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	<title>La voz del Cardenal</title>
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	<description>Textos del Cardenal Arzobispo de Madrid D. Antonio Mª Rouco Varela</description>
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		<title>Discurso Inaugural XCIX Asamblea Plenaria de la CEE</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Apr 2012 11:59:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Discursos]]></category>

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		<description><![CDATA[Queridos Hermanos Cardenales, Arzobispos y Obispos, Señor Nuncio, colaboradores de esta Casa, señoras y señores: Reciente todavía la fiesta de la Pascua, comenzamos la nonagésimo novena Asamblea Plenaria de nuestra Conferencia Episcopal con el ánimo agradecido al Señor resucitado, que nos permite a los obispos de la Iglesia que peregrina en España encontrarnos de nuevo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Queridos Hermanos Cardenales, Arzobispos y Obispos,<br />
Señor Nuncio,<br />
colaboradores de esta Casa,<br />
señoras y señores:</p>
<p style="text-align: justify;">Reciente todavía la fiesta de la Pascua, comenzamos la nonagésimo novena Asamblea Plenaria de nuestra Conferencia Episcopal con el ánimo agradecido al Señor resucitado, que nos permite a los obispos de la Iglesia que peregrina en España encontrarnos de nuevo para su servicio y el de nuestras Iglesias diocesanas. ¡Bienvenidos todos los Hermanos!</p>
<p style="text-align: justify;">Damos de modo especial la bienvenida al nuevo obispo de Orense, Mons. D. José Leonardo Lemos Montanet, consagrado el pasado 11 de febrero, y que nos honra con su presencia por primera vez en esta Asamblea.</p>
<p style="text-align: justify;">Encomendamos a la misericordia de Dios a nuestros hermanos el obispo emérito de Tenerife, Mons. D. Felipe Fernández García, fallecido el pasado Viernes Santo, 6 de abril, el obispo emérito de Tuy-Vigo, Mons. D. José Cerviño Cerviño, fallecido el pasado miércoles, 18 de abril y el obispo emérito de Calahorra y La Calzada-Logroño, Mons. D. Ramón Búa Otero, fallecido el sábado día 21. ¡Descansen en paz!<span id="more-5187"></span></p>
<h3 style="text-align: justify;">I. El plan pastoral, la nueva evangelización y la crisis actual</h3>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;"><strong>1. El octavo plan pastoral de la Conferencia Episcopal</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Traemos a esta Plenaria un plan pastoral para los años 2011 a 2015.  Cuando termine este período de tiempo, en 2016, nuestra Conferencia Episcopal llegará, Dios mediante, a sus cincuenta años de existencia, coincidiendo más o menos con los cincuenta años de la clausura del Concilio Vaticano II, una de cuyas decisiones fue la creación de las conferencias episcopales. Sin embargo, durante los primeros casi veinte años de su vida la Conferencia Episcopal no se dio a sí misma ningún plan pastoral, en el sentido en el que ahora entendemos normalmente esta expresión. No fue hasta 1983, cuando, con ocasión de la primera visita del beato Juan Pablo II a España, se elaboró y publicó el primero de esos planes, bajo el título de <em>La Visita del Papa y el servicio a la fe de nuestro pueblo</em>. Desde entonces hemos contado con siete planes pastorales y ahora nos proponemos darnos el octavo [1].</p>
<p style="text-align: justify;">No perdemos, pues, de vista que la Conferencia ha funcionado y podría funcionar sin estos instrumentos de trabajo. Tampoco olvidamos que los planes pastorales de la Conferencia no son algo así como un gran plan de acción para toda la Iglesia en España, ni tampoco un esbozo de plan para cada una de las diócesis. Su pretensión -como era obligado y bueno- ha sido siempre más modesta, aunque su eficacia concreta en el cumplimiento de sus objetivos propios nos haya movido una y otra vez a decidir valernos de estas útiles ayudas para el trabajo. Son ayudas, ante todo y sobre todo, para el trabajo de esta Casa, es decir, de la propia Conferencia Episcopal en sus diversos organismos. Naturalmente, lo que se hace en la Conferencia viene determinado y orientado por la Asamblea Plenaria, en la que nos juntamos todos los obispos de las Iglesias particulares de España con la finalidad de ayudarnos en el gobierno coordinado y en el mayor impulso de la acción pastoral de nuestras diócesis. Por eso, los planes pastorales han contribuido también de algún modo a que nuestras comunidades diocesanas hayan podido caminar mejor en comunión entre ellas y hayan podido tratar de responder de manera más adecuada a los diversos desafíos que los tiempos nos han ido planteando.</p>
<p style="text-align: justify;">Teniendo bien presente el aludido sentido de los planes pastorales de la Conferencia, venimos estudiando un nuevo plan para el quinquenio 2011-2015 que desearíamos centrar en <em>La Nueva Evangelización desde la Palabra de Dios: Por tu palabra, echaré las redes </em>(<em>Lc </em>5, 5).</p>
<p style="text-align: justify;">En realidad, todos nuestros planes pastorales han estado orientados de uno u otro modo por el programa de la nueva evangelización, como se echa de ver ya en los mismos títulos que llevan: <em>Anunciar a Jesucristo en nuestro mundo con obras y palabras</em>, <em>Impulsar una nueva evangelización</em>,<em> Para que el mundo crea,</em> <em>Proclamar el año de gracia del Señor,</em> <em>Una Iglesia esperanzada: ¡Mar adentro! </em>o<em> Yo soy el Pan de Vida: Vivir de la Eucaristía. </em>Pero, en cada caso, se ha procurado poner un acento especial que venía determinado por algunas circunstancias más inmediatas de la vida de la Iglesia o de nuestra sociedad. Algo semejante sucede también ahora con el nuevo plan que estudiamos. ¿Por qué, pues, la nueva evangelización? Y, ¿con qué acento especial para estos años?</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>2. Prosiguiendo el programa de la nueva evangelización</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Parece obvio que sigamos centrados en el programa de la nueva evangelización. Los motivos de su lanzamiento por el beato Juan Pablo II siguen vivos y, además, Benedicto XVI acaba de ponerlo de relieve con mucha fuerza, tanto al crear un nuevo dicasterio, al que ha confiado de modo especial la nueva evangelización, como al convocar para el próximo mes de octubre el Sínodo de los Obispos con el propósito de ahondar en el significado y en los caminos de la nueva evangelización en orden a la transmisión de la fe.</p>
<p style="text-align: justify;">En efecto, fue el papa beato Juan Pablo II, de venerada memoria, quien lanzó de modo explícito y reiterado el programa de la nueva evangelización. Sin embargo, los precedentes del desafío que la hacían y la hacen necesaria se encontraban ya allí donde comenzaba a fraguarse lo que el siervo de Dios Pablo VI calificaría como «el drama de nuestro tiempo», es decir, «la ruptura entre el Evangelio y la cultura [2] del mundo contemporáneo. Se trata de la descristianización de amplios y, a veces, decisivos sectores de la sociedad que había tenido lugar de un modo más acelerado desde comienzos del siglo XX. A ese preocupante fenómeno respondían ya las iniciativas pontificias significadas en conocidos lemas, como el de «instaurare omnia in Christo» de San Pío X, el del «Reinado de Cristo» de Pío XI, o el de «por un mundo mejor» del siervo de Dios Pío XII.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero fue, sin duda ninguna, en el Concilio Vaticano II donde la Iglesia de nuestro tiempo afrontó de un modo global la renovación teológica y pastoral de todos los aspectos de su vida y de su misión, precisamente con el objetivo fundamental de capacitarse a sí misma para la evangelización de las culturas que, por desgracia, se apartaban del Evangelio. Era el conocido <em>aggiornamento</em> o puesta al día que inspiró la convocatoria del Concilio por el beato Juan XXIII: «un orden nuevo se está gestando -escribía el papa en el documento de convocación- y la Iglesia tiene ante sí una tarea inmensa, como en las épocas más trágicas de la historia. Hoy se exige a la Iglesia que inyecte la fuerza perenne, vital y divina del Evangelio en las venas de la comunidad humana actual, que se gloría de los descubrimientos recientemente realizados en los campos técnico y científico, pero que sufre también los daños de un ordenamiento social que algunos han intentado restablecer prescindiendo de Dios»[3].</p>
<p style="text-align: justify;">En los documentos conciliares no aparece la expresión «nueva evangelización», pero bien podemos decir que el Concilio fue el instrumento que la Providencia divina dispuso para que la Iglesia articulara una gran propuesta doctrinal, apostólica y espiritual en orden a que la Noticia de Jesucristo, perennemente nueva, pudiera ser ofrecida plena, íntegra y actualizadamente a una familia humana tan sedienta de verdad, de bien, de paz, de amor, ¡de vida eterna!, en el momento histórico en el que el siglo XX declinaba y se abría a la perspectiva del año 2000 y de un nuevo milenio de historia cristiana.</p>
<p style="text-align: justify;">A los diez años de haber concluido el Concilio y, habiendo sufrido ya los embates de una recepción del mismo condicionada por grandes dificultades, el papa Pablo VI trazaba en la aludida exhortación pastoral postsinodal,<em>Evangelii nuntiandi,</em> una magistral descripción de la misión evangelizadora de la Iglesia poniendo a la luz de la enseñanza conciliar los nuevos problemas de la llamada liberación cultural, política, económica e incluso sexual, así como el gran problema de fondo del secularismo ateo. Afirmaba el papa que «evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa»[4].</p>
<p style="text-align: justify;">La expresión «nueva evangelización», como incisivo nombre de la tarea propia de la Iglesia en nuestros días, se hizo popular desde el famoso discurso pronunciado por el beato Juan Pablo II en 1983 ante la XIX Asamblea de los Episcopados de Latinoamérica (CELAM): «La conmemoración del medio milenio de la evangelización (de América) tendrá su significación plena -les decía el papa- si es un compromiso vuestro como obispos, junto con vuestro presbiterio y fieles; compromiso no de re-evangelización, pero sí de nueva evangelización»[5].</p>
<p style="text-align: justify;">No habían pasado siete años desde aquella intervención del papa, cuando nuestra Conferencia Episcopal publicaba su tercer plan pastoral, que llevaba ya en el título la nueva divisa: <em>Impulsar una nueva evangelización</em>(1990-1993)[6].</p>
<p style="text-align: justify;">Benedicto XVI ha retomado el programa de la nueva evangelización con un vigor especial; hasta el punto de que en 2010 crea un nuevo Pontificio Consejo al que ha dado el encargo específico de promoverla. En la carta apostólica por la que instituye el nuevo dicasterio, después de aludir a la historia que acabamos de recordar, afirma: «Haciéndonos cargo, por tanto, de la preocupación de nuestros venerados antecesores, estimamos oportuno ofrecer respuestas adecuadas para que la Iglesia entera, dejándose regenerar por la fuerza del Espíritu Santo, se presente ante el mundo contemporáneo con un impulso misionero capaz de fomentar una nueva evangelización. Esta se dirige sobre todo a las Iglesias de antigua fundación (&#8230;). No resulta difícil vislumbrar que lo que necesitan todas la Iglesias que viven en regiones tradicionalmente cristianas es un renovado impulso misionero, expresión de una nueva apertura generosa al don de la gracia. Y es que no podemos olvidar que el primer deber será siempre el de hacernos dóciles a la labor gratuita del Espíritu del Resucitado, que acompaña a cuantos son pregoneros del Evangelio y abre el corazón a quienes escuchan. Para proclamar de manera fecunda la Palabra del Evangelio se requiere, ante todo, una experiencia profunda de Dios»[7].</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>3. Acentos de ahora: ocasiones eclesiales y situación social</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Nuestros planes pastorales han echado siempre una mirada a la situación de la sociedad española para acertar con el destinatario de la acción evangelizadora necesaria. Pero tampoco han dejado de revisar y examinar la situación de la propia Iglesia que peregrina en España en orden a reconocer mejor cómo actuar para obtener el renovado impulso misionero, imprescindible para la nueva evangelización. Debemos continuar en esta doble tarea. Sin olvidar, con todo, que «el primer deber», del que nos habla el Papa con toda razón, es el de la buena forma apostólica de la propia comunidad eclesial; o, como esta misma Asamblea reconocía en su momento, sin olvidar que «la cuestión principal a la que la Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se encuentra tanto en la sociedad o en la cultura ambiente como en su propio interior; es un problema de casa y no solo de fuera»[8].</p>
<p style="text-align: justify;">En este sentido, el plan pastoral que estamos estudiando prosigue con el programa de la nueva evangelización sin perder de vista la situación por la que atraviesa nuestra sociedad, pero, ante todo, poniendo el acento en algunas oportunidades que se nos presentan en estos años como providenciales en orden a la renovación del alma de la Iglesia y, por tanto, de su vigor misionero. Son las siguientes: los frecuentes viajes del Papa que, en poco tiempo, ha estado en España tres veces; la próxima celebración del quinto centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús; la reciente publicación de la versión oficial de la Sagrada Escritura y la renovación de los libros litúrgicos según la nueva traducción bíblica, así como del Misal Romano, según su tercera edición típica; y la cercana proclamación de san Juan de Ávila como doctor de la Iglesia. El quinquenio se abre con la conmemoración del quincuagésimo aniversario del comienzo del Concilio y se cerrará cuando se celebren los cincuenta años de la clausura del mismo. En torno a estos acontecimientos, cada uno de ellos ciertamente de diversa significación, podemos programar algunas acciones prioritarias con la finalidad aludida de revitalizar las fuentes de la vida cristiana en orden a la nueva evangelización. El último plan se centraba en la Eucaristía; en esta ocasión, después del Sínodo sobre la Palabra de Dios y de nuestra Instrucción pastoral<em> La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia</em>, publicada con ocasión de la aparición de la versión oficial de la Biblia, será la Palabra de Dios la que focalice el conjunto del nuevo plan.</p>
<p style="text-align: justify;">En cuanto a la situación general de la sociedad española, a nadie se le oculta que la crisis que nos azota desde hace ya varios años es el factor más preocupante y al que hay que prestar la más cercana atención. No es nuestra misión entrar en el análisis ni en las soluciones propiamente económicas y políticas. El Plan pastoral no lo hará. Pero sí es nuestro deber de pastores de la Iglesia ayudar al análisis cultural y moral necesario para llegar al fondo de las causas de la situación dificilísima que vivimos. Por eso se prevé continuar la reflexión sobre la crisis y sus causas. Sin olvidar que la revitalización de la vida cristiana a la que se encamina toda nuestra actividad pastoral es la que, en realidad, permitirá comprender vitalmente que «la fe sin la caridad no da fruto y la caridad sin la fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda&#8230; que la fe y la caridad se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino», como recordaba el Papa al convocar el Año de la fe[9].</p>
<p style="text-align: justify;">Si no se sigue el camino que hace posible la caridad no será posible una buena solución de la crisis. Sin la caridad, es decir, sin la generosidad sincera, movida en último término por el amor de Dios y del prójimo, será imposible introducir los cambios necesarios en el estilo de vida y en las costumbres sociales y políticas que han conducido a la crisis y que seguirán amenazantes aun cuando hayan sido solucionados los problemas más graves, Dios quiera que pronto. Porque es necesario apartarse de la codicia, que da alas a la ilusoria identificación de la felicidad con la mera acumulación de bienes, a la búsqueda irresponsable del enriquecimiento rápido, así como a la cultura del endeudamiento exagerado que amenaza el presente y lastra a las generaciones jóvenes. Y este cambio, junto con otros incluso de más relieve moral, como es la conversión al respeto y al cuidado de cada vida humana y de su ecología familiar básica, no será realmente posible más que por el camino de la sincera generosidad, el de la caridad posibilitada por la fe. Como tampoco será posible crear un verdadero espíritu de cooperación y de concordia entre los actores políticos y sociales, condición, sin duda, indispensable para afrontar con altura de miras, valentía y espíritu de sacrificio las reformas necesarias, salvaguardando la justicia y la protección de los más débiles. Fuera del camino de la fe y de la caridad, será igualmente imposible confiar en las personas y en la sociedad, estimulando la participación y la actividad de todos mediante la aplicación decidida del principio de subsidiariedad.</p>
<p style="text-align: justify;">Nunca exhortaremos lo suficiente a ayudar a los que sufren más duramente las consecuencias de la crisis mediante el voluntariado o la aportación económica en Cáritas y otras instituciones de asistencia y prevención. Deseo hacerlo una vez más en esta ocasión: es imprescindible la cooperación con Cáritas y damos gracias a Dios porque son cada vez más los católicos que lo comprenden así. Pero igualmente necesaria para el duradero buen orden de la vida personal y social es ante todo la nueva evangelización en toda su hondura de conversión a Dios. Porque sin fe no puede haber verdadera caridad, capaz de despejar los obstáculos para esa imprescindible libertad espiritual que da frutos abundantes de justicia, solidaridad y paz.</p>
<h3 style="text-align: justify;"><strong>II. El Concilio Vaticano II y el Año de la fe</strong></h3>
<p style="text-align: justify;"><strong>1. Para la fructífera recepción del Concilio</strong></p>
<p style="text-align: justify;">La coincidencia del quinquenio del nuevo plan pastoral con los cincuenta años del comienzo y de la clausura del Concilio proporciona una buena ocasión para redoblar el empeño que venimos sosteniendo en la recepción cada vez más viva y fiel de sus enseñanzas. Nuestra Asamblea Plenaria, al darle gracias a Dios por los beneficios recibidos en el siglo XX, consideraba al Concilio como una «muestra extraordinaria de la cercanía de Dios para con los hombres de nuestro tiempo, el gran instrumento de renovación de la Iglesia universal, que hunde sus raíces en la intensa vida cristiana de las décadas precedentes, el llamado <em>despertar de la Iglesia en las almas</em>(&#8230;) que culmina en la luminosa enseñanza del Concilio, en particular en las cuatro grandes Constituciones sobre la Liturgia, la Iglesia, la Revelación y la Misión de la Iglesia en el mundo»[10].</p>
<p style="text-align: justify;">Más tarde, cuando se cumplieron los cuarenta años de la clausura del Concilio, en el año 2006, también tuvimos ocasión de revisar algunos aspectos problemáticos de determinadas formas doctrinales de recepción de la enseñanza conciliar que «amparándose en un Concilio que no existió, ni en la letra ni en el espíritu, han sembrado la agitación y la zozobra en el corazón de muchos fieles»[11]. Aquella Instrucción pastoral, de hace seis años, no ha perdido ninguna vigencia; por el contrario, sigue constituyendo un servicio de discernimiento doctrinal muy valioso para una recepción fructífera del Concilio.</p>
<p style="text-align: justify;">A dificultades semejantes en la recepción del Vaticano II ha salido al paso desde el comienzo de su pontificado el papa Benedicto XVI, también con ocasión de los cuarenta años de la conclusión del Concilio. Hablando a la Curia romana en las primeras Navidades tras su elección, después de referirse a la descripción que hace san Basilio de la dramática situación sufrida por la Iglesia tras el Concilio de Nicea, el Papa dice que algo parecido ha sucedido de nuevo después del último Concilio. «¿Por qué -se pregunta- ha sido tan difícil hasta ahora en grandes partes de la Iglesia la recepción del Concilio? Todo depende  -responde- de que sea interpretado correctamente, o como diríamos hoy, todo depende de que se haga una hermenéutica correcta del mismo. (&#8230;) Los problemas de esta recepción han nacido del hecho de que ha habido dos hermenéuticas contrarias que se han enfrentado y han batallado entre ellas. Una ha causado confusión; la otra ha dado y da buenos frutos, silenciosamente, pero cada vez más. De una parte está la interpretación que yo denominaría <em>hermenéutica de la discontinuidad o de la ruptura; </em>es la que con frecuencia ha gozado de la simpatía de los mass-media, y también de una parte de la teología moderna. De la otra parte está <em>la hermenéutica de la reforma, </em>de la renovación en la continuidad del único sujeto que crece y se desarrolla en el tiempo, pero permaneciendo siempre el mismo, el único sujeto que es el Pueblo de Dios en camino».</p>
<p style="text-align: justify;">«La hermenéutica de la discontinuidad -prosigue el Papa en una descripción que no tiene desperdicio- tiene el peligro de acabar estableciendo una ruptura entre la Iglesia preconciliar y la Iglesia postconciliar. Afirma que los textos del Concilio en cuanto tales no serían todavía la expresión verdadera del espíritu del Concilio. Serían más bien el resultado de compromisos que, en aras de la unanimidad, han obligado a dar un paso atrás volviendo a confirmar muchas cosas viejas que hoy son en realidad inútiles. En cambio, el verdadero espíritu del Concilio se hallaría allí donde, más allá de los compromisos, se han dado pasos hacia lo nuevo, pasos que quedan como por debajo de los textos: solo ellos representarían el verdadero espíritu del Concilio y sería necesario seguir hacia adelante partiendo de ellos y en conformidad con ellos (&#8230;). Sería necesario ir más allá de los textos con valentía. En una palabra: sería necesario seguir no los textos, sino el espíritu del Concilio. De este modo, obviamente, queda un vasto margen para la cuestión de cómo se defina propiamente ese espíritu y, en consecuencia, se concede espacio para todo tipo de imaginación extravagante. Con lo cual queda radicalmente malinterpretada la naturaleza misma de un concilio, ya que, de esa forma, es considerado como una especie de asamblea constituyente, que elimina una constitución antigua y crea otra nueva».</p>
<p style="text-align: justify;">«El Concilio Vaticano II -continúa Benedicto XVI más adelante- con su nueva definición de la relación entre la Iglesia y ciertos elementos esenciales del pensamiento moderno, ha reenfocado e incluso corregido algunas decisiones históricas, pero en medio de esa aparente discontinuidad ha mantenido e incluso profundizado la naturaleza íntima y la verdadera identidad de tales decisiones. La Iglesia es siempre la misma, tanto antes como después del Concilio: la una, santa, católica y apostólica, en camino a través del tiempo»[12].</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>2. Un Año de la fe, como impulso conciliar</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Al convocar recientemente el Año de la fe para el próximo 11 de octubre, día del cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el Papa vuelve a decir que la ocasión ha de ser aprovechada pastoralmente para «comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, “no pierden su valor ni su esplendor<em>”</em>. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia»[13].</p>
<p style="text-align: justify;">Ahora bien, en orden a la consecución de este objetivo tan querido para él y para su santo predecesor, Benedicto XVI no duda en presentar una vez más a toda la Iglesia un «subsidio precioso e indispensable»: <em>el Catecismo de la Iglesia Católica, </em>de cuya publicación se cumplen veinte años en la misma fecha del comienzo del Año de la fe. El Papa presenta el Catecismo como «uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano», que, a su vez, resulta tan decisivo para la recepción adecuada del Concilio al posibilitar su lectura en el contexto de la gran Tradición de la Iglesia, es decir, según una hermenéutica de la continuidad o de la reforma. «En efecto, en él (en el Catecismo), se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los maestros de la teología a los santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece la memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe»[14].</p>
<p style="text-align: justify;">Justamente es eso lo que Benedicto XVI se propone y nos propone a todos para el Año de la fe: consolidar la certeza de la fe en el Pueblo de Dios. Ojalá que acertemos a dar un decidido paso adelante en este sentido durante ese Año y en todos nuestros planes apostólicos. Porque no debemos olvidar que «el núcleo de la crisis de la Iglesia en Europa es la crisis de la fe. Si no encontramos una respuesta para ella, si la fe no adquiere nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real, gracias al encuentro con Jesucristo, todas las demás reformas serán ineficaces»[15].</p>
<p style="text-align: justify;">La falsa recepción del Concilio tiene también que ver con la crisis de la fe: con la fe el Dios vivo, revelado en Jesucristo y con el misterio de la Iglesia. La vana pretensión de constituir una «nueva» Iglesia, distinta de la «preconciliar», denota una grave crisis de fe en la Iglesia. Como recuerda Benedicto XVI, ya el siervo de Dios Pablo VI era consciente de esta grave coyuntura cuando, a los dos años de clausurado el Concilio, con motivo de la conmemoración de los mil novecientos años del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo, convocó un Año de la fe que concluyó con la profesión de fe del Pueblo de Dios[16].</p>
<p style="text-align: justify;">Por todo ello, Benedicto XVI propone dos objetivos principales para el Año de la fe: la confesión de la fe en la plenitud de la verdad de sus contenidos, por un lado, y la profesión de la fe públicamente, dentro y fuera de la Iglesia, por otro lado.</p>
<p style="text-align: justify;">Las referencias a los «contenidos de la fe» son constantes en la carta <em>Porta fidei[17]</em>. Porque «el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia»[18]. La confusión doctrinal, la desmemoria y, en definitiva, el «analfabetismo religioso»[19] tan extendido en el seno del Pueblo de Dios y, en particular, en las generaciones más jóvenes, es un serio obstáculo para la fe. Es verdad que el mero conocimiento doctrinal no es suficiente para la vida de la fe. Pero no es menos cierto que la adhesión de fe es imposible si carece de un objeto verdadero. No extraña, por eso, la urgencia de que el Papa nos pida que «el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el <em>Catecismo de la Iglesia Católica</em>»[20].</p>
<p style="text-align: justify;">Compartiendo la preocupación del Papa por la recta confesión de la fe y, en particular, por que la iniciación cristiana sea íntegra y fructífera, la Conferencia Episcopal Española espera poder ofrecer al Pueblo de Dios durante el Año de la fe un nuevo catecismo para la iniciación de los niños y adolescentes. Llevará previsiblemente por título <em>Testigos del Señor</em>,<em> </em>y se concibe como continuación del catecismo <em>Jesús es el Señor</em>, que tan buenos resultados está dando cuando es utilizado como referencia básica y segura de la formación doctrinal en la catequesis de los niños que se preparan para recibir la primera comunión.</p>
<p style="text-align: justify;">Junto a la confesión de la fe, la profesión pública de la misma. «El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado&#8230; La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree&#8230; de anunciar a todos sin temor la propia fe»[21]. La expresión pública de la fe y, en particular, de su dimensión comunitaria en el seno de la Iglesia, sujeto primordial del creer, se realiza en la celebración de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía. Pero también se ha de dar esa expresión de la fe en el apostolado y en la misión, teniendo siempre en cuenta que quienes no creen, pero buscan con sinceridad «el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo», se hallan ya en los preámbulos de la misma fe[22].</p>
