Cartas

Miércoles, 20 marzo 2019 12:32

Sacerdotes, testigos del amor de Dios

Sacerdotes, testigos del amor de Dios

Con motivo de la fiesta de san José, la Iglesia celebra el Día del Seminario, aunque, al ser día laborable, en algunas diócesis lo trasladamos al domingo pasado. Con esta celebración, aquí y ahora, adquiere una vigencia especial este texto del Evangelio: «La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Lc 10, 2).

Como recuerda el documento final del Sínodo de los Obispos dedicado a los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, el acompañamiento a los jóvenes para ver qué camino les pide Dios que tomen, es una tarea fundamental. Hoy le pido al Señor que os dispongáis a ayudarme para que, aquel que después de un discernimiento sienta que el Señor lo llama al ministerio sacerdotal, encuentre la ayuda necesaria en nuestro seminario. Ayudadme con vuestra oración, pero también hoy os pido vuestra limosna. Hemos de cultivar en la Iglesia cultura vocacional para toda clase de vocaciones y llamadas que haga el Señor, pero hoy os animo a que la llamada al ministerio sacerdotal sea valorada por la comunidad cristiana. Las familias cristianas, hablad también a vuestros hijos del ministerio sacerdotal; acerquemos al corazón de los jóvenes y de los niños el «Sígueme» de Jesús, para que cada uno descubra su llamada. Rogad permanentemente al Señor que escucha y da siempre lo que pedimos con insistencia: «Danos, Señor, sacerdotes santos». Os pido a los educadores que nos os acobardéis, que sintáis la urgencia de acompañar y discernir, de plantear como opción de existencia humana plenamente realizada la escucha y la respuesta a ser sacerdotes también. Tendréis ocasiones múltiples, desde vuestra misión educativa, de hacer esta pregunta y esta llamada de atención. Os pido, si cabe con más fuerza que a nadie, a los sacerdotes, que estas palabras del Señor os hagan sentir la urgencia de ser medios visibles y creíbles ante toda la comunidad cristiana, para hacer ver que la obediencia esencial y fundamental de la Iglesia a Cristo pasa por que haya hombres que, como los apóstoles, aceptan organizar su existencia conforme a aquellas palabras de Cristo: «Id por el mundo y anunciad el Evangelio» y «Haced esto en conmemoración mía». Sin esta obediencia fundamental y esencial, la Iglesia no existiría.

1. La fuerza que tiene para la vida de todos los hombres ser sacerdotes

¡Qué fuerza tiene para una vida de todo cristiano el transparentar y testimoniar el amor de Dios! Pero, para quienes en nombre de Cristo, perdonan y celebran la Eucaristía, esa trasparencia clara ha de hacer creíble que damos la vida por Cristo y, como Cristo, por todos los hombres. En la vida de un sacerdote el ser testigo del amor de Dios no es un apéndice de su vida, es el núcleo fundamental de su ser, es su carácter, es la quintaesencia de su vida. Cuando hace años se publicó un documento sobre nuevas vocaciones para una nueva Europa, se decía así: «La vida es la obra maestra del amor creador de Dios y es en sí misma una llamada a amar. Don recibido que, por naturaleza, tiende a convertirse en bien dado» (n. 16). ¿Cómo vivir regalando ese don recibido? Ciertamente hay muchas maneras de hacerlo, pero hay una única e irrepetible, que es la que nos ha venido dada por el mismo Jesucristo, en su ser y hacer. El Señor ha querido seguir llamando, hasta que Él vuelva, a hombres para que vivan como Él mismo vivió y hagan lo que Él mismo hizo, de tal manera que les entrega su misterio y su ministerio. Lo hace desde lo que somos, vasijas de barro, para que se vea y se haga evidente que el tesoro es Cristo, que ha resuelto ocupar nuestra existencia y actuar a través de nosotros para que podamos decir con san Pablo: «Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro».

2. La belleza del ministerio sacerdotal

¡Qué belleza siguen teniendo la vida y el ministerio sacerdotal! El sacerdote, testigo del amor de Dios, no vive para sí mismo, sino que se abandona en manos de Otro que le conduce y le sitúa en el dónde y hacia dónde de su existencia. Necesariamente, al llegar este momento, tengo que hacer una llamada a tantos jóvenes y niños para decirles con apremio que despotenciar el yo y las pretensiones humanas no es ninguna frustración, sino todo lo contrario; se convierte en la realización plena de la vida, pues así y solo así se encuentran vestigios del amor de Dios en todo. Hay vestigios en todos los que aparecen en su camino. Él mismo, por la gracia de Dios, se ha convertido en presencia real del amor de Dios en tanto en cuento hace las veces de Cristo, con la gracia, el amor y la fuerza que Él le ha dado al conformar toda su vida, por la ordenación, según su corazón. Como nos decía el Papa Benedicto XVI, «hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus caritas est, n. 1). Si esto es verdad para todo cristiano, el encuentro con Cristo que se da con quien es llamado al ministerio sacerdotal, es de tal envergadura, es tan fuerte y profundo, que cambia todos los planteamientos, porque ya no se trata de hacer, sino que Él en mí y desde mí manifiesta ese icono de pastor que es el buen samaritano.

