diversidad de este vasto mundo de las migraciones. Por su intercesión, estamos seguros de recibir la luz y la fuerza necesarias para avanzar por el camino que su Hijo Jesucristo nos señala.</p>
<p>Con mi afecto y bendición,</p>
<p><img class="alignright" title=" Firma Cardenal-Arzobispo de Madrid" src="http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/wp-content/uploads/2003/11/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<div><br clear="all" /></p>
<hr align="left" size="1" width="33%" />
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref1">[1]</a> Cfr. Mensaje Benedicto XVI, 2012</p>
</div>
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<p><a title="" href="#_ftnref2">[2]</a> Cfr. Mensaje Benedicto XVI, 2011</p>
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<p><a title="" href="#_ftnref3">[3]</a> Cfr. Mensaje Benedicto XVI, 2012</p>
</div>
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<p><a title="" href="#_ftnref4">[4]</a> Cfr. Mensaje Benedicto XVI  2012</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref5">[5]</a> Ibídem.</p>
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<p><a title="" href="#_ftnref6">[6]</a> Ibídem</p>
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<p><a title="" href="#_ftnref7">[7]</a> Ibídem</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref8">[8]</a> Ibídem</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref9">[9]</a> Exhortación apostólica <a href="http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/apost_exhortations/documents/hf_ben-xvi_exh_20100930_verbum-domini_sp.html#Palabra_de_Dios_y_compromiso_en_el_mundo">Verbum Domini</a>, 105</p>
</div>
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<p><a title="" href="#_ftnref10">[10]</a> Mensaje Benedicto XVI 2012</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref11">[11]</a> Benedicto XVI, Enc. <a href="http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate_sp.html#7">Caritas in veritate</a>,7.</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref12">[12]</a> CEE. La Pastoral Obrera de toda la Iglesia.</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref13">[13]</a> Juan Pablo II,  Jornada Migraciones. 2 febrero 1999.</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref14">[14]</a> Pablo VI, Exhortación apostólica <a href="http://www.vatican.va/holy_father/paul_vi/apost_exhortations/documents/hf_p-vi_exh_19751208_evangelii-nuntiandi_sp.html">Evangelii nuntiandi</a>, 14</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref15">[15]</a> Benedicto XVI.  San Juan de Letrán. Apertura del Congreso Eclesial D. de Roma sobre «Familia y comunidad cristiana: formación de la persona y transmisión de la fe».7/6/2005</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref16">[16]</a> Cfr. A. Rouco Varela. Una sola familia, un solo pueblo, un solo barrio. 2007</p>
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<p><a title="" href="#_ftnref17">[17]</a> Cfr. Ibídem</p>
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<p><a title="" href="#_ftnref18">[18]</a> Cfr. Benedicto XVI. JMJ. Vigilia de oración con los Jóvenes. Cuatro vientos. 20 agosto 2011</p>
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<p><a title="" href="#_ftnref19">[19]</a> Ibídem</p>
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<p><a title="" href="#_ftnref20">[20]</a> Ibídem.</p>
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<p><a title="" href="#_ftnref21">[21]</a> Benedicto XVI. Homilía en la Misa de clausura del XXIV Congreso Eucarístico Nacional Italiano 29 de mayo 2005.</p>
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<p><a title="" href="#_ftnref22">[22]</a> Cfr. Benedicto XVI. JMJ. Vigilia de oración con los Jóvenes. Cuatro vientos. 20 de agosto 2011</p>
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<div></div>
]]></content:encoded>
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		<title>HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid  Para la Ordenación Episcopal de Mons. José Luis del Palacio</title>
		<link>http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/2012/01/07/homilia-del-emmo-y-rvdmo-sr-cardenal-arzobispo-de-madrid-para-la-ordenacion-episcopal-de-mons-jose-luis-del-palacio/</link>
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		<pubDate>Sat, 07 Jan 2012 18:05:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Homilias]]></category>

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		<description><![CDATA[HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid Para la Ordenación Episcopal de Mons. José Luis del Palacio Fiesta del Bautismo de Señor Catedral de La Almudena, 7.I.2012; 18,00h. (Is 42,1-4,6-7;Sal 28; Hch 10,34-38;Mc 1,7-11) &#160; 1. La Iglesia de Madrid se alegra profundamente al celebrar en nuestra Iglesia Catedral la ordenación episcopal [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Para la Ordenación Episcopal de Mons. José Luis del Palacio</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Fiesta del Bautismo de Señor</strong></p>
<p style="text-align: center;">Catedral de La Almudena, 7.I.2012; 18,00h.</p>
<p style="text-align: center;">(Is 42,1-4,6-7;Sal 28; Hch 10,34-38;Mc 1,7-11)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>1. La Iglesia de Madrid se alegra profundamente al celebrar en nuestra Iglesia Catedral la ordenación episcopal de un sacerdote diocesano, elegido por el Santo Padre para ser obispo de la diócesis de Callao, en Perú. Lo hacemos en este hermoso tiempo de Navidad, en el que el Verbo de Dios ha tomado nuestra carne para convertirla en portadora de Vida y Santidad en la Iglesia y en el mundo. Nos alegramos contigo, querido hermano José Luis, porque en esta Iglesia diocesana recibiste los sacramentos de la iniciación cristiana, en ella has ejercido también algún tiempo el ministerio sacerdotal, y en ella recibirás hoy la plenitud del sacerdocio mediante la ordenación episcopal. Os invito a todos los presentes a alegraros con el gozo de la Navidad y a pedir a Dios por este hermano nuestro para que, al recibir la gracia de la unción sacramental del episcopado, sea instrumento de Dios para bien de la Iglesia y salvación del mundo. Nos encomendamos especialmente a los santos con que esta diócesis de Madrid ha sido bendecida en su aún corta historia y que hacen de ella una comunidad santa unida a Cristo, su Señor.<span id="more-5155"></span></p>
<p>2. La fiesta de hoy, el Bautismo de Cristo, nos ayuda a comprender mejor el significado del ministerio episcopal y de la unción del Espíritu que consagra al elegido para este servicio. En la primera lectura el profeta Isaías contempla al Siervo de Dios y le dedica uno de los cánticos que resumen admirablemente su misión. Se trata del Elegido por Dios para traer la santidad a su pueblo, el derecho a las naciones. Presenta su misión con imágenes que hablan de liberación de la oscuridad y de la prisión en las que el hombre yace como ciego y cautivo. Lo presenta sostenido por Dios y como aquél sobre el que reposa el Espíritu de Dios. El profeta no sólo dice a qué viene el Siervo sino cómo realizará su misión: con la firmeza de quien implanta la justicia y con la misericordia de quien no viene a gritar por las calles ni a actuar quebrando lo débil ni apagando lo que aún respira. En realidad, en este retrato del Siervo, el profeta ha dibujado las entrañas mismas de Dios, rico en misericordia, que viene a salvar al hombre del pecado y a levantarlo hacia las cimas de la santidad como Pastor de su pueblo.</p>
<p>Este Siervo es Jesús, el Cristo, que hoy desciende a las aguas del Jordán, mezclado entre los pecadores, que acudían al Bautista para hacer penitencia. Jesús, al tomar nuestra carne, se hace solidario con el hombre pecador y acude también a recibir el bautismo de penitencia. En ese momento de humildad por parte del Siervo, Dios revela la condición única de Jesús, el Santo por excelencia, el Hijo amado y predilecto. Y lo revela cumpliendo la promesa de Isaías: hace descender sobre él el Espíritu de justicia y santidad que le capacitará, en cuanto hombre, para realizar su misión salvífica entre los hombres. La vida, el ministerio, los milagros, la pasión, muerte y resurrección de Cristo, revelarán que él es el Ungido de Dios, el único capaz de implantar su Reino y hacer de los hombres un pueblo dispuesto para el culto del Dios vivo, es decir, un pueblo santo. Cuando Pedro predica el Evangelio, no deja dudas sobre la misión de Cristo: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él» (segunda lectura). No hay mejor resumen de la vida de Cristo que éste, cuya antigüedad se remonta a la primitiva predicación apostólica.</p>
<p>3. Gracias a la Unción de la humanidad de Cristo, los hombres podemos recibir parte en la misma unción. Al unirse el Hijo de Dios a nuestra naturaleza humana, ésta ha recibido la capacidad de acoger en su pobreza el don del Espíritu Santo, que nos transforma en Cristo y nos hace partícipes de su misión. La unción que dentro de unos momentos recibirá nuestro hermano en su cabeza, después de haber recibido la imposición de manos, es el signo eficaz de que el Espíritu Santo lo toma para sí, lo une real y misteriosamente a Cristo para poder ejercer, como él, el ministerio sacerdotal en plenitud. Por ello, también de nuestro hermano podemos decir lo que Isaías dice del Siervo: ha sido ungido para traer la salvación a su pueblo. Configurado con Cristo, Obispo y Pastor de su Pueblo, nuestro hermano es ungido por Dios para realizar la misma misión de Cristo, que no es otra que santificar al pueblo cristiano y llamar a la fe en Cristo a los que no creen aún en él. Fortalecido por el poder de Cristo, también el Obispo debe pasar la vida haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo. Esta es la tarea fundamental de quien ha sido elegido, como buen Pastor, para cuidar del rebaño aun con la entrega de su propia vida, si preciso fuere. El Obispo, revestido con el poder del Evangelio, que colocaremos sobre su cabeza, y fortalecido con el crisma, está llamado a combatir con todas sus fuerzas para que el mal no penetre en su Iglesia ni en el corazón de sus hijos, y toda ella se conserve fiel al Señor hasta el fin de los tiempos, cuando venga a culminar su obra. Por ello, el Obispo debe dejarse penetrar por esta unción, que hace de él un Siervo fiel de Cristo. Debe vivir la santidad propia de la unción del Espíritu, y estar siempre atento a todo lo que pueda ponerla en peligro en sí mismo y en su pueblo. Con su palabra y magisterio llama a su pueblo a la conversión constante; con sus actos sacramentales, santifica a sus fieles para que vivan su vocación a la santidad con total entrega y responsabilidad. Difícilmente hará esto quien no se empeñe con todas sus fuerzas en alcanzar la santidad siguiendo fielmente a Cristo. Sabemos que nunca lograremos darle alcance, como dice san Pablo, pero esto no nos exime de correr en pos de él hacia la meta que nos propone (cf. Flp 3,12-14).</p>
<p>4. Vivimos en un tiempo en que el Obispo debe dedicar todas sus energías a que la Iglesia que le es encomendada, santa por su unión a Cristo, ofrezca al mundo entero el testimonio de la santidad. Al comenzar este milenio, el beato Juan Pablo II nos exhortaba a situar a la Iglesia en la perspectiva de la santidad entendida como «pertenecer a Aquel que por excelencia es el Santo, el “tres veces Santo”». En este día del Bautismo del Señor, conviene recordar las palabras de este gran Papa: «Si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial».</p>
<p>El primado de la santidad debe orientar el ministerio del obispo, cuidando de modo especial que la Iglesia no se mundanice en sus criterios y comportamientos. Como comunidad redimida por la sangre de Cristo, la Iglesia ha sido rescatada del mundo y trasladada al reino de la luz. Debe vivir siempre en la luz de Dios, la luz de la santidad, para iluminar a todos los hombres. El peligro de la Iglesia, y de cada bautizado, es volver a las obras de las tinieblas y del pecado, perdiendo así la nueva condición que le alcanza la redención de Cristo. Benedicto XVI nos ha alertado de este peligro recientemente al invitar a la Iglesia a <em>desmundanizarse</em>. En el desarrollo histórico de la Iglesia −recuerda el Papa− existe «la tendencia de una Iglesia que se acomoda a este mundo, llega a ser autosuficiente y se adapta a sus criterios… Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe una y otra vez hacer el esfuerzo por separarse de lo mundano del mundo. Con esto sigue las palabras de Jesús: &#8220;No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo&#8221; (<em>Jn</em> 17,16)… Liberada de su fardo material y político, la Iglesia puede dedicarse mejor y verdaderamente cristiana al mundo entero, puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio de la adoración a Dios y al servicio del prójimo… Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres –tanto a los que sufren como a los que los ayudan– precisamente en el ámbito social y caritativo, la fuerza vital especial de la fe cristiana». Una Iglesia así, separada de todo lo mundano, es el fruto de vivir bajo el impulso del Espíritu, que la cubre con la santidad de Dios, como sucedía con la Tienda del Encuentro en el Antiguo Testamento. La Gloria de Dios, su santidad, cubría a la Tienda donde se daba el encuentro de Dios con Moisés y, en él, con su pueblo. El Obispo está llamado a vivir en esa relación directa con Dios que le capacite para conducir a su pueblo hacia la Patria definitiva. Por eso, debe orar por su pueblo, vigilar prudentemente por su santidad, y ayudarle a permanecer fiel a la alianza con Jesucristo.</p>
