Cartas

Miércoles, 11 septiembre 2019 16:00

Sabiduría de vida que alcanza el corazón

Sabiduría de vida que alcanza el corazón

Ahora que ha comenzado el curso escolar en todos los niveles de enseñanza, conviene recordar que conocer y educar han sido inseparables para establecer un futuro de progreso, de justicia y de paz en nuestro mundo. A través de todos los tiempos, una educación al servicio del hombre y no de las ideas de unos pocos ha ayudado a convivir y ha dejado huellas imborrables en la cultura de todos los pueblos.

La educación es el mejor arte para construir hombres y mujeres libres, conocedores de su verdad. Cuanto más se da una adecuada formación conforme a la naturaleza del hombre, que es un ser abierto y relacional, más sabiduría se le ofrece en todos los aspectos de la vida y en todas las dimensiones que tiene y vive.

Este es un trabajo arduo, sin tregua, constante; es un trabajo como el del jardinero «que pone todos los medios para que la flor florezca también entre piedras». Es un trabajo para el cual no valen ideas preconcebidas, porque de lo que se trata es de servir al hombre y hacerlo sin escamotear ninguna de las realidades que tiene. Ello reclama determinación sin fanatismos, valentía sin exaltación, libertad para reconocer todas las dimensiones –que luego el ser humano verá si cierra o no–, tenacidad con inteligencia... Abrir la vida así supone, ya por principio, decir no a la violencia que destruye, que sea la paz la que nos hace encontrarnos con nosotros mismos y con los demás, y sí a vivir la experiencia de reconciliación con uno y con los otros.

Una educación integral garantiza abrir al ser humano a todas las dimensiones que tiene y da conocimientos y sabiduría. ¿Cómo? Nos permite reconocer y abrir la dimensión trascendente, viéndonos cada uno como una criatura que es de Dios, al que le ha sido dada la libertad incluso para negarlo. No se trata de hacerse dueño de sí mismo y de los demás, no se trata de imponer ideas, sino de reconocer realidades que van mucho más allá. Es verdad que hay unas palabras que para los que creemos tienen una fuerza extraordinaria, pero que son las que garantizan la libertad. Ese compromiso incansable de reconocer, garantizar y reconstruir continuamente y concretamente la dignidad a menudo olvidada o ignorada de quien tengo al lado, para que todos puedan ser protagonistas.

Cuando abandonamos partes de nosotros mismos y no las atendemos o las dejamos en la periferia, estas palabras adquieren más fuerza: «Y en tu sabiduría formaste al hombre, para que dominase sobre las criaturas que tú has hecho y para regir el mundo con santidad y justicia, y para administrar justicia con rectitud de corazón» (Sab 9, 1-3). Precisamente, cuando al ser humano se lo reconoce como alguien que viene a este mundo para estar en él sirviendo a los demás con rectitud de corazón, somos capaces de buscar por todos los medios, construir y promover la cultura para la que estamos creados los hombres: la del encuentro. No fuimos creados para la dispersión ni tampoco para el descarte. Sí lo fuimos para vivir ese proceso constante en el que todos se sientan involucrados, en reconocernos en lo que somos, estrechando lazos, con ese corazón que me hace decir a quien veo que es mi hermano. Y con él hago procesos y proyectos que van mucho más allá de las ideas, pues tienden puentes, reconociendo al otro y estrechando lazos, siempre abriendo caminos, buscando metas comunes, valores compartidos, ideas que favorezcan levantar la mirada hacia todos y al servicio de todos.

Me ha impresionado siempre una página del Evangelio en la que Jesús ve a un hombre con parálisis en un brazo (cfr. Mc 3, 1-6). Ve su corazón, ve su sufrimiento. No se detiene en que era sábado, sino en la persona. ¿Qué educación hemos de dar? ¿Qué conocimientos y sabiduría hemos de entregar? Siempre tenemos que ayudar a que todos vean la persona, sus necesidades más hondas. Afrontar esto en la educación es de gran trascendencia. Se pueden tener métodos diferentes, pero siempre que sirvan a la persona, para que esta sea más y haga ser más a los demás. Jesús eligió esto, a pesar de los problemas que le iba a traer curarlo. Le dijo: «Levántate y ponte ahí en medio», y preguntó y nos sigue preguntando: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?». Y restableció a aquel hombre, lo curó. Si queremos servir al hombre entremos en su corazón y dejémonos preguntar, llegando al fondo del corazón, si damos vida o muerte, si entregamos bien o mal.

Esta educación supone apostar por otro estilo de vida:

  1. No te quedes en esa sensación de inestabilidad e inseguridad que favorece formas de egoísmo.
  2. No te mantengas en la autorreferencialidad que siempre te aísla y te llena de cosas para compensar y entra en itinerarios que te hagan crecer en la solidaridad, la responsabilidad y el cuidado basado en la compasión.
  3. Vuelve a optar por el bien y regenérate más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que te impongan.
  4. No hay sistemas que anulen la capacidad de belleza y de seguir alentando lo que Dios puso en el corazón de los hombres.
  5. Despierta a vivir una nueva reverencia a la vida y ante la vida; celebra la vida.
  6. Desarrolla la capacidad de salir de ti hacia el otro. Difunde ese nuevo paradigma acerca del hombre, de la vida, de la sociedad, de la relación con la naturaleza que te ha revelado Jesucristo.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Cardenal Osoro, arzobispo de Madrid

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