<p style="text-align: justify;">Quiera Dios que, con la modesta pero eficaz ayuda del nuevo plan pastoral y con el impulso del Año de la fe, que celebraremos con todo empeño en nuestras diócesis, se consolide la certeza de la fe en nuestro Pueblo y crezca en todos la alegría que ella produce. Lo necesita la Iglesia, lo reclama el servicio a la sociedad y, en especial, a los más necesitados de apoyo espiritual y material.</p>
<p style="text-align: justify;">Deseo a todos los Hermanos unos días de encuentro y de trabajo serenos y fructíferos, bajo la mirada maternal de María, Madre de la Iglesia.</p>
<p style="text-align: justify;">
<div style="text-align: justify;">Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio María Rouco Varela</div>
<div style="text-align: justify;">Cardenal Arzobispo de Madrid</div>
<div style="text-align: justify;">Presidente de la Conferencia Episcopal Española</div>
<div style="text-align: justify;"></div>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;"><img src="http://www.conferenciaepiscopal.es/images/stories/Imagenes/lineapuntos1.gif" alt="lineapuntos1" width="118" height="19" /></p>
<p style="text-align: justify;">[1] Los cinco primeros planes fueron <em>La visita del Papa y el servicio de la fe de nuestro pueblo </em>(1983-1986), <em>Anunciar a Jesucristo en nuestro mundo con obras y palabras </em>(1987-1990), <em>Impulsar una nueva evangelización </em>(1990-1993),<em>Para que el mundo crea </em>(1994-1997) y <em>Proclamar el año de gracia del Señor </em>(1997-2000). Esos cinco planes constituyen un ciclo de unos diecisiete años que se cierra con el Gran Jubileo del Año 2000, al que sigue un año de revisión del camino recorrido hasta ese momento. Los otros dos, <em>Una Iglesia esperanzada, ¡Mar adentro! </em>(2002-2005) y<em>Yo soy el Pan de Vida, Vivir de la Eucaristía </em>(2006-2010) cubrieron el primer decenio del nuevo siglo, coincidiendo el último prácticamente con los primeros años del pontificado de Benedicto XVI.</p>
<p style="text-align: justify;">[2] Pablo VI, exhortación apostólica <em>Evangelii nuntiandi, </em>20. Con referencia explícita más adelante, en 55, al conocido título de H. de Lubac, <em>El drama del humanismo ateo</em> (1945).</p>
<p style="text-align: justify;">[3] Beato Juan XXIII, <em>Constitución Apostólica por la que se convoca el Concilio Vaticano II </em>(25.XII.1961), en:<em> Concilio Ecuménico Vaticano II, Constituciones-Decretos-Declaraciones, </em>edición bilingüe patrocinada por la Conferencia Episcopal Española, BAC, Madrid 1993, 1068.</p>
<p style="text-align: justify;">[4] Pablo VI, exhortación apostólica <em>Evangelii nuntiandi, </em>14.</p>
<p style="text-align: justify;">[5] Juan Pablo II, <em>Discurso a la Asamblea General del CELAM</em> (Puerto Príncipe, 9.III.1983). Cf. Ecclesia 2119 (26.III.1983)  13-15, 15.</p>
<p style="text-align: justify;">[6] En el segundo plan pastoral, <em>Anunciar a Jesucristo con obras y palabras </em>(1987-1990), la expresión «nueva evangelización» aparecía solo de pasada (nº 18), aunque, como queda dicho más arriba, su enfoque y su temática respondían ya a lo que la palabra indica; cf. <em>Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española</em> 14 (1987) 67-82. El término exacto habría sido empleado por primera vez en el documento de la Comisión Episcopal del Clero titulado<em>Sacerdotes para evangelizar. Reflexiones sobre la vida apostólica de los presbíteros </em>(2 de febrero de 1987): «hay que impulsar una nueva evangelización» (nº 4).</p>
<p style="text-align: justify;">[7] Benedicto XVI, carta apostólica “motu proprio” <em>Ubicumque et semper </em>(21.IX.2010), cf. Ecclesia 3542 (30.X.2010) 31-33, 32s.</p>
<p style="text-align: justify;">[8] LXXVII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, <em>Una Iglesia esperanzada: «¡Mar adentro!»</em> (<em>Lc</em> 5, 4)<em>. Plan Pastoral 2002-2005</em>, nº 10. Cf. <em>Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española</em> 16 (2002) 16.<em></em></p>
<p style="text-align: justify;">[9] Benedicto XVI, carta apostólica “motu proprio” <em>Porta fidei </em>(11.11.2011) 14. Cf. Ecclesia 3595 (5.XI.2011) 24-29.</p>
<p style="text-align: justify;">[10] LXXIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española,<em> La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX </em>(26.XI.1999), n1 5. Cf. <em>Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española</em> 16 (1999) 100-106.</p>
<p style="text-align: justify;">[11] LXXXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, <em>Teología y secularización en España, a los cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II </em>(30.III.2006), n1 2. Cf. <em>Boletín Oficial de la Conferencia Episcopal Española</em> 20 (2006) 31-51.</p>
<p style="text-align: justify;">[12] Benedicto XVI, <em>Discurso a la Curia romana, </em>del 22 de diciembre de 2005. Cf. Ecclesia 3290 (31.XII.2005) 30-36, 33 y 35.</p>
<p style="text-align: justify;">[13] Benedicto XVI, carta apostólica “motu proprio” <em>Porta fidei </em>(11.X.2011), nº 5. La cita de Juan Pablo II es de la carta apostólica <em>Novo millennio ineunte </em>(6.01.2001).</p>
<p style="text-align: justify;">[14] Benedicto XVI, carta apostólica “motu proprio” <em>Porta fidei </em>(11.X.2011), nº 1.</p>
<p style="text-align: justify;">[15] Benedicto XVI, Discurso a la Curia romana, el 22 de diciembre de 2011.</p>
<p style="text-align: justify;">[16] Cf. Benedicto XVI, carta apostólica “motu proprio” <em>Porta fidei </em>(11.X.2011), nº 4.</p>
<p style="text-align: justify;">[17] Cf. números 2, 4, 9, 10 (cuatro veces) y 11.</p>
<p style="text-align: justify;">[18] Benedicto XVI, carta apostólica “motu proprio” <em>Porta fidei </em>(11.X.2011), nº 10.</p>
<p style="text-align: justify;">[19] Benedicto XVI, Homilía en la Misa crismal (5.IV.2012), cf. Ecclesia 3618-19 (14/21.IV.2012), 38.</p>
<p style="text-align: justify;">[20] Benedicto XVI, carta apostólica “motu proprio” <em>Porta fidei </em>(11.X.2011), nº 11.</p>
<p style="text-align: justify;">[21] Benedicto XVI, carta apostólica “motu proprio” <em>Porta fidei </em>(11.X.2011), nº 10.</p>
<p style="text-align: justify;">[22] Cf. <em>ibíd.</em></p>
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		<title>¡FELIZ Y GOZOSA PASCUA DE RESURRECCIÓN!</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Apr 2012 10:07:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Alocuciones]]></category>

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		<description><![CDATA[Mis queridos hermanos y amigos:  No hay probablemente ningún momento de la existencia humana ante el cual nos sintamos más inermes e indefensos que el de la muerte. Nadie quisiera morir. El Concilio Vaticano II nos habla de la muerte como de un enigma indescifrable. De lo más hondo de nuestro ser surge incontenible el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Mis queridos hermanos y amigos:</p>
<p style="text-align: justify;"> No hay probablemente ningún momento de la existencia humana ante el cual nos sintamos más inermes e indefensos que el de la muerte. Nadie quisiera morir. El Concilio Vaticano II nos habla de la muerte como de un enigma indescifrable. De lo más hondo de nuestro ser surge incontenible el ansia de vivir para siempre y felizmente; pero, a la vez, sentimos en nuestra carne la fragilidad de nuestras fuerzas, las heridas del sufrimiento y las señas de una mortalidad cierta e inevitable. ¿No hay salida para esta tremenda y, al parecer, fatídica condición del hombre? ¿Ese es nuestro destino: la muerte? <span id="more-5180"></span></p>
<p style="text-align: justify;">La mañana del Domingo de Resurrección nos trae año tras año una certeza distinta: la de la respuesta luminosa a esa lacerante cuestión: ¡Jesucristo ha resucitado! Ha resucitado verdaderamente en cuerpo y alma. No hay cadáver de Jesús. El sepulcro está vacío. Se aparece visible y palpable a sus discípulos, a las mujeres que le habían seguido en su vida terrena, a su Madre María… ¿Qué había ocurrido? Dios Padre había aceptado su oblación en la Cruz como la ofrenda de un amor infinitamente misericordioso: capaz de sanar, perdonando, la herida mortal infligida, desde el origen, por el pecado a los hombres de todos los tiempos. Restablecidos en la verdad de una justicia más grande −la del Amor infinito de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo− les quedaba restaurada la vida más allá de la muerte espiritual y física, y se les abría la puerta de la felicidad última por encima de cualquier capacidad y expectativa humanas. Esta es la respuesta de la fe al gran interrogante que hoy como siempre, a lo largo de la historia, ha inquietado al hombre. La “secuencia” de la Misa del día de la Pascua de Resurrección la expresa con luminosa belleza: “Lucharon vida y muerte, en singular batalla, y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”.</p>
<p style="text-align: justify;"> En este domingo, en el que la Iglesia celebra de nuevo la Pascua de la Resurrección del Señor Jesucristo, se anuncia, proclama y vive su inmarcesible actualidad ante el mundo como la noticia mejor y más capaz −¡la única siempre fidedigna!− para levantar la esperanza en el triunfo del amor y de la vida. Es una noticia que ni engaña ni defrauda. El hombre y la sociedad del 2012 pasan por un trance histórico difícil, extraordinariamente “crítico”. ¿Cómo superar o, por lo menos, aliviar tanta situación dolorosa de paro, de rupturas familiares, de pobreza, de insolidaridad social, de enfrentamientos agresivos, de incertidumbre ante el futuro? ¿Cómo la puede superar un cristiano, pensando en sí mismo, pero, sobre todo en el bien de sus hermanos? ¡Convirtiéndose de nuevo al don de la gracia y de la vida que ha recibido el día de su Bautismo, en el que ha muerto con Cristo para resucitar con Él! ¡Cumpliendo el mandamiento de su amor sin cansarse y siempre más generosamente! ¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa?, nos recuerda San Pablo. Celebremos, pues, esta nueva Pascua, irradiando el testimonio de la esperanza imperecedera “no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad) sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad” (1 Cor 5, 6b-8). Todos “los años”, pueden ser vencidas todas <em>“las crisis”</em> −aún la más temibles−, cuando procuramos vencerlas en su raíz, que es el pecado que destroza el corazón y lleva a la muerte. Y ninguna lo será a medio y a largo plazo, si se olvida esa última causa que las produce: el mal moral, la ruptura de la ley de Dios. ¡Procuremos de nuevo esa victoria en esta Pascua de Resurrección, abriendo mucho más que nunca la puerta del alma −y de las almas− a la victoria del Señor Resucitado! Cuando se le abre de par en par el corazón, como lo hicieron los jóvenes de la JMJ del pasado agosto en Madrid, la siembra del amor, a manos llenas, sobre el mundo y la sociedad está asegurada: ¡renace la alegría!</p>
<p style="text-align: justify;">Que Nuestra Señora, la Virgen Madre, “la Real de La Almudena”, que se alegró la primera −y como nadie− por la Resurrección de su Divino Hijo, nos anime y nos sostenga en nuestro valiente e infatigable testimonio de la victoria de Jesucristo Resucitado sobre el pecado y sobre la muerte: ¡la victoria de la verdadera alegría que vence la apatía y la tristeza del mundo!</p>
<p style="text-align: justify;">Con mis deseos para todos de una santa y gozosa celebración de la Pascua de Resurrección y con mi bendición.</p>
<p><img class="alignright" title=" Firma Cardenal-Arzobispo de Madrid" src="http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/wp-content/uploads/2003/11/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></p>
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		<title>Conferencia pronunciada en la Basílica de la Purísima Concepción, Barcelona, 11 de marzo de 2012; 19’00 horas.</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Mar 2012 11:20:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Conferencias]]></category>

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		<description><![CDATA[La JMJ-2011 y la Nueva Evangelización Historia y Presente[1] I.             INTRODUCCIÓN El Santo Padre Benedicto XVI en la audiencia del 24 de agosto en Castelgandolfo, tres días después de las extraordinarias jornadas vividas en Madrid en la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, la calificaba como “un acontecimiento eclesial emocionante. Cerca de dos millones de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><strong>La JMJ-2011 y la Nueva Evangelización</strong></p>
<p align="center"><strong>Historia y Presente</strong><a title="" href="#_ftn1">[1]</a><strong></strong></p>
<p align="center">
<p><strong>I.             </strong><strong>INTRODUCCIÓN</strong></p>
<p style="text-align: justify;">El Santo Padre Benedicto XVI en la audiencia del 24 de agosto en Castelgandolfo, tres días después de las extraordinarias jornadas vividas en Madrid en la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, la calificaba como <em>“un acontecimiento eclesial emocionante. Cerca de dos millones de jóvenes de todos los continentes vivieron, con alegría, una formidable experiencia de fraternidad, de encuentro con el Señor, de compartir y de crecimiento en la fe: <span style="text-decoration: underline;">una verdadera cascada de luz</span>”</em>. La semana de Madrid había sido precedida y preparada por <em>“los días en las Diócesis”</em>, con frutos de experiencia eclesial y de vivencia cristiana que hicieron presagiar y esperar lo que iba a suceder en los días del encuentro con el Santo Padre en Madrid. Una excelente muestra de la riqueza espiritual y apostólica de lo vivido en esos días en las Diócesis fue la Ciudad de Barcelona. La valoración de la JMJ-2011 como <em>“una cascada de luz”</em> adquiere en el discurso del Papa a la Curia Romana con motivo de las felicitaciones de Navidad (12.12.2011) un especial significado en relación con la Nueva Evangelización: <em>“La magnífica experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, ha sido también una nueva medicina contra el cansancio de creer</em>. <em><span style="text-decoration: underline;">Ha sido una nueva evangelización vivida.</span> Cada vez con más claridad se perfila en las Jornadas Mundiales de la Juventud un modo nuevo, rejuvenecido, de ser cristiano”</em>. Modo nuevo que sintetiza a continuación en cinco puntos: una nueva experiencia de catolicidad; un modo nuevo de vivir el ser hombres; la adoración; la presencia del Sacramento de la Penitencia; la alegría.<span id="more-5183"></span></p>
<p style="text-align: justify;">La pregunta se nos hace inevitable ante la convocatoria del Año de la Fe y de la renovada y clarividente llamada del Santo Padre a la Nueva Evangelización que su predecesor el Beato Juan Pablo II había impulsado con la energía espiritual y el ánimo apostólico misionero tan propio de su personalidad y de su pontificado: ¿el modelo pastoral de las Jornadas Mundiales de la Juventud ofrece una eficaz y actual forma para evangelizar de nuevo?, ¿sobre todo, en los viejos países europeos de raíces cristianas? Nuestro Santo Padre Benedicto XVI no duda en hacer un diagnóstico de la crisis de la Iglesia en Europa −estrechamente ligada a la crisis general de la sociedad y de la cultura europeas− como una crisis de la fe: <em>“el núcleo de la crisis de la Iglesia en Europa −</em>afirma el Papa en el citado discurso a la Curia Romana<em>− <span style="text-decoration: underline;">es la crisis de fe</span>. Si no encontramos una respuesta para ella, si la fe no adquiere nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real gracias al encuentro con Jesucristo, todas las demás reformas serán ineficaces”</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Para acertar con la respuesta a la pregunta planteada, de forma teológica y pastoralmente viva, es bueno −incluso, hermeneúticamente necesario− conocer <em>“el sitio en la vida”</em>, es decir, el contexto histórico-espiritual en el que nace y se desarrolla la expresión y la realidad eclesial de la Nueva Evangelización. Los términos Evangelio, evangelizar, evangelización y las realidades por ellos significadas pertenecen −no hay duda− al contenido esencial y a la comprensión de la acción fundamental que define la misión de la Iglesia. <em>“Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda”</em>, recordaba el Siervo de Dios, Pablo VI, en la Exhortación Apostólica <em>“Evangelii Nuntiandi”</em> de 8 de diciembre de 1975, añadiendo: <em>“ella −la Iglesia− existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores, perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa”<a title="" href="#_edn1"><strong>[1]</strong></a></em>. Pueden cambiar y cambian las circunstancias históricas en las que la Iglesia ha de realizar y desplegar su misión evangelizadora; la evangelización en la esencia de sus contenidos y de sus métodos, no.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p><strong>II. </strong><strong>EL CONTEXTO HISTÓRICO-ESPIRITUAL DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN</strong></p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">La llamada a una nueva evangelización nos mete de lleno en la entraña misma de la historia de la Iglesia contemporánea. Presupone examen de conciencia e invitación a una visión renovada de su acción pastoral y de toda la vida cristiana. En el umbral del Tercer Milenio del Cristianismo, teniendo a la vista principalmente el panorama humano y espiritual de la actual Europa: ¿cuáles son <em>“los hitos”</em> más significativos de ese proceso histórico de elaboración y desarrollo eclesial de la expresión <em>“Nueva Evangelización”</em> y de su plasmación teórica y práctica en el pensamiento y en la vida de la Iglesia? Trataremos de <em>“identificarlos” </em>lo más concisamente posible.</p>
<p><strong>1. </strong><strong>El Concilio Vaticano II</strong></p>
<p style="text-align: justify;">El precedente más inmediato, más aún, el punto de partida doctrinal y pastoral de la Nueva Evangelización lo constituye sin duda alguna el Concilio Vaticano II. Ciertamente, en la primera mitad del siglo pasado −ese siglo XX tan dramático y convulso como pocos en la historia de la humanidad−, el Magisterio y los impulsos pastorales de los Papas acuñaron formulas y dieron aliento a iniciativas apostólicas en la dirección de una respuesta espiritual, honda y vigorosa a los nuevos y agudos problemas de un <em>“viejo mundo”</em> extraordinariamente afectado por la descristianización de amplios sectores de las sociedades europeas y americanas. Por ejemplo: la de <em>“restaurare omnia in Christo”</em> de San Pío X, la del “<em>Reinado de Cristo” </em>de Pío XI o la de <em>“por un Mundo mejor”</em> del Siervo de Dios, Pío XII. Ninguna de ellas, no obstante, significó un planteamiento global de renovación teológica y pastoral que implicase a todos los aspectos de la vida y de la misión de la Iglesia, como fue el llevado a cabo por el Concilio Vaticano II. La palabra <em>“aggiornamento” </em>−<em>“puesta al día”</em>− serviría al Beato Juan XXIII para justificar la convocatoria del Concilio y sería para todo el proceso de deliberación y de decisiones conciliares un decisivo criterio de inspiración y guía histórico-espiritual y pastoral.</p>
<p style="text-align: justify;">La honda crisis de fe y de elemental humanidad con la que se había cerrado la primera mitad del siglo XX −con la II Guerra Mundial− necesitaba ser profundamente superada. Lo cual solo se haría posible a través de una actualizada presentación de la doctrina perenne de la fe de la Iglesia y de una vigorosa y luminosa irradiación de sus contenidos en la relación con el hombre y con la sociedad. Las dificultades, tanto en el terreno de las ideas como en el de la práctica cultural, socio-económica y política, al enfilar la segunda mitad del siglo, se revelaban formidables. Había que enfrentarse con la concepción marxista-leninista de la historia y del hombre, radicalmente materialista y atea; políticamente triunfante después de la victoria militar de <em>“los Aliados”</em> en la II Guerra Mundial. El pensamiento del viejo liberalismo, laicista y agnóstico, por otra parte, se veía tan impotente para resolver los graves problemas intelectuales y éticos de la delicada coyuntura histórica, marcada por el reto hercúleo de la reconstrucción de una Europa libre, como el existencialismo de moda: triste, melancólico y escéptico; cultivado con un sentimental diletantismo en los más variados ambientes y sectores de la cultura y de la Universidad europeas del momento. Parecía obligado a muchos recurrir al intento de la vía, siempre antigua y siempre nueva, de una antropología verdaderamente humanista y de una teoría del Estado y de la economía, libre y social a la vez, fundada en el reconocimiento de la dignidad trascendente de la persona humana y del bien común, e inspirada en una visión cristiana del hombre. Sería la que se impondría con éxito en la Europa Occidental y la que elegirían  los grandes artífices de la incipiente Unidad Europea. Tres de ellos, católicos insignes: Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi, Schumann…</p>
<p style="text-align: justify;">Entretanto, en la mitad sur del planeta emergía un mundo nuevo, resultante en buena medida del proceso de su descolonización, en el que la pobreza e incluso el hambre se instalaban pertinazmente. La cultura periodística y política de la época le denominará y conocerá pronto como <em>“el Tercer Mundo”</em>. Esos pueblos y Estados nuevos reclamaban una decidida cooperación internacional para un desarrollo digno, justo y solidario de sus potencialidades económicas, sociales y políticas. En América del Norte y del Sur se hablará, iniciados “los años sesenta”, de la necesidad de <em>“una Alianza para el progreso”</em>. No puede extrañar que en estas circunstancias tan dramáticas se produjese en amplios e influyentes círculos del pensamiento político y jurídico de Europa y América <em>“un retorno del derecho natural”</em>: un episodio nuevo de lo que un exponente de la filosofía clásica del derecho de <em>“los años treinta”</em> llamaba <em>“el eterno retorno del derecho natural”<a title="" href="#_edn2"><strong>[2]</strong></a></em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Con este panorama de la realidad mundial −trazado a grandes rasgos− como trasfondo histórico-espiritual se encontraba la Iglesia al iniciarse la segunda mitad del siglo XX. Una humanidad hondamente conmocionada y herida por los efectos devastadores de pecados individuales y colectivos de gravedad y en número desconocido esperaba una respuesta de la Iglesia: <em>“Madre y Maestra”</em>, <em>“experta en humanidad”</em> (Beato Juan XXIII y Pablo VI). La conciencia de que era urgente el darla, había arraigado en la opinión generalizada de sus Pastores y fieles. En el Concilio Vaticano II encontraría el cauce privilegiado para su expresión. Un cauce previsto por el Señor que la rige y el Espíritu Santo que la guía y que la permitiría articular como una gran propuesta doctrinal, apostólica y espiritual para que la Noticia de Jesucristo, perennemente nueva, pudiera ser ofrecida plena, íntegra y actualizadamente a una familia humana sedienta de verdad, de bien, de paz, de amor: ¡de vida eterna! En los documentos del Concilio Vaticano II no aparecerá la expresión <em>“Nueva Evangelización”</em>; pero sí se encontrará la primera e imprescindible fórmula doctrinal y pastoral que haría posible su realización fecunda en el momento histórico en el que el siglo XX declinaba y se abría a la perspectiva del año 2000 y de un nuevo Milenio de la historia cristiana.</p>
<p><strong>2. </strong><strong>La “Evangelii Nuntiandi”</strong></p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">El Concilio Vaticano II concluiría en un contexto social y cultural muy cambiado respecto de la situación histórica en la que había sido convocado. Una ola de prosperidad sin precedentes había alcanzado a todos los países del <em>“mundo occidental”</em>, especialmente a los de la llamada <em>“Europa libre”</em>. <em>“El Bloque Soviético”</em>, el formado por los países dominados por la Unión Soviética, militarmente muy poderoso, comienza a resquebrajarse, dando muestras de una debilidad político-económica más que evidente. Se ve obligado a encerrarse, literalmente, detrás del <em>“Telón de Acero”</em> y del <em>“Muro de Berlín”</em>. El pensamiento marxista busca ansiosamente formas intelectuales y estrategias políticas en el Occidente europeo y americano que le permita alejarse del burdo y cerrado materialismo del marxismo-leninismo de corte soviético. Su éxito entre la juventud universitaria de las grandes ciudades europeas y americanas sorprende. En el fondo, constituye una de las paradojas más llamativas de la historia contemporánea. Era verdad que la distancia entre <em>“el mundo libre”</em>, rico y próspero económica y culturalmente, y la persistente situación de subdesarrollo de las países del <em>“Tercer Mundo”</em> parecía agrandarse sin un horizonte realista a la vista que permitiese vislumbrar su superación. Nacían las filosofías y las teologías de la liberación. En todo caso era un hecho indiscutible el alejamiento por parte de estos jóvenes de la moral y de los estilos de vida y de religiosidad de sus padres: la generación sacrificada de la reconstrucción económica y política de la Postguerra. Adoptan actitudes de ruptura rebelde, más o menos radical, con el ambiente de nuevo <em>“aburguesamiento”</em> en el que supuestamente habrían sido educados, y escenifican un <em>“nuevo tipo de revolución”</em> cuyo <em>“slogan” </em>favorito sería el<em>“prohibido prohibir”</em>. <em>“El mayo del 68”</em>  francés es su gran puesta en escena histórica con un discurso intelectual confuso y, a fin de cuentas, nihilista. ¿Sus consecuencias? Fueron muchas y graves en los distintos órdenes de la vida personal y social. Empieza a ganar terreno un subjetivismo radical en la concepción de la vida y una visión y experiencia de la dimensión sexual de la personalidad humana puramente hedonista. Hoy, pasado ya casi medio siglo, ha quedado en el recuerdo y en el lenguaje como <em>“Revolución sexual”</em>. En este cuadro histórico, a la vista de cualquier observador atento del acontecer mundial en el año de la finalización del Concilio, asomaban algunos serios indicios de que pudieran estar a punto de estallar conflictos bélicos de extraordinaria gravedad en Tierra Santa y en el Vietnam, con efectos amenazadores para la estabilidad y el mantenimiento de la paz en la comunidad internacional. Y tampoco se podía pasar de largo ante otro hecho de extraordinaria relevancia política y espiritual: el intento simultáneo de revolución juvenil de inspiración bien distinta a los de los jóvenes occidentales, que las tropas del Pacto de Varsovia ahogaban en represión violenta: la conocida como <em>“Primavera de Praga”</em>, aplastada militarmente en agosto de 1968.</p>
<p style="text-align: justify;">Se comprende, por tanto, que el proceso de aplicación de las enseñanzas y de las orientaciones del Concilio se iniciase en medio de circunstancias complejas y difíciles, que traían su origen, además, no sólo de fuera, sino también del interior de la Iglesia. El dramático fenómeno del abandono del ministerio y de la vocación de consagración por parte de un gran número de sacerdotes y religiosos, en crecimiento constante hasta finales de los años setenta, constituye la prueba más perturbadora y dolorosa de lo dicho, y el rechazo de la doctrina moral de la Iglesia sobre el matrimonio y lo transmisión de la vida, enseñada en la Encíclica “Humanae Vitae” de Pablo VI del 25 de julio de 1968, una de sus manifestaciones más inquietantes. En el fondo estaba pasando que la lectura y comprensión de la doctrina conciliar se venía sometiendo a lo que Benedicto XVI ha llamado la <em>“hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”<a title="" href="#_edn3"><strong>[3]</strong></a></em>. Más aún, se estaba incubando en no pequeños ni escasos sectores de la opinión pública de la Iglesia todo un cuestionamiento de verdades fundamentales de la fe cristiana. No se explica de otro modo que el Papa Pablo VI se decidiese a proclamar <em>“un Año de la fe”</em> en 1967, apenas iniciado el proceso pastoral y canónico de la aplicación del Concilio. La intención y el motivo latente y operante en la convocatoria del Año de la fe de 1967 no admitía dudas en la opinión de Benedicto XVI: <em>“En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor </em>−subraya el Papa−<em> vio ese Año como «una consecuencia y exigencia postconciliar», consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo, con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación”<a title="" href="#_edn4"><strong>[4]</strong></a></em>. El mismo Pablo VI deja traslucir inequívocamente esta intención al proponerse como objetivo principal del Año de la Fe el que toda la Iglesia adquiriese una <em>“exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, y para confesarla”</em> <a title="" href="#_edn5">[5]</a>.</p>