<p>5. No es fácil en el mundo actual alentar en los fieles el espíritu de santidad. La misma palabra se ha hecho extraña a los oídos de la gente, incluidos los mismos cristianos. Se considera que la santidad es para unos pocos elegidos, o para aquellos que optan por el seguimiento radical de Cristo en los consejos evangélicos o en el ministerio apostólico. Se olvida así que la vocación cristiana es vocación a la santidad y que cada cristiano debe ser santo en toda su conducta (cf. 1Pe 1,15). El bautismo que nos incorpora a Cristo es el fundamento mismo de la santidad, que se realiza en la misma vida ordinaria. Desde la primera formación en las familias y en la catequesis, los cristianos deben saber que Dios les llama a la santidad y que ésta es posible con la ayuda de la gracia. Dirigiéndose a los jóvenes, Benedicto XVI les animaba a vivir aspirando a la santidad y les decía: «Queridos amigos, tantas veces, se ha caricaturizado la imagen de los santos y se los ha presentado de modo distorsionado, como si ser santos significase estar fuera de la realidad, ingenuos y sin alegría. A menudo, se piensa que un santo sea aquel que lleva a cabo acciones ascéticas y morales de altísimo nivel y que precisamente por ello se puede venerar, pero nunca imitar en la propia vida. Qué equivocada y decepcionante es esta opinión. No existe algún santo, excepto la bienaventurada Virgen María, que no haya conocido el pecado y que nunca haya caído en él. Queridos amigos, Cristo no se interesa tanto por las veces que vaciláis o caéis en la vida, sino por las veces que os levantáis. No exige acciones extraordinarias, quiere, en cambio, que su luz brille en vosotros. No os llama porque sois buenos y perfectos, sino porque Él es bueno y quiere haceros amigos suyos. Sí, vosotros sois la luz del mundo, porque Jesús es vuestra luz. Vosotros sois cristianos, no porque hayáis cosas especiales y extraordinarias, sino porque Él, Cristo, es vuestra vida. Sois santos porque su gracia actúa en vosotros».</p>
<p>6. ¡Qué hermoso programa pastoral para un obispo sería llevar a la práctica estas enseñanzas del Papa! La Jornada Mundial de la Juventud que tuvimos la gracia de acoger en Madrid nos mostró unas nuevas generaciones sedientas de vivir una vida nueva en Cristo. Ellos son la esperanza de una Iglesia viva, que testimonie en el mundo la belleza de la vida en Cristo. Ayudarles a descubrir esa vida y hacerla realidad es tarea propia del obispo, llamado a evangelizar y santificar. La convocatoria que el Papa a hecho para celebrar el Año de la Fe tiene que ver con el futuro de la Iglesia y de las nuevas generaciones. Cuando el Señor recibe la unción del Espíritu en el bautismo del Jordán, comienza inmediatamente su ministerio de predicación del Reino de Dios, invitando a la conversión, llamando a la fe. También nosotros, los obispos, hemos sido ungidos para predicar la Buena Nueva del Reino e invitar a los hombres a la conversión. En esta tarea no podemos desfallecer. Predicar a tiempo y destiempo, exhortar, enseñar y mantener viva la fe apostólica es nuestra misión ineludible de la que daremos cuenta al dueño de la mies.</p>
<p>Considera, pues, querido hermano la llamada que te hace al Señor al incorporarte al colegio episcopal, que sucede al colegio apostólico. El que te ha llamado, te dará fuerzas para realizar este ministerio que es un ministerio en el Espíritu. Si el Señor quiso hacer penitencia y descender humildemente a las aguas del Jordán, ¡cuánto más nosotros, rodeados de tanta debilidad, debemos vivir en humildad esta vocación a la que el Señor nos llama! Es cierto que el ministerio que recibes es un honor al ser una llamada a suceder a los Doce, pero es sobre todo una grave responsabilidad, que nos recuerda cada día la confianza que el Señor ha depositado en nosotros al poner su Iglesia bajo nuestro cuidado. Como «oficio de amor» que es, el ministerio del Obispo le urge cada día a entregar su vida por la Iglesia, amándola con el mismo amor de Cristo, porque sólo así podrá presentarse ante Cristo con la conciencia limpia de no haberse servido a sí mismo, sino al rebaño rescatado con la sangre de Cristo. Ejerce, pues, esta responsabilidad con la confianza puesta en Cristo, que te llama, y, al mismo tiempo, con la humildad necesaria para reconocer que eres siervo de Aquél que rescató a su rebaño con la entrega de su propia vida.</p>
<p>7. Al invocar ahora a los santos, acógete a su intercesión para que te mantengas siempre fiel a Cristo, Sumo Sacerdote de su pueblo. Acógete sobre todo a la intercesión de Santa María la Virgen, que, como humilde Sierva, recibió al Espíritu Santo en la obediencia de la fe y en Pentecostés fue constituida Reina y Señora de los Apóstoles. Acógete también a la intercesión de los Santos, fruto de la acción de Espíritu en la Iglesia plantada en las queridas tierras y gentes de Perú, donde has ejercido el ministerio sacerdotal tan generosamente y con tantos frutos humanos y espirituales a lo largo de los muchos años de servicio pastoral que has dedicado a los fieles de esa Iglesia y pueblo hermano, especialmente en la Diócesis para la que has sido elegido Pastor por nuestro Santo Padre Benedicto XVI. ¿Cómo no vamos a recordar hoy en este momento de tu ordenación episcopal a Santa Rosa de Lima, una de las Patronas de la JMJ.2011 en Madrid, y a San Martín de Porres y, muy especialmente, a ese Santo Obispo, figura clave de la evangelización de esa nación hermana que es el Perú, Toribio de Mogrovejo? A ellos, en esta Catedral de la Patrona de Madrid, nuestra Señora la Real de La Almudena, te encomendamos fervorosamente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Amén.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>JUAN PABLO II, <em>Novo Millennio Ineunte</em>, 30.</p>
<p>JUAN PABLO II, <em>Novo Millennio Ineunte</em>, 31.</p>
<p>BENEDICTO XVI, <em>Discurso en el Konzerthaus a los católicos comprometidos, </em>Friburgo en Brisgovia, 25-IX-2011.</p>
<p>BENEDICTO XVI, <em>Homlía en la vigilia con los jóvenes</em>, Friburgo en Brisgovia, 24-IX-2011.</p>
<p>&nbsp;</p>
<div></div>
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		<title>HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid Para la Ordenación Episcopal de Mons. José Luis del Palacio Fiesta del Bautismo de Señor</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Jan 2012 10:41:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Homilias]]></category>

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		<description><![CDATA[HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid Para la Ordenación Episcopal de Mons. José Luis del Palacio Fiesta del Bautismo de Señor Catedral de La Almudena, 7.I.2012; 18,00h. (Is 42,1-4,6-7;Sal 28; Hch 10,34-38;Mc 1,7-11) &#160; 1. La Iglesia de Madrid se alegra profundamente al celebrar en nuestra Iglesia Catedral la ordenación episcopal [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Para la Ordenación Episcopal de Mons. José Luis del Palacio</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Fiesta del Bautismo de Señor</strong></p>
<p style="text-align: center;">Catedral de La Almudena, 7.I.2012; 18,00h.</p>
<p style="text-align: center;">(Is 42,1-4,6-7;Sal 28; Hch 10,34-38;Mc 1,7-11)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>1. <span style="text-decoration: underline;">La Iglesia de Madrid se alegra profundamente al celebrar en nuestra Iglesia Catedral la ordenación episcopal de un sacerdote diocesano, elegido por el Santo Padre para ser obispo de la diócesis de Callao, en Perú.</span> Lo hacemos en este hermoso tiempo de Navidad, en el que el Verbo de Dios ha tomado nuestra carne para convertirla en portadora de Vida y Santidad en la Iglesia y en el mundo. Nos alegramos contigo, querido hermano José Luis, porque en esta Iglesia diocesana recibiste los sacramentos de la iniciación cristiana, en ella has ejercido también algún tiempo el ministerio sacerdotal, y en ella recibirás hoy la plenitud del sacerdocio mediante la ordenación episcopal. Os invito a todos los presentes a alegraros con el gozo de la Navidad y a pedir a Dios por este hermano nuestro para que, al recibir la gracia de la unción sacramental del episcopado, sea instrumento de Dios para bien de la Iglesia y salvación del mundo. Nos encomendamos especialmente a los santos con que esta diócesis de Madrid ha sido bendecida en su aún corta historia y que hacen de ella una comunidad santa unida a Cristo, su Señor.<span id="more-5142"></span></p>
<p>2.<span style="text-decoration: underline;"> La fiesta de hoy, el Bautismo de Cristo, nos ayuda a comprender mejor el significado del ministerio episcopal y de la unción del Espíritu que consagra al elegido para este servicio.</span> En la primera lectura el profeta Isaías contempla al Siervo de Dios y le dedica uno de los cánticos que resumen admirablemente su misión. Se trata del Elegido por Dios para traer la santidad a su pueblo, el derecho a las naciones. Presenta su misión con imágenes que hablan de liberación de la oscuridad y de la prisión en las que el hombre yace como ciego y cautivo. Lo presenta sostenido por Dios y como aquél sobre el que reposa el Espíritu de Dios. El profeta no sólo dice a qué viene el Siervo sino cómo realizará su misión: con la firmeza de quien implanta la justicia y con la misericordia de quien no viene a gritar por las calles ni a actuar quebrando lo débil ni apagando lo que aún respira. En realidad, en este retrato del Siervo, el profeta ha dibujado las entrañas mismas de Dios, rico en misericordia, que viene a salvar al hombre del pecado y a levantarlo hacia las cimas de la santidad como Pastor de su pueblo.</p>
<p>Este Siervo es Jesús, el Cristo, que hoy desciende a las aguas del Jordán, mezclado entre los pecadores, que acudían al Bautista para hacer penitencia. Jesús, al tomar nuestra carne, se hace solidario con el hombre pecador y acude también a recibir el bautismo de penitencia. En ese momento de humildad por parte del Siervo, Dios revela la condición única de Jesús, el Santo por excelencia, el Hijo amado y predilecto. Y lo revela cumpliendo la promesa de Isaías: hace descender sobre él el Espíritu de justicia y santidad que le capacitará, en cuanto hombre, para realizar su misión salvífica entre los hombres. La vida, el ministerio, los milagros, la pasión, muerte y resurrección de Cristo, revelarán que él es el Ungido de Dios, el único capaz de implantar su Reino y hacer de los hombres un pueblo dispuesto para el culto del Dios vivo, es decir, un pueblo santo. Cuando Pedro predica el Evangelio, no deja dudas sobre la misión de Cristo: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él» (segunda lectura). No hay mejor resumen de la vida de Cristo que éste, cuya antigüedad se remonta a la primitiva predicación apostólica.</p>
<p>3. <span style="text-decoration: underline;">Gracias a la Unción de la humanidad de Cristo, los hombres podemos recibir parte en la misma unción. Al unirse el Hijo de Dios a nuestra naturaleza humana, ésta ha recibido la capacidad de acoger en su pobreza el don del Espíritu Santo, que nos transforma en Cristo y nos hace partícipes de su misión. La unción que dentro de unos momentos recibirá nuestro hermano en su cabeza, después de haber recibido la imposición de manos, es el signo eficaz de que el Espíritu Santo lo toma para sí, lo une real y misteriosamente a Cristo para poder ejercer, como él, el ministerio sacerdotal en plenitud.</span> Por ello, también de nuestro hermano podemos decir lo que Isaías dice del Siervo: ha sido ungido para traer la salvación a su pueblo. Configurado con Cristo, Obispo y Pastor de su Pueblo, nuestro hermano es ungido por Dios para realizar la misma misión de Cristo, que no es otra que santificar al pueblo cristiano y llamar a la fe en Cristo a los que no creen aún en él. Fortalecido por el poder de Cristo, también el Obispo debe pasar la vida haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo. Esta es la tarea fundamental de quien ha sido elegido, como buen Pastor, para cuidar del rebaño aun con la entrega de su propia vida, si preciso fuere. El Obispo, revestido con el poder del Evangelio, que colocaremos sobre su cabeza, y fortalecido con el crisma, está llamado a combatir con todas sus fuerzas para que el mal no penetre en su Iglesia ni en el corazón de sus hijos, y toda ella se conserve fiel al Señor hasta el fin de los tiempos, cuando venga a culminar su obra. Por ello, el Obispo debe dejarse penetrar por esta unción, que hace de él un Siervo fiel de Cristo. Debe vivir la santidad propia de la unción del Espíritu, y estar siempre atento a todo lo que pueda ponerla en peligro en sí mismo y en su pueblo. Con su palabra y magisterio llama a su pueblo a la conversión constante; con sus actos sacramentales, santifica a sus fieles para que vivan su vocación a la santidad con total entrega y responsabilidad. Difícilmente hará esto quien no se empeñe con todas sus fuerzas en alcanzar la santidad siguiendo fielmente a Cristo. Sabemos que nunca lograremos darle alcance, como dice san Pablo, pero esto no nos exime de correr en pos de él hacia la meta que nos propone (cf. Flp 3,12-14).</p>
<p>4. <span style="text-decoration: underline;">Vivimos en un tiempo en que el Obispo debe dedicar todas sus energías a que la Iglesia que le es encomendada, santa por su unión a Cristo, ofrezca al mundo entero el testimonio de la santidad.</span> Al comenzar este milenio, el beato Juan Pablo II nos exhortaba a situar a la Iglesia en la perspectiva de la santidad entendida como «pertenecer a Aquel que por excelencia es el Santo, el “tres veces Santo”». En este día del Bautismo del Señor, conviene recordar las palabras de este gran Papa: «Si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial».</p>
<p>El <span style="text-decoration: underline;">primado de la santidad debe orientar el ministerio del obispo</span>, cuidando de modo especial que la Iglesia no se mundanice en sus criterios y comportamientos. Como comunidad redimida por la sangre de Cristo, la Iglesia ha sido rescatada del mundo y trasladada al reino de la luz. Debe vivir siempre en la luz de Dios, la luz de la santidad, para iluminar a todos los hombres. <span style="text-decoration: underline;">El peligro de la Iglesia, y de cada bautizado, es volver a las obras de las tinieblas y del pecado, perdiendo así la nueva condición que le alcanza la redención de Cristo. Benedicto XVI nos ha alertado de este peligro recientemente al invitar a la Iglesia a <em>desmundanizarse</em></span>. En el desarrollo histórico de la Iglesia −recuerda el Papa− existe «la tendencia de una Iglesia que se acomoda a este mundo, llega a ser autosuficiente y se adapta a sus criterios… Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe una y otra vez hacer el esfuerzo por separarse de lo mundano del mundo. Con esto sigue las palabras de Jesús: &#8220;No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo&#8221; (<em>Jn</em> 17,16)… Liberada de su fardo material y político, la Iglesia puede dedicarse mejor y verdaderamente cristiana al mundo entero, puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio de la adoración a Dios y al servicio del prójimo… Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres –tanto a los que sufren como a los que los ayudan– precisamente en el ámbito social y caritativo, la fuerza vital especial de la fe cristiana». Una Iglesia así, separada de todo lo mundano, es el fruto de vivir bajo el impulso del Espíritu, que la cubre con la santidad de Dios, como sucedía con la Tienda del Encuentro en el Antiguo Testamento. La Gloria de Dios, su santidad, cubría a la Tienda donde se daba el encuentro de Dios con Moisés y, en él, con su pueblo. El Obispo está llamado a vivir en esa relación directa con Dios que le capacite para conducir a su pueblo hacia la Patria definitiva. Por eso, debe orar por su pueblo, vigilar prudentemente por su santidad, y ayudarle a permanecer fiel a la alianza con Jesucristo.</p>