3. La imagen del Buen Pastor y un recuerdo entrañable para nuestros seminaristas

Los primeros lunes de cada mes me retiro a orar con el Santísimo expuesto toda la mañana. Lo hago pidiendo por los sacerdotes, por el seminario y por las vocaciones, e invito a los sacerdotes a que me acompañen. Me gusta hacer esas horas de oración ante el Señor, pues me remiten a la presencia real de Cristo en el misterio de la Eucaristía, a formular lo que tiene que ser nuestro seminario como lugar de formación de pastores. Ante Cristo Eucaristía, cuántas veces me hice estas preguntas: «Señor, ¿cómo lograr y hacer ver que el amor crece a través del Amor?», «Señor, ¿cómo hacer experimentar y experimentar en la propia vida, que el amor es divino porque proviene de Dios?», «Señor, ¿cómo formular con nuestra vida que es precisamente ese Amor, que es Dios mismo, el que nos tiene que unir y el que mediante ese proceso unificador nos convierte en un nosotros, que nos capacita para eliminar divisiones, rupturas, enfrentamientos y nos hace experimentar que somos un mismo Cuerpo?», o «Señor, ¿cómo ser pastor según tu corazón?». El Buen Pastor y todos los sacerdotes elegidos por Él prestan la vida entera. Y así, Él se sigue haciendo presente en medio de la historia, sigue entregando su amor, su presencia, su perdón; regala su gracia, reúne a los discípulos en el Cenáculo donde aprenden a vivir en comunión con Él y saben dar todo y no guardar nada para sí mismos.

Tengamos un recuerdo especial por nuestros seminarios, por todos los seminaristas que en ellos se forman. ¡Qué fuerza de atracción tiene el ver cómo allí viven en comunidad unos hombres que se han sentido amados por Dios! ¡Qué decisivo es en sus vidas experimentar, día a día, cómo ese amor es permanente y nunca lo retira Dios de la existencia humana! ¡Qué maravilloso es ver cómo nuestros seminaristas, al igual que todos los sacerdotes en su momento, tomaron la decisión de prestar la vida para ser testigos del amor de Dios! Y todo porque experimentaron que la cuestión fundamental para la existencia de cualquier persona es el amor de Dios, que es quien plantea esas preguntas decisivas sobre quién es Dios y quiénes somos nosotros. Seminaristas, ¡qué opción habéis realizado! Transparentar y testimoniar el amor de Dios como lo hizo Jesucristo, con su mismo estilo, con sus mismas fuerzas, hasta que Dios quiera, para regalar la presencia de su amor a los hombres. 

Os invito a conocer el seminario, que tiene que estructurarse como realidad teologal, como primicia de la vida en el Espíritu, y ello nos llevará a tener que eliminar aspectos que oscurecen o ponen en segundo plano y a veces desfiguran la presencia del amor de Dios y la convivencia de las personas que lo habitan enraizadas en ese amor. ¡Qué ánimo hay que dar a los formadores y a los seminaristas, a los profesores que los ilusionan en la reflexión y en la experiencia de Dios, de Cristo, del Espíritu Santo, de la Iglesia! Hay que enseñar a vivir la vida y la comprensión del mundo desde lo que supone el amor del Señor, que exige fundamentarse y proyectarse en la apertura y en la entrega al propio Dios, a los otros y al mundo. Nuestro seminario no es una posada en la que dormir o comer; es camino en el que se aprende a vivir saliendo del yo, para pasar a una entrega incondicional de uno mismo. Así se aprende a vivir en el amor, desde el amor y por amor.

Pongo en manos de la Santísima Virgen María, en esta advocación entrañable para nosotros de Santa María la Real de la Almudena, a nuestros seminarios. Los seminaristas saben la importancia que doy a que fragüen la vida sacerdotal junto a nuestra Madre. La mística, el horizonte, la hondura, el coraje, el protagonismo para anunciar el Evangelio en primera línea, la fuerza que da conversar con María y aprender a mirar a Jesucristo como Ella lo hizo, es toda una escuela sacerdotal que quiero y pido para los sacerdotes de nuestra archidiócesis de Madrid.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos, Cardenal Osoro Sierra, Arzobispo de Madrid 

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