<p style="text-align: justify;">Parecía claro que las claves teológicas y pastorales que habían comenzado a utilizarse en la interpretación del Concilio se alejaban abiertamente de la verdad del Evangelio y de lo que exige la gran disciplina de la Iglesia -es decir, de una recta eclesiología conciliar-, en no pocos casos y ambientes. ¿Cómo lograr así un anuncio y profesión de la fe en el Misterio de Cristo verdaderamente misionera? ¿Cómo iba a ser posible conseguir de este modo el efecto de siembra evangelizadora y, menos aún, el de fermento santificador y transformador de todas las realidades temporales? Sobre el fundamento de un pensamiento y de una praxis crítica con los aspectos más esenciales de la doctrina de la fe no se podía sustentar acción evangelizadora alguna, digna de tal nombre. La apelación a un supuesto <em>“espíritu del Concilio”</em> y a las exigencias de una Evangelización a la medida del hombre moderno actuaba muy eficazmente a favor de las tesis rupturistas. En esta coyuntura eclesial, muy avanzado ya su Pontificado, Pablo VI siente la urgencia de una aclaración doctrinal, completa y eficaz de uno de los temas más controvertidos entre los círculos teológicos y pastorales en los que se discutía el curso de la aplicación conciliar: el concepto y la verdad de la evangelización. El Papa recurre para ello a la convocatoria de la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, la Tercera, fijando octubre de 1974 para su celebración, con el título: <em>“La Evangelización en el mundo moderno”</em>. De sus proposiciones saldría luego la Exhortación Apostólica “<em>Evangelii Nuntiandi”</em> del 8 de diciembre de 1975, ya citada. Pablo VI deja muy clara la respuesta que buscaba para la pregunta más apremiante de aquella hora histórica: <em>“después del Concilio y gracias al Concilio que ha constituido para ella una hora de Dios en este ciclo de la historia, la Iglesia ¿es más o menos apta para anunciar el Evangelio y para inserirlo en el corazón del hombre con convicción, libertad de espíritu y eficacia?”<a title="" href="#_edn6"><strong>[6]</strong></a></em>. La respuesta de <em>“la Evangelii Nuntiandi</em>” atestiguará la extraordinaria lucidez doctrinal del Papa y su fina sensibilidad pastoral. A través de una enseñanza enraizada en la fe de la Iglesia y contrastada a través de un certero conocimiento del <em>“sitio en la vida”</em> del hombre y de la sociedad contemporánea, Pablo VI aborda exhaustivamente todos los puntos clave de la problemática planteada<em>: “del Cristo Evangelizador a la Iglesia Evangelizadora”</em>, <em>“qué es evangelizar”</em>, <em>“contenido de la evangelización”</em>, <em>“medios de evangelización”</em>, <em>“los destinatarios de la evangelización”</em>, <em>“agentes de evangelización”</em> y <em>“el espíritu de la evangelización”</em>. Si quisiéramos espigar alguno de los pasajes más reveladores del valor doctrinal y pastoral de la “<em>Evangelii nuntiandi”</em> para una correcta y plena comprensión teológica de lo que es y debería ser la nueva Evangelización, en viva y consecuente sintonía con las enseñanzas del Concilio Vaticano II, podíamos quedarnos con este: <em>“la Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá ser pues, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida. <span style="text-decoration: underline;">No hay evangelización verdadera</span> mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazareth Hijo de Dios”<a title="" href="#_edn7"><strong>[7]</strong></a></em>.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p><strong>3.  </strong><strong>El Pontificado del Beato Juan Pablo II</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Con Juan Pablo II, la conciencia de la necesidad de evangelizar al hombre y a la sociedad de fin de siglo XX cobra un nuevo vigor espiritual. Con su encendido, valiente y entregado entusiasmo apostólico el objetivo de la evangelización alcanza su momento más álgido y su expresión más misionera. Él es el que va a acuñar la expresión y la fórmula de <em>“Nueva Evangelización”</em>. Se ha hecho famosa −y de citación obligada− la alusión a la nueva evangelización en su discurso a la XIX Asamblea del CELAM de 9 de marzo de 1983: <em>“La conmemoración del medio milenio de evangelización</em> (de América)<em> tendrá su significación plena si es un compromiso vuestro como Obispos, junto con vuestro presbiterio y fieles; compromiso, no de re-evangelización, pero sí de una evangelización nueva. <span style="text-decoration: underline;">Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión</span>”</em>. Para aquella fecha, el Papa había sufrido y superado milagrosamente el atentado del 13 de mayo de 1981 y el impacto de su presencia y de su palabra prodigada con un celo pastoral infatigable −por ejemplo, en su Polonia natal, todavía sometida al poder la Unión Soviética−, comenzaba a notarse en un incipiente desmoronamiento de su base ideológica: el marxismo comunista; y en la apertura de un horizonte de esperanza para un no lejano final de <em>“la guerra fría”</em>. Finalizarla parecía una condición “sine qua non” para poder abordar desde una ética de justicia social y de solidaridad, y con un “mínimun” de realismo, los gravísimos problemas del Tercer Mundo. Las preocupaciones principales de Juan Pablo II iban, sin embargo, en la otra dirección de la vida interna de la Iglesia. Las consecuencias, derivadas de una equivocada interpretación del Concilio Vaticano II tanto en el campo de la fidelidad doctrinal como en el de la salvaguarda canónica del principio de <em>“comunión eclesial”,</em> continuaban perturbando gravemente su acción pastoral, su vitalidad interior y un ejercicio fecundo de su misión apostólica. <em>“El informe sobre la Fe”</em>, del entonces Cardenal Joseph Ratzinger, publicado años más tarde, en 1985, y la convocatoria de la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos de ese mismo año 1985, dejaban clara constancia de esta problemática situación que tanto preocupaba al Papa. ¿Cómo podría crecer la Iglesia en gracia y santidad?</p>
<p style="text-align: justify;">Juan Pablo II afrontará con una energía espiritual sin precedente el desafío histórico de <em>“los signos”</em> de su tiempo durante casi tres largas décadas cruciales para la Iglesia y para el mundo. Asumió la tarea ingente −casi abrumadora− de supremo Pastor de la Iglesia Universal y Vicario de Cristo con la conciencia de la responsabilidad histórica de que era inaplazable el impulsar una nueva evangelización del hombre y de la sociedad que se encaminaba al Tercer milenio de su historia, dada la situación de profunda descristianización de los pueblos y naciones de multiseculares raíces cristianas de las que se habían alimentado cultural y espiritualmente en su génesis y desarrollo durante los períodos más largos de su historia. ¡Era la misión que el Señor le confiaba muy directamente! Si se quiere captar y comprender acertadamente la nota más característica de cómo afrontó su ministerio pastoral de Sucesor de Pedro, hay que acudir a ese convencimiento personal suyo de que apremia evangelizar de nuevo: ¡que es urgente una nueva Evangelización! <span style="text-decoration: underline;">Su Magisterio</span> ordinario y extraordinario, de enorme riqueza por los temas tratados y por el modo pedagógico de tratarlos, se extiende a todas las grandes verdades de la fe y de la vida cristiana. La trilogía de las Encíclicas sobre las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad; las Encíclicas sobre el fundamento teológico de la moral cristiana y sobre alguna de las grandes cuestiones de la moral personal y social más debatidas al finalizar el siglo XX, como fueron la <em>“Veritatis Splendor”</em> y <em>“el Evangelio de la Vida”</em>; la Encíclica <em>“Fides et Ratio”</em> de 1999 que aclarará penetrantemente el punto quizá más sensible intelectual y existencialmente en orden a poder entender la raíz más sutil de la crisis postmoderna de la fe −el relativismo y escepticismo filosófico−, son otras tantas muestras de ese valiosísimo Magisterio. Sus catequesis semanales y sus innumerables Homilías y alocuciones, pronunciadas a lo largo y a lo ancho del planeta, por otra parte, llevaban el Mensaje de <em>“Jesucristo Redentor del hombre”</em> a creyentes y no creyentes con una cercanía humana y una fuerza espiritual del todo excepcional: ¡fascinante! A todo esto hay que añadir los temas que propone a la Asamblea del Sínodo de Obispos −con las consiguientes Exhortaciones postsinodales− que se centran en los problemas eclesiales y espirituales que más implicaban al proyecto de una nueva evangelización: la catequesis, el sacramento de la penitencia, el matrimonio y la familia. Y, finalmente, es obligado mencionar la gran atención que prestó a la decisiva pregunta por los nuevos evangelizadores: los laicos, los sacerdotes, los religiosos, los Obispos… En ellos y con ellos se jugaba el futuro de la Nueva Evangelización. Los cinco Sínodos Continentales, que precedieron a la celebración del Gran Jubileo del Año 2000, significaron quizá uno de los aspectos de su Pontificado más directamente relacionados con la puesta en práctica del contenido y de los modos pastoralmente adecuados para conseguir evangelizar de nuevo al hombre y al mundo moderno y postmoderno, tomando como punto de partida una <em>“Iglesia evangelizada”</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Juan Pablo II, con su palabra y con sus obras e iniciativas apostólicas, representa el ejemplo más vivo de cómo ha de concebirse y realizarse la evangelización en la actualidad. Entre esas iniciativas sobresalen, tanto por el extraordinario tacto espiritual que las inspira como por su acierto pastoral y por su genialidad pedagógica, las Jornadas Mundiales de la Juventud. La ocasión verdaderamente providencial para iniciarlas se la proporciona el Año Mundial de la Juventud de Naciones Unidas de 1985. La razón profunda que lo mueve es la preocupación de quien se siente Padre y Pastor de tantos jóvenes de dentro y de fuera de la Iglesia; que conoce bien sus problemas más lacerantes y sus nuevos estilos de vida. Es la juventud que viene del <em>“Mayo del 68”</em> −del <em>“mayo europeo y americano”</em>− y de las nuevas modas universales: ¡triunfaba <em>“el Rock”</em> multitudinariamente! Una juventud, en el último término, sedienta y necesitada de grandes respuestas para el futuro de su vida; a la búsqueda de nobles, veraces y grandes ideales que la entusiasme y conduzca en sus caminos de presente y de futuro. <span style="text-decoration: underline;">En la IV Jornada Mundial de la Juventud</span> de Santiago de Compostela (19-20, agosto de 1989), pocas semanas antes de la caída del Muro de Berlín, Juan Pablo II iba a ofrecer a los jóvenes del <em>“2000”</em> el inigualable modelo de Jesucristo <em>“Camino, Verdad y Vida”</em>: ¡el camino, la verdad y la vida para ellos y para una humanidad necesitada de auténtica salvación! En la Ciudad del Apóstol, en aquellos días memorables de la más grande peregrinación <em>“jacobea”</em> que conocieron los siglos, se abría un nuevo y gozoso capítulo de la relación Iglesia-Juventud.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p><strong>4.</strong><strong>Benedicto XVI</strong></p>
<p style="text-align: justify;">El Sucesor del Beato Juan Pablo II toma sin vacilaciones<em> “el testigo”</em> de la nueva evangelización desde su primera Homilía en la Misa concelebrada con el Colegio Cardenalicio al día siguiente de su elección como Sucesor de Pedro: <em>“La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, y de la vida en plenitud”<a title="" href="#_edn8"><strong>[8]</strong></a></em>. El nuevo Papa asume plenamente tanto la concepción teórica como las iniciativas prácticas para la nueva evangelización que su predecesor había diseñado. Sus procedimientos pastorales más valiosos para la vida y misión de la Iglesia de principios del Tercer Milenio los asume sin reservas. Las Encíclicas de Benedicto XVI sobre las virtudes teologales de la caridad y de la esperanza y sobre la nueva forma socio-económica, ética y cultural de presentar <em>“la cuestión social”</em> a la luz del principio teológico de <em>“la caridad en la verdad”</em>, así como sus Exhortaciones postsinodales <em>“Sacramentum Caritatis” </em>y <em>“Verbum Domini”</em>, respiran el aliento fresco de la nueva evangelización. En su magisterio ordinario, extraordinariamente abundante, −sus catequesis, homilías, alocuciones y discursos con motivo de acontecimientos, visitas y viajes pastorales, lo más diversos− son un verdadero modelo de cómo evangelizar atractivamente hoy. Con claridad y profundidad teológica de contenidos y con un lenguaje literariamente bello y a la vez transparente y sencillo ha abierto un nuevo surco para un fecundo ministerio de la palabra al servicio de la nueva evangelización, capaz de llegar a cercanos y a alejados. Nuestro Santo Padre Benedicto XVI, en los ya casi siete años de pontificado, ha puesto de relieve con un finísimo sentido intelectual y espiritual cual es el actual <em>“sitio en la vida”</em> donde se juega el gran empeño e ideal apostólico de la Nueva Evangelización, apuntando a las corrientes científicas y éticas positivistas, dominantes en el pensamiento y en la cultura contemporáneas. <em>“La dictadura del relativismo”</em> −expresión suya− inunda en la actualidad tanto la mentalidad como el comportamiento personal y social de los estamentos más influyentes de la sociedad y de la opinión pública. Se trata de un hecho fácilmente constatable en los medios de comunicación social, en las instituciones de enseñanza superior y en los grandes foros nacionales e internacionales donde se forjan las líneas de orientación socio-económicas y política del mundo de hoy. La repercusión de este relativismo intelectual y moral en las jóvenes generaciones, patente en las expresiones más exitosas de la actual <em>“cultura juvenil”</em>, es de una inquietante gravedad. Ellas son las receptoras más indefensas, psicológica y espiritualmente, de ese mundo de ideas y de paradigmas de vida marcado por el escepticismo intelectual, moral y religioso. El resultado: su decepción humana y espiritual ante la oferta de proyectos de vida supuestamente plena y lograda que les hacen sus mayores y que desembocan en el vacío personal cuando no en el fracaso profesional. Ni se ha producido <em>“el fin de la historia”</em> con la caída del Muro de Berlín y del Comunismo soviético, ni ha tenido lugar hasta ahora <em>“el choque de las civilizaciones”</em> que pronosticaban dos conocidos ensayistas norteamericanos en su interpretación de la historia, respectivamente después de 1989, caída del Muro de Berlín, y septiembre del 2011, cuando fueron derribadas las torres gemelas de Nueva York.</p>
<p style="text-align: justify;">El Papa Benedicto XVI asume igualmente los principales proyectos de gobierno y acción pastorales de Juan Pablo II en la dirección y empuje de la Nueva Evangelización, y los profundiza. Así, pocos meses después de su elección, presidirá la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia, convocada por su predecesor. De él es ya la iniciativa y la presidencia de la de Sydney en julio de 2009 y de la de Madrid en la tercera semana de agosto del año pasado, 2011. Su impronta personal en el estilo y en los modos de su celebración, tanto por lo que respecta a la fase de los días previos a su llegada como en los actos centrales, es inconfundible. La oración vivida en la forma de adoración y de acogida del Señor, que sale al encuentro de los jóvenes personalmente y en grupos, y el ambiente de fe profundamente experimentada y profesada en las muy cuidadas celebraciones litúrgicas que el preside, son sus características más destacadas.</p>
<p style="text-align: justify;">Un objetivo central se desvela cada vez con mayor nitidez en la intención principal de Benedicto XVI al renovar la llamada del Beato Juan Pablo II a la nueva evangelización con un vigor sorprendente por su firmeza y por su fuerza apostólica: <em>“la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo”<a title="" href="#_edn9"><strong>[9]</strong></a></em>. En la Carta Apostólica (a modo de Motu Proprio) <em>“Porta Fidei”</em>, en la que da a conocer a la Iglesia su decisión de convocar un Año de la Fe (11.octubre.2012 − 24.noviembre.2013), concreta y explica este objetivo con realismo pastoral y, a la vez, con gran audacia misionera. Invita, en primer lugar, a los creyentes a procurar <em>“la conversión” </em>como punto de partida y primer paso para recibir y acoger el don de la fe:<em> “el compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo»”<a title="" href="#_edn10"><strong>[10]</strong></a></em>. Y anima, luego, a profesar y a confesar la fe con palabras y obras, privada y públicamente, como condición insoslayable para evangelizar de nuevo en verdad y con verdad. Para lo cual es indispensable <em>“redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, (que) es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año… En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento”<a title="" href="#_edn11"><strong>[11]</strong></a></em>. Ya Romano Guardini en un hermoso opúsculo de 1935 titulado, <em>“De la vida de la fe”</em>, insistía en la inseparabilidad del acto de creer y de su contenido: creer −la fe− <em>“es la respuesta del hombre a Dios que viene a su encuentro en Cristo”<a title="" href="#_edn12"><strong>[12]</strong></a></em>.</p>
<p style="text-align: justify;">De ahí que el Papa exhorte al estudio del Catecismo de la Iglesia Católica como instrumento necesario de formación de la fe para la nueva evangelización y para su fecundidad misionera, subrayando su valor para afrontar lúcidamente los interrogantes de mayor actualidad y complejidad, suscitados por la influyente y tan propagada mentalidad científica y tecnológica en la mente de los creyentes y de la gente sencilla. En el Catecismo de la Iglesia Católica −subsidio precioso e insustituible para los nuevos evangelizadores−, puede encontrarse una bella síntesis de los contenidos de la fe a la altura de las exigencias actuales del Tercer Milenio: ¡<em>“Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II”<a title="" href="#_edn13"><strong>[13]</strong></a></em>! El Papa alerta de que <em>“la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree”<a title="" href="#_edn14"><strong>[14]</strong></a></em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Esa <em>“responsabilidad social de lo que se cree”</em> explica la exhortación final del Papa para que <em>“el Año de la Fe”</em> sea aprovechado como <em>“una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad… La fe sin caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda”<a title="" href="#_edn15"><strong>[15]</strong></a></em>. De este modo, se despejarán los muchos obstáculos que se interponen entre la experiencia de la razón y de la vida en muchos no creyentes y la que dicen encontrar en los creyentes. La Evangelización por la vía del testimonio de los hechos y de las conductas obra milagros en los que buscan sinceramente conocer el rostro de Dios. Son un aspecto esencial de <em>“los Preámbulo fidei”</em>. Imbuir de Evangelio las realidades económicas, sociales, culturales y políticas de nuestro tiempo resulta tanto o más urgente en el comienzo del siglo XXI, que en el arranque histórico-espiritual del siglo XX. No se debe, sin embargo, pasar por alto la advertencia del Papa: <em>“Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado”<a title="" href="#_edn16"><strong>[16]</strong></a></em>. En estas palabras de Benedicto XVI parece resonar el diagnóstico de la situación religiosa y espiritual de las sociedades europeas que hacía la II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos (octubre de 1999) y que Juan Pablo II introducía en la Exhortación Apostólica Postsinodal <em>“Ecclesia in Europa”</em> de 28 de junio de 2003: <em>“La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera”<a title="" href="#_edn17"><strong>[17]</strong></a></em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Las Jornadas Mundiales de la Juventud ofrecerían la imagen contraria: la de una juventud enraizada y edificada en Cristo que  lo proclama ante el mundo como “nuestro Hermano, nuestro Amigo, nuestro Señor”: ¡Salvador del hombre y Señor de la historia! Los jóvenes de la JMJ-2011 iban a dar de nuevo a la Iglesia y a todos sus amigos y contemporáneos de todos los países de la tierra un bellísimo y emocionante testimonio de la fe en Jesucristo, con el valor y la alegría propia de la Nueva Evangelización.</p>
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<p><strong>III.       </strong><strong>LA JMJ-2011 Y SU APORTACIÓN A LA NUEVA EVANGELIZACIÓN</strong></p>
<p style="text-align: justify;">En la JMJ-2011 se ha vuelto a demostrar palmariamente cómo en esta experiencia, en principio de pastoral juvenil, la Iglesia ha encontrado una fórmula e instrumento de evangelización sumamente apta para responder con frutos de conversión a la exigencias de la hora histórica por la que atraviesa la humanidad. En la JMJ de Madrid se pudo comprobar qué significa evangelizar <em>“con nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones”</em> y, nada menos, que en un campo sociológico de la sociedad contemporánea tan gravemente golpeado por la crisis como es el de la juventud. Una crisis generalizada y profunda que, como advierte constantemente el Santo Padre, no se circunscribe al campo de la economía y de la política, sino que llega a los mismos fundamentos éticos, religiosos y espirituales sobre los que se edifican los proyectos socio−culturales del hombre actual.</p>
<p style="text-align: justify;">En los días de la Jornada Mundial de la Juventud del pasado agosto, la Iglesia se ha presentado al mundo como el espacio vital donde los jóvenes de hoy día −¡el hombre!− forman como una familia universal, ofrecida y compartida sin límite socio-político y cultural alguno: familia y pueblo de los que en Cristo, por Cristo y con Cristo han sido llamados a la vida de los hijos de Dios. La magna asamblea de los jóvenes de Madrid proclamó con el testimonio de la palabra y del ejemplo de las obras que Jesucristo, <em>“el Dios con nosotros”</em>, muerto y resucitado por nuestra salvación, ha salido al encuentro del hombre para hacerle partícipe de su amistad: de una relación de amigo que le da la vida y la vida en plenitud. La JMJ-2011 fue con notas y rasgos propios y nuevos una gran y hermosa Fiesta de la fe: ¡una fe joven de la que se desprendía luz, gozo y alegría para toda la ciudad y toda la humanidad a través principalmente de los medios audiovisuales de comunicación! En la JMJ, la Iglesia, esencialmente Católica y Apostólica, reunida en la unidad y en la comunión de la fe y de la caridad, experimentada intensamente por sus jóvenes generaciones, alumbraba para el hombre y la sociedad <em>“crítica”</em> de comienzos del Tercer Milenio el camino del verdadero y fecundo futuro: el de la santidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Los jóvenes provenientes de todas las diócesis del mundo se habían preparado para el encuentro de Madrid orando y haciendo penitencia. En los días de las diócesis españolas, inmediatamente anteriores a la celebración en Madrid, se habían unido a nuestros jóvenes compartiendo, piadosa y jubilosamente, la espera y esperanza de unos días junto al Santo Padre, pletóricos del gozo del Señor que se acerca. La Cruz y el Icono mariano de las Jornadas Mundiales habían recorrido toda España a lo largo de una peregrinación de casi tres años, templando y entusiasmando el alma y el corazón de nuestra propia juventud para los días del encuentro final en Madrid: ¡encuentro con Cristo! en la comunión de la Iglesia presidida por su Vicario en la Tierra, el Sucesor de Pedro, acompañado por numerosos miembros del Colegio Episcopal, con sus presbíteros, consagrados, sus familiares y educadores. El Papa los había convocado y ellos respondían con fe entusiasmada y devota, viendo en Benedicto XVI al primer testigo y maestro de la fe. Su palabra cálida, sencilla, cercana a sus problemas más hondamente sentidos, luminosa… les guiaba y alentaba a la escucha interior de lo que el Señor les decía y pedía: la respuesta de una fe profunda y traducida a la vida, de un <em>“sí”</em> a su llamada, o, lo que es lo mismo, a la vocación que marcase definitivamente la orientación futura de sus vidas: el sacerdocio, la consagración, la familia, el testimonio cristiano en el mundo de las realidades temporales. La escucha de la palabra del Papa había venido precedida de las catequesis de los Obispos, de los ratos de adoración ante el Santísimo y de la oración vivida en grupos silenciosamente y/o en el rezo común de la Liturgia de las horas o del Santo Rosario. <em>“La Fiesta del Perdón”</em> les había franqueado la puerta del Sacramento de la reconciliación y de la penitencia, sincerándose con el Señor ante el sacerdote: confesando sus pecados, llorándolos y alegrándose con su abrazo de perdón y amor misericordioso. En el ejercicio del Vía Crucis, denso espiritualmente, humana y espiritualmente conmovedor, confirmaban su sí al Jesucristo que había salido en su búsqueda amorosamente con su Corazón abierto para conducirlos finalmente a la Adoración Eucarística de la noche del sábado en el Aeródromo de <em>“Cuatro Vientos”</em> y a la gran celebración eucarística del Domingo con el Papa: ¡el momento culminante del encuentro con el Señor Resucitado!</p>
<p style="text-align: justify;">Detrás quedaban jornadas en las que el testimonio de su fe −la profesión y la confesión pública de que Jesucristo era el Salvador del hombre− había sido manifiesto a través de un comportamiento personal y colectivo ejemplar, siempre dispuesto para la ayuda pronta y sacrificada al prójimo y para cualquier ejercicio de solidaridad. El cuidado dispensado a los numerosos peregrinos con alguna discapacidad fue sencillamente admirable. El Papa les alentó personalmente señalándoles la vía del verdadero amor fraterno con su visita al Instituto de San José. En el Festival Joven pudieron ser testigos y protagonistas de cómo el arte y la cultura, cuando se piensan, proyectan y realizan como <em>“transparencia”</em> para la noticia y el conocimiento del Evangelio de Cristo, son de una belleza inigualable. ¡Valía la pena ser sus testigos con la palabra, con las obras y con la vida! Los actos del Papa con grupos específicos de jóvenes peregrinos sirvieron para desplegar ante los ojos de todos el atractivo de la vocación para la vida consagrada −encuentro con las jóvenes religiosas en El Escorial− de la vocación para el sacerdocio −Santa Misa con los seminaristas en la Catedral de La Almudena− y de la vocación del cristiano seglar, asumida y realizada como <em>“un apostolado”</em> de la verdad y del amor de Cristo, en el acto con los jóvenes Profesores Universitarios en la Basílica de San Lorenzo de El Escorial. El encuentro con las decenas de miles de voluntarios en el Ifema, ¡admirables en su servicio!, antes de tomar el avión que le conduciría a Roma pondría de relieve ¡apoteósicamente! la riqueza de lo que significa el ser y la vocación del cristiano: poder vivir del amor de Jesucristo y ser capaz de difundirlo en el mundo.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Una estela de alegría contagiosa había recorrido los más cercanos y lejanos lugares donde vive la Iglesia de Cristo! ¡La esperanza alumbraba en el corazón de los jóvenes y de los mayores en España, en Europa y en todo el mundo! El Evangelio de Jesucristo, la Buena Noticia de la salvación, había brillado como <em>“una verdadera cascada de luz”.</em></p>