<p>5. <span style="text-decoration: underline;">No es fácil en el mundo actual alentar en los fieles el espíritu de santidad. La misma palabra se ha hecho extraña a los oídos de la gente, incluidos los mismos cristianos. Se considera que la santidad es para unos pocos elegidos, o para aquellos que optan por el seguimiento radical de Cristo en los consejos evangélicos o en el ministerio apostólico.</span> Se olvida así que la vocación cristiana es vocación a la santidad y que cada cristiano debe ser santo en toda su conducta (cf. 1Pe 1,15). El bautismo que nos incorpora a Cristo es el fundamento mismo de la santidad, que se realiza en la misma vida ordinaria. Desde la primera formación en las familias y en la catequesis, los cristianos deben saber que Dios les llama a la santidad y que ésta es posible con la ayuda de la gracia. Dirigiéndose a los jóvenes, Benedicto XVI les animaba a vivir aspirando a la santidad y les decía: «Queridos amigos, tantas veces, se ha caricaturizado la imagen de los santos y se los ha presentado de modo distorsionado, como si ser santos significase estar fuera de la realidad, ingenuos y sin alegría. A menudo, se piensa que un santo sea aquel que lleva a cabo acciones ascéticas y morales de altísimo nivel y que precisamente por ello se puede venerar, pero nunca imitar en la propia vida. Qué equivocada y decepcionante es esta opinión. No existe algún santo, excepto la bienaventurada Virgen María, que no haya conocido el pecado y que nunca haya caído en él. Queridos amigos, Cristo no se interesa tanto por las veces que vaciláis o caéis en la vida, sino por las veces que os levantáis. No exige acciones extraordinarias, quiere, en cambio, que su luz brille en vosotros. No os llama porque sois buenos y perfectos, sino porque Él es bueno y quiere haceros amigos suyos. Sí, vosotros sois la luz del mundo, porque Jesús es vuestra luz. Vosotros sois cristianos, no porque hayáis cosas especiales y extraordinarias, sino porque Él, Cristo, es vuestra vida. Sois santos porque su gracia actúa en vosotros».</p>
<p>6. <span style="text-decoration: underline;">¡Qué hermoso programa pastoral para un obispo sería llevar a la práctica estas enseñanzas del Papa! La Jornada Mundial de la Juventud que tuvimos la gracia de acoger en Madrid nos mostró unas nuevas generaciones sedientas de vivir una vida nueva en Cristo. Ellos son la esperanza de una Iglesia viva, que testimonie en el mundo la belleza de la vida en Cristo. Ayudarles a descubrir esa vida y hacerla realidad es tarea propia del obispo, llamado a evangelizar y santificar.</span> La convocatoria que el Papa a hecho para celebrar el Año de la Fe tiene que ver con el futuro de la Iglesia y de las nuevas generaciones. Cuando el Señor recibe la unción del Espíritu en el bautismo del Jordán, comienza inmediatamente su ministerio de predicación del Reino de Dios, invitando a la conversión, llamando a la fe. También nosotros, los obispos, hemos sido ungidos para predicar la Buena Nueva del Reino e invitar a los hombres a la conversión. En esta tarea no podemos desfallecer. Predicar a tiempo y destiempo, exhortar, enseñar y mantener viva la fe apostólica es nuestra misión ineludible de la que daremos cuenta al dueño de la mies.</p>
<p><span style="text-decoration: underline;">Considera, pues, querido hermano la llamada que te hace al Señor al incorporarte al colegio episcopal, que sucede al colegio apostólico</span>. El que te ha llamado, te dará fuerzas para realizar este ministerio que es un ministerio en el Espíritu. Si el Señor quiso hacer penitencia y descender humildemente a las aguas del Jordán, ¡cuánto más nosotros, rodeados de tanta debilidad, debemos vivir en humildad esta vocación a la que el Señor nos llama! <span style="text-decoration: underline;">Es cierto que el ministerio que recibes es un honor al ser una llamada a suceder a los Doce, pero es sobre todo una grave responsabilidad</span>, que nos recuerda cada día la confianza que el Señor ha depositado en nosotros al poner su Iglesia bajo nuestro cuidado. Como «oficio de amor» que es, el ministerio del Obispo le urge cada día a entregar su vida por la Iglesia, amándola con el mismo amor de Cristo, porque sólo así podrá presentarse ante Cristo con la conciencia limpia de no haberse servido a sí mismo, sino al rebaño rescatado con la sangre de Cristo. Ejerce, pues, esta responsabilidad con la confianza puesta en Cristo, que te llama, y, al mismo tiempo, con la humildad necesaria para reconocer que eres siervo de Aquél que rescató a su rebaño con la entrega de su propia vida.</p>
<p>7. <span style="text-decoration: underline;">Al invocar ahora a los santos, acógete a su intercesión para que te mantengas siempre fiel a Cristo, Sumo Sacerdote de su pueblo. Acógete sobre todo a la intercesión de Santa María la Virgen</span>, que, como humilde Sierva, recibió al Espíritu Santo en la obediencia de la fe y en Pentecostés fue constituida Reina y Señora de los Apóstoles. Acógete también a la intercesión de los Santos, fruto de la acción de Espíritu en la Iglesia plantada en las queridas tierras y gentes de Perú, donde has ejercido el ministerio sacerdotal tan generosamente y con tantos frutos humanos y espirituales a lo largo de los muchos años de servicio pastoral que has dedicado a los fieles de esa Iglesia y pueblo hermano, especialmente en la Diócesis para la que has sido elegido Pastor por nuestro Santo Padre Benedicto XVI. ¿Cómo no vamos a recordar hoy en este momento de tu ordenación episcopal a Santa Rosa de Lima, una de las Patronas de la JMJ.2011 en Madrid, y a San Martín de Porres y, muy especialmente, a ese Santo Obispo, figura clave de la evangelización de esa nación hermana que es el Perú, Toribio de Mogrovejo? A ellos, en esta Catedral de la Patrona de Madrid, nuestra Señora la Real de La Almudena, te encomendamos fervorosamente.</p>
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<p>Amén.</p>
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<p>JUAN PABLO II, <em>Novo Millennio Ineunte</em>, 30.</p>
<p>JUAN PABLO II, <em>Novo Millennio Ineunte</em>, 31.</p>
<p>BENEDICTO XVI, <em>Discurso en el Konzerthaus a los católicos comprometidos, </em>Friburgo en Brisgovia, 25-IX-2011.</p>
<p>BENEDICTO XVI, <em>Homlía en la vigilia con los jóvenes</em>, Friburgo en Brisgovia, 24-IX-2011.</p>
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		<title>HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid  en la Fiesta de las Familias</title>
		<link>http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/2011/12/30/homilia-del-emmo-y-rvdmo-sr-cardenal-arzobispo-de-madrid-en-la-fiesta-de-las-familias-2/</link>
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		<pubDate>Fri, 30 Dec 2011 17:00:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Homilias]]></category>

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		<description><![CDATA[HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid en la Fiesta de las Familias Plaza de Colón, 30.XII.2011; 16’00 horas (Eclo 3,2-6.12-14; Sal 127,1-2.3.4-5; Col 3,12-21; Lc 2,22-40) &#160; Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor: 1. “¡Gracias a la familia cristiana hemos nacido!”. Así reza el lema de esta nueva convocatoria para [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>en la Fiesta de las Familias</strong></p>
<p style="text-align: center;">Plaza de Colón, 30.XII.2011; 16’00 horas</p>
<p style="text-align: center;">(Eclo 3,2-6.12-14; Sal 127,1-2.3.4-5; Col 3,12-21; Lc 2,22-40)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:</p>
<p>1. “¡Gracias a la familia cristiana hemos nacido!”. Así reza el lema de esta nueva convocatoria para la celebración de la Eucaristía de la Fiesta de la Sagrada Familia en la madrileña Plaza de Colón en este año tan singular 2011: año de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud. Un acontecimiento que ha significado para la Iglesia y la sociedad, especialmente en Madrid y en España, un verdadero torrente de gracia del Señor. Los jóvenes del mundo fueron con el Santo Padre sus principales protagonistas. El Evangelio fue proclamado, celebrado y testimoniado por ellos con la fuerza contagiosa de la alegría que surge siempre irresistible del encuentro con Jesucristo, el Hermano, el Amigo, el Señor, cuando se le busca y vive en la Iglesia, la Familia de los Hijos de Dios. El Papa, Vicario de Cristo y Pastor visible de la Iglesia Universal, los convocó y nos convocó, los presidió y nos presidió para celebrar una fiesta de la fe, de la esperanza y de la caridad cristiana que ha conmovido el corazón de nuestro pueblo y el de todos los hombres de buena voluntad. Fue una verdadera fiesta de la vida entendida y experimentada en toda su plenitud. ¡Una experiencia prodigiosa de la vida nueva en Cristo!<span id="more-5139"></span></p>
<p>2. Estos jóvenes de la JMJ-2011 nos han pedido participar en la celebración de la Fiesta de la Sagrada Familia, este año, con una presencia destacada y significativa. Adujeron una hermosa y emotiva finalidad: el poder agradecer a sus padres que hayan querido ser para ellos instrumentos necesarios y generosos de la transmisión del don de la vida recibida de Dios; cumpliendo su santa voluntad, siguiendo el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazareth y cobijándose espiritualmente en ese sublime hogar en el que Jesús, María y José abrían en la historia el camino definitivo de Dios para que los hombres tuviesen verdadera vida y, ésta, abundante: la vida que vence a la muerte más allá del tiempo y para toda la eternidad. ¡En Jesús, el Verbo e Hijo de Dios encarnado en el seno de la Virgen María, como enseña San Juan en el Prólogo de su Evangelio, “estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió… el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,4-5.10-11). Los jóvenes de la JMJ-2011 lo han conocido y acogido a través de sus familias. Por ello quieren agradecer hoy a sus padres pública y solemnemente que en su casa se les hubiera abierto la puerta de la vida en plenitud; primero, de la vida que se concibe y engendra naturalmente en el seno materno por el encuentro amoroso del padre y de la madre y, luego, de la vida que brota y se genera espiritualmente por la fe y el Bautismo en las entrañas de la Iglesia-Madre. Todo fue posible porque sus padres habían decidido formar una familia cristiana en la que sus hijos −¡los hijos de su carne y de su sangre!− pudieran ser hijos de Dios. De hecho, creyendo en su nombre y bautizados, “han nacido de Dios” (Jn 1, 13).</p>
<p>3. Los tiempos han sido y son difíciles para las familias, nacidas con el proyecto de constituirse y configurarse como una íntima comunidad de amor conyugal −del esposo a la esposa y viceversa−, fiel, indisoluble y abierto sin desnaturalizaciones voluntarias y sin reservas irresponsables al don de los hijos en conformidad gozosa con el plan de Dios. ¡Cuánto cuesta hoy a una sociedad tan intensamente influida y condicionada por una visión materialista y egocentrista del hombre y de su historia comprender y aceptar el Evangelio de la vida, del matrimonio y de la familia! No se quiere caer en la cuenta de que si el amor conyugal no es planteado, vivido y realizado en todo momento como una mutua donación entre marido y mujer generosa y gratuitamente abierta a la donación de la vida a los hijos, pierde su autenticidad y, más pronto o más tarde, se pierde a sí mismo.</p>
<p>Queridos jóvenes, artífices de la JMJ-2011: en el mundo de ideas, de estilos y formas de comportamiento, de diversión, de información y de comunicación en el que os encontráis, sois muy conscientes de la dura y crítica situación por la que atraviesa la valoración y la propuesta de la vocación cristiana para el matrimonio y la familia. Pero también sois conocedores de la honda verdad que el matrimonio cristiano encierra y de la bondad y de la belleza que lo impregna. Y sabéis, sobre todo, que de su afirmación valiente con vuestras palabras y con el ejemplo de vuestras vidas depende vuestro futuro y el futuro de vuestros contemporáneos: ¡un futuro de verdadera y nueva humanidad, justa, solidaria, fraterna… en paz! El contenido del Evangelio de la vida, del matrimonio y de la familia es muy claro. En el modelo de la Familia de Nazareth resplandece con la luz nueva del Evangelio de la gracia y de la santidad. Vosotros, unidos al Papa y a vuestros pastores, junto con vuestras familias, estáis llamados a darlo a conocer, a propagarlo y a testimoniarlo con palabras, gestos y ejemplos auténticamente evangélicos con urgencia también nueva.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>4. La vida es un bien sagrado que el ser humano recibe de Dios. El hombre no es el dueño de la vida sino su servidor: desde el momento en el que es concebida en las entrañas maternas hasta el instante de la muerte natural. Ninguna instancia humana puede disponer de la vida de un ser humano inocente. Aún continúa vibrante el eco de las palabras del Beato Juan Pablo II en su Homilía de la Misa de las familias en la vecina Plaza de Lima, el 2 de noviembre del año 1982, tercer día de su primera visita a España. Hablando “del respeto absoluto a la vida humana, que ninguna persona o institución, privada o pública, puede ignorar”, añadía: “por ello, quien negare la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad”. ¡Cuán otro sería el panorama demográfico, social y humano de las actuales sociedades europeas, incluida naturalmente la española, si se hubiese escuchado entonces, hace veintinueve años las palabras valientes de aquel Papa santo que pisaba por primera vez las tierras de España como testigo excepcional de la esperanza! El número de niños a los que en nuestras sociedades, de raíces cristianas, se les ha impedido nacer en estas tres últimas décadas, es sencillamente estremecedor.</p>
