Cartas

Miércoles, 23 octubre 2019 16:00

Promotores de la ecología humana integral

Promotores de la ecología humana integral

En momentos de convulsiones en muchas partes del mundo, con gran alegría recordamos al Papa san Juan Pablo II, cuya fiesta celebramos esta semana, cuando nos decía que para construir la paz hay que promover la ecología humana y social. Lo mismo nos dice el Papa Francisco en la encíclica Laudato si cuando nos habla de la ecología integral. Las palabras de san Juan Pablo II en la encíclica Centesimus annus son claras y siguen siendo alentadoras: «No solo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el cual debe usarla respetando la intención originaria de que es un bien, según la cual le ha sido dada; incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado» (n. 38) Con estas palabras y con la encíclica Laudato si como trasfondo, quiero acercarme a quienes están participando en la celebración del Sínodo de la Amazonía, que desean responder en todos sus trabajos a ese don que el Creador nos ha confiado: el hombre, junto a sus semejantes, puede dar vida a un mundo en paz; puede y debe ser constructor de la paz, «respetando la estructura natural y moral del que ha sido dotado».

Hemos de distinguir claramente que además de la ecología de la naturaleza, hay una ecología que podemos llamar ecología humana y que esta, para ser plenamente humana, tiene que tener una dimensión social, es decir, ser ecología social. Sabremos de verdad si hacemos una ecología integral si somos valientes y capaces de tener siempre presente la interrelación entre la ecología natural, es decir el respeto por la naturaleza, y la ecología humana. La falta de respeto por la naturaleza daña siempre y estropea la convivencia humana, y viceversa: la falta de respeto a lo que es verdaderamente el ser humano, daña la naturaleza.

¡Cuántas preguntas e interrogantes surgen en nuestra mente y alcanzan nuestro corazón cuando vemos la convivencia humana estropeada! Debemos responder con la valentía de colocar siempre a la persona en un lugar central como lo hizo y nos lo enseña Jesús; con la valentía de invertir las mejores energías en ser personas abiertas, responsables, disponibles para la escucha, el diálogo y la reflexión, capaces de construir un tejido de relaciones con las familias y entre las generaciones, y con la valentía de estar al servicio de todos, ya que el servicio es un pilar de la cultura del encuentro y significa inclinarse hacia quien tiene necesidad, haciéndolo con ternura y comprensión, con cercanía y vínculos reales de solidaridad.

Para ser promotores de esta ecología integral, debemos vivir desde lo que define a un discípulo de Cristo, que ni son las circunstancias de la vida, ni los desafíos que tenemos ante nosotros en la sociedad en la que vivimos, ni siquiera las tareas que debemos emprender. Nos define el amor recibido del Padre gracias a Jesucristo, por la unción del Espíritu Santo. Y debemos ofrecérselo a Dios, a la Iglesia, al pueblo en el que vivimos, a todos los que nos encontremos en el camino de la vida. Aquí tenemos la gracia de encontrar la belleza y la alegría de ser cristianos.

En esta tarea está el reto de la Iglesia en todas las partes de la tierra: que todos los discípulos misioneros, «bautizados y enviados», mostremos la vocación recibida y la comuniquemos. Ningún tesoro más, ninguna prioridad más, que ser instrumentos para que Jesucristo sea encontrado, amado, seguido, adorado, anunciado a todos los hombres. Este es el mejor servicio que podemos y debemos hacer como Iglesia.

¡Qué fuerte es ver cómo se destruye el medio ambiente y cómo se usa impropiamente, egoístamente! ¡Qué injusticias crea el acaparamiento injusto y violento de la tierra! ¡Cuántos conflictos, fricciones e incluso guerras se provocan fruto de un concepto recortado de lo que es el desarrollo y la ecología integral! Nunca tengamos esa tentación, que abunda en nuestra sociedad, de entender el desarrollo solo en el aspecto técnico y económico. Entender así el desarrollo, destruye la ecología integral y acaba por destruir al ser humano. Descubramos que «la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana: cuando se respeta la ecología humana en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia» (Caritas in veritate, n. 51).

En este sentido, me gustaría que nos hagamos tres preguntas:

1. ¿Queremos promover la paz? ¿Deseamos que en esta Madre Tierra se viva con todas las consecuencias la ecología integral? Tomemos la decisión de proteger la creación, toda la creación, de la cual somos también parte los seres humanos.

2. ¿Cómo vivir entendiéndonos desde la ecología integral? No es posible más que reconociendo la relación inseparable que existe entre Dios, los seres humanos y toda la creación.

3. ¿Qué podemos aportar los cristianos desde la luz de la revelación y de toda la tradición de la Iglesia? Los cristianos podemos hacer una oferta clara a este mundo desde la luz que nos dan la revelación y toda la tradición de la Iglesia: contemplamos la obra creadora del Padre y, al mismo tiempo, la redención de Jesucristo, que, con su muerte y resurrección, ha reconciliado con Dios a «todos los seres: los del cielo y los de la tierra» (Col. 1, 20). Y sabemos con seguridad que, a su vuelta gloriosa, serán inaugurados un cielo nuevo y una nueva tierra en los que van a habitar la justicia y la paz.

Podemos llegar a muchos acuerdos en este mundo para construir la paz, pero la cuestión fundamental para el comportamiento humano es el cambio del corazón, la conversión del corazón, que nos hará entender esa ecología integral. De ahí la importancia de tener valores morales, pues no solamente son necesarias soluciones políticas, que también, pero fundamentalmente se hace necesario alumbrar un despertar ético, que nos permita construir un mundo mejor, lleno de esperanza, donde se garanticen condiciones para construir la casa común, donde se enriquezca la capacidad moral de la sociedad. Cuidar y salvaguardar la creación, tal como el Creador encomendó a los hombres, supone custodiar los sentimientos del ser humano: bondad, generosidad, rectitud, honradez, misericordia, etc. Todo ello lo puso Dios en él creándolo a imagen y semejanza suya.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Cardenal Osoro, arzobispo de Madrid

© 2018 Archidiócesis de Madrid. Todos los derechos reservados - Login

Search