Cartas

Jueves, 02 enero 2020 09:20

Tres tareas para la gran familia humana

Tres tareas para la gran familia humana

Al comenzar 2020, me permito invitaros llevar a cabo tres tareas para ser creadores y promotores de la gran familia humana, buscando siempre el bien de todos los hombres

1. Invitemos a conocer a Jesucristo, que nos da la esperanza. Nunca el miedo. Dios está con nosotros, ha venido junto a nosotros. Así lo vivimos en Navidad. Recordemos cómo los primeros discípulos tenían cerradas las puertas. Después de la muerte del Señor en la cruz, tenían miedos. Fue necesario que Jesús Resucitado se les apareciese. Se convierte Jesús para ellos en esperanza verdadera. Esta Navidad una vez más vemos como Dios viene a vivir con los hombres: Dios en medio de nosotros, Dios con nosotros. Jesús abrió puertas para todos, se convirtió en la puerta verdadera por la que hemos de entrar. Al hacerlo encontramos esperanza, comprensión misericordia, bondad, humildad, dulzura, capacidad de llevarnos los unos a los otros, perdón... Hagamos una Iglesia de puertas abiertas como nos está invitando a hacer el Papa Francisco. Hombres con el corazón abierto a todos los hombres, con obras y palabras. ¿Cómo estamos en el mundo y cómo afrontamos los desafíos existentes? ¿Damos esperanza? Hoy Cristo nos dice que es la puerta verdadera y nos recuerda que nuestra tarea es esta: «Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos, [...] enseñadles a observar todo lo que os he mandado» (Mt. 28, 19-20). 

En este año nuevo estamos invitados a hacer esa salida misionera a un mundo que tiene necesidad de encontrar otra manera de vivir. Porque lo viejo ha pasado y lo nuevo ha comenzado. Salgamos de la comodidad y atrevámonos a llegar a todos los lugares geográficos o existenciales en los que es necesario que entre Jesucristo para regalar su luz y su vida. Entremos en la dinámica del Señor de tomar la iniciativa, en la dinámica del don, de salir de nosotros mismos. Hay que vivir la intimidad con Jesús que es itinerante, que acompaña, que involucra, que sale al encuentro de los hombres y se pone de rodillas para lavar los pies a todos, que achica distancias, que se abaja, que asume la vida humana, que acompaña a la persona en todos sus procesos por muy duros y prolongados que sean, que sabe de paciencia, que sabe gozar, festejar y celebrar, que extiende el bien…

2. Acojamos la paz de Jesucristo. Nos lo dice Él. Se puso en medio de los discípulos y les dijo: «Paz a vosotros». Tomemos conciencia de lo que significa esta paz de Jesús. La paz es su vida que nos la regala. Qué fuerza tienen las palabras del Concilio Vaticano II, cuando nos dice que «toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de fidelidad a su vocación» y que «Cristo llama a la Iglesia hacia una perenne reforma, de la que la iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad» (Unitatis redintegratio, 6). Dejemos que Cristo se ponga en medio de nosotros, para que así transformemos nuestra vida y hagamos una opción misionera, donde tengamos la valentía de cambiar todo lo que sea necesario con tal de convertirnos en cauce adecuado para la evangelización. Escuchemos la Palabra, crezcamos en la vida cristiana, en el diálogo, en el anuncio, en la caridad y generosidad, en la adoración al Señor y celebremos la fe con tal fuerza que nuestras familias y comunidades se conviertan en santuarios donde todos los hombres puedan beber para seguir caminando. Nunca dejemos la persona de Jesús y la Buena Noticia por Él proclamada que sigue fascinando. Arriesguémonos a presentar y a anunciar a Jesucristo. Quien no se arriesga, no camina. Nos equivocaremos si nos quedamos quietos. Nos lo dice el Señor, junto a su paz regalada, nos envía: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Despertemos los impulsos del corazón que quiere siempre más, hagamos ver que la fe no es un refugio para gente pusilánime, sino que ensancha la vida; nos hace descubrir una gran llamada, la vocación al amor, y nos asegura que el amor es digno de fe, que vale la pena ponerse en sus manos, porque está fundado en la fidelidad de Dios, más fuerte que nuestras debilidades (Lumen fidei, 53). Y esta fe ilumina todas las relaciones sociales y contribuye a construir la fraternidad universal entre los hombres y mujeres de todos los tiempos (Lumen fidei, 54).

3. Llevemos a todos los hombres la alegría del Evangelio. La humanidad vive una nueva etapa de la historia. No es que se esté fraguando, sino que estamos ya en ella. Son de alabar los grandes avances realizados en los ámbitos de la salud, la educación o la comunicación, pero no olvidemos que hay muchos hombres y mujeres que viven en precariedad con consecuencias funestas: hay miedo y desesperación, la falta la alegría apaga las ganas de vivir, crecen la discriminación y la violencia... En el comienzo de este año, al calor de la Navidad, hemos de contemplar a Jesús y decir no a una economía que mata porque excluye. No puede ser que sea noticia la caída de dos puntos en bolsa y que no lo sean un anciano solo o un niño que muere de hambre. No hagamos un mundo con sobrantes; todos somos necesarios e iguales en dignidad. Insistamos en la propuesta cristiana de reconocer al otro, de sanar heridas, de construir puentes, de estrechar lazos, de ayudarnos mutuamente a llevar las cargas. Hagamos percibir que una cultura popular evangelizada tiene valores de fe y solidaridad que provocan el desarrollo de una sociedad más justa. 

Contemplar a Jesús es una gracia. Es un misterio desconcertante la Encarnación: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito» (Jn 3, 16). Y este misterio es el que la Iglesia desea presentar y regalar a todos los hombres. Cuando pasemos a adorar o besar al Niño Jesús, digamos en lo profundo de nuestro corazón: «Proclame mi vida la grandeza del Señor, por mí Señor hiciste esto. Gracias. Haz que yo haga y quite el sufrimiento y el dolor por los hermanos con tu mismo amor. Que sea tu amor mi arma para cambiar este mundo». Frente al egoísmo, Cristo propone la generosidad. Vence el mal con el bien; el odio, con amor; la guerra, con la paz... El Señor nos dice: «No seas incrédulo sino creyente». Contemplémoslo recién llegado a este mundo en Belén y veamos cómo el amor es más fuerte, el amor da vida, el amor hace florecer la esperanza en el desierto.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Cardenal Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

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