<p style="text-align: justify;">La JMJ-2011 aportaba a la Iglesia experiencias pastorales, apostólicas y misioneras valiosísimas y argumentos nuevos y convincentes para que todos sus hijos e hijas hagan suyo con todo el corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas, el programa de la Nueva Evangelización a la que nos ha llamado el Santo Padre. La próxima JMJ del 2013 en Río de Janeiro nos espera como una etapa nueva; el Año de la Fe como una gracia singular.</p>
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<hr align="left" size="1" width="33%" />
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<p><a title="" href="#_ftnref1">[1]</a> Conferencia pronunciada en la Basílica de la Purísima Concepción, Barcelona, 11 de marzo de 2012; 19’00 horas</p>
<p>&nbsp;</p>
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<div><br clear="all" /></p>
<hr align="left" size="1" width="33%" />
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<p><a title="" href="#_ednref1">[1]</a> Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi”, n. 14</p>
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<p><a title="" href="#_ednref2">[2]</a> Heinrich Rommen, Die ewige Wiederkehr des Naturrechts, Kempten 1936.</p>
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<p><a title="" href="#_ednref3">[3]</a> Discurso a la Curia Romana, 22 de diciembre 2011</p>
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<p><a title="" href="#_ednref4">[4]</a> Carta Apostólica “Porta Fidei”, n. 5</p>
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<p><a title="" href="#_ednref5">[5]</a> Exhortación Apostólica “Petrum et Paulum Apostolos”, AAS. 59, 198</p>
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<p><a title="" href="#_ednref6">[6]</a> Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi”, n. 4</p>
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<p><a title="" href="#_ednref7">[7]</a> Ibídem, n. 22</p>
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<p><a title="" href="#_ednref8">[8]</a> 24 de abril 2005: AAS 97,710</p>
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<p><a title="" href="#_ednref9">[9]</a> Carta Apostólica “Porta Fidei”, n. 2</p>
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<p><a title="" href="#_ednref10">[10]</a> Ibídem, n. 7</p>
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<p><a title="" href="#_ednref11">[11]</a> Ibídem, n. 9, 10</p>
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<p><a title="" href="#_ednref12">[12]</a> “Die Antwort des Menschen an den in Christus komenden Gott”: R.Guardini, Vom Leben des Glaubens, Regensburg 1963<sup>5</sup>, 32</p>
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<p><a title="" href="#_ednref13">[13]</a> Carta Apostólica “Porta Fidei”, n. 11</p>
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<p><a title="" href="#_ednref14">[14]</a> Ibídem, n. 10</p>
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<p><a title="" href="#_ednref15">[15]</a> Ibídem, n. 14</p>
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<p><a title="" href="#_ednref16">[16]</a> Ibídem, n. 2</p>
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<p><a title="" href="#_ednref17">[17]</a> Exhortación Apostólica “Ecclesia in Europa”, n. 9</p>
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		<title>XXVII JORNADA DIOCESANA DE ENSEÑANZA. “EDUCAR EN LA JUSTICIA Y LA PAZ”-. 10 de marzo de 2012</title>
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		<pubDate>Tue, 06 Mar 2012 08:27:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Alocuciones]]></category>

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		<description><![CDATA[Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor: Vamos a celebrar en nuestra Archidiócesis, como en años anteriores, la Jornada de Enseñanza, que se desarrollará el sábado 10 de marzo. Además de disponer de una nueva ocasión para seguir afianzando vuestra vocación educativa, que debéis de ejercer con la responsabilidad propia del cristiano, se os [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:</p>
<p style="text-align: justify;">Vamos a celebrar en nuestra Archidiócesis, como en años anteriores, la Jornada de Enseñanza, que se desarrollará el sábado 10 de marzo. Además de disponer de una nueva ocasión para seguir afianzando vuestra vocación educativa, que debéis de ejercer con la responsabilidad propia del cristiano, se os presenta una nueva oportunidad para el encuentro, en un clima de convivencia y oración, de todos los educadores que estáis trabajando a favor de una renovada presencia de la Iglesia, maestra de humanidad, en el campo educativo. <span id="more-5177"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Este encuentro anual me brinda la oportunidad de reflexionar sobre la importancia de la educación para la formación de la persona. Como sabéis, el proceso educativo procura conducir el crecimiento de la persona avivando su deseo de perfección y de excelencia en todos los sentidos desde la perspectiva de su vocación trascendente como imagen de Dios y de su llamada a la filiación divina. La familia es el primer ámbito educativo que se encarga de ofrecer a los hijos la configuración y el desarrollo de las primeras imágenes sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea. Aunque la tarea educativa no se reduce sólo al ámbito familiar, puesto que a ella contribuyen también otros agentes educativos, el Concilio Vaticano II nos recordó “la bella, y ciertamente de gran trascendencia, vocación de todos aquellos que, ayudando a los padres en el cumplimiento de su deber y actuando en representación de la comunidad humana, asumen la tarea de educar en las escuelas” (<em>Gravissimum educationis</em>, 5). La importancia de esta labor docente ha llevado a la Iglesia a estar presente, ya desde sus comienzos, en la escuela con el fin de ofrecer a los niños y jóvenes la necesaria formación integral que ha de perseguir todo proceso educativo.</p>
<p style="text-align: justify;">El lema de la Jornada escogido para este año: <strong>“Educar en la justicia y la paz”</strong>, guarda relación con el Mensaje del Santo Padre para la XLV Jornada Mundial de la Paz, celebrada al comienzo de este año nuevo, con el que ha querido recordarnos la esperanza que late en el corazón del hombre −especialmente viva y visible en los jóvenes− así como la aportación que éstos, con su entusiasmo y su impulso hacia los ideales más nobles, pueden y deben ofrecer a la sociedad. De ahí que el “prestar atención al mundo juvenil, saber escucharlo y valorarlo, no es sólo una oportunidad, sino un deber primario de toda la sociedad, para la construcción de un futuro de justicia y de paz”. Ante este panorama, “la Iglesia mira a los jóvenes con esperanza, confía en ellos y los anima a buscar la verdad, a defender el bien común, a tener una perspectiva abierta sobre el mundo y ojos capaces de ver <em>cosas nuevas</em>”.</p>
<p style="text-align: justify;">Y en referencia a esta búsqueda de la verdad, ¡cómo no recordar las palabras que Benedicto XVI dirigía en el Monasterio de San Lorenzo de el Escorial a los jóvenes profesores universitarios durante la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid!: “los jóvenes necesitan auténticos maestros; personas abiertas a la verdad total en las diferentes ramas del saber, sabiendo escuchar y viviendo en su propio interior ese diálogo interdisciplinar; personas convencidas, sobre todo, de la capacidad humana de avanzar en el camino hacia la verdad. La juventud es tiempo privilegiado para la búsqueda y el encuentro con la verdad”. Y la verdad es Cristo. Ahora bien, como el mismo Benedicto XVI ha repetido en diversas ocasiones, el clima de relativismo imperante en amplias capas de nuestra sociedad supone un duro golpe a la tarea educativa pues, al no reconocer nada como definitivo, la persona queda condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones que la constituyen, de la validez de su esfuerzo por construir con los demás algo en común. La respuesta a esta situación no puede ser ni la resignación ni el plegarse a los dictados del pensamiento dominante, pues de esta forma olvidamos que el fin de todo proyecto educativo es la formación integral de la persona para que viva en plenitud y pueda hacer su aportación al bien de la sociedad. Por el contrario, hemos de procurar despertar en los niños y jóvenes los interrogantes oportunos y acompañarles en la búsqueda que les lleve a descubrir que Dios, lejos de ser el rival de su felicidad, es el garante de su libertad y de su plena realización.</p>
<p style="text-align: justify;">El actual escenario de la crisis económica -que presenta, en palabras de Benedicto XVI, raíces culturales y antropológicas- es un estímulo para educar en la justicia y la paz a los niños y jóvenes, partiendo de las orientaciones que la doctrina social de la Iglesia propone en diálogo con todos los que se preocupan por el bien del hombre y del mundo. Así, ante la pregunta ¿qué es la justicia?, dicha doctrina  afirma que la justicia no es una simple convención humana, porque lo que es <em>justo</em> no está determinado originariamente por la ley, sino por la identidad profunda del ser humano. La plena verdad sobre el hombre permite superar la visión contractual de la justicia, que es una visión limitada, y abrirla al horizonte de la solidaridad y del amor. De ahí que, la doctrina social de la Iglesia sitúe, junto al valor de la justicia, el de la solidaridad en cuanto vía privilegiada de la paz (cf. <em>Compendio de la doctrina social de la Iglesia</em>,<em> </em>202-203).</p>
<p style="text-align: justify;">Una paz que no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce sólo al establecimiento de un equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una dominación despótica, sino que, con toda exactitud y propiedad, se llama la <em>obra de la justicia </em>(Is 32, 7). Esta paz en la tierra no se puede lograr si no se asegura el bien de las personas y la comunicación espontánea entre los hombres de sus riquezas de orden intelectual y espiritual. Es absolutamente necesaria la firme voluntad de respetar a los demás hombres y pueblos, así como su dignidad, y el ejercicio apasionado de la fraternidad para construir la paz. Así, la paz es también fruto del amor, que va más allá de lo que la justicia puede aportar. De ahí que todos los cristianos seamos llamados insistentemente para que, <em>haciendo la verdad en el amor</em> (Ef 4, 15), nos unamos con todos los hombres pacíficos para pedir e instaurar la paz (cf. <em>Gaudium et spes</em>, 78).</p>
<p style="text-align: justify;">La paz es ante todo don de Dios, que exige de nosotros disponibilidad y compromiso con la justicia, el amor, la verdad y la misericordia para los más necesitados. Ante la fragilidad de nuestra voluntad, herida por el pecado, descubrimos el difícil desafío que supone recorrer la vía de la justicia y de la paz. El auxilio, como escribe Benedicto XVI, no puede ser otro que la mirada al Dios viviente, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Por eso, dirigiéndose a los jóvenes les dice: “vosotros sois un don precioso para la sociedad. No os dejéis vencer por el desánimo ante las dificultades y no os entreguéis a las falsas soluciones, que con frecuencia se presentan como el camino más fácil para superar los problemas. No tengáis miedo de comprometeros, de hacer frente al esfuerzo y al sacrificio, de elegir los caminos que requieren fidelidad y constancia, humildad y dedicación. Vivid con confianza vuestra juventud y esos profundos deseos de felicidad, verdad, belleza y amor verdadero que experimentáis. Vivid con intensidad esta etapa de vuestra vida tan rica y llena de entusiasmo” (<em>Mensaje para la XLV Jornada Mundial de la Paz</em>).</p>
<p style="text-align: justify;">Quiera Dios que esta nueva Jornada de Enseñanza aliente, junto al ánimo y la esperanza de toda la comunidad educativa, deseos de justicia y de paz, y que la compañía de Santa María de la Almudena nos ayude a abrirnos con confianza e ilusión apostólica al futuro.</p>
<p style="text-align: justify;">Con mi cordial afecto y bendición,</p>
<p><img class="alignright" title=" Firma Cardenal-Arzobispo de Madrid" src="http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/wp-content/uploads/2003/11/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></p>
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		<title>PURIFICAR LA MIRADA DEL ALMA TIENE TAREA ACTUAL E IMPRESCINDIBLE PARA LA NUEVA CUARESMA DEL AÑO 2012</title>
		<link>http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/2012/02/22/purificar-la-mirada-del-alma-tiene-tarea-actual-e-imprescindible-para-la-nueva-cuaresma-del-ano-2012/</link>
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		<pubDate>Wed, 22 Feb 2012 10:56:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cartas]]></category>

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		<description><![CDATA[Mis queridos hermanos y amigos:  En su Mensaje para la próxima Cuaresma, que se inicia el próximo 22 de febrero, Miércoles de Ceniza, el Santo Padre nos invita a que nos fijemos “los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras”, haciendo así nuestra la exhortación de la Carta a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Mis queridos hermanos y amigos:</p>
<p style="text-align: justify;"> En su Mensaje para la próxima Cuaresma, que se inicia el próximo 22 de febrero, Miércoles de Ceniza, el Santo Padre nos invita a que nos fijemos “los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras”, haciendo así nuestra la exhortación de la Carta a los Hebreos a los cristianos de la primera hora de la Iglesia (Cfr. Hb 10,24). “Ese fijarse”, fecundo en frutos de caridad cristiana, de reciprocidad y de santidad, presupone y exige una mirada limpia o, lo que es lo mismo, que los ojos del alma hayan sido purificados previamente de toda la escoria del egoísmo, de la soberbia y de la malicia, en una palabra, del pecado que haya podido enturbiarlos en nuestro pasado y que los mantenga todavía manchados en el presente. Solamente si nuestra mirada interior es capaz de elevar su perspectiva de visión a la verdad de Dios ¡el Dios vivo y verdadero!, caerá en la cuenta de la verdad del hombre que tiene a su lado; por lo tanto, del hombre concreto a quien encuentra y con el que vive en su casa, en su familia, en la vecindad, en el lugar de trabajo y de tiempo libre; en la comunidad civil y en la sociedad de la que forma parte, es decir, en el pueblo, la ciudad y la patria en la que cada uno de nosotros está inserto. Ya decía Romano Guardini en momentos dramáticos de la historia contemporánea, en los que la durísima realidad de un mundo en guerra casi obligaba a aceptar la terrible y conocida tesis de que “el hombre es un lobo para el otro hombre”, que sólo el que conoce de verdad a Dios conoce verdaderamente al hombre.<span id="more-5173"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Comenzamos una nueva Cuaresma en un tiempo de mucho sufrimiento a nuestro alrededor. La crisis, que lo caracteriza económica, social, cultural, moral y espiritualmente, está dejando muchos pobres a su paso: pobres en lo material, en la expresión más dolorosa de la pérdida o de la falta de puesto de trabajo; pobres en lo humano y espiritual en sus más variadas y crueles facetas. La ruptura del matrimonio y de la familia, la frustración y depresión de jóvenes y mayores, el endurecimiento del alma y la pérdida de la conciencia del pecado… son los índices más evidentes del estado de postración espiritual en el que se encuentra nuestra sociedad. Y, lo peor, es que hemos perdido el sentido y el valor de la compasión. Solo nos interesamos por nosotros mismos. Y como nos horroriza pensar de que “somos polvo y en polvo nos hemos de convertir”, nos aferramos al “no” al Evangelio y vivimos como si Dios no existiese, como si no se hubiese hecho uno de nosotros para poder cargar con nuestros pecados y ofrecerse como víctima de justicia y de misericordia, clavado en una Cruz. El tiempo litúrgico de la Cuaresma, tiempo siempre de conversión al “Dios vivo y verdadero” −¡a Jesucristo Redentor del hombre!−, nos apremia  a purificar la mirada del alma alzándola y fijándola en el rostro divino-humano del Crucificado, del “Dios con nosotros”, ¡con nosotros hasta la muerte y una muerte de Cruz! La Iglesia nos facilita, un año más, el camino que nos abre a su gracia redentora. La oración personal y la oración comunitaria de nuestra Iglesia Diocesana, unida a la del Santo Padre y a la de toda la Iglesia Universal, precisa centrarse en una insistente y perseverante intención: ¡Señor, purifica los ojos de nuestra alma con la luz de tu Santo Espíritu, el Espíritu Santo! ¡Danos la gracia actual y viva de apartarlos de las verdades capciosas y engañosas del mundo y de dirigirlos a la única verdad salvadora del amor misericordioso de Jesucristo muerto y resucitado por nosotros para la vida bienaventurada y eterna! La meditación de la Palabra de Dios, la plegaria humilde, acudir al confesor en el Sacramento de la Penitencia y la vivencia de la litúrgica eucarística son los instrumentos privilegiados para la acogida sincera y fructífera de la gracia de una nueva conversión. Si nos fijamos en Dios de verdad y en la verdad, también nos fijaremos en el hombre “nuestro hermano en la fe y en la humanidad” de verdad y en la verdad: en la verdad viva de el que está cerca y en la del que está lejos. Graves son las necesidades materiales y espirituales, que agobian a los países subdesarrollados y más pobres de la tierra y graves también las que angustian a los que padecen entre nosotros más directamente las consecuencias empobrecedoras de la crisis. Pueden ser un familiar, un vecino, un amigo, un compañero de profesión y tiempo libre, a alguien que encontramos en la calle o en la plaza sin techo ni hogar. Esperan una respuesta fraterna del que ama movido por el amor del Padre común y por la caridad de aquel que es el Hermano, Amigo y Señor  de todos: ¡Jesucristo!</p>
<p style="text-align: justify;">Fijarse en el hombre hermano, que convive y comparte con nosotros los bienes de la gracia de Dios en la Iglesia y en la sociedad, implica por lo tanto mirar también y ver las necesidades del alma, como nos lo recuerda el Papa en su Mensaje cuaresmal. Vivir la Iglesia y vivir en la Iglesia significa y es lo mismo que “caminar juntos en la santidad”. Convivir en la comunidad humana de un pueblo y de una misma sociedad implica buscar juntos el bien común de la persona humana en toda su integridad, material, moral, cultural y espiritual. Una sociedad que haya perdido la sensibilidad ética más elemental en la conciencia personal y colectiva frente a los sufrimientos del ser humano despojado de los bienes más esenciales para la realización de su destino −bienes materiales y bienes espirituales−, no saldrá nunca de las crisis históricas de todo tipo que puedan afligirla. Las conciencias corrompidas son incapaces de cualquier regeneración social, digna de este nombre. La conversión cuaresmal al amor misericordioso de Jesucristo, muerto y resucitado por nuestra salvación, comprende también asumir la obra básica de una caridad espiritual que se ejercita en la corrección fraterna individual y social, en el acompañamiento personal en lo humano y en lo espiritual estrictamente dicho, en la  ayuda y sostén para la búsqueda de la fe, en la afirmación práctica de la esperanza y en la apuesta firme por vivir el mandato del amor hasta el extremo: ¡ en la apuesta por la santidad!</p>
<p style="text-align: justify;">La evocación de la experiencia eclesial de la JMJ 2011 es un buen estímulo de pedagogía pastoral para esa purificación de la mirada del alma que el Santo Padre implícitamente nos pide al iniciar la nueva Cuaresma del año 2012. En aquellos días inolvidables del encuentro mundial de los jóvenes del mundo con el Santo Padre en la Comunión de la Iglesia nuestros ojos se llenaron de luz: ¡de la luz de Jesucristo Resucitado, nuestro Hermano, nuestro Amigo, nuestro Señor! y nuestro corazón de una alegría, presagio y señal luminosa de la alegría que nunca acaba ni acabará. La alegría, que brota incontenible del corazón cuando “sus ojos” se fijan en Cristo y en su luz, se experimenta viva y contagiosa cuando en esa mirada del corazón a Jesucristo queda comprendido el fijarse en el hombre: en los hombres, nuestros hermanos.</p>
<p style="text-align: justify;">A la Virgen María nuestra Madre y Señora, Virgen de La Almudena, le pedimos fervientemente que nos acompañe en este propósito renovado de mirar a su divino Hijo, como le miró Ella al pie de la Cruz y en su primer encuentro después de la Resurrección.</p>
<p style="text-align: justify;">Con mi oración  para que el nuevo tiempo de Cuaresma, que el Señor y la Iglesia nos regalan, sea verdaderamente un tiempo de gracia y de santidad para toda la comunidad diocesana, os bendigo de corazón.</p>
<div><img class="alignright" title=" Firma Cardenal-Arzobispo de Madrid" src="http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/wp-content/uploads/2003/11/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></div>
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		<item>
		<title>CON MOTIVO DE LA LIII CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE DE  MANOS UNIDAS. &#8220;La salud, derecho de todos: ¡Actúa!&#8221;</title>
		<link>http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/2012/02/08/con-motivo-de-la-liii-campana-contra-el-hambre-de-manos-unidas-la-salud-derecho-de-todos-actua/</link>
		<comments>http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/2012/02/08/con-motivo-de-la-liii-campana-contra-el-hambre-de-manos-unidas-la-salud-derecho-de-todos-actua/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 08 Feb 2012 15:22:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>angel8k</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cartas]]></category>

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		<description><![CDATA[CARTA PASTORAL ANTONIO Mª ROUCO VARELA, CARDENAL ARZOBISPO DE MADRID, CON MOTIVO DE LA LIII CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE DE MANOS UNIDAS. Madrid, 12 de febrero de 2012 &#8220;La salud, derecho de todos: ¡Actúa!&#8221; &#160; Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Como viene siendo habitual, según una arraigada tradición, en la segunda semana de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><strong>CARTA PASTORAL<br />
ANTONIO Mª ROUCO VARELA,<br />
CARDENAL ARZOBISPO DE MADRID,</strong></p>
<p align="center"><strong>CON MOTIVO DE LA LIII CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE DE </strong></p>
<p align="center"><strong>MANOS UNIDAS.</strong></p>
<p align="center"><strong>Madrid, 12 de febrero de 2012<br />
&#8220;La salud, derecho de todos: ¡Actúa!&#8221;</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;">Queridos hermanos y hermanas en el Señor:</p>
<p style="text-align: justify;">Como viene siendo habitual, según una arraigada tradición, en la segunda semana de febrero nos disponemos a realizar con Manos Unidas la &#8220;Campaña contra el hambre&#8221;. Como ya sabéis, con dicha campaña Manos Unidas se propone, entre otros, dos objetivos fundamentales. Por un lado, nos invita a interesamos, mediante una reflexión detenida y serena, por algunos de los males que afectan gravemente a nuestra sociedad. Por otro, para que no nos quedemos en la sola reflexión, nos insta a que, movidos por el amor a nuestros hermanos y según el principio de la comunión cristiana de bienes, hagamos una colecta en nuestras parroquias, colegios y demás instituciones diocesanas. De este modo, se consigue llevar a cabo proyectos concretos de lucha contra la pobreza.<span id="more-5169"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Este año, el tema propuesto para la reflexión es la salud y la enfermedad, más concretamente, la preocupación por la desmesurada extensión que algunas enfermedades alcanzan en los países menos desarrollados. Es cierto que la enfermedad es un mal que afecta a todos, pues ningún hombre o pueblo, por socialmente desarrollado que esté, puede considerarse totalmente inmune a ella. La enfermedad, lo sabemos, forma parte de las heridas que el hombre porta consigo. Por desgracias, todos somos testigos de los efectos que provoca la enfermedad en los seres humanos: además del dolor y el sufrimiento, la soledad y el aislamiento.</p>
<p style="text-align: justify;">La historia de la humanidad es en buena medida historia de la lucha contra las enfermedades, muchas de las cuales felizmente han sido total, o en parte erradicadas. Por eso, causa un gran dolor comprobar que los adelantos de la ciencia médica no son igualmente accesibles para todos. Son muchos nuestros hermanos que todavía siguen afectados por enfermedades que en España prácticamente han desaparecido. Es una fuerte llamada a nuestra conciencia ver cómo mucha gente sigue sufriendo a causa de enfermedades que en sus países no pueden ser tratadas por falta de medios. ¿No resulta sangrante saber que muchos no pueden acceder a los avances médicos elementales por falta de medios? Si la salud es un bien para mí y los míos, también lo es para todos. De aquí nace el derecho que declara el lema que Manos Unidas ha elegido para esta campaña: &#8220;La salud, derecho de todos: ¡Actúa!&#8221;. Todos reconocemos la salud como un bien fundamental para el desarrollo. La Iglesia ha mostrado esto a lo largo de su historia con la fundación de tantos hospitales e instituciones dedicadas al cuidado de los enfermos. Todos podemos trabajar por la salud de los más pobres. En primer lugar, cada persona, en la formación para la prevención de las enfermedades; también los gobiernos y las empresas médicas, para que los avances técnicos puedan ser accesibles a todos; y cada uno de nosotros, ayudando con nuestros bienes a los que menos tienen. No es responsabilidad de unos pocos, sino de todos, cada uno según sus circunstancias.</p>
<p style="text-align: justify;">La imagen del Buen Samaritano que cuida del hombre herido debe suscitar en nosotros el deseo de paliar el sufrimiento que la enfermedad y la pobreza cargan sobre nuestros hermanos. Jesucristo, que vino para traer al hombre la verdadera Salud –la salvación-, no dudó en acercarse a los enfermos y darles la salud como signo de la vida eterna. Hoy Cristo sigue sufriendo con aquellos que sufren a causa de enfermedades que fácilmente se pueden detectar, prevenir o curar. Os invito, hermanos, a no ser insensibles y a no quedar inactivos ante el sufrimiento de los enfermos. Que cada uno, según esté en sus manos, haga lo posible para llevar a los enfermos el gozo de la salud.</p>
<p style="text-align: justify;">Que la Virgen María, Nuestra Señora de la Almudena, Salud de los enfermos, nos mueva a actuar a favor de los hermanos necesitados.</p>
<p>Con todo afecto y mi bendición,</p>
<p>Antonio Mª Rouco Varela</p>
<p>Cardenal-Arzobispo de Madrid</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>“TU FE TE HA SALVADO” (Lc 17,19),  En la Jornada del Enfermo.</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Feb 2012 15:15:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>angel8k</dc:creator>
				<category><![CDATA[Alocuciones]]></category>

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		<description><![CDATA[Madrid, 3 de febrero de 2012 “TU FE TE HA SALVADO” (Lc 17,19) En la Jornada del Enfermo   Mis queridos hermanos y amigos: El Santo Padre nos convoca para celebrar la XX Jornada del Enfermo el próximo sábado día 11. Fecha extraordinariamente significativa para la Iglesia y para el mundo de los enfermos. Es [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="right">Madrid, 3 de febrero de 2012</p>
<p align="center"><strong>“TU FE TE HA SALVADO” (Lc 17,19)</strong></p>
<p align="center"><strong>En la Jornada del Enfermo</strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p>Mis queridos hermanos y amigos:</p>
