Cartas

Miércoles, 06 mayo 2020 16:00

María, modelo en tiempos de pandemia

María, modelo en tiempos de pandemia

No entendería ni mi vida, ni mi ministerio sin nuestra Madre, la Virgen María. Escribía hace años en una carta pastoral que es imposible entender en toda su hondura la misión de la Iglesia sin Santa María y así lo repetía en uno de mis libros, que titulé Ahí tienes a tu Madre, pero hoy me atrevo a decirlo con más fuerza si cabe y con más autoridad después de haber leído y reflexionado aportaciones históricas importantes desde diversas posiciones y atalayas. Es imposible entrar en el alma y dar entrañas de esa humanidad si se aleja al cristiano de la presencia en su corazón y en su vida de esta mujer excepcional, de este ser humano singular que es la Virgen María, quien trajo al mundo a quien ha descrito verdaderamente lo humano.

Descubre en María en este tiempo de pandemia cómo Dios siempre llama al ser humano para entregar vida y ponerse al servicio de los demás. Llamada que tiene una respuesta inmediata sin intereses personales y siempre para ir al encuentro con los otros, de tal modo que llamada de Dios y encuentro con los otros van unidos. Os invito a que hagáis conmigo la misma experiencia de la Virgen María, esa que escuchamos en el Evangelio: «Se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel». Se levantó porque previamente había invadido su vida Dios mismo, Ella había consentido esta invasión de la fuerza y de la gracia de Dios. Y cuando sucede esto en la vida de una persona, cambia totalmente su manera de vivir, de ser y de actuar. Cuando Dios entra en la vida de un ser humano, como en el caso de María, la vida se pone en dirección hacia los demás. No importan las dificultades que tengamos que sortear para llegar a los demás. Cuando Dios entra en la vida, se va sin más a los demás.

La narración de la visitación es toda una propuesta de vida para los hombres en todos los momentos y en todas las circunstancias, pero en momentos que vive la humanidad, de inseguridad, de búsqueda de fundamentos, de falta de la valoración de la vida en lo que es en sí misma desde que se inicia hasta que termina, de un intento de desarrollo de la persona y de la vida sin planos constituyentes, sino con planos y planes que los hombres vamos haciendo según las circunstancias y según nuestros pareceres, ¡qué importante es describir el itinerario del ser humano más excepcional que ha existido! Hoy desde Madrid, donde la presencia de la Virgen María es tan singular, con esa advocación de Nuestra Señora de la Almudena, no puedo deciros otra cosa que esta: salgamos con prontitud y atravesemos esta historia y las situaciones que viven los hombres como María, llevando a Dios en nosotros. Os aseguro que cambiamos la vida de los demás, que alcanzamos para los demás situaciones nuevas que nacen de la verdad, de la libertad y de la justicia que Dios entrega. No os hago una propuesta evasiva de la realidad; todo lo contrario, pues meter a Dios en nuestra vida es afrontar la construcción de la historia de una manera radicalmente nueva, donde priman los intereses de la persona sobre todas las demás cosas y donde quien más necesita está en primer lugar y ello sencillamente por ser imagen de Dios y no por cuestiones de grupos, ideas o proyectos humanos. Es el proyecto de Dios el que hay que llevar a cabo, que es un proyecto lleno de vida, que busca siempre el desarrollo de la persona en su totalidad.

La novedad y la fuerza que trae al mundo y a la historia quien vive de la vida de Dios y la lleva en su propia vida es de tal calado que se descubre Quién es el que da presente y futuro a todo. Para que podáis observar esto os invito a que entremos en la experiencia que una mujer, en este caso María, hace vivir a otro ser humano que por muchas circunstancias ya no tenía un futuro grande: era una anciana, pero Dios que es quien da presente y futuro había contado con ella. Llega María, que estaba llena de Dios, al lado de Isabel. ¿Qué sucede? Algo inaudito, un niño que no había nacido aún salta de gozo en el vientre de aquella mujer sin porvenir humano de presente y de futuro. Porque Dios cambia las direcciones. Estamos empeñados en cambiar las cosas, las situaciones, el presente y el futuro. Pero este cambio que necesitamos vendrá realmente cuando los hombres y las mujeres de este mundo estemos dispuestos a dejar que el Otro por excelencia, que es Dios mismo, entre en nosotros y vivamos con su fuerza y con su amor. Os hablo de un Dios al que Santa María dio rostro humano, de un Dios que se hizo hombre y, desde entonces, lo humano tiene nuevas dimensiones que solamente en comunión con Él se pueden alcanzar.

¿Cómo vivir en esta tierra como María, al estilo y a la manera de Ella, discípula singular de Jesucristo y miembro singular de la Iglesia? Os propongo un itinerario de vida que nace de la contemplación de su vida:

1. Seamos conscientes, como María, de la entrada de Dios en nuestra vida. «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!». Ante el don de la fe que se nos regala, uno es libre para vivir la vida en una adhesión absoluta a Dios o ponerlo al margen. Creo que hoy esta bienaventuranza sería programática para la vida de todo discípulo del Señor y para seguir llamando a muchos hombres y mujeres a que acepten ese don que Dios entrega y así ser constructores de la vida y de la historia. La adhesión a Dios de María es el centro de su vida y eso motivó tener en el centro y como más importantes que uno mismo a los demás. La fe no distancia de la vida pues, cuando se vive con explicitud, reconoce, proyecta y construye la persona y la sociedad.

2. Vivamos la fe como María en medio del mundo, haciéndola explícita públicamente. No reduzcamos el ser cristiano a una palabra más de las muchas que hoy se dicen sin darnos cuenta de que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, y por tanto es y dijo la única Palabra. No reduzcamos el ser cristiano a vivir unos valores, sin darnos cuenta de que lo importante es la persona del mismo Jesucristo. Los valores vendrán como consecuencia de la presencia en la vida de esta persona. Si nos quedamos solamente en la defensa de unos valores, pasado un tiempo nos encontraremos con que ni siquiera esos valores tienen vigencia porque se habrán metido otras personas y otros presupuestos. No reduzcamos el cristianismo a un puro conocimiento de tal manera que desnaturalicemos la fe.

3. Tengamos, como María, a Jesucristo como centro de la vida y de la historia. El Papa san Pablo VI nos decía que los valores cristianos en nuestra civilización son aceptados, pero no así la fuente de estos valores que es Cristo. Y así a la larga los valores son trastocados y eliminados. ¿Qué propuestas os hago en este mes de mayo? Que conquistéis una auténtica libertad, sabiendo que esta solamente es posible desde la Verdad y esta es Jesucristo. La verdad tiene un carácter regenerador. Y por eso jamás podrá haber verdadera regeneración de la cultura, de la sociedad, de la política, de la economía, de la paz, si no se lleva a cabo con la Verdad que es Jesucristo, pues el mismo nos dijo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». Por eso se empeñó Jesucristo en decirnos a los discípulos: «Id por el mundo y anunciad el Evangelio».

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Cardenal Osoro
Arzobispo de Madrid

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