Cartas

Miércoles, 03 julio 2019 16:00

Captemos la novedad que el Señor pide a la Iglesia

Captemos la novedad que el Señor pide a la Iglesia

En Laudato si, el Papa recuerda que «en mi exhortación Evangelii gaudium, escribí a los miembros de la Iglesia en orden a movilizar un proceso de reforma misionera todavía pendiente» (LS 3). El Sucesor de Pedro nos invita a volver a mirar la renovación pedida por el Concilio Vaticano II, en sus aspectos vitales y estructurales, siempre a la luz de la doctrina que nos regaló sobre la Iglesia.

Urge que los creyentes acojamos las palabras del Concilio en nuestro corazón y las revitalicemos, participando de esta realidad: «Cristo estableció en este mundo su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y amor, como un organismo visible. La mantiene así sin cesar para comunicar por medio de ella a todos la verdad y la gracia» (LG 8). «De esta manera, la Iglesia ora y trabaja al mismo tiempo para que la totalidad del mundo se transforme en Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu y para que Cristo, Cabeza de todos, se dé todo honor y toda gloria al Creador y Padre de todos» (LG 17). ¡Qué fuerza tiene leer y releer los documentos del Concilio Vaticano II y los posteriores de los Papas, que han sabido captar la novedad de Dios para este momento histórico de la Iglesia! Tenemos que dar gracias a Dios por ello.

Cuando uno vuelve la vista y contempla la historia de la Iglesia del siglo XX, observa cómo el Concilio Vaticano II recoge todo un camino realizado por la Iglesia, con el deseo de cumplir la misión que el Señor entregó a los apóstoles: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación». ¿Qué son si no los diversos procesos de renovación y los movimientos que se engendraron antes del Concilio y que este recoge después en su magisterio? Ahí vemos el movimiento bíblico –Dei Verbum–, litúrgico –Sacrosantum concilium–, eclesiológico –Lumen gentium–, misionero –Ad gentes–, pastoral –Gaudium et spes–, ecuménico –Unitatis redintegratio–...

Me agrada poder recordar esas palabras que el Papa Francisco nos dice: «Toda renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación. […] Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad» (UR 6). Igual que remueven mi mente y mi corazón aquellas que le oí con motivo del cincuentenario de la institución del Sínodo de los obispos: «Lo que el Señor nos pide, en cierto sentido, está contenido todo ello, en la palabra sínodo». Pero ¿qué significa esto? Sencillamente, caminar juntos: laicos, pastores, el Obispo de Roma... Quizá es fácil expresar con palabras, pero es más difícil ponerlo en práctica. Hemos de hacer todo un esfuerzo por escuchar, pues todos tenemos algo que aprender. ¡Cómo insiste el Papa siempre en que estemos unos a la escucha de los otros y todos a la escucha del Espíritu Santo! Últimamente estoy comprobando que, cuando en la Iglesia todos nos ponemos a la escucha de la Palabra de Dios para iluminar los caminos que hemos de hacer, la riqueza del diálogo, de la acogida de lo que el otro dice después de haber escuchado la Palabra, provoca cauces y actitudes de amor, comunión, iniciativa, intercambio, cooperación y participación de todos en la marcha y en buscar la búsqueda de fidelidad al Evangelio. Esta escucha de la Palabra y de los unos a los otros engendra esperanza y alegría, todo porque los intereses ya no son individualistas.

Hemos de escuchar con atención la llamada a una transformación misionera de la Iglesia, a ser una Iglesia en salida. Estamos invitados a «salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio». Como dijo el Papa san Juan XXIII con motivo de la inauguración del Concilio Vaticano II, en 1962, la Iglesia ha de ser «una madre amorosísima, benigna, paciente, llena de misericordia y bondad». Y como san Pablo VI señaló en la clausura del mismo, la parábola del buen samaritano es el «paradigma de la espiritualidad conciliar»; de igual forma que luego san Juan Pablo II habló de la opción de la Iglesia por los pobres (CA 57) o Benedicto XVI nos dijo que «en el más pequeño encontramos al propio Jesús, y en Jesús encontramos a Dios» (DCE 15).

En este sentido, hay tres realidades que nos ayudan a captar la novedad que el Señor nos pide para este momento de la Iglesia:

1. La alegría del Evangelio es una alegría misionera que nace de la absoluta novedad de Cristo, de la fuerza que nos da para vivir una nueva etapa eclesial marcada por la alegría evangélica y evangelizadora, que se vive como un tiempo de misericordia de Dios ofrecido a todos los hombres. Qué bien lo expresaba un joven padre de familia cuando hace muy poco tiempo me contaba que tenía que recuperar la alegría de anunciar el Evangelio, pues se había encerrado en sí mismo y ello impedía incluso el crecimiento de su propia familia. ¿La causa? Me decía que había dejado de escuchar y meditar la Palabra. Como muy bien nos recuerda el Papa Francisco, la alegría del Evangelio nos mete en una dinámica del éxodo y del don, de salida, oferta y entrega.

2. Llamados a una perenne reforma en la Iglesia. En general estamos muy acostumbrados a lo que hacemos siempre; es más, nos parece que lo hacemos tan bien que no se necesita cambiar nada. Los cambios nos producen y provocan miedos, inseguridades, y nos damos razones para convertir mucho de lo que hacemos en tradiciones que hay que guardar. Como nos recuerda el Papa Francisco, necesitamos avanzar por el camino de una conversión pastoral y misionera, que no nos puede dejar pensando que todo debe seguir igual. ¡Qué bueno es escuchar al Señor! Él nos llama personalmente y llama a toda la Iglesia a una perenne reforma de la que está necesitada en cuanto institución humana y terrena. Qué palabras más esperanzadoras las del Papa cuando nos dice: «Efectivamente, es un sueño, que les comparto y que quiero que, entre todos, hagamos realidad: sueño con una opción misionera, capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda la estructura eclesial se convierta en cauce adecuado para la evangelización del mundo actual, más que para la autopreservación».

3. Siempre en el anuncio de lo esencial: el amor, la comunión, la paciencia en los procesos y renovación… Qué bueno es entender que el Concilio Vaticano II es el Concilio del Pueblo de Dios. En diversas entrevistas, el Papa Francisco manifiesta que la imagen que más le gusta de la Iglesia es la del «santo Pueblo fiel de Dios» que en el Concilio Vaticano II tiene un lugar central. Podríamos explicarlo así: si el Cuerpo de Cristo explica la realidad cristológica y eucarística de la Iglesia, el Pueblo peregrino de Dios expresa su dimensión sociohistórica. En la Lumen gentium contemplamos más al Pueblo de Dios como el que se inserta en la historia y camina con los pueblos en la historia. Como se nos dice, «el Pueblo de Dios está presente en todos los pueblos de la tierra» (LG 13b), cada uno tiene su propia cultura (EG 115), es un Pueblo con muchos rostros donde se manifiesta la riqueza de la Iglesia (EG 115-118). El primer plano lo ocupa el Pueblo de Dios en camino, en su misión. Ello requiere actitudes esenciales: poner en el centro el amor en clave evangelizadora, vivir la comunión como armonía de las diferencias en la totalidad, tener paciencia en los procesos, para así provocar la renovación a partir del kerigma evangélico.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos, Cardenal Osoro, arzobispo de Madrid      

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