Cartas

Miércoles, 24 junio 2020 16:00

La belleza de la caridad en la verdad

La belleza de la caridad en la verdad

En este tiempo, el ejercicio de la caridad tiene un protagonismo especial. Las consecuencias de la pandemia nos están mostrando la necesidad y la urgencia de la caridad. Ante esta necesidad he recordado lo que la doctrina social de la Iglesia nos dice y, especialmente, la encíclica Caritas in veritate del Papa Benedicto XVI (Caridad en la verdad). En ella se nos invitaba a lo que también nos repite el Papa Francisco en sus encíclicas, exhortaciones y predicaciones: hemos de incorporar a nuestra existencia la belleza de la caridad, que nos transforma y nos lleva a transformar este mundo en el que vivimos. Pues esa belleza nos hace capaces de embellecer nuestra vida y la de todos los que nos rodean con el amor mismo de Dios.

En el inicio de Caritas in veritate se nos dice ya algo esencial: «La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de la persona y de toda la humanidad» (n. 1). La invitación a contemplar la persona de Jesucristo es tan clara que, de por sí, esta atrae necesariamente a toda persona de buena voluntad. En Nuestro Señor Jesucristo contemplamos que el amor era la fuerza extraordinaria que le movió a ser valiente y generoso, era esa fuerza que tenía su origen en Dios mismo. Qué hondura tiene esa afirmación que hace la encíclica, cuando nos dice que «en Cristo, la caridad en la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una vocación a amar a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto» (n. 1). De ahí la necesidad de contemplar a Jesucristo, pues nos lleva a vivir con la fuerza de su gracia y de su amor y a hacer sus mismas obras.

La belleza de la caridad está en que «es la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia». Pero la belleza es la caridad en la verdad. Más que en ningún momento de la historia, hemos de pensar que todos los compromisos y responsabilidades que nos da la doctrina social de la Iglesia provienen de la caridad. Un día Jesús nos dijo que era la síntesis de toda la Ley. Es cierto que la caridad es quien da sustancia, entidad, fuerza, forma y fondo a la relación con Dios y con el prójimo. Es más, nos lo da en dos niveles de la existencia humana: en el de las microrrelaciones y en el de las macrorrelaciones. La caridad es principio fundamental para la amistad, la familia, las relaciones sociales, económicas y políticas.

Porque «todo proviene de la caridad de Dios, todo adquiere forma por ella, y a ella tiende todo» (n. 2). Pero la caridad sería un envoltorio vacío sin la verdad. Llenaríamos de contenidos falsos a la caridad sin la verdad. Este es el riesgo que tiene nuestra cultura en estos momentos: vivir un amor sin verdad. ¿A dónde está llevando esto a la humanidad? ¿Qué salidas tiene una humanidad sin la verdad? Qué razón más poderosa nos da la encíclica cuando nos dice que «un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia social, pero marginales» (n. 4).

Recuerdo algunos aspectos de los que habla la encíclica que es urgente incorporar a nuestra vida: la justicia y el bien común. «La ciudad del hombre no se promueve solo con relaciones de derechos y deberes, sino antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión» (n. 6). Por otra parte, «junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común» (n. 7).

Qué fuerza y qué belleza tiene el texto cuando nos dice que «el amor a la verdad –caritas in veritate– es un gran desafío para la Iglesia en un mundo en progresiva y expansiva globalización. […] Solo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador». Es cierto que la Iglesia no ofrece soluciones técnicas, pero tiene una misión que realizar. Y su misión es misión de verdad para todos los tiempos y circunstancias. Tiene que realizar esta misión a favor de una sociedad a medida del hombre, de su dignidad y de su vocación. Desde esta encíclica he querido componer estas bienaventuranzas:

1. Bienaventurados los que se apoyan solo en Cristo. De ahí la importancia del Evangelio para la construcción de una sociedad según la libertad y la justicia. Las causas del subdesarrollo no son principalmente de orden material, sino que están en la falta de fraternidad entre los hombres y los pueblos (Cap. I: «El mensaje de la Populorum progressio»).

2. Bienaventurados cuando el objetivo del desarrollo humano es el bien común y también cuando nos proponemos hacer una nueva síntesis humanista, donde el respeto por la vida nunca se puede separar de las cuestiones del desarrollo de los pueblos. «Cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la vida acaba por no encontrar la motivación y la energía necesarias para esforzarse en el servicio del verdadero bien del hombre» (Cap. II: «El desarrollo humano en nuestro tiempo»).

3. Bienaventurados cuando entendemos que el desarrollo, si quiere ser humano, necesita dar espacio al principio de gratuidad y no anteponer todo a la productividad y a la utilidad, de tal manera que la lógica mercantil debe estar ordenada a la consecución del bien común que es responsabilidad, sobre todo, de la comunidad política. Bienaventurados si buscamos formas de economía solidaria, pues la globalización necesita de una orientación cultural personalista y comunitaria, abierta a la trascendencia y capaz de corregir sus disfunciones (Cap. III: «Fraternidad, desarrollo económico y sociedad civil»).

4. Bienaventurados cuando descubrimos que la economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento. Y no de cualquier ética, sino de una ética amiga de la persona. El lugar central de la persona debe ser el principio en las intervenciones para el desarrollo de la cooperación internacional. No hagamos una reducción de la persona hedonística y lúdica. Promovamos la centralidad de la familia (Cap. IV: «Desarrollo de los pueblos, derechos y deberes, ambiente»).

5. Bienaventurados cuando vivimos y descubrimos que el desarrollo de los pueblos depende sobre todo del reconocimiento de ser una sola familia. En este sentido, la religión cristiana contribuye al desarrollo de la humanidad y de todos los pueblos, «solo si Dios encuentra un puesto también en la esfera pública». Mantener el principio de subsidiariedad unido al principio de solidaridad. Bienaventurados quienes impulsen la reforma de la ONU y de la arquitectura económica y financiera internacional (Cap. V: «La colaboración de la familia humana»).

6. Bienaventurados quienes creen que la técnica no puede tener una libertad absoluta. Y el campo primario de la lucha cultural entre el absolutismo de la tecnicidad y la responsabilidad moral del hombre hoy es el de la bioética. La razón sin la fe está destinada a perderse en la ilusión de la propia omnipotencia. Bienaventurados quienes creen que la cuestión social hoy es una cuestión antropológica (Cap. VI: «El desarrollo de los pueblos y de la técnica»).

Hoy tenemos necesidad de dar rostro a la belleza de la caridad en la verdad. Concluir con estas palabras de la encíclica no es estar fuera de la realidad, es pensar en todos los hombres, sin que Dios sobre: «El desarrollo necesita de cristianos con los brazos levantados hacia Dios en oración, cristianos conscientes de que el amor lleno de verdad, caritas in veritate, del que procede el auténtico desarrollo, no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don. El desarrollo conlleva atención a la vida espiritual, tener en cuenta seriamente la experiencia de fe en Dios, de fraternidad espiritual en Cristo, de confianza en la Providencia y en la Misericordia divina, de amor y perdón, de renuncia a uno mismo, de acogida del prójimo, de justicia y de paz» (n. 79).

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos, Cardenal Osoro
Arzobispo de Madrid

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