Cartas

Miércoles, 28 octubre 2020 16:00

Eduquemos para vivir sirviendo a los otros

Eduquemos para vivir sirviendo a los otros

Leyendo un día los escritos de y sobre la madre Teresa de Calcuta, me impresionó cómo entendió que su vida era para los otros, muy especialmente para quienes no tenían nada. Esto me llevó a pensar en cómo educar para servir a todos y no a uno mismo. Descubrí que la mejor manera de entender quién es el otro y qué quiere de mí se podía descubrir con más hondura escudriñando y ahondando en lo que significan estas palabras de Jesús en la cruz: «Tengo sed».

Estas palabras las había leído muchas veces y son las mismas que cambiaron la vida de la madre Teresa. Ella explicaba: «“Tengo sed”, dijo Jesús en la cruz, cuando fue privado de todo consuelo, muriendo en la pobreza absoluta, abandonado, despreciado y roto en cuerpo y alma. Él habló de su sed no de agua, sino de amor, de sacrificios. Jesús es Dios: por tanto, Su amor, Su sed es infinita» (Explicación de las constituciones originales). Para santa Teresa de Calcuta tienen un sentido tan profundo que su camino existencial fue de otra manera. Cuando las acogió, asumió el compromiso de dar su vida por los otros, como ya hacía, pero añadió una dimensión nueva: la daba acercándose a quienes tenían más sed, a los más pobres.

¿Cómo podemos educar para ser capaces de mirar a los demás así? Como nos describe el apóstol san Pablo «tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia» (Fil 2, 5-7). El Hijo de Dios nos enseñó a ser hermanos de todos los hombres. Nadie de nosotros puede renunciar a ser hermano de los demás ni a mostrarlo en concreto con el que tiene a su lado. En la educación hemos de mostrar que nuestra misión es ser sostén, acompañante y guía de los demás. Y lo hemos de hacer de un modo consciente, con entusiasmo y no como una carga, pues estamos llamados a crear fraternidad, con las razones que nos ha dado Dios y que entendemos cuando nos dejamos hacer la misma pregunta que hizo a Caín: «¿Dónde está tu hermano?».

Son de una hondura especial las palabras de la madre Teresa cuando confiesa que el «tengo sed» le hizo entender que su vida era para los otros y que debía tener esa predilección especial por los más pobres: «Fue aquel día de 1946, en el tren de Darjeeling, cuando Dios me hizo la llamada dentro de la llamada para saciar la sed de Jesús sirviéndole en los más pobres de los pobres». Estas palabras la llevaron a la radicalidad más absoluta; a cada uno de nosotros nos llevan a entender que la radicalidad para servir al otro, la radicalidad para tener al otro como hermano, para construir un mundo donde oiga que debo abandonar lo mío para ponerme al servicio del otro, es una tarea para la que debo estar disponible.

Ese «tengo sed», en cada uno de una manera, se manifiesta en la urgencia de ponernos todos al servicio de los demás. Lo nuestro no es el egoísmo, es la donación al otro. Somos servidores de los otros no por imposición, sino porque hemos sido creados para salir de nosotros mismos: nuestra vida es para los demás, es un sinsentido encerrarnos en nosotros mismos. Y ello lo hemos de hacer con entusiasmo: no nos puede costar estar abiertos a los demás. Viviendo para los demás seremos felices y haremos felices a los demás; responderemos a la constitución de nuestra vida tal y como el Creador nos hizo. Pero además esto es lo razonable de personas con racionalidad, pues encerrados en nosotros mismos nos agriamos. Necesitamos a los demás para crecer y desarrollarnos. No son un estorbo, sino que nos debemos a ellos. Las palabras que sintió la madre Teresa de Calcuta como invitación de Jesús son válidas para entendernos a nosotros mismos: «Ven, sé mi luz. No puedo ir solo. Ellos no me conocen, y por lo tanto no me quieren. Tú ven, ve entre ellos. Llévame contigo a ellos. Cuánto anhelo entrar en sus agujeros, en sus oscuros e infelices hogares. Ven, sé su víctima. En tu inmolación, en tu amor por Mí ellos Me verán, Me conocerán. Me querrán» (carta al arzobispo Ferdinand Périer, 3 de diciembre de 1947).

Estamos llamados a ser prójimos, no meros vecinos. Se nos llama a la projimidad, a vivir para el otro. Tenemos que educar para ello. Cada momento histórico nos pedirá reinventar nuevos métodos y encontrar recursos, pero siempre tendremos que estar preguntándonos y reflexionando sobre quiénes entran en nuestra vida físicamente o a través de las pantallas, qué nos entregan, qué cosas se nos presentan como importantes, cuáles son las ocupaciones que llenan nuestro tiempo, de qué y por quién buscamos la orientación de nuestras vidas… Para ello, tengamos presentes estas tres claves:

1. Generemos procesos más que dominar espacios. Importa impulsar con mucho amor procesos de maduración de la liberad para capacitar y realizar un crecimiento integral.

2. Comprendamos que lo que importa es ver dónde se está existencialmente, qué convicciones, objetivos, deseos y proyectos de vida se tienen.

3. Tomemos conciencia del camino real en el que estamos metidos, dónde tenemos situada nuestra alma, qué es lo que realmente sabemos y qué buscamos para nuestro hogar común. Es importante que las personas vean que su vida y la de la comunidad están en sus manos y que esa libertad es un don inmenso.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos, Cardenal Osoro
Arzobispo de Madrid

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