<p style="text-align: justify;">El Santo Padre nos convoca para celebrar la XX Jornada del Enfermo el próximo sábado día 11. Fecha extraordinariamente significativa para la Iglesia y para el mundo de los enfermos. Es el día en el que se conmemora la aparición de la Santísima Virgen en Lourdes, aldea perdida del Pirineo Francés, a Bernardita Soubirous, una adolescente campesina del lugar. Corría el año 1858. Hacía poco más de tres que el Papa Pío IX había proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. En el último día de las apariciones, al preguntarle Benardita a la que ella llama “la encantadora Señora” quién era, le responde “levantando los brazos y los ojos al Cielo”: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. ¡Una singular y emocionante confirmación de la fe de la Iglesia y comienzo de un capítulo nuevo de la historia de la verdadera salud que Dios concede al hombre por su Hijo Jesucristo, a quien acompaña María su Madre y Madre de la Iglesia! Desde entonces aquella desconocida localidad del sur de Francia se convierte en lugar donde la gracia redentora de la Cruz fluye como el río que atraviesa el lugar, el río Gave, y que limpia y cura almas y cuerpos con la fuerza y la alegría con la que brota el agua de la fuente regalada por la Virgen a sus devotos: un agua “milagrosa” destinada a los hombres de un tiempo, “el moderno”, que había dejado de “creer en Dios” después de haber rechazado la fe de sus antepasados en Jesucristo su Hijo, el Redentor del hombre.<span id="more-5166"></span></p>
<p style="text-align: justify;">La Europa del siglo XIX había elegido el camino de “otra fe”: la fe en el hombre y en su progreso, sin contar con Dios e incluso contra Dios. Un amplio sector de su sociedad y de su cultura apuesta por el humanismo, impotente en todos sus intentos de vencer el mal sin el bien. Sus frutos bien amargos eran ya dolorosamente perceptibles a mediados de siglo. Los tiempos progresaban ¡ciertamente!, pero los dramas de una sociedad dividida en “clases” enfrentadas en lucha abierta, ensombrecían y desbordaban las potencialidades físicas, psicológicas y políticas puestas a disposición de los programas y planes de reformas económicas, sociales y culturales por una teoría y una técnica apoyadas exclusivamente en una ciencia elaborada de espaldas al conocimiento de Dios, no sólo por la vía de la fe sino también de la razón. El dolor, la enfermedad, la muerte&#8230; se desvelaban, a fin de cuentas, como obstáculos infranqueables, que el orgullo del hombre y de una sociedad engreída por su progreso científico pretendían soslayar con el espejismo de que la época nueva del progreso indefinido estaba al alcance de la mano, garantizado y promovido por leyes resultado exclusivo de la razón humana. En vano. Los enfermos del alma y del cuerpo comienzan pronto a peregrinar a Lourdes. Buscan a quien de verdad les puede sanar en lo más hondo de su ser, es decir, en lo más íntimo y fundamental de lo que son como personas: su corazón, su mundo interior, su libertad, su capacidad física y psicológica para esperar y comunicar el don de sí mismo a los demás. Peregrinan y peregrinan por millones, sin interrupción hasta nuestros días. Al comenzar el tercer Milenio de la Era Cristiana la peregrinación a la gruta de las apariciones de la Virgen en Lourdes se ha hecho habitual en las costumbres del pueblo cristiano. El peregrino retorna siempre a casa −así ocurre con la inmensa mayoría− sano de alma, confortado verdaderamente de espíritu y, no pocas veces, sano de cuerpo. La explicación de la curación del leproso por Jesús en Galilea mantiene toda su vigencia. Jesús le dice “Levántate y vete; tu fe te ha salvado” (Lc 17,19). Sí, la fe salva hoy igual que en los inicios de Lourdes, como en los tiempos de Jesús, ¡como siempre! La fe viva salva plena e íntegramente al hombre en la verdad completa de lo que es espiritual y corporalmente: persona llamada al amor y a la felicidad eterna. La fe sana el alma y permite la recuperación −a veces ¡milagrosamente!− de la salud perdida del cuerpo. Es la gracia la que en todo caso, por la vía del amor crucificado, convierte el dolor del hombre en razón, prueba e instrumento del amor salvador de Jesucristo.</p>
<p style="text-align: justify;">            La creencia moderna en el progreso entendido de forma materialista y en la suficiencia de la capacidad humana para establecer un mundo nuevo y feliz iba a sufrir en la historia del siglo XX decepción tras decepción. Las ideologías negadoras radicales de Dios pondrían pronto al descubierto a que extremos de destrucción y de muerte puede llegar el hombre cuando se ensoberbece hasta el punto de querer ocupar el lugar de Dios en la vida personal y en el gobierno y configuración cultural y política de la sociedad. Los campos de exterminio constituyen su índice más terrible. La primera reacción política a tanta barbarie, concluida la guerra, no podía ser otra que la vuelta a una visión trascendente de la persona humana imagen de Dios, salvada y redimida por Cristo hecho carne y que habitó entre nosotros. El acierto político y cultural del recurso al derecho natural en la doctrina jurídica y antropológica que guió a los grandes hombres de Estado en aquella encrucijada histórica, se evidenció pronto en la reconstrucción de la Europa libre. Continuaron con el empeño del desarrollo científico en todos los campos de la vida y experiencia humanas, pero proporcionándole un marco ético y espiritual que impidiese su deshumanización.</p>
<p style="text-align: justify;">Nos encontramos ya a comienzos del siglo XXI y muchas son las señales de alarma respecto a la probabilidad, por no decir, al hecho mismo de una nueva recaída en la tentación del hombre que prescinde de Dios y que se proclama a sí mismo como la última instancia del bien y del mal. Se impone “el poder”, sin más. Entre tanto aparecen y se propagan por todas partes nuevos sufrimientos físicos y psicológicos. La depresión se ha convertido en la enfermedad típica de nuestro tiempo. El dolor interior se apodera de muchas vidas jóvenes. ¿De quién y cómo nos vendrá la salvación? Benedicto XVI nos indicaba la dirección para encontrar la respuesta en el Vía Crucis de la JMJ.2011 de Madrid al señalar el Misterio del amor misericordioso que se nos ha revelado y donado en la Cruz de Cristo: “La Cruz no fue el desenlace de un fracaso −decía el Papa−, sino el modo de expresar la entrega amorosa que llega hasta la donación más inmensa de la propia vida. El Padre quiso amar a los hombres en el abrazo de su Hijo crucificado por amor”. En el encuentro con los jóvenes discapacitados en el Instituto San José de Carabanchel, el Papa los denomina “testigos” que “nos hablan ante todo de la dignidad de cada vida humana creada a imagen de Dios. Ninguna aflicción es capaz de borrar esta impronta divina grabada en lo más profundo del hombre. Y no solo: desde que el Hijo de Dios quiere abrazar libremente el dolor y la muerte, la imagen de Dios se nos ofrece también en el rostro de quien procede”. Sí, el camino de la fe en Jesucristo, Redentor del hombre, sigue abierto para todos los que en el tercer Milenio busquen sinceramente la verdadera salud. El Señor no deja de repetirnos: “Tu fe te ha salvado”.</p>
<p style="text-align: justify;">         A su Madre Santísima, Virgen María, Virgen de Lourdes, invocada en Madrid como Nuestra Señora de La Almudena, le encomendamos nuestras pobres plegarias para que no nos desviemos nunca del verdadero camino que lleva a la salud y a la vida.</p>
<p style="text-align: justify;">         Con todo afecto y con mi bendición,</p>
<p>         +Antonio Mª Rouco Varela</p>
<p>Cardenal-Arzobispo de Madrid</p>
]]></content:encoded>
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		<title>HOMILIA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid Para el Funeral por el Excmo. Sr. D. Manuel Fraga Iribarne</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Jan 2012 20:00:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Homilias]]></category>

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		<description><![CDATA[HOMILIA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid Para el Funeral por el Excmo. Sr. D. Manuel Fraga Iribarne Catedral de La Almudena, 23.I.2012; 20,00h. (Ro 6,3-9; Sal 129,1-2.4-5.6-7.8-9; Jn 5.24-29) &#160; &#160; Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor: Siempre que celebramos la Eucaristía se actualiza el sacrificio de Jesucristo. Aquel [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>HOMILIA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Para el Funeral por el Excmo. Sr. D. Manuel Fraga Iribarne</strong></p>
<p style="text-align: center;">Catedral de La Almudena, 23.I.2012; 20,00h.</p>
<p style="text-align: center;">(Ro 6,3-9; Sal 129,1-2.4-5.6-7.8-9; Jn 5.24-29)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:</p>
<p>Siempre que celebramos la Eucaristía se actualiza el sacrificio de Jesucristo. Aquel famoso Jesús de Nazareth, que había removido la conciencia religiosa y política de su pueblo en lo más hondo de sí misma, culmina su obra salvadora muriendo como un malhechor clavado en una Cruz. Su muerte, sin embargo, fue, es y será para siempre una muerte victoriosa: victoria para Él y victoria para el mundo. Al resucitar al tercer día, se verá con toda claridad que la muerte había sido vencida definitivamente. ¡La muerte de Cristo es una muerte victoriosa! ¡Más aún, representa la victoria decisiva sobre la muerte! Muerte ¿dónde esta tu victoria? ¿dónde está tu aguijón?, preguntaría San Pablo al proclamar el triunfo pascual de Jesucristo, el Señor. No hay nada, pues, más connatural con el profundo significado del Sacramento de la Eucaristía que la tradición inmemorial de la Iglesia −se remonta al primer siglo de su historia− de ofrecerla por los vivos y por los difuntos. Hoy la ofrecemos en la Catedral de Nuestra Señora La Real de la Almudena por nuestro recordado hermano Manuel, D. Manuel, (q.e.g.e), fallecido en su casa de Madrid en la noche del pasado 15 de enero; amado y querido entrañablemente por los suyos: hijos, nietos, hermanos y sobrinos… por toda la gran Familia Fraga-Iribarne; estimado y apreciado por los muchos compañeros de la vida académica y política de los que supo granjearse una sincera y fiel amistad; admirado y respetado por un número incontable de conciudadanos que no olvidarán nunca la forma extraordinariamente generosa, desinteresada e incansable de su entrega al bien común de los españoles: característica de su dilatada fecunda vida de noble servicio a España en circunstancias complejas y no siempre fáciles. Los dieciséis años de su dedicación a Galicia, su tierra natal, ponen una nota admirable de ternura personal y, a la vez, de auténtica, sencilla y comprometida humanidad. Su defensa del derecho a la vida desde el primer momento de su concepción hasta el último de la muerte natural, fue admirable. La Iglesia diocesana de Madrid lo ha tenido por hijo en los periodos más prolongados de su vida. Los ciudadanos de Madrid lo han considerado y apreciado como un vecino entrañable: ¡Como un madrileño más!<span id="more-5150"></span></p>
<p>Nuestro hermano D. Manuel recibió el bautismo poco después de nacer, como era costumbre entonces en las familias cristianas de la época. La suya, lo era profundamente. Desde ese instante quedó incorporado a Cristo (cfr. Ro 6,3). Es decir, desde aquel día en el que fue llevado a la pila bautismal de su Parroquia natal de Santa María de Villalba (Lugo), adquirió el ser y la condición de cristiano. Lo que jamás negó, más aún, lo que profesó firmemente hasta el momento de su fallecimiento. La fe cristiana, confesada en la comunión de la Iglesia, fue la clave más profunda para comprender su rica personalidad humana. Es siempre la decisiva para entender y configurar la vida como una novedad −valga la redundancia− siempre nueva, como había enseñado San Pablo (Ro 6,4). El hombre no ha sido creado para morir; pero elige desde el principio un camino de rebelión contra su Creador, el Dueño de la Vida, que le condujo y conduce inexorablemente a la muerte. San Pablo habla a los Romanos de <em>“nuestra vieja condición”</em>, de <em>“nuestra personalidad de pecadores”</em>, en una palabra, del <em>“hombre viejo”</em>. El curso de nuestra existencia en el mundo se encuentra, pues, ante un inesquivable dilema: o vivir para finalmente morir, no queriendo liberarse de la esclavitud del pecado en la ilusa creencia, escéptica o desesperada, de que con la muerte física termina todo; o vivir enfrentándose a la fascinación y el poder del mal en la raíz espiritual del alma, para escribir la historia propia, compartiéndola con la de todos, próximos y extraños, de tal modo que la muerte física sea solamente el paso y la puerta para entrar en el ámbito de la vida eterna: gozosa y bienaventurada. O, lo que es lo mismo, forjar la existencia para llegar a la hora de la muerte dispuestos a vivirla atravesando su umbral con Cristo y en Cristo, dando <em>“el paso”</em> a la otra vida con Él, el Resucitado, con la certeza de que <em>“si hemos muerto con Cristo… también viviremos con Él”</em> (Ro 6,9). La recta dirección de la vida quedó claramente definida para nuestro hermano en ese día de su Bautismo en la Iglesia parroquial de Villalba. La educación recibida de sus padres y el ambiente de sencilla piedad y de caridad cristiana que le envolvió en su pueblo y parroquia natal, le animarían y sostendrían en la decisión de mantenerse fiel a sus raíces cristianas, en los aspectos más personales e íntimos de su vida y en el ejercicio de sus múltiples, variadas y graves responsabilidades públicas. Nuestra Eucaristía de hoy, en la Catedral de La Almudena, la ofrecemos unidos a la oblación de Cristo al Padre para que nuestro querido hermano haya alcanzado aquello en lo que se cifra el triunfo del hombre al concluir su vida en este mundo: la victoria irrevocable sobre la muerte, ¡el triunfo de la vida eterna con Jesucristo en Dios <em>“que es el Amor”</em>!</p>
<p>La fe nos da a conocer la verdad del amor infinitamente misericordioso de ese Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, como un amor cercano, concreto, salido del Corazón divino-humano de Cristo, herido por la lanza del soldado romano y que fluye incontenible como su sangre sobre toda la humanidad. Dios busca para nosotros más que una simple inmortalidad del alma. Dios quiere introducirnos eficazmente en el Misterio insondable de su mismo amor −¡amor glorioso!− desde aquella hora de la Resurrección de su Hijo Jesucristo en aquel Domingo, primer día de la semana judía, que inaugurará el tiempo nuevo de una Pascua que conducirá al hombre a la Gloria final, cuando la historia llegue a su término. Esta fe −¡la fe pascual!− es la que alumbra en el corazón cristiano la verdadera esperanza, que nadie ni nada es capaz de apagar. Esa es hoy la esperanza que sentimos cuando unimos nuestro ruego a la Plegaria Eucarística de la Iglesia en el Altar de la Nueva Alianza para que <em>“el paso”</em> de nuestro querido D. Manuel por la muerte haya sido ya el tránsito a la vida gloriosa y feliz en Cristo. <em>“Si hemos muerto con Cristo</em> −enseñaba San Pablo (Ro 6,9)− <em>creemos que también viviremos con él”</em>. No se tiene miedo a la muerte, cuando se la vive como la oblación final de un vivir muriendo a la soberbia del espíritu y de la carne y viviendo para darse al verdadero amor. Santa Teresa de Jesús llega, incluso, como a desear ardientemente su venida −la hermana muerte de San Francisco de Asís−. Decía la Santa de Ávila:</p>
<p style="text-align: center;"><em>“Vivo sin vivir en mí</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>y tan alta vida espero</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>que muero porque no muero”</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Aquello que confiere seguridad y firmeza a la experiencia de la verdadera esperanza es ciertamente el don del amor infinitamente misericordioso que hemos conocido en el momento de la Crucifixión y Muerte de Jesucristo Nuestro Señor. Pero también es obligado reconocer que el estilo y la forma de entender el significado de la existencia humana y el modo de hacer uso de la libertad, como aparecen en la biografía de una persona, pueden considerarse como huellas y señales de que se ha vivido desde el amor y del amor de Cristo, dando como apoyo humano a nuestra esperanza. La historia personal de nuestro querido hermano Manuel en su dimensión pública y en la esfera privada está llena de <em>“buenas obras”</em>: de datos elocuentes de una vida regida por principios intelectuales, morales y espirituales, fundados en la verdad de la ley y de la gracia de Dios: ¡guiada por la ley nueva del Amor! Cómo no vamos a abrigar, pues, en este momento de la celebración de la Santa Misa por él la esperanza de que se hayan cumplido las palabras que dijo Jesús a los judíos: <em>“Os lo aseguro: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio, porque ha pasado ya de la muerte a la vida”</em> (Jn 5,24). En el Magisterio de los últimos Papas, desde Pío XI hasta nuestro Santo Padre Benedicto XVI, se ha acuñado y empleado la expresión <em>“caridad política”</em> como distintivo de aquel que se proponga vivir su vocación personal como un noble y entregado servicio al bien común a la luz y en el espíritu de la experiencia cristiana; o, dicho con otras palabras de Benedicto XVI, como expresión de <em>“una cultura del don”</em>. Reconocérselo a D. Manuel Fraga, en la hora de su despedida última de España, a la que quiso servir con toda la nobleza de su gran corazón, en el umbral de la eternidad, es la consecuencia obligada que extraerán todos aquellos que han seguido y acompañado su vida desde el cariño cercano de la familia, de la amistad y de la fe.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;"><em>“Desde lo hondo a ti grito Señor; </em></p>
<p style="text-align: center;"><em>Señor, escucha mi voz;</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>estén tus oídos atentos</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>a la voz de mi súplica”</em> (Sal 129, 1-2)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Así cantábamos con el Salmista, sintonizando nuestra oración con la del antiguo Pueblo de Dios; oración que nuestro Señor Jesucristo y su Iglesia han hecho suyas. Esa es hoy nuestra súplica por el alma de nuestro hermano Manuel. Se la confiamos a la Madre del Señor y Madre nuestra, la Santísima Virgen María, siempre a la espera de la llegada de sus hijos a la Casa del Padre, donde reina gloriosamente y acoge su divino Hijo, Jesucristo, para facilitarles con su amor exquisito de Madre la entrada. A Ella, Asumpta al Cielo, le encomendamos a nuestro hermano Manuel, a quien su madre de la tierra le había enseñado venerar y querer como la Madre del Cielo.</p>
<div></div>
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		<title>CARTA A TODOS LOS NIÑOS DE MADRID CON MOTIVO DE LA JORNADA DE LA INFANCIA MISIONERA</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Jan 2012 13:11:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cartas]]></category>

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		<description><![CDATA[CARTA A TODOS LOS NIÑOS DE MADRID CON MOTIVO DE LA JORNADA DE LA INFANCIA MISIONERA Domingo, 22 de enero de 2012 &#8220;Con los niños de América&#8230;, hablamos de Jesús&#8221; Mis queridos niños y niñas: En los últimos años, en la celebración de la Jornada de la lnfancia Misionera, hemos ido recorriendo los distintos continentes [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>CARTA A TODOS LOS NIÑOS DE MADRID<br />
CON MOTIVO DE LA JORNADA DE LA INFANCIA MISIONERA<br />
Domingo, 22 de enero de 2012</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>&#8220;Con los niños de América&#8230;, hablamos de Jesús&#8221;</strong></p>
<p>Mis queridos niños y niñas:</p>
<p>En los últimos años, en la celebración de la Jornada de la lnfancia Misionera, hemos ido recorriendo los distintos continentes de nuestro planeta tierra, siguiendo el mandato de Jesús de &#8220;ir al mundo entero&#8221; para llevar a todos la alegría de la salvación que está en É1, en conocerle y amarle. Para eso nació en Belén, como hemos celebrado en las pasadas fiestas de Navidad, y para eso murió en la Cruz y resucitó, como celebramos en la Santa Misa. En cumplimiento de esto que Jesús nos encomendó a sus discípulos al subir a los cielos, después de resucitar y aparecerse a los apóstoles y estar con ellos e instruirles durante cuarenta días, ya hemos &#8220;ido&#8221;, con el pensamiento y con el corazón, a Asia, hemos pasado por África y, el año pasado, tuvimos la oportunidad de conocer un poco mejor Oceanía. En este año 2012 nos vamos a acercar a un continente que está lejos por la distancia de los kilómetros, pero que es muy cercano a nuestro corazón: América.<span id="more-5162"></span></p>
<p>América es, sin duda, el continente que mejor conocemos después del nuestro, que es Europa. En primer lugar, porque comparten con nosotros las mismas raíces cristianas, que allí llevamos, sobre todo, los españoles en la gran empresa que fue el descubrimiento y la evangelización del &#8220;Nuevo Mundo&#8221;, que así se llama también el continente americano; y en segundo lugar porque, ciertamente, son muchos los niños y niñas que han venido de aquellas tierras a compartir con nosotros la vida, lo que somos y tenemos, unos y otros. Sin embargo, seguramente algunos de vosotros no sabéis cosas que son muy importantes, y una de ellas es que aquel continente, América, es donde vive el mayor número de católicos del mundo. Se podría decir que es el continente desde donde más oraciones suben al cielo. Seguro que muchos de vosotros habéis visto, o incluso tenéis en casa, un belén navideño que procede de alguno de los países de lberoamérica, y la verdad es que tienen una sencillez y una belleza muy original. Con el colorido y con unas vestiduras típicas de aquellas naciones, expresan su fe y su amor al Niño Dios, al igual que hacemos los españoles, y en particular los madrileños, siguiendo nuestra propia tradición. Verdaderamente, la Navidad nos ha unido a todos, a los de alláy a los de acá, en una misma oración para hacernos, cada vez más, un solo corazón y una sola alma.</p>
<p>Los misioneros españoles y portugueses llevaron la fe en Jesucristo, &#8220;el Camino, la Verdad y la Vida&#8221;, a los hombres y mujeres, a los jóvenes y a los niños que vivían en aquel inmenso continente americano. Hoy, los misioneros continúan esa labor, manteniendo viva la de de los cristianos y evangelizando atantos que aún no conocen a Dios, para que encuentren la alegría de la Salvación. España tiene una gran responsabilidad ante ellos, y con ellos. Todos nosotros, los niños también, sentimos una gran ilusión por que, en los pueblos hermanos de América, Jesús sea amado y alabado. Y quizás, queridos niños, hayáis tenido la experiencia, viendo y hablando con vuestros amigos del colegio y de la parroquia que han venido de alguno de los países de aquel continente, que ellos también rezan, van a Misa cada domingo, quieren hacer la Primera Comunión y recibir el sacramento de la Confirmación, y en muchísimos casos con una fe y una piedad muy grandes. Son cristianos, como nosotros, y precisamente su fe en Jesucristo les ha ayudado a superar tantas difícultades y problemas que han tenido que sufrir. Ellos y nosotros, como verdaderos hermanos, tenemos que querernos y ayudarnos, todos unidos a Jesús, viviendo y hablando con É1, y hablando de É1. Por eso, el lema de este año para la celebración de la lnfancia Misionera es: &#8220;Con los niños de América&#8230;, hablamos de Jesús&#8221;.</p>
<p>Con esta carta, os invito a todos los niños y niñas a que habléis de Jesús con vuestros amigos. Si ellos también creen, os ayudaréis a vivir con alegría vuestra misma fe en Jesús; y si alguno no tiene fe, o no está bautizado, habladle de Jesús, con vuestras palabras, pero sobre todo con el testimonio de vuestra vida, y al ver cómo conocéis y amáis a Jesús, seguro que ellos también querrán hacerlo como vosotros. De este modo, estáis siendo verdaderos misioneros, que lleváis la alegría de la fe, la esperanza y el amor de Jesús a los demás, ¡y así también crecerá aún más vuestra alegría! El Día de la lnfancia Misionera quiere recordaros precisamente esto, que sois misioneros, y lo sois especialmente en esta Jornada con vuestra oración y vuestra limosna, rezando por los niños que aún no conocen a Jesús, pidíendo a la Virgen por los misioneros, para que les abran los ojos a la fe, y ofreciendo algún sacrificio, renunciando a algo bueno que os apetezca, reservando un poco, ¡o mucho!, de la paga semanal para ayudar a los niños que no tienen las facilidades que tenemos en Madrid para recibir formación cristiana y poder celebrar mejor los sacramentos, y tantas cosas más. Pero, sobre todo, si entre vuestros compañeros del colegio, vuestros amigos, incluso vuestros hermanos y familiares, habláis de vuestra fe, los invitáis a ir a Misa el domingo, a rezar algunos ratos en la iglesia, a confesar con frecuencia&#8230;, ¡entonces sí que estáis viviendo el espíritu misionero!</p>
<p>Ya me despido, recordando que esta Jornada de la lnfancia Misionera es vuestra Jornada, que vosotros, queridos niños, igual que los mayores, también podéis ser verdaderos misioneros. Sabed que rezo por vosotros a Jesús. A Él le pido, con la intercesión de la Virgen, Nuestra Señora de la Almudena, que os bendiga a vosotros, y también a vuestras familias, y a vuestros amigos. Y todos vosotros pedid también por mí al Señor.</p>
<p>Con un beso para todos, recibid mi bendición,</p>
<p><img class="alignright" title=" Firma Cardenal-Arzobispo de Madrid" src="http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/wp-content/uploads/2003/11/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>ORAR POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS: Una urgencia siempre nueva</title>
		<link>http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/2012/01/14/orar-por-la-unidad-de-los-cristianos-una-urgencia-siempre-nueva/</link>
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		<pubDate>Sat, 14 Jan 2012 13:08:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cartas]]></category>

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		<description><![CDATA[Mis queridos hermanos y amigos: Comienza una nueva semana de oración por la unidad de los cristianos avanzando en un camino espiritual y pastoral iniciado ya hace casi un siglo y que la Iglesia ha hecho suyo con una intensidad creciente. El Decreto del Ecumenismo del Concilio Vaticano II, del que se va a cumplir [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Mis queridos hermanos y amigos:</p>
<p style="text-align: justify;">Comienza una nueva semana de oración por la unidad de los cristianos avanzando en un camino espiritual y pastoral iniciado ya hace casi un siglo y que la Iglesia ha hecho suyo con una intensidad creciente. El Decreto del Ecumenismo del Concilio Vaticano II, del que se va a cumplir pronto los cincuenta años de su aprobación en 1965, y el Magisterio ulterior de los Papa, que lo han desarrollado tanto en la doctrina como en la vida práctica de la Iglesia con una amplitud temática y una insistencia apostólica extraordinaria, no dejan lugar a dudas respecto de la actualidad e importancia pastoral de la tarea “ecuménica” y precisamente en orden a la propuesta y objetivos de la nueva evangelización, que ya Pablo VI y, luego, el Beato Juan Pablo II y nuestro Santo Padre Benedicto XVI han fijado para la Iglesia del Tercer Milenio como una prioridad indiscutible. Precisamente “el estado de la fe” en los países de viejas raíces cristianas, muy gravemente crítico en Europa y América sobre todo, pone de manifiesto la necesidad apremiante de promover e intensificar la unidad fundamental de todos los cristianos en torno a lo que ha sido desde los primeros pasos del movimiento ecuménico la profesión y el testimonio de la verdad de Dios y de Cristo. El Santo Padre lo recordaba y urgía con palabras claras y cálidas en la Liturgia Ecuménica de la Palabra celebrada en el antiguo monasterio de los PP. Agustinos de Erfurt el pasado 23 de septiembre, el segundo día de su viaje pastoral a Alemania. Hoy, en la situación actual de una sociedad y una cultura profundamente secularizada, increyente, no podemos quedarnos en nuestros encuentros ecuménicos −decía Benedicto XVI− en la pena y lamentación de las separaciones y de las divisiones, sino que debemos dar el paso del reconocimiento agradecido a Dios por lo que nos ha conservado y regalado de unidad en la Fe: en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo y “en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, que ha vivido con nosotros y entre nosotros, que ha padecido y muerto por nosotros, y que en su Resurrección ha rasgado la puerta de la muerte”. Fortalecernos mutuamente en esa fe y ayudarnos unos a otros a vivirla es la gran tarea ecuménica que nos espera hoy, quizá más que en ningún otro momento de la historia del movimiento ecuménico, y la que nos introduce en el mismo corazón de la oración de Jesús: “No te pido solo por éstos, te pido también por los que van a creer en mí mediante su palabra” (Jn 17, 20). <span id="more-5159"></span></p>