<p>El derecho a la vida de la persona humana, desde que es engendrada hasta que muere naturalmente, es un derecho fundamental en un doble sentido: constituye, por una parte, la base ética primordial de todo ordenamiento jurídico que quiera considerarse justo, proporcionándole un fundamento prepolítico indispensable para el orden constitucional; y, por otra, en cuanto anterior a él, ha de ser respetado, protegido y promovido por el derecho positivo en todas sus expresiones legislativas. ¡Se trata de un verdadero derecho natural!</p>
<p>“El Evangelio de la vida −enseñaba el Beato Juan Pablo II en su Carta Encíclica <em>Evangelium Vitae</em> de 25 de marzo de 1995− está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las etnias y culturas” (EV, 1). La JMJ-2011 de Madrid fue, sin duda alguna, una jubilosa acogida y proclamación del “Evangelio de la Vida”. Sus jóvenes, presentes hoy aquí en la Plaza madrileña de Colón, están dispuestos a ser sus testigos como quería su Papa amigo: “con intrépida fidelidad”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>5. La familia es “una comunión de personas”. En la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II <em>Familiaris Consortio</em> de 22 de noviembre de 1981 se concreta y define su relación esencial −¡fontal!− con el matrimonio, con las siguientes palabras: “En el matrimonio y en la familia se constituye un conjunto de relaciones interpersonales −relación conyugal, paternidad-maternidad, filiación, fraternidad− mediante las cuales toda persona humana queda introducida en ‘la familia humana’ y en ‘la familia de Dios’, que es la Iglesia” (FC, 15). La configuración institucional de esas relaciones de “comunión personal”, en sus elementos y rasgos esenciales, es también un bien sagrado que el ser humano y la sociedad reciben de Dios. “El orden” de la relación −matrimonio/familia− está implícito y prefigurado en la naturaleza humana, según la forma en la que es querida por Dios. El hombre tampoco puede disponer de la institución matrimonial y familiar a su antojo como si fuese su dueño. Habrá de respetar el designio de Dios, autor por igual de la vida y de esa comunidad matrimonial-familiar, fuente de la misma y lugar primero en el que la verdad del amor humano es vivida y trasmitida íntegramente, es decir, como amor realizado en la unidad y en la indisolubilidad esponsal, en la apertura fecunda al don de los hijos y en el compromiso constante con su educación y formación como personas llamadas a la filiación divina. ¡No hay duda! la institución matrimonial y familiar tiene también su fundamento inamovible en el orden de la naturaleza anterior y previo a la constitución de la sociedad y de su ordenamiento jurídico positivo. Respetar, proteger y promover a la familia en el cumplimiento de su misión es una cuestión de vital importancia para el bien común de las personas y de los pueblos. Así lo apreciaba Juan Pablo II en la “Familiaris Consortio”. Decía el Papa, hace ya treinta años: “en un momento histórico en que la familia es objeto de muchas fuerzas que tratan de destruirla o deformarla, la Iglesia, consciente de que el bien de la sociedad y de sí misma está profundamente vinculado al bien de la familia, siente de manera más viva y acuciante su misión de proclamar a todos el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, asegurando su plena vitalidad, así como su promoción humana y cristiana, contribuyendo de este modo a la renovación de la sociedad y del mismo Pueblo de Dios” (FC, 3). ¡Cuán otra sería la situación humana y espiritual de las sociedades europeas de hoy, sin excluir a no pocos sectores de la comunidad eclesial, si se hubieran tomado en serio las enseñanzas de la <em>Familiaris Consortio</em>! ¡Cuántos dramas personales y familiares se hubieran podido evitar y cuántas jóvenes vidas desorientadas y desestructuradas hubieran podido lograrse! Y, por lo demás, ¿qué sería hoy de tantas personas en paro y de tantos jóvenes que no encuentran el primero empleo sin la ayuda de sus familias?</p>
<p>Uno de los aspectos más bellos de la JMJ-2011 de Madrid ha sido precisamente el descubrimiento gozoso y alegre de la vocación para el matrimonio cristiano por parte de muchos jóvenes. ¿Cómo no van, pues, aquí y hoy a manifestar su decidido propósito de ser igualmente testigos fervorosos, valientes y lúcidos, privada y públicamente, del Evangelio del matrimonio y de la familia con sus palabras y con su comportamiento diario? ¡Lo seréis! ¡Lo serán! Benedicto XVI se lo ha pedido en su Mensaje. ¡No le defraudarán!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>6. La substancia de la verdad tanto del don y del derecho a la vida, como la del matrimonio y de la familia, es ciertamente accesible al conocimiento de la razón. El Papa recordaba ante el Pleno del Parlamento alemán en Berlín el pasado 22 de septiembre la importancia para el momento actual de la humanidad de admitir la necesidad de “escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente”. En una situación histórica, subrayaba Benedicto XVI, “en el que el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable”, resulta muy urgente reconocer que “existe también la ecología del hombre”, “que es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando escucha la naturaleza, la respeta y cuando se acepta como lo que es, y que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana”. Si hay un campo de la experiencia y de la realidad humana, en el que apremie la aplicación de este principio del reconocimiento de la naturaleza para su justo ordenamiento, es el del don de la vida, del matrimonio y de la familia. Sí, con la luz de la razón se puede conocer la verdad de lo que significa el valor de la vida humana y la recta concepción del matrimonio y de la familia para el bien del hombre y de la sociedad. La luz de la fe presupone este conocimiento, lo aclara y lo eleva hasta la altura del modelo de la Sagrada Familia de Nazareth: la familia que fue “la puerta de ingreso en la Tierra del Salvador de la humanidad” (Mensaje de Benedicto XVI. Misa de las Familias 30.XII.2011). María es Virgen y Madre antes del parto, en el parto y después del parto. José la acompañó castamente antes y después de que el Hijo Jesús viera la luz del mundo. El hijo es el Hijo de Dios que viene a ser el Hermano de muchos humanos ¡Su Salvador! El amor se vive en esta familia como una permanente y fidelísima acogida de la voluntad de Dios Padre, al servicio incondicional de los designios de su amor misericordioso para la humanidad caída y necesitada de ser perdonada y ansiosa de recobrar la esperanza. La verdad de la vida humana, del matrimonio y de la familia se convertía en Nazareth y desde Nazareth en “Evangelio”: en “la Buena Noticia” de la salvación. Que esa noticia bien conocida y experimentada por vosotros, queridos jóvenes, en la inolvidable experiencia de la JMJ de Madrid, sea escuchada y percibida en lo que es y significa para las nuevas generaciones de este mundo global. Es una de las más importantes tareas que el Señor os confía en esta hora clave de la historia y de vuestras propias vidas. ¡Pertenece al corazón mismo de la nueva Evangelización a la que el Santo Padre os ha llamado! Será una eficaz formula misionera para acabar con “el cansancio de ser cristianos que experimentamos en Europa”, del que hablaba el Santo Padre en su Discurso de Navidad a la Curia Romana. La JMJ-2011 en Madrid −aseguraba en ese mismo discurso− “ha sido una medicina contra el cansancio de creer”. Si permanecéis firmes en vuestro Sí a Cristo y lo lleváis a vuestros compañeros, vivo y jubiloso, y a vuestras familias, ese cansancio se convertirá en alegría: ¡en la alegría de creer! Si se cree, profesa y educa en la fe dentro del matrimonio y de la familia, si se acepta el don de la vida como un gran paso del amor, entonces quedará la puerta abierta al amor de Jesucristo que nos dará la fuerza para superar todas las crisis; también ésta, la presente, que tanto nos duele y angustia.</p>
<p>Permitidme que os recuerde, finalmente, a vosotros y a vuestras familias, las palabras con las que concluye el Santo Padre su Mensaje para esta Eucaristía de la Sagrada Familia de 2011: “Cuando sigo evocando con emoción inolvidable la alegría de los jóvenes reunidos en Madrid para la Jornada Mundial de la Juventud, pido a Dios, por intercesión de Jesús, María y José, que no dejen de darle gracias por el don de la familia, que sean agradecidos con sus padres, y que se comprometan a defender y hacer brillar la auténtica dignidad de esta institución primaria para la sociedad y tan vital para la Iglesia”.</p>
<p>¡Que Jesús, María y José, os lo conceda y nos lo conceda a todos!</p>
<p>Amén.</p>
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		<title>Una Navidad Santa es siempre una Navidad Feliz</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Dec 2011 10:57:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[navidad]]></category>
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		<category><![CDATA[Navidad Santa]]></category>

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		<description><![CDATA[Mis queridos hermanos y amigos: ¡Santa y feliz Navidad! En la medianoche cuando las horas del nuevo día comenzaban a sonar nacía de nuevo Jesús ¡el Mesías, el Señor! Nacía para nosotros: para la Iglesia y los hombres de nuestro tiempo. Fue un “nacimiento” singular. Hondamente espiritual, incluso, “místico”; pero acontecido realmente en el bellísimo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mis queridos hermanos y amigos:</p>
<p>¡Santa y feliz Navidad! En la medianoche cuando las horas del nuevo día comenzaban a sonar nacía de nuevo Jesús ¡el Mesías, el Señor! Nacía para nosotros: para la Iglesia y los hombres de nuestro tiempo. Fue un “nacimiento” singular. Hondamente espiritual, incluso, “místico”; pero acontecido realmente en el bellísimo marco de una celebración litúrgica, modelada por muchos siglos de fe y piedad profundamente cristianas ¡Lo que había ocurrido hace dos mil años en Belén de Judá, y que el Evangelista San Lucas narra con tanto primor y ternura, se hizo actualidad para nosotros hijos e hijas de la Iglesia del año 2011 y, con nosotros, para toda la familia humana! Se cumplían las promesas y profecías del viejo Pueblo de Israel. El Pueblo elegido desde todos los siglos para preparar su venida. ¡Nos nacía el Salvador!<span id="more-5136"></span></p>
<p>Proclamar esta noticia y dejarla que impregne nuestra propia vida, la ilumine y guíe por caminos de un futuro de felicidad y de paz es hoy el motivo y el contenido festivo de nuestra celebración. De la celebración de la Eucaristía en primer lugar, y, también, de nuestra propia fiesta en la familia,  con los amigos  y en la sociedad.  Si cada uno de nosotros vive la Navidad personalmente como una oportunidad de la  gracia que Dios le ofrece para reconducir y renovar el itinerario interior de su alma a través de una conversión de la conciencia a la luz y a la gracia de Dios, la nueva Navidad significará un momento nuevo para acertar con la senda que conduce a la felicidad: a la  propia y a la de todos los que nos rodean; se traducirá y expresará en una nueva crecida del torrente del Amor verdadero que viene de Dios, que es el Amor, y a Dios conduce que es la felicidad. El Santo Padre nos insta de nuevo en estos tiempos de una crisis dura y dolorosa como pocas, si nos proponemos superarla de raíz, a dirigir la mirada a Jesucristo, el Redentor del hombre que nos nace de nuevo en Belén y, así, a hacer posible un verdadero proceso de reforma moral de las conciencias en la sociedad y en el mundo. Es claro, si la Navidad se celebra santamente en la vida personal y, sobre todo, en el seno de la propia familia, se abrirá la puerta del consuelo y de la esperanza para todos los que sufren las consecuencias de esta crisis, en la que el  pecado, ¡rechazo de la gracia de Dios!  ha jugado y juega un papel decisivo. También para superar las crisis históricas con éxito son necesarios los santos.</p>
<p>No podemos olvidar que este año la fiesta de la Sagrada Familia se celebra después de la inolvidable experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud, que trajo a Madrid alrededor de dos millones de jóvenes, que se nos mostraron como testigos de una contagiosa esperanza para la Iglesia y para la sociedad. La mayoría de ellos serán llamados a fundar nuevas familias cristianas que llenarán de alegría a la Iglesia de Cristo. Nuestro encuentro del próximo 30 de diciembre en la Plaza de Colón para la gran celebración de la Eucaristía de las familias cristianas de Madrid, de toda España y de Europa quiere servir de momento privilegiado para que estos jóvenes de la JMJ 2011 de Madrid puedan manifestar a sus padres ante el mundo la gratitud que les deben por haberles dado  la vida y haberles trasmitido la fe en Cristo, Redentor del hombre. Honrar al padre y a la madre es un mandamiento del Señor que nos urge no sólo al respeto y  a la pasiva y fría obediencia hacia ellos, sino a mucho más: ha profesarlos un amor agradecido verdaderamente filial por esos dones de la vida y de la fe, que de ellos hemos recibido, y que los convierte en signos del amor creador y misericordioso de Dios, nuestro Padre del cielo, que nos perdona y ama entrañablemente.</p>
<p>Vuestra presencia en esta celebración eucarística, queridos fieles y familias de la Archidiócesis de Madrid, debe de ser un gesto profundamente eclesial propio de la familia de Dios, la Iglesia, que vive, muestra y testimonia los valores de la familia cristiana según el Evangelio de Cristo, presentándose como una referencia luminosa y segura de la verdad sobre el amor humano, el matrimonio y la educación de las nuevas generaciones. ¡Participad, pues, en esta fiesta solemne de la Familia de Nazareth, de Jesús María y José, una de las grandes Fiestas de la fe y de la vida cristiana! Animo e invito particularmente  a los jóvenes madrileños a dar testimonio del Evangelio de la Vida y de la Familia, juntamente con todos los jóvenes españoles y de Europa que se unirán a nosotros en esta celebración. En el núcleo mismo del Evangelio de Jesucristo, nuestro Hermano, Amigo y Señor, se encuentran la Buena Noticia de la Vida y de la familia, según el plan de Dios.</p>
