Santidad:
Junto a los seminaristas de nuestras diócesis de Madrid, Alcalá y Getafe; junto a representantes de la vida consagrada, especialmente de la vida contemplativa, que hoy han salido de sus conventos para acompañarnos en esta oración; junto a Su Majestad la Reina Sofía, a las autoridades que nos acompañan y, en nombre de todos, al cabildo de esta catedral, queremos ponernos en las manos de María, la Virgen de la Almudena, y poner también su ministerio petrino en el regazo de la Madre, patrona de esta diócesis y de toda la provincia eclesiástica.
La Virgen de la Almudena habla de esta tierra, de su historia y de su tradición. Habla del encuentro entre culturas y de personas venidas de muchos lugares. Habla de cómo la fe ha sido, tantas veces, espacio de búsqueda, de sanación, de consuelo y de esperanza. De cómo esta ciudad, que ha conocido el miedo, ha sentido también la protección serena de la Madre. El nombre de Almudena proviene del árabe al-mudayna: «ciudadela» o «fortaleza». Y quizá ahí encontramos una de las imágenes más hondas de María para los cristianos de Madrid: refugio de la fe, custodia de la esperanza y aliento de nuestro impulso misionero.
Cuenta la tradición que, en tiempos de la reconquista y de la repoblación cristiana, cuando el pueblo buscaba la imagen escondida siglos atrás para protegerla de la invasión, María apareció entre los muros con dos velas encendidas. Desde entonces acompaña maternalmente el camino de esta Iglesia.
No entendemos Madrid sin la Almudena. Sin la Madre que aparece cuando caen los muros que creíamos firmes. Ella permaneció oculta en la muralla que protegía la ciudad en tiempos de guerra y persecución, y apareció precisamente cuando era buscada: cuando el muro se derrumbó junto al lugar donde hoy se levanta esta catedral.
También hoy existen murallas que no se ven: distancias, miedos, soledades, indiferencias. Y muchos siguen anhelando, aun sin saberlo, la luz que la fe puede ofrecer. Mirar a la Virgen de la Almudena nos invita a ser buscadores y constructores de encuentro; a descubrir que María aparece cuando las murallas caen, cuando la paz se abre camino y cuando el encuentro vence a la violencia. Ella sigue alentando a esta Iglesia a construir comunidades capaces de derribar barreras y abrir caminos de fraternidad.
Santidad: hace treinta y dos años, otro Papa, San Juan Pablo II, llegó a esta catedral para consagrarla. Fue soñada durante siglos y terminada hace apenas unas décadas como casa de los cristianos y templo de Dios bajo la mirada de la Virgen de la Almudena. Y al mirarla a ella esta tarde, como siempre que rezamos, alzamos también nuestra mirada.
Hoy le acogemos a usted como un don del Señor para esta Iglesia. Gracias por confirmarnos en la fe y ayudarnos a mirar más alto, hacia los ojos de nuestra Madre, para aprender también a mirarnos mejor entre nosotros. Hoy entre nuestros seminaristas y las comunidades de vida consagrada.
Que María, Nuestra Señora de la Almudena, nos ayude a responder con generosidad a las vocaciones recibidas y a decir «sí» al Señor.Que nos enseñe a converger hacia el Evangelio desde los distintos caminos que forman parte de nuestra historia. Que siga siendo para nosotros Madre de la paz y de la esperanza.
Santa María de la Almudena, madre buena, ruega por el Papa, ruega por nosotros.