Cartas

Miércoles, 17 abril 2019 16:00

La alegría de la Resurrección

La alegría de la Resurrección

En el inicio de su ministerio como sucesor de Pedro, el Papa Francisco invitaba a toda la Iglesia a vivir una «nueva etapa evangelizadora, marcada por la alegría». No podemos encerrar en nosotros la alegría de la Resurrección; no se puede clausurar esa alegría en nuestra vida interior ni en nuestros propios intereses, entre otras cosas porque esta no sería la alegría del Resucitado. A su Iglesia el Señor nos pide que mostremos  el triunfo de Cristo a todos los hombres, que mostremos su Vida. Esa Vida que nos conforma con una manera de vivir y actuar que es la de Él: crea fraternidad, crea encuentro, da paz, da capacidad para tener los brazos abiertos siempre a todos, como los tiene Jesús con nosotros.

¡Vivir en la alegría de la Pascua nos hace tanto bien! No huyamos nunca de la Resurrección de Jesús. Nunca tengamos la tentación de declararnos muertos. Volvamos siempre a Jesús Resucitado. ¡Cuánto bien nos otorga volver a Jesucristo! Cuando parezca que todo está perdido, volvamos la vida a Jesucristo: nos ama, nunca se cansa de perdonar, nos anima a seguir adelante, carga nuestras vidas sobre sus hombros y nos dice lo que en esta Pascua de Resurrección nos vuelve a repetir: el sepulcro está vacío, que es lo mismo que decir que no hay muerte. No os dejéis engañar: el triunfo es de Dios; se ha manifestado en Jesucristo Resucitado.

Renovemos nuestro modo de vivir y de estar entre los hombres, pidamos poder decir siempre: «Vivo con alegría, con gozo, con seguridad, con mucho amor a quien me lo ha dado para que lo regale a otros. Vivo de esta manera porque he visto al Señor». Esto requiere:

1. Renovar permanentemente nuestro encuentro con Jesucristo Resucitado.  Tomemos la decisión de dejarnos encontrar por Él. Esto no es para unos escogidos, lo puede hacer cualquier persona. Todos estamos invitados a dejarnos encontrar por Jesucristo. Hay que estar abiertos a este encuentro. ¡Cuánto bien hace volver a Jesús! ¡Qué diferencia tan abismal existe y se da en la vida de un ser humano cuando se deja encontrar por Jesús! Déjate mirar, déjate abrazar, déjate iluminar. Descubre algo que es decisivo en la vida de un ser humano: el Señor nunca se cansa de perdonar, el Señor nos devuelve la dignidad verdadera que tenemos cuando aún en medio de la oscuridad nos dejamos abrazar por Él. Y lo hace sin imposiciones, con ternura, siempre para lanzarnos hacia adelante. El encuentro con Jesús da a la vida una alegría desbordante, ilumina la vida personal y la de quienes están a nuestro lado. Recordemos la opción impuesta en la raíz de nuestra vida por el encuentro con Jesucristo Resucitado: llevar la alegría del Evangelio a todos los hombres. Para ello hay que ser más que humanos, hemos de tener en nosotros la Vida del Resucitado, Él nos la da. Esta es la opción pascual, esta es la de los discípulos del Resucitado.

2. Llevemos a todos los lugares de la tierra la dulce y confortadora alegría del Evangelio. El bien siempre se comunica. Cualquier ser humano que tenga la experiencia del encuentro con Jesucristo, adquiere tal hondura su vida, se siente tan a gusto, descubre tal manera de vivir y de estar junto a los demás, que no puede guardársela para sí mismo, la quiere comunicar. El bien se comunica, se expande. Es más, cuanto más te llenas del Resucitado, más sensibilidad adquieres ante las necesidades de los demás y más quieres conocer al otro, más deseas reconocerlo en su verdadera dignidad, más y mejor buscas su bien. La Resurrección de Cristo nos lleva a ver que la vida se acrecienta dándola y nos hace ver que, al margen de la vida del Resucitado, nuestra vida disminuye, se debilita, se hunde en la comodidad de vivir para uno mismo... Llevemos a todos los lugares donde habitan y hacen la vida los hombres el amor inmenso de Cristo manifestado en su Muerte y Resurrección. 

3. Mantengamos vivo el anuncio de Cristo Resucitado, aquel que mandó hacer sus discípulos: «Id y anunciad el Evangelio a todos los hombres». El anuncio de Cristo Resucitado es la mayor fuente de alegría para los cristianos. Podemos tener metodologías distintas, espiritualidades diferentes, pero se nos pide que seamos coherentes con el mandato del Señor de anunciar el Evangelio. Hay que ser atrevidos para no instalarnos en la comodidad del «así se hizo siempre» y osados para llegar a todos los lugares donde viven los hombres, a todas las periferias geográficas o existenciales como nos dice el Papa Francisco. No hay Pascua al margen de la misión; la alegría de la Resurrección o es misionera o no es alegría que viene del Resucitado, de Cristo. ¿Cómo hacer esto? Tomando iniciativas concretas para salir al encuentro de todos los hombres, de los más cercanos y de los más lejanos existencialmente, con obras y gestos que toquen la vida, las heridas, los proyectos, las ilusiones, los desafíos. Siempre con la conciencia de que los logros no son rápidos, son lentos, o por lo menos tenemos que ir con el ritmo que tengan las personas. Lo importante es que los discípulos del Resucitado sepamos que nuestra vida es para exponerla, para darla entera hasta con el martirio como testimonio de Jesucristo. La celebración de la Pascua nos está llamando a todos los cristianos a vivir en una reforma permanente o, lo que es lo mismo, en una conversión continua: la que el Señor nos pide cuando nos ponemos delante de ese espejo único del ser humano que es Jesucristo.

Con gran afecto, os bendice,

+ Carlos Cardenal Osoro, arzobispo de Madrid

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