<p>Que la Sagrada Familia, bendiga a todas nuestras familias y os mantenga unidas en el mismo amor que hizo de ella el modelo perfecto de convivencia, trabajo y virtudes domésticas.</p>
<p>¡Santa y feliz  Navidad, llena del gozo y de la paz de Cristo!</p>
<p>Con todo afecto y con mi bendición,</p>
<div><img class="alignright" title=" Firma Cardenal-Arzobispo de Madrid" src="http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/wp-content/uploads/2003/11/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></div>
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		<title>A todos los párrocos, rectores de Iglesias, sacerdotes, dirigentes de asociaciones y movimientos apostólicos, directores de colegios y centros de enseñanza, instituciones de vida consagrada y a todos los fieles laicos.</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Dec 2011 13:48:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>angel8k</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cartas]]></category>

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		<description><![CDATA[Mis queridos diocesanos: Un año más las fiestas de navidad nos invitan a la alegría de la Salvación que nos trae Jesucristo, el Hijo de Dios e Hijo de María. Su nacimiento en el seno de una familia nos ayuda a valorara esta instituciones establecida por Dios en el mismo acto de la creación del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mis queridos diocesanos:</p>
<p style="text-align: justify;">Un año más las fiestas de navidad nos invitan a la alegría de la Salvación que nos trae Jesucristo, el Hijo de Dios e Hijo de María. Su nacimiento en el seno de una familia nos ayuda a valorara esta instituciones establecida por Dios en el mismo acto de la creación del hombre y de la mujer, llamados a ser una sola carne ya colaborar con Dios en la procreación de nuevos seres humanos. Al nacer en una familia, el Hijo de Dios la santificó de modo especial y la convirtió en el lugar idóneo donde el hombre s amado por si mismo y respetado como criatura de Dios e Hijo suyo. Por ello, como venimos haciendo en años anteriores, queremos dar gracias a Dios por el donde la familia y festejarlo en una solemne celebración eucarística, que tendrá lugar el mismo día de la Sagrada Familia, 30 de diciembre.<span id="more-5132"></span></p>
<p style="text-align: justify;">No podemos olvidar que este año, la fiesta de la Sagrada Familia se celebra después de la inolvidable experiencia d ella Jornada Mundial d ella Juventud, que trajo a Madrid alrededor de dos millones de jóvenes, que constituyen una realidad esperanzadora para la Iglesia y la sociedad. La mayoría de ellos serán llamados a fundar nuevas familias cristianas que llenarán de alegría a la iglesia de Cristo. El encuentro de este año quiere girar precisamente en torno a la gratitud de jóvenes hacia sus padres, que les dieron la vida y les trasmitieron la fe en Cristo, Redentor del hombre. Honrar al padre y a la madre es un mandamiento del Señor, que nos urge, no sólo al respeto y al a obediencia hacia los padres, sino más aún: a la inmensa gratitud por los dones que de ellos hemos recibido, y que los convierte en signos del amor creador y benevolente de Dios, nuestro Padre del cielo.</p>
<p style="text-align: justify;">Vuestra presencia en esta celebración eucarística quiere ser un gesto profundamente eclesial en el que ella familia de Dios, la Iglesia, sea para todos los hombres que desean vivir los valores de la familia cristiana, una referencia segura de la verdad sobre el amor humano, el matrimonio y la educación de las nuevas generaciones según el evangelio de Cristo. Os exhorto a participar en esta fiesta solemne de fe  y de vida cristiana, y, de modo particular, exhorto a los jóvenes a dar testimonio de su fe y de la vida familiar, juntamente con los jóvenes de Europa que se unirán a nosotros en esta celebración.</p>
<p style="text-align: justify;">Que la Sagrada Familia, Jesús, María y José, bendiga a todas las familias y os mantenga unidas en el mismo amor que hizo de ella el modelo perfecto de convivencia, trabajo y virtudes domésticas.</p>
<p>Os deseo a todos una siestas de Navidad, llenas de gozo y de la paz de Cristo.<br />
<img class="alignright" title=" Firma Cardenal-Arzobispo de Madrid" src="http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/wp-content/uploads/2003/11/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></p>
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		<title>Felicitación del Cardenal a los Misioneros</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Dec 2011 11:50:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cartas]]></category>
		<category><![CDATA[felicitación]]></category>
		<category><![CDATA[misioneros]]></category>
		<category><![CDATA[navidad]]></category>

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		<description><![CDATA[Mis queridos misioneros y misioneras: ¡Feliz Navidad! Es éste un momento muy especial para la Iglesia, y en definitiva para toda la Humanidad.  Lo es sin duda para cada uno de nosotros. Celebramos el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, y sé que, para cada uno de vosotros, los misioneros que estáis predicando con vuestra palabra [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mis queridos misioneros y misioneras:</p>
<p style="text-align: justify;">¡Feliz Navidad! Es éste un momento muy especial para la Iglesia, y en definitiva para toda la Humanidad.  Lo es sin duda para cada uno de nosotros. Celebramos el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, y sé que, para cada uno de vosotros, los misioneros que estáis predicando con vuestra palabra y con vuestra vida que Cristo está vivo, es también un momento de profundo agradecimiento al Señor por vuestra vocación y vuestro trabajo apostólico. Yo me uno a vosotros y a vuestra acción de gracias a Dios por el don de la vocación misionera y por la oportunidad que Dios os está concediendo para que muchos otros hermanos nuestros puedan vivir con alegría la celebración del nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios y de María Virgen. <span id="more-5125"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Cada año, por estas fechas, os escribo esta carta, que no es para mí una obligación más, sino un momento de gracia, también para mí como pastor de la Iglesia diocesana de Madrid. Cada año, en la solemnidad de la Ascensión del Señor, que es cuando en nuestra diócesis celebramos la Jornada del Misionero Diocesano, hacemos el envío de los que han de partir a la misión &#8220;ad gentes&#8221;. Para mí es un momento de gran alegría, y de gran responsabilidad. La Iglesia en Madrid os ha enviado &#8220;para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure&#8221;. Ahora, al llegar la Navidad, no puedo menos que recordar ese momento y dar gracias al Señor por ver vuestros rostros alegres y deseosos de ir allí donde la Iglesia os envía. El recuerdo de vuestro trabajo y de vuestra entrega me anima y alegra al ver que Jesucristo es conocido y amado hasta en los pueblos más lejanos. A pesar de las dificultades y de los obstáculos, que sin duda existen, vuestra presencia y vuestra actividad apostólica hacen posible que, en estos días, muchos hombres y mujeres de nuestro mundo sepan que existe Dios y que ese Dios los ama tanto como para hacerse hombre, para hacerse un niño, compartir nuestra vida temporal y así hacernos participar de la Suya, eterna.</p>
<p style="text-align: justify;">Como ya os decía en mi carta del pasado año, este 2011 ha sido un año muy especial para nuestra Iglesia diocesana, y para toda la Iglesia universal, con la celebración de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud. Ha sido, ciertamente, un año profundamente misionero, no sólo por la presencia de muchos de vosotros y de tantos jóvenes venidos desde vuestras ciudades y misiones, sino también, y muy especialmente, por el espíritu misionero que el Santo Padre Benedicto XVI le ha dado a este Encuentro extraordinario, animando y motivando a los jóvenes a vivir su vocación cristiana como verdaderos misioneros de Cristo, de Quien han recibido el mandato de ir a todo el mundo a llevar la luz de la Verdad y del Amor, que es Él mismo. Los frutos de la JMJ de Madrid 2011 ya están siendo patentes, y con nuestra oración y nuestra perseverancia, sin duda, lo estarán siendo más cada día. La semilla sembrada en el corazón de los jóvenes no dejará de dar sus buenos frutos, también para la vida misionera. Esta vocación específica la sentirán no pocos de ellos, que han de meditarla en la presencia de Dios, y no tener miedo alguno en seguirla. Pero, en realidad, a todos los que, de un modo u otro, han participado en la JMJ, el Señor les irá abriendo más y más el corazón para que descubran que allí donde hayan de estar tienen que manifestar, con sencillez y, a la vez, con valentía y convencimiento su fe, su esperanza y su amor cristianos.</p>
<p style="text-align: justify;">Quiero también compartir con vosotros la alegría, un año más, de la celebración de la Fiesta de las Familias, que en esta ocasión será el viernes 30 de diciembre, en que celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. Será en la madrileña Plaza de Colón, bajo el lema &#8220;Gracias a la familia cristiana ¡hemos nacido! Los jóvenes de la JMJ&#8221;, y habrá también un Mensaje especial del Papa. No dejéis de orar por el fruto de esta hermosa Fiesta de las Familias.</p>
<p style="text-align: justify;">Concluyo ya esta carta, subrayando que vuestra vida y vuestro trabajo misionero es muy importante para toda la Iglesia, para nuestra diócesis y para mí, como obispo vuestro. Agradezco de corazón vuestras cartas y todas las noticias que me llegan por medio de la Delegación de Misiones, con vuestras inquietudes y vuestras esperanzas, que sigo muy de cerca, y que encomiendo especialmente en estos días de Navidad, ante el Niño Dios. A Él le pido que os bendiga y os llene de sus gracias y dones, para que viváis con alegría y llenos de la esperanza verdadera. Que la Virgen María, nuestra Señora de la Almudena, os acompañe en vuestros trabajos y luchas por el Evangelio con su amor de Madre. Os encomiendo a todos vosotros y a vuestras familias, al tiempo que yo también me encomiendo a vuestras oraciones. ¡Feliz Navidad, y un año 2012 lleno de las bendiciones de Dios!</p>
<p style="text-align: justify;">Con mi afecto y mi bendición,</p>
<p><img class="alignright" title=" Firma Cardenal-Arzobispo de Madrid" src="http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/wp-content/uploads/2003/11/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></p>
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		<title>Felicitación del Cardenal a los Familiares de los misioneros y misioneras</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Dec 2011 11:00:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[familiares]]></category>
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		<category><![CDATA[misioneros]]></category>
		<category><![CDATA[navidad]]></category>

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		<description><![CDATA[Mis queridos familiares de misioneros y misioneras: Cuando faltan ya muy pocos días para el 25 de diciembre, todos nos disponemos a celebrar el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, y hemos de hacerlo con un corazón abierto para recibirle, como lo hicieron María y José, y los sencillos pastores de Belén. Cada año, por estas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mis queridos familiares de misioneros y misioneras:</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando faltan ya muy pocos días para el 25 de diciembre, todos nos disponemos a celebrar el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, y hemos de hacerlo con un corazón abierto para recibirle, como lo hicieron María y José, y los sencillos pastores de Belén.</p>
<p style="text-align: justify;">Cada año, por estas fechas, os escribo, y no es para mí una obligación más, sino un momento de gracia, como pastor de la Iglesia diocesana de Madrid. No quiero dejar de recordaros y haceros llegar mi cariñoso saludo a todos los que tenéis un familiar en las misiones: un hijo, un hermano, un nieto, un sobrino, una persona cercana en vuestra familia. Con esta carta, quiero compartir con vosotros la experiencia de tener un ser querido lejos por causa del Evangelio. ¿Cómo podría yo olvidarme de nuestros misioneros? Ellos son una gracia de Dios para toda la Iglesia diocesana, lo es para mí y lo es, sin duda, para vosotros de un modo muy especial.<span id="more-5127"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Celebramos el nacimiento de Jesús, que es el Enviado del Padre, y como Él también un día vuestro hijo, hermano o familiar fue enviado por la Iglesia a un país lejano. Así como Jesús tuvo que asumir la condición humana, nuestros misioneros han tenido que asumir la cultura, la lengua y la vida de aquellos a los que han sido enviados. Siguiéndole a Él, lo han hecho con ánimo desprendido y generoso, con amor y con alegría, convencidos de que nada hay más grande en la vida que entregarla por Cristo. También vosotros habéis aceptado con alegría, aunque con algún dolor, esta entrega, y el Señor, que todo lo ve, que está dentro de vuestro corazón, os lo agradece y os lo recompensará con creces. Ésta es una de las grandes convicciones de nuestra fe. El Señor es siempre quien va delante, y su generosidad es infinita. Nada de lo que hacemos por Él quedará sin su bendición, y ningún sacrificio a causa de nuestra fidelidad a su amor dejará de dar frutos abundantes para el Reino de Dios, para la propia vida de nuestros misioneros, y sin duda también para la de sus familias.</p>
<p style="text-align: justify;">Como ya os decía en mi carta del pasado año, este 2011 ha sido un año muy especial para nuestra Iglesia diocesana, y para toda la Iglesia universal, con la celebración de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud. Ha sido, ciertamente, un año profundamente misionero, no sólo por la presencia de muchos de vuestros familiares misioneros y de tantos jóvenes venidos desde sus ciudades y misiones, sino también, y muy especialmente, por el espíritu misionero que el Santo Padre Benedicto XVI le ha dado a este Encuentro extraordinario, animando y motivando a los jóvenes a vivir su vocación cristiana como verdaderos misioneros de Cristo, de Quien han recibido el mandato de ir a todo el mundo a llevar la luz de la Verdad y del Amor, que es Él mismo. Los frutos de la JMJ de Madrid 2011 ya están siendo patentes, y con nuestra oración y nuestra perseverancia, sin duda, lo estarán siendo más cada día. La semilla sembrada en el corazón de los jóvenes no dejará de dar sus buenos frutos, también para la vida misionera. Esta vocación específica la sentirán no pocos de ellos, que han de meditarla en la presencia de Dios, y no tener miedo alguno en seguirla. Pero, en realidad, a todos los que, de un modo u otro, han participado en la JMJ, el Señor les irá abriendo más y más el corazón para que descubran que allí donde hayan de estar tienen que manifestar, con sencillez y, a la vez, con valentía y convencimiento su fe, su esperanza y su amor cristianos.</p>