<p style="text-align: justify;">En esta oración de Jesús “se encuentra el lugar o centro interior de nuestra unidad”. La unidad, si se la pretende y quiere vivir con toda la seriedad de la fe profesada, debe de expresarse en la común toma de conciencia de que ha de ser testimoniada con la palabra y con la vida siempre y mucho más en este momento histórico de la Iglesia y del mundo, en el que la fe se ve acosada y negada a través de múltiples versiones teóricas y prácticas: intelectuales, culturales y sociales. No se avanzará en la unidad eclesial de los cristianos, si no se dan progresos auténticos en el terreno de la misión evangelizadora. ¿Quién se pregunta hoy en el ambiente tan materialista y hedonista de nuestras sociedades cómo “alcanzar a un Dios de la gracia”, al Dios compasivo y misericordioso que buscaba ardientemente Martín Lucero en sus años de novicio, monje y sacerdote agustino en su Convento de Erfurt? La pregunta la hacía el Papa ante “el consejo de la Iglesia Evangélica en Alemania” el mismo 23 de septiembre en el encuentro oficial con los máximos representantes del Protestantismo alemán. ¿Nos preocupa de verdad a nosotros mismos, los cristianos de hoy en España y en Europa? ¿Es decisiva esta pregunta para nuestra concepción de la acción pastoral y misionera, de nuestra predicación y de la catequesis? Y, sobre todo, ¿es decisiva en nuestra vida? La hora del Ecumenismo del siglo XXI ha de estar marcada por el sí de la fe y de la vida, fundado en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en Dios que “es el Amor”; y en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho carne en el seno de la Virgen Madre, muerto y resucitado por nuestra salvación. Un sí, manifestado y confesado sin recortes, capaz de iluminar el camino de la cultura actual y de convertirse en un estilo de vida entregada al amor de Dios y del prójimo. Porque en palabras de Romano Guardini evocadas por el Papa: “Sólo el que conoce a Dios, conoce al hombre”. Y se podría añadir: solo el que ama a Dios, ama al hombre. ¡Cuánto campo de ejercicio del amor al hombre, sembrado y cultivado en común nos queda por hacer! En esta hora histórica de una tan grave crisis económica y social, que afecta a los valores humanos más esenciales, como son la vida, el matrimonio y la familia, el trabajo y la educación de las jóvenes generaciones, etc., la respuesta unida de los cristianos −respuesta de las ideas y de los comportamientos− es indispensable. Una exigencia de un actualizado “ecumenismo”, que adquiere en España una especial fuerza ante el hecho de tantos hermanos inmigrantes, provenientes unos de las Iglesias Ortodoxas del Centro y del Este de Europa, y de otros muchos, hermanos católicos, venidos de las tierras hermanas de América, no siempre inmunes a la sugestión de la confusa religiosidad y de captación complaciente por parte de las sectas.</p>
<p style="text-align: justify;">Sí, la oración por la unidad de los Cristianos vuelve a presentársenos como una obligación espiritual y pastoral inaplazable en unas circunstancias históricas que la hacen especialmente urgente. Sólo orando humildemente con el alma abierta a que se cumpla la oración sacerdotal de la Última Cena: de que seamos uno como Él es uno con el Padre, se podrá vivir y alcanzar la esperanza que Pablo afirmaba en su primera Carta a los Corintios: “Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo”.</p>
<p style="text-align: justify;">Confiamos a María, la Virgen Santísima, la Madre del Señor y la Madre de la Iglesia, la “Virgen de La Almudena”, nuestra plegaria por los frutos de esta nueva Semana de la Unidad, sintonizando con las intenciones del Santo Padre.</p>
<p style="text-align: justify;">Con todo afecto y con mi bendición para el año nuevo que acaba de iniciar su andadura,</p>
<div><img class="alignright" title=" Firma Cardenal-Arzobispo de Madrid" src="http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/wp-content/uploads/2003/11/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></div>
<div style="text-align: justify;"></div>
]]></content:encoded>
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		</item>
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		<title>Salir al encuentro. Jornada Mundial del emigrante y del refugiado</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Jan 2012 10:49:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cartas]]></category>

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		<description><![CDATA[JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE Y DEL REFUGIADO Migraciones y nueva evangelización 15 ENERO 2012 &#160; SALIR AL ENCUENTRO &#160; Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor: Con ocasión de la próxima Jornada Mundial de las Migraciones, el próximo domingo 15 de enero, el Papa Benedicto XVI nos invita a «despertar en cada uno de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="right"><strong><em>JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE Y DEL REFUGIADO</em></strong></p>
<p align="right"><strong><em>Migraciones y nueva evangelización</em></strong><em></em></p>
<p align="right"><strong>15 ENERO 2012</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center"><strong><em>SALIR AL ENCUENTRO</em></strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:</p>
<p>Con ocasión de la próxima Jornada Mundial de las Migraciones, el próximo domingo 15 de enero, el Papa Benedicto XVI nos invita a «<em>despertar en cada uno de nosotros el entusiasmo y la valentía que impulsaron a las primeras comunidades cristianas a anunciar con ardor la novedad evangélica, haciendo resonar en nuestro corazón las palabras de san Pablo: «El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!»</em><em> </em><em>(1 Co</em><em> 9,16)</em><a title="" href="#_ftn1"><em><strong>[1]</strong></em></a><em>.<span id="more-5147"></span></em></p>
<p>La Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado en efecto, brinda a toda la Iglesia una nueva oportunidad de reflexionar sobre el creciente fenómeno de la emigración en este mundo global, de orar para que los corazones se abran a la acogida cristiana y de trabajar para que crezcan en el mundo la justicia y la caridad, columnas para la construcción de una paz auténtica y duradera. <em>«Como yo os he amado, que también os améis unos a otros» </em><em>(Jn 13,34)</em><em> es la invitación que el Señor nos dirige con fuerza y nos renueva constantemente: si el Padre nos llama a ser hijos amados en su Hijo predilecto, nos llama también a reconocernos todos como hermanos en Cristo</em><em>»</em><a title="" href="#_ftn2">[2]</a>.</p>
<p align="right">
<p align="right"><strong><em>Una llamada a nuestra acción pastoral</em></strong></p>
<p>Con la mirada puesta en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, que acabamos de celebrar, la Jornada Mundial nos estimula a <em>realizar una pastoral de comunión, a salir al encuentro de los que llegan y a actualizar las estructuras tradicionales de atención a los inmigrantes y refugiados, a fin de  que respondamos mejor a las nuevas situaciones en que interactúan culturas y pueblos<a title="" href="#_ftn3"><strong>[3]</strong></a>.</em> Deseo que nuestras comunidades cristianas sean constructoras de unidad integradora, capaces de abrazar a todos por encima de las diferencias de nuestros orígenes. Una pastoral de verdadera comunión.</p>
<p>Desde que el viejo Adán le diera la espalda, Dios no ha cesado de salir en busca del hombre. Jesús es la verdadera novedad que supera todas las expectativas y así será para siempre a través de la historia. Al encontrar a Cristo, todo hombre descubre el misterio de su propia vida, como les ocurre a los primeros apóstoles, según nos narra el Evangelio de este domingo (Jn 1,35-42).</p>
<p>La esperanza que nace de esta presencia de Cristo, de una parte, nos mueve a los cristianos a no perder de vista la meta final que da sentido y valor a nuestra entera existencia y, de otra, nos ofrece motivaciones sólidas y profundas para hacer frente, inmigrantes y madrileños, al apasionante reto de construir un futuro de esperanza para todos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="right"><strong>Una nueva «<em>imaginación»  </em>pastoral</strong></p>
<p>Desde hace unas décadas, inmigrantes y madrileños convivimos, trabajamos, crecemos juntos y formamos parte de nuestra sociedad y de nuestra diócesis. No podemos considerar a los inmigrantes como extraños, como forasteros. Somos muchos los que en nuestra sociedad madrileña estamos caminando juntos. Todos estamos llamados a desarrollar una convivencia verdaderamente humana basada en la fraternidad. Son nuestros vecinos, son nuestros conciudadanos, son nuestros diocesanos y nuestros feligreses, son nuestros hermanos.</p>
<p>En un mundo cada vez más globalizado, los inmigrantes <em>han contribuido a crear −</em>junto a nuestras migraciones interiores− <em>una </em>sociedad cada vez más intercultural y multiétnica,<em> con problemáticas nuevas, no sólo desde un punto de vista humano, sino también ético, religioso y espiritual<a title="" href="#_ftn4"><strong>[4]</strong></a></em>. Este cúmulo de circunstancias suscita nuevas situaciones pastorales que nuestras comunidades parroquiales no pueden por menos de tener en cuenta y que exigen una respuesta imaginativa. Corresponderá a sus miembros buscar ocasiones oportunas para compartir con quienes son acogidos el don de la revelación del Dios Amor, «que tanto amó al mundo, que dio a su Hijo único» (Jn 3,16). A pesar de las difíciles condiciones de vida, debemos trabajar para que no les falte a los trabajadores inmigrantes y a sus familias el cuidado pastoral ordinario, el anuncio de Jesucristo, la luz y el apoyo del Evangelio, que abre a los hombres horizontes de salvación y de esperanza.</p>
<p>Las comunidades parroquiales no deben olvidar que el hombre y la mujer inmigrantes han sufrido un profundo cambio cultural con el desplazamiento geográfico y el paso de un mundo rural a un mundo urbano, y del sector agrícola y ganadero al sector industrial y de servicios, que significa un cambio de civilización. Cambio que produce inmediatamente un hecho significativo que merece nuestra atención: que la gente pierde la base de sustentación, el substrato sociológico que sostenía su vida, y su vida religiosa.</p>
<p>Cambio de civilización que conlleva naturalmente graves implicaciones para las personas y para su vida de fe:</p>
<p>-       <em>«I</em><em>nmigrantes que han conocido a Cristo y lo han acogido son inducidos con frecuencia a no considerarlo importante en su propia vida, a perder el sentido de la fe, a no reconocerse como parte de la Iglesia, llevando una vida que a menudo ya no está impregnada de Cristo y de su Evangelio»<a title="" href="#_ftn5"><strong>[5]</strong></a>, </em></p>
<p>-       Un relevante número de fieles procedentes de las Iglesias Católicas Orientales de rito diferente y de las Iglesias hermanas separadas, que como consecuencia de la dispersión encuentran dificultades para celebrar y vivir su fe, y</p>
<p>-       Podemos encontrarnos, como consecuencia de la encrucijada de credos y culturas que conforman las migraciones, con hombres y mujeres, que aún no han encontrado a Jesucristo, o lo conocen solamente de modo parcial, a cuyo encuentro también hemos de saber salir.</p>
<p>Esta realidad pone de relieve nuestro deber de ayudar a que la fe no se quede en un simple recuerdo para el inmigrante: necesita imperiosamente cultivarla para, con su luz, leer su nueva historia desde la misma fe. De aquí resulta la evidencia pastoral de que el compromiso de la comunidad cristiana con los inmigrantes no puede reducirse a organizar simplemente las estructuras de acogida y solidaridad, por muy generosas que sean; esta actitud menoscabaría las riquezas de la vocación eclesial, llamada a transmitir la fe, que se fortalece dándola; ha de incluir la respuesta debida desde el Evangelio a todas las cuestiones antropológicas, teológicas, económicas y políticas que encierra la condición del inmigrante, del modo como se plantean en la hora actual de la historia.</p>
<p>Es más, a la comunidad cristiana en su relación con el inmigrante ha de importarle en primer término, hoy como siempre, ofrecerle, como a todo ser humano, sin diferencias de cultura o de raza, el servicio eminentemente evangelizador del encuentro con Cristo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="right"><strong>Promover la evangelización en una sociedad y mundo globalizados</strong></p>
<p>Nuestras comunidades cristianas han de afrontar el desafío de salir al encuentro para ayudar a los inmigrantes a mantener firme su fe, aun cuando falte el apoyo cultural que existía en el país de origen, buscando también nuevas respuestas pastorales, métodos y lenguajes para una acogida siempre viva de la Palabra de Dios. Recordemos lo que nos dice el mensaje papal:</p>
<p>-       <em>en unos casos se trata de una ocasión para proclamar que la humanidad participa en Jesucristo del misterio de Dios y de su vida de amor, y que se abre a un horizonte de esperanza y paz, incluso a través del diálogo respetuoso y del testimonio concreto de la solidaridad; en otros<a title="" href="#_ftn6"><strong>[6]</strong></a>&#8230;</em></p>
<p>-     <em>existe la posibilidad de despertar la conciencia cristiana adormecida a través de un anuncio renovado de la Buena Nueva y de una vida cristiana más coherente, para ayudar a redescubrir la belleza del encuentro con Cristo, que llama al cristiano a la santidad dondequiera que se encuentre, incluso en tierra extranjera<a title="" href="#_ftn7"><strong>[7]</strong></a>.</em></p>
<p>-     <em> De ser conscientes de que el actual fenómeno migratorio es también una oportunidad providencial para el anuncio del Evangelio en el mundo contemporáneo. Hombres y mujeres provenientes de diversas regiones de la tierra, que aún no han encontrado a Jesucristo o lo conocen solamente de modo parcial, piden ser acogidos en países de antigua tradición cristiana. Es necesario encontrar modalidades adecuadas para ellos, a fin de que puedan encontrar y conocer a Jesucristo y experimentar el don inestimable de la salvación, fuente de «vida abundante» para todos (</em><em>Jn 10,10)</em><a title="" href="#_ftn8"><em><strong>[8]</strong></em></a><em>. </em></p>
<p>Y todo ello sin olvidar que también el trabajador inmigrante está llamado a ser testigo del Evangelio: «<em>los propios inmigrantes tienen un valioso papel, puesto que pueden convertirse a su vez en «anunciadores de la Palabra de Dios y testigos de Jesús resucitado, esperanza del mundo»<a title="" href="#_ftn9"><strong>[9]</strong></a>.</em></p>
<p>Estamos, pues, ante el reto en orden a afrontar la tarea histórica de hacer posible una sociedad nueva y una convivencia profundamente humana, sobre la base, eminentemente evangélica, del mutuo reconocimiento como hermanos. <em>«Hoy notamos la urgencia de promover, con nueva fuerza y modalidades renovadas, la obra de evangelización en un mundo en el que la desaparición de las fronteras y los nuevos procesos de globalización acercan aún más las personas y los pueblos, tanto por el desarrollo de los medios de comunicación como por la frecuencia y la facilidad con que se llevan a cabo los desplazamientos de individuos y de grupos»<a title="" href="#_ftn10"><strong>[10]</strong></a>. </em></p>
<p><em>Para la Iglesia, esta realidad constituye un signo elocuente de nuestro tiempo, que evidencia aún más la vocación de la humanidad a formar una sola familia y, al mismo tiempo, las dificultades que, en lugar de unirla, la dividen y la laceran. «En una sociedad en vías de globalización, el bien común y el esfuerzo por él han de abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones, dando así forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios sin barreras»<a title="" href="#_ftn11"><strong>[11]</strong></a>. </em><em></em></p>
<p>−<em>«La Iglesia que se encuentra entre las casas</em> <em>de los hombres, vive y obra profundamente injertada en la sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dramas»−<a title="" href="#_ftn12"><strong>[12]</strong></a></em> por todo ello, la comunidad parroquial está urgida a repensar sus proyectos pastorales, a no encerrarse en seguridades pretéritas, a no inflexionar su diálogo con el mundo, a mantenerse en su vocación misionera y en su mediación de vehicular el diálogo de la salvación entre el Evangelio del Reino, los hombres y los pueblos. Debe constituirse en buena noticia para la cultura y las culturas, para los hombres y los pueblos que constituyen hoy nuestras ciudades y nuestros barrios, nuestros municipios y nuestras comunidades por la diversidad sobrevenida con las migraciones. No puede eludir este desafío. «<em>La caridad es don de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (</em><em>Rm 5,5)</em><em> en cuanto don de Dios, no es utopía, sino realidad concreta; es buena nueva, Evangelio. (…) Los creyentes están llamados a manifestar el rostro de una Iglesia abierta a las realidades sociales y a cuanto permite a la persona humana afirmar su dignidad. En particular, los cristianos, conscientes del amor del Padre celestial, deberán reavivar su atención con respecto a los inmigrantes para desarrollar un diálogo sincero y respetuoso, con vistas a la construcción de la civilización del amor</em>»<a title="" href="#_ftn13"><em><strong>[13]</strong></em></a>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="right"><strong>Al servicio del Evangelio de la esperanza</strong></p>
<p>Asumir responsabilidades, problemas, desafíos y esperanzas ante el mundo, forma parte del compromiso de anunciar el Evangelio de la esperanza. En efecto, siempre está en juego el futuro del hombre en cuanto “<em>ser de esperanza</em>”. Es comprensible que, ante la acumulación de retos a los que la esperanza está expuesta, surja la tentación del escepticismo y la desconfianza; pero el cristiano sabe que puede afrontar incluso las situaciones más difíciles, porque el fundamento de su esperanza es el misterio pascual. Solamente en el Señor puede encontrar fuerzas para ponerse y permanecer al servicio de Dios, que quiere la salvación y la liberación integral del hombre.</p>
<p>Anunciar a Jesucristo, único Salvador del mundo, <em>«constituye la misión esencial de la Iglesia; una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes»<a title="" href="#_ftn14"><strong>[14]</strong></a></em>. Evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. La Iglesia existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa. Las condiciones de la sociedad nos obligan, por tanto, a revisar métodos, a buscar por todos los medios el modo de llevar al hombre moderno el mensaje cristiano, en el cual únicamente podrá hallar la respuesta a sus interrogantes y la fuerza para su empeño de solidaridad humana.</p>
<p>En el actual contexto social, los cristianos, madrileños e inmigrantes, estamos llamados a reconocernos entre nosotros como hermanos, a compartir los bienes provenientes de Cristo y a ser testigos del Evangelio. Con la fuerza que brota del Evangelio se hace realidad esa convivencia profundamente humana, pacífica, solidaria y enriquecedora que todo corazón humano desea desde lo más hondo de su ser. De este modo, la nueva sociedad emerge cada vez más visiblemente, por encima de las diferencias de nuestros orígenes y de nuestra condición, con gestos de respeto, de solidaridad, de mutua ayuda, de amistad y fraternidad, realizados con sencillez y constancia en la vida diaria. Necesitamos derribar las barreras de la desconfianza, de los prejuicios y de los miedos que, por desgracia, existen, y rechazar la discriminación o exclusión de cualquier persona, con el consiguiente compromiso de promover sus derechos inalienables para que aumente la comprensión y la confianza.</p>
<p>En este nuevo contexto social, que anteriormente hemos descrito, las experiencias de éxodo y la transferencia a un mundo urbano complejo y cambiante han de ser iluminadas y discernidas desde la luz que proyecta la visión cristiana de la vida sobre toda la realidad, hasta en los más pequeños detalles. Es preciso que los cristianos, los lugareños y los inmigrantes no tengamos ningún miedo a vivirlo todo desde la fe; de este modo, los demás, en los distintos ámbitos de su múltiple existencia, pueden descubrir cómo es verdaderamente necesaria para ellos la Iglesia, y, a través de su misión y su servicio, podrán descubrir el tesoro infinito que encierra, a Cristo Salvador, cuya Presencia en la Eucaristía es el centro y la fuente de todo. Es en, y desde la Eucaristía, como somos verdaderos hermanos, y en esta fraternidad se manifiesta la paternidad de Dios Creador, de modo que se haga visible y fecunda allí donde se vive y se trabaja, en la familia y en la escuela, en la fábrica y en las más diversas condiciones de la existencia humana.</p>
<p align="right">
<p align="right"><strong>Una atención especial a la familia inmigrante</strong></p>
<p>Frente a los desafíos de esta sociedad, urbana, plural, compleja y cambiante, marcada por la dispersión que se genera, el compromiso misionero de nuestras comunidades se ha de centrar sobre todo en la familia, <em>«no sólo porque esta realidad humana fundamental es sometida hoy a múltiples dificultades y amenazas, y por tanto tiene particular necesidad de ser evangelizada y apoyada concretamente, sino también porque las familias cristianas constituyen un recurso decisivo para la educación en la fe, la edificación de la Iglesia como comunión y su capacidad de presencia misionera en las situaciones más variadas de la vida, así como para fermentar en sentido cristiano la cultura y las estructuras sociales&#8230; El presupuesto por el que hay que comenzar para comprender la misión de la familia en la comunidad cristiana y sus tareas de formación de la persona y de transmisión de la fe, sigue siendo siempre el significado que el matrimonio y la familia tienen en el designio de Dios, creador y salvador»</em><a title="" href="#_ftn15"><em><strong>[15]</strong></em></a>. De este modo, nuestras comunidades cristianas contribuirán a que se creen también para las familias inmigrantes las condiciones válidas para la plena realización de los valores fundamentales: la unión tanto del matrimonio mismo como del núcleo familiar que implica la armonía en la mutua integración de los esposos desde el punto de vista moral, afectivo y de su fecundidad en el amor; y conlleva un crecimiento ordenado de todos los miembros de la familia. Es así como se hace posible la formación de personalidades sólidas y comprometidas socialmente con un amplio sentido de solidaridad y disponibilidad para el sacrificio generoso<a title="" href="#_ftn16">[16]</a>.</p>
<p>Una vez más, invito a los inmigrantes católicos y a sus familias a ocupar el lugar que les corresponde en nuestra Iglesia diocesana, y a todos los inmigrantes a ocupar su lugar en la sociedad y a que se abran a los valores de nuestro pueblo. No declinéis vuestra responsabilidad en la educación de vuestros hijos. Pensad que, junto con la transmisión de la fe y del amor del Señor, una de las tareas más grandes de la familia es la de formar personas libres y responsables. Educadlos en el descubrimiento de su identidad, iniciadlos en la vida social, en el ejercicio responsable de su libertad moral y de su capacidad de amar a través de la experiencia de ser amados y, sobre todo, en el encuentro con Dios. Los hijos crecen y maduran humanamente en la medida en que acogen con confianza ese patrimonio y esa educación que van asumiendo progresivamente<a title="" href="#_ftn17">[17]</a>.</p>
<p align="right">
<p align="right"><strong>La evangelización de los jóvenes</strong></p>
<p>En medio de esta sociedad plural, los grupos parroquiales, los movimientos y las asociaciones apostólicas han de trabajar para que los jóvenes descubran y se convenzan de que</p>
<p>-     <em>pueden ser fieles a la fe cristiana y seguir aspirando a los grandes ideales en la sociedad actual que le</em><em>s den plenitud y felicidad</em><em>, </em></p>
<p>-     <em>l</em><em>a fe no se opone a </em><em>sus</em><em> ideales más altos, al contrario, los exalta y perfecciona</em><em>,</em></p>
<p>-     <em>no se conformen </em><em>con menos que la Verdad y el Amor, que no se conformen con menos que Cristo</em><em>,  </em></p>
<p>-     <em>si permanecen en el amor de Cristo,</em> arraigados en la fe, encontrarán, <em>aun en medio de contrariedades y sufrimientos, la raíz del gozo y la alegría</em>, porque</p>
<p>-     <em>Dios nos ama. Ésta es la gran verdad de nuestra vida y que da sentido a todo lo demás. No somos fruto de la casualidad o la irracionalidad, sino que en el origen de nuestra existencia hay un proyecto de amor de Dios. Permanecer en su amor significa entonces vivir arraigados en la fe, porque la fe no es la simple aceptación de unas verdades abstractas, sino una relación íntima con Cristo que nos lleva a abrir nuestro corazón a este misterio de amor y a vivir como personas que se saben amadas por Dios<a title="" href="#_ftn18"><strong>[18]</strong></a>.</em></p>
<p>Queridos jóvenes<em>, </em>inmigrantes y madrileños, «<em>precisamente ahora, en que la cultura relativista dominante renuncia y desprecia la búsqueda de la verdad, que es la aspiración más alta del espíritu humano», </em>los cristianos, por encima de las diferencias de nuestro origen,<em> «debemos proponer con coraje y humildad el valor universal de Cristo, como salvador de todos los hombres y fuente de esperanza para nuestra vida. Que ninguna adversidad os paralice. No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando su Nombre en toda la tierra»<a title="" href="#_ftn19"><strong>[19]</strong></a>.</em></p>
<p>Vosotros, que crecéis y camináis juntos en la escuela, en el barrio, en las organizaciones deportivas, en la formación profesional, en el mundo universitario y en el acceso al mundo laboral y en la comunidad cristiana&#8230;, puesto que estáis a<em>rraigados y edificados en Cristo, estáis </em>llamados a hacer «visible y sociológicamente perceptible el proyecto de Dios de invitar a todos los hombres a la alianza sellada en Cristo, sin excepción o exclusión alguna, y a ser un espacio acogedor donde se reconoce a todo hombre la dignidad que le otorgó su Creador<em>»</em>. <em>Apoyaos en la fe de aquellos que están cerca de vosotros, </em>vuestra comunidad,<em> en la fe de la Iglesia&#8230; Encontraos con </em>«<em>otros para profundizar en ella</em>»<a title="" href="#_ftn20">[20]</a>, participad en los grupos apostólicos y de formación, vivid en la Eucaristía, misterio de la fe por excelencia que hace a la Iglesia: el centro es <em>Cristo que nos atrae hacia Sí, nos hace, salir de nosotros mismos para hacer de nosotros una sola cosa con Él y, de este modo, nos introduce en la comunidad de los hermanos<a title="" href="#_ftn21"><strong>[21]</strong></a></em><em>.</em> “<em>Poneos a la escucha de la Palabra de Dios </em><em>que nos muestra la auténtica senda, es la luz que ilumina el camino</em>. <em>Solamente Cristo puede responder a vuestras aspiraciones. Dejaros conquistar por Dios para que vuestra presencia dé a la Iglesia un impulso nuevo»<a title="" href="#_ftn22"><strong>[22]</strong></a>.</em></p>
<p>Reitero mi invitación a todos a ser testigos del Evangelio y artífices de paz. Que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por intercesión de Santa María, nos sostenga en el propósito emprendido. A Ella le encomiendo los esfuerzos y logros de cuantos recorren con sinceridad el camino de la fe, fuente de fraternidad, de diálogo y de paz en medio de la rica diversidad de este vasto mundo de las migraciones. Por su intercesión, estamos seguros de recibir la luz y la fuerza necesarias para avanzar por el camino que su Hijo Jesucristo nos señala.</p>