<p style="text-align: justify;">Quiero también, un año más, invitaros a participar en la celebración de la Fiesta de las Familias, que en esta ocasión será el viernes 30 de diciembre, en que celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. Será en la Plaza de Colón, bajo el lema &#8220;Gracias a la familia cristiana ¡hemos nacido! Los jóvenes de la JMJ&#8221;, y habrá también un Mensaje especial del Papa. Y no dejéis, ya desde ahora, de orar por el fruto de esta hermosa Fiesta de las Familias.</p>
<p style="text-align: justify;">A todos vosotros os animo a que viváis también con alegría el Año Nuevo, que el Señor nos regala, y que la celebración de la Navidad os ayude a valorar y agradecer aún más el sacrificio de vuestros hijos y hermanos misioneros, y el vuestro propio, al que yo me uno a través de estas letras y de mi oración, por todos vosotros, por los misioneros y por los frutos de su trabajo apostólico.</p>
<p style="text-align: justify;"> Concluyo ya esta carta, agradeciéndoos vuestra vida y pidiendo al Niño Dios que os bendiga y os llene de sus gracias y dones, para que viváis con alegría y llenos de la esperanza verdadera. Que la Virgen María, nuestra Señora de la Almudena, os acompañe con su amor de Madre. A todos os encomiendo, al tiempo que yo también me encomiendo a vuestras oraciones. ¡Feliz Navidad, y un año 2012 lleno de las bendiciones de Dios!</p>
<p style="text-align: justify;">Con mi afecto y bendición,</p>
<div> <img class="alignright" title=" Firma Cardenal-Arzobispo de Madrid" src="http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/wp-content/uploads/2003/11/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></div>
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		<title>Discurso Inaugural XCVIII Asamblea Plenaria de la CEE</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Nov 2011 13:15:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Discursos]]></category>
		<category><![CDATA[asamblea plenaria]]></category>
		<category><![CDATA[cee]]></category>

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		<description><![CDATA[Queridos Hermanos Cardenales, Arzobispos y Obispos, Señor Nuncio, colaboradores de esta Casa, señores y señoras: La Asamblea Plenaria de nuestra Conferencia Episcopal comienza hoy, según el calendario previsto, su nonagésima octava reunión ordinaria. Al tiempo que agradezco a nuestro Señor que podamos encontrarnos una vez más para ayudarnos en nuestro servicio al Pueblo de Dios, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Queridos Hermanos Cardenales, Arzobispos y Obispos,</p>
<p>Señor Nuncio,<br />
colaboradores de esta Casa,<br />
señores y señoras:</p>
<p>La Asamblea Plenaria de nuestra Conferencia Episcopal comienza hoy, según el calendario previsto, su nonagésima octava reunión ordinaria. Al tiempo que agradezco a nuestro Señor que podamos encontrarnos una vez más para ayudarnos en nuestro servicio al Pueblo de Dios, doy a todos los Hermanos obispos la más cordial bienvenida y saludo con todo afecto a quienes nos acompañan en esta sesión inaugural.</p>
<p>Deseo comenzar notando que se encuentra por primera vez entre nosotros el señor obispo de Huesca y de Jaca, Mons. D. Julián Ruiz Martorell, consagrado el día 5 de marzo en la catedral oscense; y también el señor obispo de Tarazona, Mons. D. Eusebio Hernández Sola, consagrado el 19 de marzo en Veruela. Para ellos nuestra más cordial enhorabuena y nuestras oraciones. Mons. D. Rafael Zornoza Boy ha tomado posesión de la diócesis de Cádiz-Ceuta el pasado día 22 de octubre. Encomendamos al Señor la nueva misión que le ha sido confiada. En las manos del Padre de las misericordias y de todo consuelo ponemos el alma de los dos Hermanos que han muerto en estos meses: el obispo, emérito, de Guadix, Mons. D. Juan García-Santacruz Ortiz, fallecido el 12 de marzo, y el arzobispo, emérito, de Valencia, cardenal D. Agustín García-Gasco Vicente, fallecido el 1 de mayo en Roma. Descansen en paz<span id="more-5112"></span></p>
<p><object width="520" height="315"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/xgRZPI_5kfY?version=3&amp;hl=es_ES&amp;rel=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/xgRZPI_5kfY?version=3&amp;hl=es_ES&amp;rel=0" type="application/x-shockwave-flash" width="520" height="315" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true"></embed></object></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>I. “Una verdadera cascada de luz”: la JMJ Madrid 2011</strong></p>
<p>Comenzamos nuestros trabajos de esta Asamblea de otoño, cuando todavía no se han apagado los ecos de la sonora riada de jóvenes de todo el mundo que el pasado mes de agosto se dieron cita en Madrid, respondiendo a la llamada que Su Santidad el papa Benedicto XVI les había lanzado desde Sydney en 2008. Acudieron por centenares de miles, contentos de venir a la gran fiesta de la Jornada Mundial de la Juventud, deseosos de encontrarse con sus coetáneos del orbe católico y de celebrar su fe en Jesucristo en esa asamblea tan especial que es la Jornada Mundial de la Juventud, sin avergonzarse en absoluto de mostrar ante el mundo entero su pertenencia al Señor y a la Iglesia.</p>
<p>Madrid y España entera quedaron gozosamente sobrecogidas; en particular, nuestras comunidades eclesiales: ¡hay una juventud de hoy, alegre, educada, sacrificada, expansiva y comunicativa que es Iglesia al cien por cien! ¡Es posible transmitir la fe a las nuevas generaciones! Mejor dicho: ¡son los mismos jóvenes quienes se han convertido en evangelizadores de sus compañeros y de los mayores! De este modo somero podemos describir los efectos más externos y generales de aquella gracia extraordinaria, de un valor espiritual y pastoral inmenso -¡incalculable!- que ha sido la XXVI Jornada Mundial de la Juventud no solo para Madrid, para las diócesis de su provincia eclesiástica y para todas las diócesis de España, sino también, sin duda alguna, para toda la sociedad española.</p>
<p><strong>1.- Preparación espiritual, pastoral y apostólica</strong></p>
<p>Antes de la semana del 18 al 20 de agosto -cuando tuvo lugar, propiamente hablando, la JMJ- la Iglesia que peregrina en España vivió un intenso proceso de preparación espiritual, pastoral y apostólico, acompañado por la necesaria organización técnica y de comunicación social. Recordemos los momentos más sobresalientes de esa preparación.</p>
<p>En primer lugar, hay que mencionar la peregrinación de la Cruz de las Jornadas Mundiales y del Icono de la Virgen por toda la geografía española a lo largo de dos intensos años. El camino comenzó en Roma, el domingo de Ramos de 2008, cuando los jóvenes y el arzobispo de Sydney, sede de la anterior Jornada Mundial, hicieron entrega de la Cruz y del Icono a los jóvenes y al arzobispo de Madrid, en presencia del Papa. Allí arrancó su recorrido por todas las diócesis de España, a partir de las de Madrid. Vosotros, queridos hermanos en el episcopado, sabéis bien lo que supuso aquella peregrinación. Muchos habrían deseado que la Cruz y el Icono se hubieran podido quedar por más tiempo. Su presencia fue ocasión para un espléndido testimonio público de la fe, para la adoración orante y para la penitencia que sigue a la conversión; todo protagonizado por los jóvenes de las diversas comunidades diocesanas, que participaron en los actos con un fervor y afluencia desconocidos, junto con padres, educadores y sacerdotes.</p>
<p>En segundo lugar, no podemos dejar de mencionar la caudalosa corriente de oración e intensa plegaria que surcó sin parar los campos de nuestras Iglesias diocesanas en aquel tiempo de preparación. Ocupan aquí un lugar eminente las comunidades de religiosas contemplativas de toda España, pero tampoco se pueden olvidar tantas y tantas comunidades parroquiales, asociaciones piadosas, de apostolado, etc.; y tantas almas, que presentaron en escondido su oración al Padre, haciendo ofrenda personal de sus vidas por los frutos de la Jornada Mundial de la Juventud. Solo Dios sabe los nombres de todos ellos. Pero estamos seguros de que sin el fluir de la oración y del sacrificio así ofrecidos no hubiera sido posible el acontecimiento de gracia que se nos ha dado vivir.</p>
<p>En tercer lugar, ya a las puertas de la semana culminante de Madrid, tuvieron lugar los llamados “Días en las Diócesis”. Fueron días en los que las comunidades diocesanas pudieron recoger los frutos de maduración interior y de compromiso apostólico a los que había conducido la peregrinación previa de la Cruz y el Icono de la Virgen por toda España, cuando llegó el momento de acoger a jóvenes peregrinos venidos de todos los puntos del planeta, en número cercano a los doscientos mil. A estos jóvenes se les ofreció la posibilidad de un encuentro vivo con la historia y la realidad presente de la Iglesia en las distintas ciudades y lugares de España, con sus parroquias, familias, jóvenes, etc. Las comunidades locales, que con tanta generosidad abrieron sus puertas a los peregrinos, se vieron agraciadas, en un ejemplar intercambio de dones, con el entusiasmo de quienes llegaban dispuestos a celebrar la fiesta de la fe, vivida y proclamada en la comunión de la Iglesia católica, celebrada en los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía y manifestada y verificada en la fraternidad y la amistad compartida. Todo ello contagió ya en aquellos días a muchos pueblos y ciudades de la alegría de la vida cristiana, públicamente expresada, y les ayudó a redescubrir en su propia casa la riqueza humana del impagable tesoro de la fe en Jesucristo. Parecía como si el lema de la JMJ 2011 -“Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”- brillase ya por toda la geografía española, vertiendo su luz bienhechora sobre todos, especialmente sobre los jóvenes.</p>
<p><strong>2. Y llegamos a la semana de la JMJ en Madrid</strong></p>
<p>a) Para ir a lo esencial de lo acontecido en los días de la JMJ, nada mejor que las mismas palabras pronunciadas por el Santo Padre, el papa Benedicto XVI, en la audiencia general del miércoles 24 de agosto, en Castelgandolfo, cuando hizo un primer balance de los que él calificaba como «extraordinarios días transcurridos en Madrid para la Jornada Mundial de la Juventud». «Fue, y lo sabéis -decía- un acontecimiento eclesial emocionante. Cerca de dos millones de jóvenes de todos los continentes vivieron, con alegría, una formidable experiencia de fraternidad, de encuentro con el Señor, de compartir y de crecimiento en la fe: una verdadera cascada de luz».[01]</p>
<p>Efectivamente, eso fue lo esencial que vivimos en aquellos días inolvidables y lo que hemos podido comprobar por nuestra propia vivencia pastoral de los mismos: ¡un acontecimiento eclesial emocionante, una experiencia festiva y un echar raíces en el Señor!</p>
<p>Fue un acontecimiento eclesial emocionante, porque pocas veces se tiene la ocasión de poder vivir así, en toda su plenitud católica, la comunión de tantos, de todos en la Iglesia con quien es su Cabeza y Pastor visible, el Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo. Pocas veces se tiene la experiencia de que tantos pastores, con  tantos fieles, hagan visible en torno a Pedro la comunión católica: no anduvieron lejos del millar los obispos llegados de todo el mundo; y fue notabilísimo el número de sacerdotes, cercano a los catorce mil. Fueron también muchos consagrados y guías de la juventud los que acompañaron a los jóvenes en esta magna asamblea. No hay duda: los jóvenes son los protagonistas de la JMJ. Pero la JMJ no ha sido una concentración azarosa y amorfa; la JMJ ha sido una gran asamblea de comunión eclesial. Los números no valen solo de por sí: no se trata antes que nada de enumerar grandes cifras. Lo importante ha sido la cualidad eclesial de los grandes números. Lo emocionante ha sido el buen ser Iglesia de tantos y tantos jóvenes en torno a Pedro, con sus pastores y con sus educadores en la fe, poniendo de relieve que la Iglesia, en su comunión jerárquica, es un don inapreciable de Dios para la humanidad.</p>
<p>La Jornada fue una experiencia festiva: sencillamente, ¡una Fiesta, con mayúscula! Porque hizo aflorar desde el fondo de tantas almas jóvenes la inconfundible verdadera alegría de la fe: esa que es posible vivir en la generosidad del sacrificio y en las contrariedades personales y sociales e incluso en la persecución; porque es la alegría que brota del existir personal en Cristo, en quien se ha encontrado al Hermano, con quien somos hijos del Padre; al Amigo, que da su sangre redentora por nosotros y nos fortalece con su Espíritu; al Señor, a quien es posible consagrar por entero la vida y la muerte. El encuentro con Cristo se celebra festivamente en el sacramento del perdón y en la participación activa en la mesa del sacrificio eucarístico. En este contexto, la consagración que el Papa hizo de los jóvenes al Sagrado Corazón de Jesús, ante la custodia, en la Vigilia de Cuatro Vientos, adquirió un relieve y una fuerza totalmente única: «mira con amor a los jóvenes aquí reunidos -rogaba el Papa-. Han venido para estar contigo y adorarte. Con ardiente plegaria los consagro a tu Corazón para que, arraigados y edificados en ti, sean siempre tuyos, en la vida y en la muerte».[02]</p>
<p>La JMJ, en fin, si fue una emocionante experiencia eclesial y una fiesta perfecta es porque ha pivotado sobre la edificación de la vida de los jóvenes en Cristo, piedra angular de todo el edificio. Todo tiende en la JMJ a ese fin. En la Misa de inauguración de la Jornada, el obispo diocesano de Madrid, al dar la bienvenida a los jóvenes, centró su homilía precisamente en este punto, en el que se halla «la clave del éxito de toda Jornada Mundial de la Juventud», es decir, en «dejarse encontrar por Él»,[03] por el Señor. Se celebró la Misa de la memoria del beato Juan Pablo II, el providencial iniciador de las Jornadas Mundiales, un “valiente de Cristo” a quien nada pudo apartar de su amor, hecho en el que radica el secreto de la confianza que los jóvenes le otorgaron y el amor de él por los jóvenes, a quienes no dudó en desafiar en nombre de la Verdad salvadora del Evangelio, que es Cristo mismo.</p>
<p>En esa dirección fueron también las catequesis que los obispos de todo el mundo impartieron en las más variadas lenguas de la tierra en cerca de trescientos lugares: iglesias y otros grandes espacios. La afluencia de los jóvenes fue masiva. Las comunidades que los acogieron quedaron edificadas por la devoción, la alegría y la dedicación con la que tantos chicos y chicas escuchaban la explanación multiforme del lema de la Jornada: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”. Escuchaban, compartían y celebraban la eucaristía todos los días.</p>
<p>El sacramento de la reconciliación se celebró esos días por todo Madrid, Alcalá y Getafe, convertidas en un gran templo de templos. Pero tuvo especial significado la “Fiesta del Perdón”, como se llamó a la celebración continuada y plurilingüe de confesiones en el parque del Retiro, transformado en lugar abierto para el encuentro con el Amor misericordioso de Dios.</p>
<p>Naturalmente, los encuentros y las celebraciones con el Santo Padre constituyeron los momento culminantes, que abrieron el espacio litúrgico, piadoso y espiritual para el gran sí a Cristo: el personal e íntimo y el público y manifiesto, delante de los ángeles y de los hombres: ¡delante de todo el mundo! Recordémoslos brevemente.<br />
b) Benedicto XVI fue acogido por los jóvenes en la emblemática plaza madrileña de Cibeles, después de que también el pueblo de Madrid le hubiera tributado un recibimiento masivo, cálido, emotivo y entusiasta en su recorrido por las calles de la ciudad desde el aeropuerto de Barajas a la Nunciatura y, de nuevo, desde la Nunciatura hasta la Puerta de Alcalá. En medio de la incontenible emoción de aquel primer encuentro, el ambiente se llena de gestos simbólicos, y la música, bella y festiva, elevaba los espíritus. En la liturgia de la Palabra, el Papa, glosando la parábola de la casa edificada sobre roca (cf. Mt 7, 24-27), invitó sin rodeos a los jóvenes: «Sed prudentes y sabios, edificad vuestras vidas sobre la roca firme, que es Cristo». «Él no enseña lo que ha aprendido de otros, sino lo que Él mismo es, el único que conoce de verdad el camino del hombre hacia Dios».[04] Ese es el camino de la felicidad y de la libertad -les recordaba- no el de creerse dioses que «desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no».[05]</p>
<p>En el monasterio de San Lorenzo de El Escorial el Papa sostuvo sendos encuentros con religiosas y profesores universitarios jóvenes. El entusiasmo fue indescriptible en ambos casos. El Santo Padre les emplazó a vivir a fondo su vocación, con fidelidad generosa a Jesucristo y a la Iglesia. A ellas les recordó que la radicalidad evangélica de la vida consagrada «significa ir a la raíz del amor a Jesucristo, con un corazón indiviso, (&#8230;) con una pertenencia esponsal como la que han vivido los santos». Lo cual «cobra una especial relevancia hoy, cuando se constata una especie de eclipse de Dios».[06] A los profesores les animó a ejercer como verdaderos maestros, hablándoles de que su tarea de universitarios consiste en la búsqueda de la verdad, antes que de la eficacia instrumental; y de que la verdad es inseparable del bien. Por eso -les dijo- «no debemos atraer a los estudiantes hacia nosotros mismos, sino encaminarlos hacia esa verdad que todos buscamos; (&#8230;) a Cristo, en cuyo rostro resplandece la Verdad».[07]</p>
<p>El Santo Padre presidió el ejercicio del viacrucis que, en la tarde del viernes, discurrió, en medio de un gran silencio, entre las plazas de Colón y Cibeles. Al final, invitaba a los jóvenes a llenarse del amor a Cristo, para entregarse, con Él, al amor a los hermanos: «La pasión de Cristo nos impulsa a cargar sobre nuestros hombros el sufrimiento del mundo, con la certeza de que Dios no es alguien distante o lejano del hombre y sus vicisitudes. Al contrario, se hizo uno de nosotros para poder compadecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre; (es) el consuelo del amor participado de Dios, y así aparece la estrella de la esperanza».[08]</p>
<p>En la mañana del sábado, la catedral de Madrid no podía contener a los miles de seminaristas, venidos de todo el mundo, que llenaban también la explanada a la que el templo se abre, para participar en la celebración de la Santa Misa, presidida por Benedicto XVI. El Papa les dijo que «al veros, compruebo de nuevo cómo Cristo sigue llamando a jóvenes discípulos para hacerlos apóstoles suyos»; les recordó que «como seminaristas, estáis en camino hacia una meta santa: ser prolongadores de la misión que Cristo recibió del Padre»; y, por eso, les exhortó a «configurarse cada vez más con Aquel que se ha hecho por nosotros siervo, sacerdote y víctima; la tarea en la que el sacerdote ha de gastar toda su vida».[09] «Una vida así, a pesar del posible ambiente adverso e incluso del menosprecio, será nueva y atractiva para quienes buscan a Dios» -concluyó el Papa.</p>
<p>Por la tarde, de camino hacia el aeródromo de Cuatro Vientos, donde iba a tener lugar la gran Vigilia de oración, el Papa hizo un alto en la Fundación Instituto San José para visitar a los jóvenes y mayores discapacitados y enfermos que son atendidos allí. Les dijo que se encontraba agradecido al Señor por haberlos conocido. El dolor y la enfermedad, particularmente cuando se hace presente en vidas jóvenes -dijo el Papa- «suscita en nuestros corazones, frecuentemente endurecidos, una ternura que nos abre a la salvación». Citando su encíclica Spe salvi, recordó que «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con quien lo padece».[10]</p>
<p>La Vigilia de Cuatro Vientos ofreció un espectáculo inolvidable. La inmensa asamblea, multicolor y universal, soportó primero uno de los días más calurosos del verano madrileño, y luego fue azotada por una corta pero fuerte tormenta veraniega, de lluvia y viento. Algunos jóvenes de los cinco continentes tuvieron tiempo de formular al Santo Padre sus inquietudes, dudas y problemas personales o procedentes de los desafíos de su entorno. La respuesta fue, de hecho, la exposición del Santísimo en la majestuosa custodia toledana de Arfe y la adoración en emocionante silencio de los dos millones congregados, estando a la cabeza de todos el Papa, arrodillado, clavado ante el Señor, con sus jóvenes, mientras ya amainaba la tempestad. «Os doy las gracias por el maravilloso ejemplo que habéis dado -dijo el Santo Padre al despedirse-. Igual que esta noche, con Cristo podréis siempre afrontar las pruebas de la vida».[11]</p>
<p>La mañana del domingo amaneció radiante. Era el momento de la celebración de la eucaristía de clausura de la JMJ, de despedida y de envío. Era el momento del sí clamoroso a Jesucristo resucitado y a su llamada, a seguirle por la senda de la santidad y del compromiso apostólico en la comunión de la fe de la Iglesia, cuya roca firme es la confesión de fe de Pedro (cf. Mt 16, 13-20). «No se puede seguir a Jesús en solitario -comentó el Papa-. Quien cede a la tentación de ir por su cuenta o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él. (&#8230;) Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha permitido conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor».[12]</p>
<p>No podía el Papa volver a Roma sin haberse encontrado con los voluntarios que ayudaron decisivamente al buen desarrollo de la JMJ. Camino del aeropuerto de Barajas hizo un alto en la Feria de Madrid, donde le esperaban en un gran pabellón miles de aquellos chicos y chicas de la camiseta verde. Fue una despedida intensa, como a un gran amigo. El Papa les dio las gracias, pero les hizo también una última petición: es -les dijo- «la misión del Papa, el Sucesor de Pedro, (…) que respondáis con amor a quien por amor se ha entregado por vosotros». Y precisó, como resumiendo todo: «Es posible que en muchos de vosotros se haya despertado tímida o poderosamente una pregunta muy sencilla: ¿qué quiere Dios de mí? ¿Cuál es su designio sobre mi vida? ¿Me llama Cristo a seguirlo más de cerca? ¿No podría yo gastar mi vida entera en anunciar al mundo la grandeza de su amor a través del sacerdocio, la vida consagrada o el matrimonio? Si ha surgido esta inquietud, dejaos llevar por el Señor».[13]</p>
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<p><strong>II. Los frutos de la Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011</strong></p>
<p><strong>1. Frutos inmediatos y de fondo</strong></p>
<p>No podemos desperdiciar la gracia tan singular de la JMJ de Madrid, a la que el Papa ha calificado como «una estupenda manifestación de fe para España y, ante todo, para el mundo».[14] Hemos de recoger sus frutos y hemos de aprovechar el impulso apostólico que de ella se deriva para proseguir con decisión y confianza la tarea de la nueva evangelización en todos los campos, pero, en particular, en la pastoral juvenil.</p>
<p>No es posible medir ni contar los efectos exactos que la gracia de la JMJ haya podido tener en el corazón de los fieles, jóvenes y mayores. Pero sí sabemos que son muchos los jóvenes y los mayores que han sido tocados por esa gran manifestación de fe; y que no son pocas las conversiones que se han operado y que seguirán produciéndose gracias a ella. Muchos han vuelto a recibir los sacramentos mejor preparados, y otros se han acercado por primera vez o desde hacía mucho tiempo a ellos como, por ejemplo, a la confesión. Consta que hay lugares donde se ven ahora colas junto a los confesionarios. Se han suscitado o decidido vocaciones para el sacerdocio y para la vida consagrada en jóvenes que ya han dado el paso; otros disciernen todavía el camino que deben seguir y no excluyen que el Señor les llame para alguna especial consagración. Muchos han visto con mayor claridad la belleza del matrimonio y de la familia, vividos como vocación cristiana, que es la de ellos y que tan urgentemente necesita nuestra sociedad.</p>
<p>Tampoco es del todo posible calibrar con precisión las consecuencias espirituales de la profunda impresión que causó en toda la sociedad el estilo y calidad humana y religiosa de una juventud tan numerosa y sorprendentemente pacífica, solidaria, generosa y alegre que convirtió toda la ciudad de Madrid y alrededores en escaparate de una forma de vivir que irradia esperanza y entrega para el trabajo, el servicio y la convivencia. Se trataba, sin duda, de una especial manifestación de la “humanidad nueva” que nace y se desarrolla con la fe en Cristo, vivida con autenticidad.[15] Tal manifestación pública no puede dejar de ayudar mucho a la obra de la nueva evangelización.</p>
<p><strong>2. En la perspectiva del crítico momento social que vivimos</strong></p>
<p>La Jornada Mundial de la Juventud ha supuesto, sin duda, para la Iglesia que peregrina en España un formidable impulso apostólico que la ha llenado de ilusión y de esperanza. Incluso toda la sociedad se ha visto como aliviada, cuando atravesamos momentos de tensiones y dificultades. No podemos olvidar la gravísima crisis económica, descubierta ya en el verano de 2008, que no hace más que agravarse en toda Europa y también en España. Urge intensificar nuestra respuesta pastoral.</p>
<p>Los impulsos procedentes de la JMJ ayudarán, en efecto, a acrecentar la implicación de todos en el servicio de la caridad y de la solidaridad con los que más sufren los efectos de la crisis. Es necesario seguir incrementando los recursos económicos, a través de nuestras Cáritas, pero sobre todo tiene que seguir aumentando el número de personas que se deciden a ofrecer su tiempo y sus conocimientos presentándose como voluntarios de la caridad; se espera, en particular, la contribución personal de los jóvenes.</p>
<p>Pero también continúa, sin duda, siendo particularmente urgente apuntar a las causas más profundas de la crisis, tan claramente señaladas en el magisterio de Benedicto XVI a partir de su encíclica Caritas in veritate, y recogidas por la Declaración ante la crisis moral y económica, publicada por esta Asamblea Plenaria[16]. Se trata, en síntesis, y en el fondo, de la pérdida de valores morales, que va de la mano del relativismo y del olvido de Dios y de su santa Ley, cuyas consecuencias son la corrupción política y económica, la codicia, la búsqueda del propio interés a toda costa, el menosprecio de la vida humana mediante políticas y conductas abortistas y antinatalistas, la desprotección y la disolución institucional del matrimonio y de la familia, la instrumentalización y el deterioro de la educación. Todo ello no puede conducir más que a situaciones sociales y económicas muy delicadas.</p>
<p>Los jóvenes son precisamente los más afectados por ese trasfondo de relativismo moral, de escepticismo espiritual y religioso y de concepción egocéntrica e individualista del ser humano y de la vida, que tanto daño les causa a ellos mismos y al conjunto de la sociedad. Ellos deben ser protagonistas de su propio presente y futuro. Pero para ello es necesario que se les ofrezcan los medios adecuados, empezando por una educación integral, que no se reduzca a una pobre y a veces inmoral transmisión de conocimientos, sino que les capacite para el desarrollo de todas sus posibilidades humanas. Solo así se podrá contar con “hombres rectos” -como dice el Papa- de quienes quepa esperar una justa y solidaria comprensión del bien común y del desinteresado y entregado ejercicio del trabajo y de la autoridad en la sociedad y en la comunidad política.</p>
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<p><strong>III. Hacia el Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal</strong></p>
<p><strong>1. La pastoral de la juventud</strong></p>
<p>La pastoral juvenil va bien cuando el conjunto de la vida de la Iglesia tiene buen pulso apostólico. Lo mismo se puede decir de la pastoral vocacional. Pero es necesario prestarles una atención especial. Permítanme trazar algunas pinceladas sobre este tema.</p>