<p>Con mi afecto y bendición,</p>
<p><img class="alignright" title=" Firma Cardenal-Arzobispo de Madrid" src="http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/wp-content/uploads/2003/11/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<div><br clear="all" /></p>
<hr align="left" size="1" width="33%" />
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref1">[1]</a> Cfr. Mensaje Benedicto XVI, 2012</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref2">[2]</a> Cfr. Mensaje Benedicto XVI, 2011</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref3">[3]</a> Cfr. Mensaje Benedicto XVI, 2012</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref4">[4]</a> Cfr. Mensaje Benedicto XVI  2012</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref5">[5]</a> Ibídem.</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref6">[6]</a> Ibídem</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref7">[7]</a> Ibídem</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref8">[8]</a> Ibídem</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref9">[9]</a> Exhortación apostólica <a href="http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/apost_exhortations/documents/hf_ben-xvi_exh_20100930_verbum-domini_sp.html#Palabra_de_Dios_y_compromiso_en_el_mundo">Verbum Domini</a>, 105</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref10">[10]</a> Mensaje Benedicto XVI 2012</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref11">[11]</a> Benedicto XVI, Enc. <a href="http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate_sp.html#7">Caritas in veritate</a>,7.</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref12">[12]</a> CEE. La Pastoral Obrera de toda la Iglesia.</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref13">[13]</a> Juan Pablo II,  Jornada Migraciones. 2 febrero 1999.</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref14">[14]</a> Pablo VI, Exhortación apostólica <a href="http://www.vatican.va/holy_father/paul_vi/apost_exhortations/documents/hf_p-vi_exh_19751208_evangelii-nuntiandi_sp.html">Evangelii nuntiandi</a>, 14</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref15">[15]</a> Benedicto XVI.  San Juan de Letrán. Apertura del Congreso Eclesial D. de Roma sobre «Familia y comunidad cristiana: formación de la persona y transmisión de la fe».7/6/2005</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref16">[16]</a> Cfr. A. Rouco Varela. Una sola familia, un solo pueblo, un solo barrio. 2007</p>
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<div>
<p><a title="" href="#_ftnref17">[17]</a> Cfr. Ibídem</p>
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<p><a title="" href="#_ftnref18">[18]</a> Cfr. Benedicto XVI. JMJ. Vigilia de oración con los Jóvenes. Cuatro vientos. 20 agosto 2011</p>
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<div>
<p><a title="" href="#_ftnref19">[19]</a> Ibídem</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref20">[20]</a> Ibídem.</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref21">[21]</a> Benedicto XVI. Homilía en la Misa de clausura del XXIV Congreso Eucarístico Nacional Italiano 29 de mayo 2005.</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref22">[22]</a> Cfr. Benedicto XVI. JMJ. Vigilia de oración con los Jóvenes. Cuatro vientos. 20 de agosto 2011</p>
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		<title>HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid  Para la Ordenación Episcopal de Mons. José Luis del Palacio</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Jan 2012 18:05:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Homilias]]></category>

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		<description><![CDATA[HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid Para la Ordenación Episcopal de Mons. José Luis del Palacio Fiesta del Bautismo de Señor Catedral de La Almudena, 7.I.2012; 18,00h. (Is 42,1-4,6-7;Sal 28; Hch 10,34-38;Mc 1,7-11) &#160; 1. La Iglesia de Madrid se alegra profundamente al celebrar en nuestra Iglesia Catedral la ordenación episcopal [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Para la Ordenación Episcopal de Mons. José Luis del Palacio</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Fiesta del Bautismo de Señor</strong></p>
<p style="text-align: center;">Catedral de La Almudena, 7.I.2012; 18,00h.</p>
<p style="text-align: center;">(Is 42,1-4,6-7;Sal 28; Hch 10,34-38;Mc 1,7-11)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>1. La Iglesia de Madrid se alegra profundamente al celebrar en nuestra Iglesia Catedral la ordenación episcopal de un sacerdote diocesano, elegido por el Santo Padre para ser obispo de la diócesis de Callao, en Perú. Lo hacemos en este hermoso tiempo de Navidad, en el que el Verbo de Dios ha tomado nuestra carne para convertirla en portadora de Vida y Santidad en la Iglesia y en el mundo. Nos alegramos contigo, querido hermano José Luis, porque en esta Iglesia diocesana recibiste los sacramentos de la iniciación cristiana, en ella has ejercido también algún tiempo el ministerio sacerdotal, y en ella recibirás hoy la plenitud del sacerdocio mediante la ordenación episcopal. Os invito a todos los presentes a alegraros con el gozo de la Navidad y a pedir a Dios por este hermano nuestro para que, al recibir la gracia de la unción sacramental del episcopado, sea instrumento de Dios para bien de la Iglesia y salvación del mundo. Nos encomendamos especialmente a los santos con que esta diócesis de Madrid ha sido bendecida en su aún corta historia y que hacen de ella una comunidad santa unida a Cristo, su Señor.<span id="more-5155"></span></p>
<p>2. La fiesta de hoy, el Bautismo de Cristo, nos ayuda a comprender mejor el significado del ministerio episcopal y de la unción del Espíritu que consagra al elegido para este servicio. En la primera lectura el profeta Isaías contempla al Siervo de Dios y le dedica uno de los cánticos que resumen admirablemente su misión. Se trata del Elegido por Dios para traer la santidad a su pueblo, el derecho a las naciones. Presenta su misión con imágenes que hablan de liberación de la oscuridad y de la prisión en las que el hombre yace como ciego y cautivo. Lo presenta sostenido por Dios y como aquél sobre el que reposa el Espíritu de Dios. El profeta no sólo dice a qué viene el Siervo sino cómo realizará su misión: con la firmeza de quien implanta la justicia y con la misericordia de quien no viene a gritar por las calles ni a actuar quebrando lo débil ni apagando lo que aún respira. En realidad, en este retrato del Siervo, el profeta ha dibujado las entrañas mismas de Dios, rico en misericordia, que viene a salvar al hombre del pecado y a levantarlo hacia las cimas de la santidad como Pastor de su pueblo.</p>
<p>Este Siervo es Jesús, el Cristo, que hoy desciende a las aguas del Jordán, mezclado entre los pecadores, que acudían al Bautista para hacer penitencia. Jesús, al tomar nuestra carne, se hace solidario con el hombre pecador y acude también a recibir el bautismo de penitencia. En ese momento de humildad por parte del Siervo, Dios revela la condición única de Jesús, el Santo por excelencia, el Hijo amado y predilecto. Y lo revela cumpliendo la promesa de Isaías: hace descender sobre él el Espíritu de justicia y santidad que le capacitará, en cuanto hombre, para realizar su misión salvífica entre los hombres. La vida, el ministerio, los milagros, la pasión, muerte y resurrección de Cristo, revelarán que él es el Ungido de Dios, el único capaz de implantar su Reino y hacer de los hombres un pueblo dispuesto para el culto del Dios vivo, es decir, un pueblo santo. Cuando Pedro predica el Evangelio, no deja dudas sobre la misión de Cristo: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él» (segunda lectura). No hay mejor resumen de la vida de Cristo que éste, cuya antigüedad se remonta a la primitiva predicación apostólica.</p>
<p>3. Gracias a la Unción de la humanidad de Cristo, los hombres podemos recibir parte en la misma unción. Al unirse el Hijo de Dios a nuestra naturaleza humana, ésta ha recibido la capacidad de acoger en su pobreza el don del Espíritu Santo, que nos transforma en Cristo y nos hace partícipes de su misión. La unción que dentro de unos momentos recibirá nuestro hermano en su cabeza, después de haber recibido la imposición de manos, es el signo eficaz de que el Espíritu Santo lo toma para sí, lo une real y misteriosamente a Cristo para poder ejercer, como él, el ministerio sacerdotal en plenitud. Por ello, también de nuestro hermano podemos decir lo que Isaías dice del Siervo: ha sido ungido para traer la salvación a su pueblo. Configurado con Cristo, Obispo y Pastor de su Pueblo, nuestro hermano es ungido por Dios para realizar la misma misión de Cristo, que no es otra que santificar al pueblo cristiano y llamar a la fe en Cristo a los que no creen aún en él. Fortalecido por el poder de Cristo, también el Obispo debe pasar la vida haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo. Esta es la tarea fundamental de quien ha sido elegido, como buen Pastor, para cuidar del rebaño aun con la entrega de su propia vida, si preciso fuere. El Obispo, revestido con el poder del Evangelio, que colocaremos sobre su cabeza, y fortalecido con el crisma, está llamado a combatir con todas sus fuerzas para que el mal no penetre en su Iglesia ni en el corazón de sus hijos, y toda ella se conserve fiel al Señor hasta el fin de los tiempos, cuando venga a culminar su obra. Por ello, el Obispo debe dejarse penetrar por esta unción, que hace de él un Siervo fiel de Cristo. Debe vivir la santidad propia de la unción del Espíritu, y estar siempre atento a todo lo que pueda ponerla en peligro en sí mismo y en su pueblo. Con su palabra y magisterio llama a su pueblo a la conversión constante; con sus actos sacramentales, santifica a sus fieles para que vivan su vocación a la santidad con total entrega y responsabilidad. Difícilmente hará esto quien no se empeñe con todas sus fuerzas en alcanzar la santidad siguiendo fielmente a Cristo. Sabemos que nunca lograremos darle alcance, como dice san Pablo, pero esto no nos exime de correr en pos de él hacia la meta que nos propone (cf. Flp 3,12-14).</p>
<p>4. Vivimos en un tiempo en que el Obispo debe dedicar todas sus energías a que la Iglesia que le es encomendada, santa por su unión a Cristo, ofrezca al mundo entero el testimonio de la santidad. Al comenzar este milenio, el beato Juan Pablo II nos exhortaba a situar a la Iglesia en la perspectiva de la santidad entendida como «pertenecer a Aquel que por excelencia es el Santo, el “tres veces Santo”». En este día del Bautismo del Señor, conviene recordar las palabras de este gran Papa: «Si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial».</p>
<p>El primado de la santidad debe orientar el ministerio del obispo, cuidando de modo especial que la Iglesia no se mundanice en sus criterios y comportamientos. Como comunidad redimida por la sangre de Cristo, la Iglesia ha sido rescatada del mundo y trasladada al reino de la luz. Debe vivir siempre en la luz de Dios, la luz de la santidad, para iluminar a todos los hombres. El peligro de la Iglesia, y de cada bautizado, es volver a las obras de las tinieblas y del pecado, perdiendo así la nueva condición que le alcanza la redención de Cristo. Benedicto XVI nos ha alertado de este peligro recientemente al invitar a la Iglesia a <em>desmundanizarse</em>. En el desarrollo histórico de la Iglesia −recuerda el Papa− existe «la tendencia de una Iglesia que se acomoda a este mundo, llega a ser autosuficiente y se adapta a sus criterios… Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe una y otra vez hacer el esfuerzo por separarse de lo mundano del mundo. Con esto sigue las palabras de Jesús: &#8220;No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo&#8221; (<em>Jn</em> 17,16)… Liberada de su fardo material y político, la Iglesia puede dedicarse mejor y verdaderamente cristiana al mundo entero, puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio de la adoración a Dios y al servicio del prójimo… Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres –tanto a los que sufren como a los que los ayudan– precisamente en el ámbito social y caritativo, la fuerza vital especial de la fe cristiana». Una Iglesia así, separada de todo lo mundano, es el fruto de vivir bajo el impulso del Espíritu, que la cubre con la santidad de Dios, como sucedía con la Tienda del Encuentro en el Antiguo Testamento. La Gloria de Dios, su santidad, cubría a la Tienda donde se daba el encuentro de Dios con Moisés y, en él, con su pueblo. El Obispo está llamado a vivir en esa relación directa con Dios que le capacite para conducir a su pueblo hacia la Patria definitiva. Por eso, debe orar por su pueblo, vigilar prudentemente por su santidad, y ayudarle a permanecer fiel a la alianza con Jesucristo.</p>
<p>5. No es fácil en el mundo actual alentar en los fieles el espíritu de santidad. La misma palabra se ha hecho extraña a los oídos de la gente, incluidos los mismos cristianos. Se considera que la santidad es para unos pocos elegidos, o para aquellos que optan por el seguimiento radical de Cristo en los consejos evangélicos o en el ministerio apostólico. Se olvida así que la vocación cristiana es vocación a la santidad y que cada cristiano debe ser santo en toda su conducta (cf. 1Pe 1,15). El bautismo que nos incorpora a Cristo es el fundamento mismo de la santidad, que se realiza en la misma vida ordinaria. Desde la primera formación en las familias y en la catequesis, los cristianos deben saber que Dios les llama a la santidad y que ésta es posible con la ayuda de la gracia. Dirigiéndose a los jóvenes, Benedicto XVI les animaba a vivir aspirando a la santidad y les decía: «Queridos amigos, tantas veces, se ha caricaturizado la imagen de los santos y se los ha presentado de modo distorsionado, como si ser santos significase estar fuera de la realidad, ingenuos y sin alegría. A menudo, se piensa que un santo sea aquel que lleva a cabo acciones ascéticas y morales de altísimo nivel y que precisamente por ello se puede venerar, pero nunca imitar en la propia vida. Qué equivocada y decepcionante es esta opinión. No existe algún santo, excepto la bienaventurada Virgen María, que no haya conocido el pecado y que nunca haya caído en él. Queridos amigos, Cristo no se interesa tanto por las veces que vaciláis o caéis en la vida, sino por las veces que os levantáis. No exige acciones extraordinarias, quiere, en cambio, que su luz brille en vosotros. No os llama porque sois buenos y perfectos, sino porque Él es bueno y quiere haceros amigos suyos. Sí, vosotros sois la luz del mundo, porque Jesús es vuestra luz. Vosotros sois cristianos, no porque hayáis cosas especiales y extraordinarias, sino porque Él, Cristo, es vuestra vida. Sois santos porque su gracia actúa en vosotros».</p>
<p>6. ¡Qué hermoso programa pastoral para un obispo sería llevar a la práctica estas enseñanzas del Papa! La Jornada Mundial de la Juventud que tuvimos la gracia de acoger en Madrid nos mostró unas nuevas generaciones sedientas de vivir una vida nueva en Cristo. Ellos son la esperanza de una Iglesia viva, que testimonie en el mundo la belleza de la vida en Cristo. Ayudarles a descubrir esa vida y hacerla realidad es tarea propia del obispo, llamado a evangelizar y santificar. La convocatoria que el Papa a hecho para celebrar el Año de la Fe tiene que ver con el futuro de la Iglesia y de las nuevas generaciones. Cuando el Señor recibe la unción del Espíritu en el bautismo del Jordán, comienza inmediatamente su ministerio de predicación del Reino de Dios, invitando a la conversión, llamando a la fe. También nosotros, los obispos, hemos sido ungidos para predicar la Buena Nueva del Reino e invitar a los hombres a la conversión. En esta tarea no podemos desfallecer. Predicar a tiempo y destiempo, exhortar, enseñar y mantener viva la fe apostólica es nuestra misión ineludible de la que daremos cuenta al dueño de la mies.</p>
<p>Considera, pues, querido hermano la llamada que te hace al Señor al incorporarte al colegio episcopal, que sucede al colegio apostólico. El que te ha llamado, te dará fuerzas para realizar este ministerio que es un ministerio en el Espíritu. Si el Señor quiso hacer penitencia y descender humildemente a las aguas del Jordán, ¡cuánto más nosotros, rodeados de tanta debilidad, debemos vivir en humildad esta vocación a la que el Señor nos llama! Es cierto que el ministerio que recibes es un honor al ser una llamada a suceder a los Doce, pero es sobre todo una grave responsabilidad, que nos recuerda cada día la confianza que el Señor ha depositado en nosotros al poner su Iglesia bajo nuestro cuidado. Como «oficio de amor» que es, el ministerio del Obispo le urge cada día a entregar su vida por la Iglesia, amándola con el mismo amor de Cristo, porque sólo así podrá presentarse ante Cristo con la conciencia limpia de no haberse servido a sí mismo, sino al rebaño rescatado con la sangre de Cristo. Ejerce, pues, esta responsabilidad con la confianza puesta en Cristo, que te llama, y, al mismo tiempo, con la humildad necesaria para reconocer que eres siervo de Aquél que rescató a su rebaño con la entrega de su propia vida.</p>
<p>7. Al invocar ahora a los santos, acógete a su intercesión para que te mantengas siempre fiel a Cristo, Sumo Sacerdote de su pueblo. Acógete sobre todo a la intercesión de Santa María la Virgen, que, como humilde Sierva, recibió al Espíritu Santo en la obediencia de la fe y en Pentecostés fue constituida Reina y Señora de los Apóstoles. Acógete también a la intercesión de los Santos, fruto de la acción de Espíritu en la Iglesia plantada en las queridas tierras y gentes de Perú, donde has ejercido el ministerio sacerdotal tan generosamente y con tantos frutos humanos y espirituales a lo largo de los muchos años de servicio pastoral que has dedicado a los fieles de esa Iglesia y pueblo hermano, especialmente en la Diócesis para la que has sido elegido Pastor por nuestro Santo Padre Benedicto XVI. ¿Cómo no vamos a recordar hoy en este momento de tu ordenación episcopal a Santa Rosa de Lima, una de las Patronas de la JMJ.2011 en Madrid, y a San Martín de Porres y, muy especialmente, a ese Santo Obispo, figura clave de la evangelización de esa nación hermana que es el Perú, Toribio de Mogrovejo? A ellos, en esta Catedral de la Patrona de Madrid, nuestra Señora la Real de La Almudena, te encomendamos fervorosamente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Amén.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>JUAN PABLO II, <em>Novo Millennio Ineunte</em>, 30.</p>
<p>JUAN PABLO II, <em>Novo Millennio Ineunte</em>, 31.</p>
<p>BENEDICTO XVI, <em>Discurso en el Konzerthaus a los católicos comprometidos, </em>Friburgo en Brisgovia, 25-IX-2011.</p>
<p>BENEDICTO XVI, <em>Homlía en la vigilia con los jóvenes</em>, Friburgo en Brisgovia, 24-IX-2011.</p>
<p>&nbsp;</p>
<div></div>
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		<title>HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid Para la Ordenación Episcopal de Mons. José Luis del Palacio Fiesta del Bautismo de Señor</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Jan 2012 10:41:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Homilias]]></category>

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		<description><![CDATA[HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid Para la Ordenación Episcopal de Mons. José Luis del Palacio Fiesta del Bautismo de Señor Catedral de La Almudena, 7.I.2012; 18,00h. (Is 42,1-4,6-7;Sal 28; Hch 10,34-38;Mc 1,7-11) &#160; 1. La Iglesia de Madrid se alegra profundamente al celebrar en nuestra Iglesia Catedral la ordenación episcopal [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Para la Ordenación Episcopal de Mons. José Luis del Palacio</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Fiesta del Bautismo de Señor</strong></p>
<p style="text-align: center;">Catedral de La Almudena, 7.I.2012; 18,00h.</p>
<p style="text-align: center;">(Is 42,1-4,6-7;Sal 28; Hch 10,34-38;Mc 1,7-11)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>1. <span style="text-decoration: underline;">La Iglesia de Madrid se alegra profundamente al celebrar en nuestra Iglesia Catedral la ordenación episcopal de un sacerdote diocesano, elegido por el Santo Padre para ser obispo de la diócesis de Callao, en Perú.</span> Lo hacemos en este hermoso tiempo de Navidad, en el que el Verbo de Dios ha tomado nuestra carne para convertirla en portadora de Vida y Santidad en la Iglesia y en el mundo. Nos alegramos contigo, querido hermano José Luis, porque en esta Iglesia diocesana recibiste los sacramentos de la iniciación cristiana, en ella has ejercido también algún tiempo el ministerio sacerdotal, y en ella recibirás hoy la plenitud del sacerdocio mediante la ordenación episcopal. Os invito a todos los presentes a alegraros con el gozo de la Navidad y a pedir a Dios por este hermano nuestro para que, al recibir la gracia de la unción sacramental del episcopado, sea instrumento de Dios para bien de la Iglesia y salvación del mundo. Nos encomendamos especialmente a los santos con que esta diócesis de Madrid ha sido bendecida en su aún corta historia y que hacen de ella una comunidad santa unida a Cristo, su Señor.<span id="more-5142"></span></p>
<p>2.<span style="text-decoration: underline;"> La fiesta de hoy, el Bautismo de Cristo, nos ayuda a comprender mejor el significado del ministerio episcopal y de la unción del Espíritu que consagra al elegido para este servicio.</span> En la primera lectura el profeta Isaías contempla al Siervo de Dios y le dedica uno de los cánticos que resumen admirablemente su misión. Se trata del Elegido por Dios para traer la santidad a su pueblo, el derecho a las naciones. Presenta su misión con imágenes que hablan de liberación de la oscuridad y de la prisión en las que el hombre yace como ciego y cautivo. Lo presenta sostenido por Dios y como aquél sobre el que reposa el Espíritu de Dios. El profeta no sólo dice a qué viene el Siervo sino cómo realizará su misión: con la firmeza de quien implanta la justicia y con la misericordia de quien no viene a gritar por las calles ni a actuar quebrando lo débil ni apagando lo que aún respira. En realidad, en este retrato del Siervo, el profeta ha dibujado las entrañas mismas de Dios, rico en misericordia, que viene a salvar al hombre del pecado y a levantarlo hacia las cimas de la santidad como Pastor de su pueblo.</p>
<p>Este Siervo es Jesús, el Cristo, que hoy desciende a las aguas del Jordán, mezclado entre los pecadores, que acudían al Bautista para hacer penitencia. Jesús, al tomar nuestra carne, se hace solidario con el hombre pecador y acude también a recibir el bautismo de penitencia. En ese momento de humildad por parte del Siervo, Dios revela la condición única de Jesús, el Santo por excelencia, el Hijo amado y predilecto. Y lo revela cumpliendo la promesa de Isaías: hace descender sobre él el Espíritu de justicia y santidad que le capacitará, en cuanto hombre, para realizar su misión salvífica entre los hombres. La vida, el ministerio, los milagros, la pasión, muerte y resurrección de Cristo, revelarán que él es el Ungido de Dios, el único capaz de implantar su Reino y hacer de los hombres un pueblo dispuesto para el culto del Dios vivo, es decir, un pueblo santo. Cuando Pedro predica el Evangelio, no deja dudas sobre la misión de Cristo: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él» (segunda lectura). No hay mejor resumen de la vida de Cristo que éste, cuya antigüedad se remonta a la primitiva predicación apostólica.</p>
<p>3. <span style="text-decoration: underline;">Gracias a la Unción de la humanidad de Cristo, los hombres podemos recibir parte en la misma unción. Al unirse el Hijo de Dios a nuestra naturaleza humana, ésta ha recibido la capacidad de acoger en su pobreza el don del Espíritu Santo, que nos transforma en Cristo y nos hace partícipes de su misión. La unción que dentro de unos momentos recibirá nuestro hermano en su cabeza, después de haber recibido la imposición de manos, es el signo eficaz de que el Espíritu Santo lo toma para sí, lo une real y misteriosamente a Cristo para poder ejercer, como él, el ministerio sacerdotal en plenitud.</span> Por ello, también de nuestro hermano podemos decir lo que Isaías dice del Siervo: ha sido ungido para traer la salvación a su pueblo. Configurado con Cristo, Obispo y Pastor de su Pueblo, nuestro hermano es ungido por Dios para realizar la misma misión de Cristo, que no es otra que santificar al pueblo cristiano y llamar a la fe en Cristo a los que no creen aún en él. Fortalecido por el poder de Cristo, también el Obispo debe pasar la vida haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo. Esta es la tarea fundamental de quien ha sido elegido, como buen Pastor, para cuidar del rebaño aun con la entrega de su propia vida, si preciso fuere. El Obispo, revestido con el poder del Evangelio, que colocaremos sobre su cabeza, y fortalecido con el crisma, está llamado a combatir con todas sus fuerzas para que el mal no penetre en su Iglesia ni en el corazón de sus hijos, y toda ella se conserve fiel al Señor hasta el fin de los tiempos, cuando venga a culminar su obra. Por ello, el Obispo debe dejarse penetrar por esta unción, que hace de él un Siervo fiel de Cristo. Debe vivir la santidad propia de la unción del Espíritu, y estar siempre atento a todo lo que pueda ponerla en peligro en sí mismo y en su pueblo. Con su palabra y magisterio llama a su pueblo a la conversión constante; con sus actos sacramentales, santifica a sus fieles para que vivan su vocación a la santidad con total entrega y responsabilidad. Difícilmente hará esto quien no se empeñe con todas sus fuerzas en alcanzar la santidad siguiendo fielmente a Cristo. Sabemos que nunca lograremos darle alcance, como dice san Pablo, pero esto no nos exime de correr en pos de él hacia la meta que nos propone (cf. Flp 3,12-14).</p>
<p>4. <span style="text-decoration: underline;">Vivimos en un tiempo en que el Obispo debe dedicar todas sus energías a que la Iglesia que le es encomendada, santa por su unión a Cristo, ofrezca al mundo entero el testimonio de la santidad.</span> Al comenzar este milenio, el beato Juan Pablo II nos exhortaba a situar a la Iglesia en la perspectiva de la santidad entendida como «pertenecer a Aquel que por excelencia es el Santo, el “tres veces Santo”». En este día del Bautismo del Señor, conviene recordar las palabras de este gran Papa: «Si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial».</p>
<p>El <span style="text-decoration: underline;">primado de la santidad debe orientar el ministerio del obispo</span>, cuidando de modo especial que la Iglesia no se mundanice en sus criterios y comportamientos. Como comunidad redimida por la sangre de Cristo, la Iglesia ha sido rescatada del mundo y trasladada al reino de la luz. Debe vivir siempre en la luz de Dios, la luz de la santidad, para iluminar a todos los hombres. <span style="text-decoration: underline;">El peligro de la Iglesia, y de cada bautizado, es volver a las obras de las tinieblas y del pecado, perdiendo así la nueva condición que le alcanza la redención de Cristo. Benedicto XVI nos ha alertado de este peligro recientemente al invitar a la Iglesia a <em>desmundanizarse</em></span>. En el desarrollo histórico de la Iglesia −recuerda el Papa− existe «la tendencia de una Iglesia que se acomoda a este mundo, llega a ser autosuficiente y se adapta a sus criterios… Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe una y otra vez hacer el esfuerzo por separarse de lo mundano del mundo. Con esto sigue las palabras de Jesús: &#8220;No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo&#8221; (<em>Jn</em> 17,16)… Liberada de su fardo material y político, la Iglesia puede dedicarse mejor y verdaderamente cristiana al mundo entero, puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio de la adoración a Dios y al servicio del prójimo… Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres –tanto a los que sufren como a los que los ayudan– precisamente en el ámbito social y caritativo, la fuerza vital especial de la fe cristiana». Una Iglesia así, separada de todo lo mundano, es el fruto de vivir bajo el impulso del Espíritu, que la cubre con la santidad de Dios, como sucedía con la Tienda del Encuentro en el Antiguo Testamento. La Gloria de Dios, su santidad, cubría a la Tienda donde se daba el encuentro de Dios con Moisés y, en él, con su pueblo. El Obispo está llamado a vivir en esa relación directa con Dios que le capacite para conducir a su pueblo hacia la Patria definitiva. Por eso, debe orar por su pueblo, vigilar prudentemente por su santidad, y ayudarle a permanecer fiel a la alianza con Jesucristo.</p>