<p>El Plan Pastoral que estamos estudiando prevé la realización de un congreso nacional sobre pastoral de la juventud, que tendría lugar antes de un año, si Dios quiere. Como es sabido, los Planes Pastorales de la Conferencia no pueden ni quieren sustituir a los de las diócesis, ámbito propio de la actividad pastoral directa. El congreso no será, por tanto, un instrumento inmediato de trabajo apostólico con los jóvenes, sino un foro en el que los responsables diocesanos y de otros ámbitos eclesiales puedan reflexionar en común y recibir estímulos para el trabajo que hay que proseguir y mejorar. Parece que, en este contexto, habría que prestar atención a asuntos como los siguientes.</p>
<p>La formación doctrinal ha de ser particularmente cuidada. El Santo Padre ha querido hacer un particular “regalo personal” a todos los jóvenes que participaron en la JMJ de Madrid: y fue precisamente el llamado “Catecismo Joven de la Iglesia Católica” o Youcat. El Papa lo define en el prólogo como un intento de «traducir el Catecismo de la Iglesia Católica al leguaje de la juventud».[17] A este significativo hecho se añade la reciente convocatoria del Año de la fe, que comenzará el 11 de octubre de 2012, coincidiendo con los cincuenta años de la apertura del Concilio Vaticano II y los veinte años de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica. Se trata de ofrecer una oportunidad a toda la Iglesia de salir al paso de la «profunda crisis de fe que afecta a muchas personas»[18], por medio de una especial confesión y celebración de la fe, a las que irá unido el testimonio correspondiente de la vida (cf. 9). El Año de la fe no es, pues, solo para los jóvenes, ni tiene solo un sentido estrictamente catequético. Sin embargo, el Papa pone un acento especial, para ese Año, en el uso del Catecismo, en los contenidos de la fe y en su mejor transmisión a las generaciones futuras (cf. 10). Subraya, en efecto, que «para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable»; y añade que «el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe» (cf. 12). Será, pues, bueno que, en este marco trazado por el Papa, la pastoral juvenil preste particular atención al conocimiento de los contenidos de la fe, sin el que es difícil, por no decir imposible, la comunión en la Iglesia. Un campo doctrinal especialmente urgente para los jóvenes en las circunstancias actuales es el del Evangelio del amor: la educación para conocer y vivir la verdad del amor humano en Cristo.</p>
<p>Naturalmente, la comunión con Cristo en la Iglesia tampoco es posible sin el cultivo de los otros elementos esenciales de la vida cristiana, como son la participación activa en la liturgia y en la oración. Los jóvenes son capaces de tal participación y están abiertos a comprenderla y a vivirla mejor. Será necesario facilitarles los medios adecuados.</p>
<p>Como hemos recordado hace un momento, el Papa se dirigió a los jóvenes durante la JMJ con un lenguaje estimulante y exigente, para proponerles el camino de la santidad, invitándoles a descubrir la voluntad de Dios sobre sus vidas y a responder con amor decidido. La pastoral juvenil ha de mantener constantemente esa interpelación personal; ha de ser capaz de ofrecer cauces para que los jóvenes puedan acceder al encuentro personal con Dios en Cristo y para ser capaces de ordenar su vida de modo duradero hacia Él. Ese ha de ser el objetivo de todas las actividades, acciones y planificaciones. Que los chicos y chicas, que se encuentran en un momento de la vida en el que han de tomar opciones muy determinantes de toda su existencia, puedan hacerlo en la perspectiva básica de llegar a ser santos en todo: en el estado de vida elegido; en la profesión para la que se preparan o que desempeñan; en el trabajo, en el ocio y en el disfrute de la creación y su belleza; en las relaciones de amistad; en la alegría y en el dolor.</p>
<p>La introducción de los jóvenes a los caminos de una vida cristiana seria, que aspira a la santidad, exige que se les ofrezcan ámbitos donde eso sea realmente factible. Será muy difícil que ese propósito fundamental de la pastoral juvenil cuaje realmente en hechos si los jóvenes participan en actividades apostólicas más o menos esporádicas y quedan luego abandonados a los ambientes y grupos de diversión despersonalizadora e inmoral, o se les deja solos consumiendo su tiempo aislados frente a alguno de sus aparatos informáticos o de comunicación. Es necesario ofrecerles cauces asociativos: a poder ser los ya conocidos y experimentados, sean antiguos o más nuevos, siempre de acuerdo con las enseñanzas y directrices del Papa. No es nada aventurado afirmar que sin tales cauces asociativos no hubiera existido la juventud católica que ha constituido el núcleo motor de la JMJ.</p>
<p>La pastoral juvenil es el marco natural de la pastoral vocacional específica para una vida de especial consagración. Esta resultará muy difícil si aquella no discurre por las vías y los cauces que acabamos de referir. Y, a la inversa, una pastoral juvenil orientada al discernimiento vocacional, dotada de los elementos esenciales de una buena formación doctrinal, litúrgica y espiritual, en un marco de vida que permita desarrollar las virtudes cristianas, ofrecerá una base estupenda para las acciones específicas que ayuden al descubrimiento de la vocación de especial consagración. En esta Asamblea dialogaremos sobre una ponencia titulada “Hacia una renovada pastoral de las vocaciones sacerdotales”.</p>
<p><strong>2. La pastoral del matrimonio y de la familia</strong></p>
<p>Entre los escenarios más importantes de la nueva evangelización, en cuyo marco se desarrollará el Plan Pastoral de nuestra Conferencia, tiene especial relevancia la realidad de una cultura matrimonial y familiar gravemente herida, en España y en el mundo, por el individualismo hedonista y el positivismo jurídico, a los que ha conducido el alejamiento de Dios y de la verdadera humanidad. Esperamos poder abordar con calma en esta Asamblea el estudio del documento acerca de “La verdad del amor humano”, que hubo de ser pospuesto la vez pasada por falta de tiempo.</p>
<p><strong>3. Próximos acontecimientos de relevancia para la Iglesia en España</strong></p>
<p>Además del Año de la fe, convocado por el Papa con ocasión del cincuenta aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, en los próximos años tendrán lugar otros acontecimientos relevantes que serán tenidos en cuenta en nuestro Plan Pastoral.</p>
<p>Benedicto XVI anunció el pasado mes de agosto en Madrid, al concluir la celebración de la Santa Misa con los seminaristas, que declarará “próximamente”  a san Juan de Ávila doctor de la Iglesia universal. Es un acontecimiento de gracia que traerá consigo muchas bendiciones. La recientemente creada “Junta San Juan de Ávila, doctor de la Iglesia”, trae a nuestra Asamblea una propuesta de acciones encaminadas a preparar la celebración de la declaración del doctorado que, previsiblemente, tendrá lugar en Roma, y también, a difundir la figura y la doctrina del nuevo doctor. El santo patrono del clero secular español, ahora con una nueva proyección, será sin duda un estímulo para los nuevos evangelizadores que hoy se necesitan.</p>
<p>Por otro lado, en el año 2015 se celebrará el quinto centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús, la primera mujer declarada doctora de la Iglesia. Estudiaremos la conveniencia de solicitar la convocatoria de un Año jubilar teresiano, centrado especialmente en el cultivo de la oración, de la que la santa abulense fue y es maestra consumada. En cualquier caso, esta efemérides nos ofrece una ocasión particular para orientar nuestros planes apostólicos de manera más decidida en la perspectiva de la santidad. La figura de la santa abulense ha jugado un papel decisivo en la historia moderna de la mujer en la Iglesia. Su influencia espiritual en ese fascinante panel de mujeres santas, que a lo largo, sobre todo, de los siglos XIX y XX, ha enriquecido a la Iglesia con múltiples iniciativas de caridad, apostólicas y misioneras, ha sido extraordinaria.</p>
<p>Pronto va a hacer un año de la publicación de la Sagrada Escritura. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. La acogida que esta obra ha experimentado es, gracias a Dios, muy buena. También en los países hermanos de lengua española. Ahora, a partir del próximo año, irán apareciendo los nuevos libros litúrgicos, que incorporarán la traducción bíblica de la versión oficial de la Conferencia. Se dará a conocer oportunamente un calendario indicativo de la publicación progresiva de esos nuevos libros. Dios mediante, para el año litúrgico 2012/2013 se podrá disponer ya de los leccionarios básicos para ese año. Estos acontecimientos son también ocasiones hermosas para la nueva evangelización. En concreto, ofrecen la oportunidad de ahondar en el significado de la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia[19] y también de la sagrada Liturgia como lugar especialmente apto para el encuentro con Cristo-Verbum Domini: el Verbo eterno del Padre.[20]</p>
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<p><strong>A modo de conclusión</strong></p>
<p>Con nuestra Asamblea Plenaria ha coincidido el comienzo de un nuevo período político para España, después de las elecciones generales de ayer. Desde nuestro ministerio de Pastores del Pueblo de Dios, deseamos a quienes han sido elegidos para gobernar, en tiempos tan difíciles, acierto, serenidad y espíritu de servicio en su noble y decisiva tarea. Como siempre hace la Iglesia con los gobernantes, les ofrecemos el apoyo espiritual de nuestras oraciones y las de todos los católicos.</p>
<p>Es oportuno recordar aquí algunas significativas palabras pronunciadas en agosto por Su Santidad, el papa Benedicto XVI, en la que también fue una visita suya a España. Al llegar al aeropuerto de Barajas dijo: la fe «es un gran tesoro que ciertamente vale la pena cuidar con actitud constructiva, para el bien común de hoy y para ofrecer un horizonte luminoso al porvenir de las nuevas generaciones. Aunque haya actualmente motivos de preocupación, mayor es el afán de superación de los españoles, con ese dinamismo que los caracteriza, y al que tanto contribuyen sus hondas raíces cristianas, muy fecundas a lo largo de los siglos».[21]</p>
<p>Al despedirse, antes de volver a Roma, de nuevo en el aeropuerto, decía el Papa: «España es una gran nación, que en una convivencia sanamente abierta, plural y respetuosa, sabe y puede progresar sin renunciar a su alma profundamente religiosa y católica. Lo ha manifestado una vez más en estos días, al desplegar su capacidad técnica y humana en una empresa de tanta trascendencia y de tanto futuro como es el facilitar que la juventud hunda sus raíces en Jesucristo, el Salvador».[22]</p>
<p>Ese progreso es el que, con el Papa, los obispos españoles deseamos para nuestra patria y por el que rogamos a Dios. Ofrecemos con ese fin nuestra específica y humilde colaboración. La modélica cooperación de todas las instancias concernidas del Estado, de uno u otro color político, entre ellas y con diversos sectores de la sociedad -no solo con la Iglesia-, puesta de manifiesto con ocasión de llevar a buen puerto la celebración de la JMJ, ha de ser calificada de modélica. Ojalá que pueda repetirse en el futuro, no solo para ocasiones extraordinarias, sino también en la vida de cada día.</p>
<p>Ponemos en manos de santa María el trabajo de estos días. Ella es la estrella de la nueva evangelización.</p>
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<p>Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio María Rouco Varela<br />
Cardenal Arzobispo de Madrid<br />
Presidente de la Conferencia Episcopal Española</p>
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<p>[01] Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 24 de agosto de 2011, en Ecclesia 3.586/87 (3 y 10-IX-2011) p. 14; y en Benedicto XVI, Discursos en la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, edición preparada por Jesús de las Heras Muela, BAC, Madrid 2011, p. 133.</p>
<p>[02] Benedicto XVI, Oración de consagración de los jóvenes al Sagrado Corazón de Jesús, Vigilia de Cuatro Vientos, 20 de agosto de 2011, en Ecclesia 3584/85 (20 y 27.VIII.2011) p. 11; y en Discursos,  BAC, p. 97.</p>
<p>[03] Antonio Mª Rouco Varela, Homilía en la Misa de apertura de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, en Ecclesia 3584/85 (20 y 27.VIII.2011) p. 14; y en Discursos, BAC, p. 20.</p>
<p>[04] Ecclesia, p. 28; Discursos, BAC, p. 51.</p>
<p>[05] Ecclesia, p. 29; Discursos, BAC, p. 53.</p>
<p>[06] Ecclesia, p. 30; Discursos, BAC, p. 58.</p>
<p>[07] Ecclesia, p. 36; Discursos, BAC, pp. 66s.</p>
<p>[08] El Papa cita aquí su encíclica Spe salvi, 39: Ecclesia, p. 37; Discursos, BAC, p. 70.</p>
<p>[09] Ecclesia, pp. 39s; Discursos, BAC, pp. 75 y 77.</p>
<p>[10] Ecclesia, p. 43; Discursos, BAC, pp. 87s.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>[11] Ecclesia, p. 45; Discursos, BAC, p. 95.</p>
<p>[12] Ecclesia, p. 49; Discursos, BAC, pp. 105s.</p>
<p>[13] Ecclesia, p. 53; Discursos, BAC, pp. 120s.</p>
<p>[14] Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 24 de agosto de 2011, en Ecclesia 35.86/87 (3 y 10-IX-2011) p. 15; y en Benedicto XVI, Discursos BAC, p. 135.</p>
<p>[15] En todo caso, el impacto mediático objetivo fue excepcional: «13 veces mayor que la no selección de Madrid como organizadora de los Juegos Olímpicos y 1,3 veces superior a la beatificación de Juan Pablo II», según un estudio elaborado por la Universidad de Navarra; cf. Ecclesia 3.586/87 (3 y 10-IX-2011) p. 8.</p>
<p>[16] Cf. Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española, 84 (2009) pp. 58-61.</p>
<p>[17] Youcat español. Catecismo joven de la Iglesia Católica. Prólogo del papa Benedicto XVI, Encuentro, Madrid 2011, p. 9.</p>
<p>[18] Benedicto XVI, Porta fidei. Carta apostólica en forma de motu proprio con la que se convoca el Año de la fe, en Ecclesia 3.595 (5.XI.2011) pp. 24-29. Los números indicados en el texto se refieren a los párrafos correspondientes de esta carta apostólica.</p>
<p>[19] Cf. XCI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, Instrucción pastoral La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia, Edice, Madrid 2011; y <a href="http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos">www.conferenciaepiscopal.es/documentos</a></p>
<p>[20] Cf. Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, 30 de septiembre de 2010.</p>
<p>[21] Ecclesia, p. 25; Discursos, BAC, p. 42.</p>
<p>[22] Ecclesia, p. 55; Discursos, BAC, p. 128.</p>
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