<p>5. <span style="text-decoration: underline;">No es fácil en el mundo actual alentar en los fieles el espíritu de santidad. La misma palabra se ha hecho extraña a los oídos de la gente, incluidos los mismos cristianos. Se considera que la santidad es para unos pocos elegidos, o para aquellos que optan por el seguimiento radical de Cristo en los consejos evangélicos o en el ministerio apostólico.</span> Se olvida así que la vocación cristiana es vocación a la santidad y que cada cristiano debe ser santo en toda su conducta (cf. 1Pe 1,15). El bautismo que nos incorpora a Cristo es el fundamento mismo de la santidad, que se realiza en la misma vida ordinaria. Desde la primera formación en las familias y en la catequesis, los cristianos deben saber que Dios les llama a la santidad y que ésta es posible con la ayuda de la gracia. Dirigiéndose a los jóvenes, Benedicto XVI les animaba a vivir aspirando a la santidad y les decía: «Queridos amigos, tantas veces, se ha caricaturizado la imagen de los santos y se los ha presentado de modo distorsionado, como si ser santos significase estar fuera de la realidad, ingenuos y sin alegría. A menudo, se piensa que un santo sea aquel que lleva a cabo acciones ascéticas y morales de altísimo nivel y que precisamente por ello se puede venerar, pero nunca imitar en la propia vida. Qué equivocada y decepcionante es esta opinión. No existe algún santo, excepto la bienaventurada Virgen María, que no haya conocido el pecado y que nunca haya caído en él. Queridos amigos, Cristo no se interesa tanto por las veces que vaciláis o caéis en la vida, sino por las veces que os levantáis. No exige acciones extraordinarias, quiere, en cambio, que su luz brille en vosotros. No os llama porque sois buenos y perfectos, sino porque Él es bueno y quiere haceros amigos suyos. Sí, vosotros sois la luz del mundo, porque Jesús es vuestra luz. Vosotros sois cristianos, no porque hayáis cosas especiales y extraordinarias, sino porque Él, Cristo, es vuestra vida. Sois santos porque su gracia actúa en vosotros».</p>
<p>6. <span style="text-decoration: underline;">¡Qué hermoso programa pastoral para un obispo sería llevar a la práctica estas enseñanzas del Papa! La Jornada Mundial de la Juventud que tuvimos la gracia de acoger en Madrid nos mostró unas nuevas generaciones sedientas de vivir una vida nueva en Cristo. Ellos son la esperanza de una Iglesia viva, que testimonie en el mundo la belleza de la vida en Cristo. Ayudarles a descubrir esa vida y hacerla realidad es tarea propia del obispo, llamado a evangelizar y santificar.</span> La convocatoria que el Papa a hecho para celebrar el Año de la Fe tiene que ver con el futuro de la Iglesia y de las nuevas generaciones. Cuando el Señor recibe la unción del Espíritu en el bautismo del Jordán, comienza inmediatamente su ministerio de predicación del Reino de Dios, invitando a la conversión, llamando a la fe. También nosotros, los obispos, hemos sido ungidos para predicar la Buena Nueva del Reino e invitar a los hombres a la conversión. En esta tarea no podemos desfallecer. Predicar a tiempo y destiempo, exhortar, enseñar y mantener viva la fe apostólica es nuestra misión ineludible de la que daremos cuenta al dueño de la mies.</p>
<p><span style="text-decoration: underline;">Considera, pues, querido hermano la llamada que te hace al Señor al incorporarte al colegio episcopal, que sucede al colegio apostólico</span>. El que te ha llamado, te dará fuerzas para realizar este ministerio que es un ministerio en el Espíritu. Si el Señor quiso hacer penitencia y descender humildemente a las aguas del Jordán, ¡cuánto más nosotros, rodeados de tanta debilidad, debemos vivir en humildad esta vocación a la que el Señor nos llama! <span style="text-decoration: underline;">Es cierto que el ministerio que recibes es un honor al ser una llamada a suceder a los Doce, pero es sobre todo una grave responsabilidad</span>, que nos recuerda cada día la confianza que el Señor ha depositado en nosotros al poner su Iglesia bajo nuestro cuidado. Como «oficio de amor» que es, el ministerio del Obispo le urge cada día a entregar su vida por la Iglesia, amándola con el mismo amor de Cristo, porque sólo así podrá presentarse ante Cristo con la conciencia limpia de no haberse servido a sí mismo, sino al rebaño rescatado con la sangre de Cristo. Ejerce, pues, esta responsabilidad con la confianza puesta en Cristo, que te llama, y, al mismo tiempo, con la humildad necesaria para reconocer que eres siervo de Aquél que rescató a su rebaño con la entrega de su propia vida.</p>
<p>7. <span style="text-decoration: underline;">Al invocar ahora a los santos, acógete a su intercesión para que te mantengas siempre fiel a Cristo, Sumo Sacerdote de su pueblo. Acógete sobre todo a la intercesión de Santa María la Virgen</span>, que, como humilde Sierva, recibió al Espíritu Santo en la obediencia de la fe y en Pentecostés fue constituida Reina y Señora de los Apóstoles. Acógete también a la intercesión de los Santos, fruto de la acción de Espíritu en la Iglesia plantada en las queridas tierras y gentes de Perú, donde has ejercido el ministerio sacerdotal tan generosamente y con tantos frutos humanos y espirituales a lo largo de los muchos años de servicio pastoral que has dedicado a los fieles de esa Iglesia y pueblo hermano, especialmente en la Diócesis para la que has sido elegido Pastor por nuestro Santo Padre Benedicto XVI. ¿Cómo no vamos a recordar hoy en este momento de tu ordenación episcopal a Santa Rosa de Lima, una de las Patronas de la JMJ.2011 en Madrid, y a San Martín de Porres y, muy especialmente, a ese Santo Obispo, figura clave de la evangelización de esa nación hermana que es el Perú, Toribio de Mogrovejo? A ellos, en esta Catedral de la Patrona de Madrid, nuestra Señora la Real de La Almudena, te encomendamos fervorosamente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Amén.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>JUAN PABLO II, <em>Novo Millennio Ineunte</em>, 30.</p>
<p>JUAN PABLO II, <em>Novo Millennio Ineunte</em>, 31.</p>
<p>BENEDICTO XVI, <em>Discurso en el Konzerthaus a los católicos comprometidos, </em>Friburgo en Brisgovia, 25-IX-2011.</p>
<p>BENEDICTO XVI, <em>Homlía en la vigilia con los jóvenes</em>, Friburgo en Brisgovia, 24-IX-2011.</p>
<p>&nbsp;</p>
<div></div>
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		<title>HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid  en la Fiesta de las Familias</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Dec 2011 17:00:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Homilias]]></category>

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		<description><![CDATA[HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid en la Fiesta de las Familias Plaza de Colón, 30.XII.2011; 16’00 horas (Eclo 3,2-6.12-14; Sal 127,1-2.3.4-5; Col 3,12-21; Lc 2,22-40) &#160; Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor: 1. “¡Gracias a la familia cristiana hemos nacido!”. Así reza el lema de esta nueva convocatoria para [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong>HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>en la Fiesta de las Familias</strong></p>
<p style="text-align: center;">Plaza de Colón, 30.XII.2011; 16’00 horas</p>
<p style="text-align: center;">(Eclo 3,2-6.12-14; Sal 127,1-2.3.4-5; Col 3,12-21; Lc 2,22-40)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:</p>
<p>1. “¡Gracias a la familia cristiana hemos nacido!”. Así reza el lema de esta nueva convocatoria para la celebración de la Eucaristía de la Fiesta de la Sagrada Familia en la madrileña Plaza de Colón en este año tan singular 2011: año de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud. Un acontecimiento que ha significado para la Iglesia y la sociedad, especialmente en Madrid y en España, un verdadero torrente de gracia del Señor. Los jóvenes del mundo fueron con el Santo Padre sus principales protagonistas. El Evangelio fue proclamado, celebrado y testimoniado por ellos con la fuerza contagiosa de la alegría que surge siempre irresistible del encuentro con Jesucristo, el Hermano, el Amigo, el Señor, cuando se le busca y vive en la Iglesia, la Familia de los Hijos de Dios. El Papa, Vicario de Cristo y Pastor visible de la Iglesia Universal, los convocó y nos convocó, los presidió y nos presidió para celebrar una fiesta de la fe, de la esperanza y de la caridad cristiana que ha conmovido el corazón de nuestro pueblo y el de todos los hombres de buena voluntad. Fue una verdadera fiesta de la vida entendida y experimentada en toda su plenitud. ¡Una experiencia prodigiosa de la vida nueva en Cristo!<span id="more-5139"></span></p>
<p>2. Estos jóvenes de la JMJ-2011 nos han pedido participar en la celebración de la Fiesta de la Sagrada Familia, este año, con una presencia destacada y significativa. Adujeron una hermosa y emotiva finalidad: el poder agradecer a sus padres que hayan querido ser para ellos instrumentos necesarios y generosos de la transmisión del don de la vida recibida de Dios; cumpliendo su santa voluntad, siguiendo el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazareth y cobijándose espiritualmente en ese sublime hogar en el que Jesús, María y José abrían en la historia el camino definitivo de Dios para que los hombres tuviesen verdadera vida y, ésta, abundante: la vida que vence a la muerte más allá del tiempo y para toda la eternidad. ¡En Jesús, el Verbo e Hijo de Dios encarnado en el seno de la Virgen María, como enseña San Juan en el Prólogo de su Evangelio, “estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió… el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,4-5.10-11). Los jóvenes de la JMJ-2011 lo han conocido y acogido a través de sus familias. Por ello quieren agradecer hoy a sus padres pública y solemnemente que en su casa se les hubiera abierto la puerta de la vida en plenitud; primero, de la vida que se concibe y engendra naturalmente en el seno materno por el encuentro amoroso del padre y de la madre y, luego, de la vida que brota y se genera espiritualmente por la fe y el Bautismo en las entrañas de la Iglesia-Madre. Todo fue posible porque sus padres habían decidido formar una familia cristiana en la que sus hijos −¡los hijos de su carne y de su sangre!− pudieran ser hijos de Dios. De hecho, creyendo en su nombre y bautizados, “han nacido de Dios” (Jn 1, 13).</p>
<p>3. Los tiempos han sido y son difíciles para las familias, nacidas con el proyecto de constituirse y configurarse como una íntima comunidad de amor conyugal −del esposo a la esposa y viceversa−, fiel, indisoluble y abierto sin desnaturalizaciones voluntarias y sin reservas irresponsables al don de los hijos en conformidad gozosa con el plan de Dios. ¡Cuánto cuesta hoy a una sociedad tan intensamente influida y condicionada por una visión materialista y egocentrista del hombre y de su historia comprender y aceptar el Evangelio de la vida, del matrimonio y de la familia! No se quiere caer en la cuenta de que si el amor conyugal no es planteado, vivido y realizado en todo momento como una mutua donación entre marido y mujer generosa y gratuitamente abierta a la donación de la vida a los hijos, pierde su autenticidad y, más pronto o más tarde, se pierde a sí mismo.</p>
<p>Queridos jóvenes, artífices de la JMJ-2011: en el mundo de ideas, de estilos y formas de comportamiento, de diversión, de información y de comunicación en el que os encontráis, sois muy conscientes de la dura y crítica situación por la que atraviesa la valoración y la propuesta de la vocación cristiana para el matrimonio y la familia. Pero también sois conocedores de la honda verdad que el matrimonio cristiano encierra y de la bondad y de la belleza que lo impregna. Y sabéis, sobre todo, que de su afirmación valiente con vuestras palabras y con el ejemplo de vuestras vidas depende vuestro futuro y el futuro de vuestros contemporáneos: ¡un futuro de verdadera y nueva humanidad, justa, solidaria, fraterna… en paz! El contenido del Evangelio de la vida, del matrimonio y de la familia es muy claro. En el modelo de la Familia de Nazareth resplandece con la luz nueva del Evangelio de la gracia y de la santidad. Vosotros, unidos al Papa y a vuestros pastores, junto con vuestras familias, estáis llamados a darlo a conocer, a propagarlo y a testimoniarlo con palabras, gestos y ejemplos auténticamente evangélicos con urgencia también nueva.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>4. La vida es un bien sagrado que el ser humano recibe de Dios. El hombre no es el dueño de la vida sino su servidor: desde el momento en el que es concebida en las entrañas maternas hasta el instante de la muerte natural. Ninguna instancia humana puede disponer de la vida de un ser humano inocente. Aún continúa vibrante el eco de las palabras del Beato Juan Pablo II en su Homilía de la Misa de las familias en la vecina Plaza de Lima, el 2 de noviembre del año 1982, tercer día de su primera visita a España. Hablando “del respeto absoluto a la vida humana, que ninguna persona o institución, privada o pública, puede ignorar”, añadía: “por ello, quien negare la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad”. ¡Cuán otro sería el panorama demográfico, social y humano de las actuales sociedades europeas, incluida naturalmente la española, si se hubiese escuchado entonces, hace veintinueve años las palabras valientes de aquel Papa santo que pisaba por primera vez las tierras de España como testigo excepcional de la esperanza! El número de niños a los que en nuestras sociedades, de raíces cristianas, se les ha impedido nacer en estas tres últimas décadas, es sencillamente estremecedor.</p>
<p>El derecho a la vida de la persona humana, desde que es engendrada hasta que muere naturalmente, es un derecho fundamental en un doble sentido: constituye, por una parte, la base ética primordial de todo ordenamiento jurídico que quiera considerarse justo, proporcionándole un fundamento prepolítico indispensable para el orden constitucional; y, por otra, en cuanto anterior a él, ha de ser respetado, protegido y promovido por el derecho positivo en todas sus expresiones legislativas. ¡Se trata de un verdadero derecho natural!</p>
<p>“El Evangelio de la vida −enseñaba el Beato Juan Pablo II en su Carta Encíclica <em>Evangelium Vitae</em> de 25 de marzo de 1995− está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las etnias y culturas” (EV, 1). La JMJ-2011 de Madrid fue, sin duda alguna, una jubilosa acogida y proclamación del “Evangelio de la Vida”. Sus jóvenes, presentes hoy aquí en la Plaza madrileña de Colón, están dispuestos a ser sus testigos como quería su Papa amigo: “con intrépida fidelidad”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>5. La familia es “una comunión de personas”. En la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II <em>Familiaris Consortio</em> de 22 de noviembre de 1981 se concreta y define su relación esencial −¡fontal!− con el matrimonio, con las siguientes palabras: “En el matrimonio y en la familia se constituye un conjunto de relaciones interpersonales −relación conyugal, paternidad-maternidad, filiación, fraternidad− mediante las cuales toda persona humana queda introducida en ‘la familia humana’ y en ‘la familia de Dios’, que es la Iglesia” (FC, 15). La configuración institucional de esas relaciones de “comunión personal”, en sus elementos y rasgos esenciales, es también un bien sagrado que el ser humano y la sociedad reciben de Dios. “El orden” de la relación −matrimonio/familia− está implícito y prefigurado en la naturaleza humana, según la forma en la que es querida por Dios. El hombre tampoco puede disponer de la institución matrimonial y familiar a su antojo como si fuese su dueño. Habrá de respetar el designio de Dios, autor por igual de la vida y de esa comunidad matrimonial-familiar, fuente de la misma y lugar primero en el que la verdad del amor humano es vivida y trasmitida íntegramente, es decir, como amor realizado en la unidad y en la indisolubilidad esponsal, en la apertura fecunda al don de los hijos y en el compromiso constante con su educación y formación como personas llamadas a la filiación divina. ¡No hay duda! la institución matrimonial y familiar tiene también su fundamento inamovible en el orden de la naturaleza anterior y previo a la constitución de la sociedad y de su ordenamiento jurídico positivo. Respetar, proteger y promover a la familia en el cumplimiento de su misión es una cuestión de vital importancia para el bien común de las personas y de los pueblos. Así lo apreciaba Juan Pablo II en la “Familiaris Consortio”. Decía el Papa, hace ya treinta años: “en un momento histórico en que la familia es objeto de muchas fuerzas que tratan de destruirla o deformarla, la Iglesia, consciente de que el bien de la sociedad y de sí misma está profundamente vinculado al bien de la familia, siente de manera más viva y acuciante su misión de proclamar a todos el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, asegurando su plena vitalidad, así como su promoción humana y cristiana, contribuyendo de este modo a la renovación de la sociedad y del mismo Pueblo de Dios” (FC, 3). ¡Cuán otra sería la situación humana y espiritual de las sociedades europeas de hoy, sin excluir a no pocos sectores de la comunidad eclesial, si se hubieran tomado en serio las enseñanzas de la <em>Familiaris Consortio</em>! ¡Cuántos dramas personales y familiares se hubieran podido evitar y cuántas jóvenes vidas desorientadas y desestructuradas hubieran podido lograrse! Y, por lo demás, ¿qué sería hoy de tantas personas en paro y de tantos jóvenes que no encuentran el primero empleo sin la ayuda de sus familias?</p>
<p>Uno de los aspectos más bellos de la JMJ-2011 de Madrid ha sido precisamente el descubrimiento gozoso y alegre de la vocación para el matrimonio cristiano por parte de muchos jóvenes. ¿Cómo no van, pues, aquí y hoy a manifestar su decidido propósito de ser igualmente testigos fervorosos, valientes y lúcidos, privada y públicamente, del Evangelio del matrimonio y de la familia con sus palabras y con su comportamiento diario? ¡Lo seréis! ¡Lo serán! Benedicto XVI se lo ha pedido en su Mensaje. ¡No le defraudarán!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>6. La substancia de la verdad tanto del don y del derecho a la vida, como la del matrimonio y de la familia, es ciertamente accesible al conocimiento de la razón. El Papa recordaba ante el Pleno del Parlamento alemán en Berlín el pasado 22 de septiembre la importancia para el momento actual de la humanidad de admitir la necesidad de “escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente”. En una situación histórica, subrayaba Benedicto XVI, “en el que el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable”, resulta muy urgente reconocer que “existe también la ecología del hombre”, “que es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando escucha la naturaleza, la respeta y cuando se acepta como lo que es, y que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana”. Si hay un campo de la experiencia y de la realidad humana, en el que apremie la aplicación de este principio del reconocimiento de la naturaleza para su justo ordenamiento, es el del don de la vida, del matrimonio y de la familia. Sí, con la luz de la razón se puede conocer la verdad de lo que significa el valor de la vida humana y la recta concepción del matrimonio y de la familia para el bien del hombre y de la sociedad. La luz de la fe presupone este conocimiento, lo aclara y lo eleva hasta la altura del modelo de la Sagrada Familia de Nazareth: la familia que fue “la puerta de ingreso en la Tierra del Salvador de la humanidad” (Mensaje de Benedicto XVI. Misa de las Familias 30.XII.2011). María es Virgen y Madre antes del parto, en el parto y después del parto. José la acompañó castamente antes y después de que el Hijo Jesús viera la luz del mundo. El hijo es el Hijo de Dios que viene a ser el Hermano de muchos humanos ¡Su Salvador! El amor se vive en esta familia como una permanente y fidelísima acogida de la voluntad de Dios Padre, al servicio incondicional de los designios de su amor misericordioso para la humanidad caída y necesitada de ser perdonada y ansiosa de recobrar la esperanza. La verdad de la vida humana, del matrimonio y de la familia se convertía en Nazareth y desde Nazareth en “Evangelio”: en “la Buena Noticia” de la salvación. Que esa noticia bien conocida y experimentada por vosotros, queridos jóvenes, en la inolvidable experiencia de la JMJ de Madrid, sea escuchada y percibida en lo que es y significa para las nuevas generaciones de este mundo global. Es una de las más importantes tareas que el Señor os confía en esta hora clave de la historia y de vuestras propias vidas. ¡Pertenece al corazón mismo de la nueva Evangelización a la que el Santo Padre os ha llamado! Será una eficaz formula misionera para acabar con “el cansancio de ser cristianos que experimentamos en Europa”, del que hablaba el Santo Padre en su Discurso de Navidad a la Curia Romana. La JMJ-2011 en Madrid −aseguraba en ese mismo discurso− “ha sido una medicina contra el cansancio de creer”. Si permanecéis firmes en vuestro Sí a Cristo y lo lleváis a vuestros compañeros, vivo y jubiloso, y a vuestras familias, ese cansancio se convertirá en alegría: ¡en la alegría de creer! Si se cree, profesa y educa en la fe dentro del matrimonio y de la familia, si se acepta el don de la vida como un gran paso del amor, entonces quedará la puerta abierta al amor de Jesucristo que nos dará la fuerza para superar todas las crisis; también ésta, la presente, que tanto nos duele y angustia.</p>
<p>Permitidme que os recuerde, finalmente, a vosotros y a vuestras familias, las palabras con las que concluye el Santo Padre su Mensaje para esta Eucaristía de la Sagrada Familia de 2011: “Cuando sigo evocando con emoción inolvidable la alegría de los jóvenes reunidos en Madrid para la Jornada Mundial de la Juventud, pido a Dios, por intercesión de Jesús, María y José, que no dejen de darle gracias por el don de la familia, que sean agradecidos con sus padres, y que se comprometan a defender y hacer brillar la auténtica dignidad de esta institución primaria para la sociedad y tan vital para la Iglesia”.</p>
<p>¡Que Jesús, María y José, os lo conceda y nos lo conceda a todos!</p>
<p>Amén.</p>
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		<title>Una Navidad Santa es siempre una Navidad Feliz</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Dec 2011 10:57:44 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Mis queridos hermanos y amigos:</p>
<p>¡Santa y feliz Navidad! En la medianoche cuando las horas del nuevo día comenzaban a sonar nacía de nuevo Jesús ¡el Mesías, el Señor! Nacía para nosotros: para la Iglesia y los hombres de nuestro tiempo. Fue un “nacimiento” singular. Hondamente espiritual, incluso, “místico”; pero acontecido realmente en el bellísimo marco de una celebración litúrgica, modelada por muchos siglos de fe y piedad profundamente cristianas ¡Lo que había ocurrido hace dos mil años en Belén de Judá, y que el Evangelista San Lucas narra con tanto primor y ternura, se hizo actualidad para nosotros hijos e hijas de la Iglesia del año 2011 y, con nosotros, para toda la familia humana! Se cumplían las promesas y profecías del viejo Pueblo de Israel. El Pueblo elegido desde todos los siglos para preparar su venida. ¡Nos nacía el Salvador!<span id="more-5136"></span></p>
<p>Proclamar esta noticia y dejarla que impregne nuestra propia vida, la ilumine y guíe por caminos de un futuro de felicidad y de paz es hoy el motivo y el contenido festivo de nuestra celebración. De la celebración de la Eucaristía en primer lugar, y, también, de nuestra propia fiesta en la familia,  con los amigos  y en la sociedad.  Si cada uno de nosotros vive la Navidad personalmente como una oportunidad de la  gracia que Dios le ofrece para reconducir y renovar el itinerario interior de su alma a través de una conversión de la conciencia a la luz y a la gracia de Dios, la nueva Navidad significará un momento nuevo para acertar con la senda que conduce a la felicidad: a la  propia y a la de todos los que nos rodean; se traducirá y expresará en una nueva crecida del torrente del Amor verdadero que viene de Dios, que es el Amor, y a Dios conduce que es la felicidad. El Santo Padre nos insta de nuevo en estos tiempos de una crisis dura y dolorosa como pocas, si nos proponemos superarla de raíz, a dirigir la mirada a Jesucristo, el Redentor del hombre que nos nace de nuevo en Belén y, así, a hacer posible un verdadero proceso de reforma moral de las conciencias en la sociedad y en el mundo. Es claro, si la Navidad se celebra santamente en la vida personal y, sobre todo, en el seno de la propia familia, se abrirá la puerta del consuelo y de la esperanza para todos los que sufren las consecuencias de esta crisis, en la que el  pecado, ¡rechazo de la gracia de Dios!  ha jugado y juega un papel decisivo. También para superar las crisis históricas con éxito son necesarios los santos.</p>
<p>No podemos olvidar que este año la fiesta de la Sagrada Familia se celebra después de la inolvidable experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud, que trajo a Madrid alrededor de dos millones de jóvenes, que se nos mostraron como testigos de una contagiosa esperanza para la Iglesia y para la sociedad. La mayoría de ellos serán llamados a fundar nuevas familias cristianas que llenarán de alegría a la Iglesia de Cristo. Nuestro encuentro del próximo 30 de diciembre en la Plaza de Colón para la gran celebración de la Eucaristía de las familias cristianas de Madrid, de toda España y de Europa quiere servir de momento privilegiado para que estos jóvenes de la JMJ 2011 de Madrid puedan manifestar a sus padres ante el mundo la gratitud que les deben por haberles dado  la vida y haberles trasmitido la fe en Cristo, Redentor del hombre. Honrar al padre y a la madre es un mandamiento del Señor que nos urge no sólo al respeto y  a la pasiva y fría obediencia hacia ellos, sino a mucho más: ha profesarlos un amor agradecido verdaderamente filial por esos dones de la vida y de la fe, que de ellos hemos recibido, y que los convierte en signos del amor creador y misericordioso de Dios, nuestro Padre del cielo, que nos perdona y ama entrañablemente.</p>
<p>Vuestra presencia en esta celebración eucarística, queridos fieles y familias de la Archidiócesis de Madrid, debe de ser un gesto profundamente eclesial propio de la familia de Dios, la Iglesia, que vive, muestra y testimonia los valores de la familia cristiana según el Evangelio de Cristo, presentándose como una referencia luminosa y segura de la verdad sobre el amor humano, el matrimonio y la educación de las nuevas generaciones. ¡Participad, pues, en esta fiesta solemne de la Familia de Nazareth, de Jesús María y José, una de las grandes Fiestas de la fe y de la vida cristiana! Animo e invito particularmente  a los jóvenes madrileños a dar testimonio del Evangelio de la Vida y de la Familia, juntamente con todos los jóvenes españoles y de Europa que se unirán a nosotros en esta celebración. En el núcleo mismo del Evangelio de Jesucristo, nuestro Hermano, Amigo y Señor, se encuentran la Buena Noticia de la Vida y de la familia, según el plan de Dios.</p>
<p>Que la Sagrada Familia, bendiga a todas nuestras familias y os mantenga unidas en el mismo amor que hizo de ella el modelo perfecto de convivencia, trabajo y virtudes domésticas.</p>
<p>¡Santa y feliz  Navidad, llena del gozo y de la paz de Cristo!</p>
<p>Con todo afecto y con mi bendición,</p>
<div><img class="alignright" title=" Firma Cardenal-Arzobispo de Madrid" src="http://www.archimadrid.org/lavozdelcardenal/wp-content/uploads/2003/11/firma.gif" alt="" width="231" height="120" /></div>
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