Cartas

Miércoles, 09 diciembre 2020 16:00

¿Tienes sitio para mí?

¿Tienes sitio para mí?

Estamos en Adviento y acabamos de celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción, la mujer a la que Dios pide que le preste la vida para tomar rostro humano. También en este tiempo de pandemia, nos toca preparar el nacimiento o poner algún signo en nuestras casas que evidencie que acontece algo realmente importante y lo celebramos. Nos preparamos, nada más y nada menos, que para el nacimiento de Jesús en Belén.

En Madrid hemos hecho unas balconeras, un signo sencillo, con la imagen de Jesús y dos frases: «Quiero entrar en tu casa», «¿tienes sitio para mí?». Se pondrán en todas las parroquias de nuestra archidiócesis. Aunque ahora tenemos límites para juntarnos a causa de la pandemia, vamos a hacerle un hueco en nuestra vida, en nuestra familia, en las diversas realidades que vivimos. Madrid siempre se ha distinguido por su acogida, ¿cómo no vamos a hacer un hueco a Dios para que entre y nos transforme el corazón? Es bueno, además, mostrar esta acogida con signos externos. Y cuando nos pregunten por qué los hacemos, responderemos: «¡Nace Dios! ¡Viene Dios entre los hombres! ¡Llega para regalarnos su amor y para que vivamos de ese amor! ¡Llega para decirnos que nos quiere y que desea que nos ayudemos los unos a los otros porque somos hermanos!».

Hace unos días, rezando laudes como a diario, me acordé en las peticiones de todos vosotros, de los que el Señor ha querido que sea vuestro pastor. Hice una petición quizá más larga que otras veces: tomé el mapa de nuestra Iglesia en Madrid que tengo en la capilla y fui recorriendo los lugares en los que estáis, las parroquias en las que vivís, y pedí: «Señor, que te reciban». Me vino a la mente ese pueblo de la sierra que se convierte cada año en Belén de Judá y, aunque este año no sea igual, todos podemos convertir nuestra casa en el hogar de Belén y experimentar lo a gusto que se está cuando hacemos de nuestra familia un hogar de Belén. Así me surgió el deseo de felicitaros:

1. Feliz Adviento porque esperáis al Señor de la Vida, de la Paz, de la Fraternidad, al que derriba muros y siempre crea puentes para encontrarnos. Así, aun en medio de oscuridades, «brilláis como lumbreras del mundo» (cf. Fil 2, 14-15).

2. Feliz Adviento porque, con vuestra vida y con vuestros gestos, invitáis a todos los hombres a que alaben al Señor y a que descubran su amor misericordioso y su fidelidad para con todos: «Alabad al Señor todas las naciones, […] firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre» (Sal 116).

3. Feliz Adviento porque, con vuestra vida, vuestra entrega, vuestra generosidad, manifestáis que el Señor está cerca de nosotros: «Tú, Señor, estás cerca, y todos tus mandatos son estables» (cf. Sal 118).

4. Feliz Adviento porque, allí donde estáis, queréis hacer ver a los demás que lo que os mueve en la vida es la sabiduría de Dios y no la de los hombres, y por eso la pedís constantemente: «Dame la sabiduría asistente de tu trono […]. Mándala de tus santos cielos» (cf. Sb 9, 1-6. 9-11).

Con los fallos que todos tenemos, estoy seguro de que el Señor que nace en Belén va a hacer de nuestra vida una bella aventura. En Jesucristo encontramos luz, vida, capacidad de perdón, donación siempre a favor de que el otro sea más... Siendo así prolongación en el mundo de la Iglesia, que, si tiene que ser algo, es misionera. Y por ello debe dar sentido a la vida desde la hondura de quien viene junto a los hombres. El Salvador viene a estar con los hombres y a mostrarnos su amor incondicional. En esta pandemia, que causa tanto sufrimiento, tomemos la decisión de ser verdaderos discípulos del Señor: «Vosotros sois la luz del mundo […] y no se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para que alumbre en el candelero y alumbre a todos los de la casa» (cf. Mt 5, 13-16).

¡Qué grande se hace la vida cuando acogemos la invitación que nos hace! Nos pide que cambiemos el mundo, pero no de cualquier manera, sino como Él y con Él. ¡Qué dimensiones adquiere la existencia humana cuando descubrimos y vivimos la fidelidad de Dios, cada uno con sus propias circunstancias! El acontecimiento más grande que ha sucedido en nuestra vida y que la ha cambiado radicalmente ha sido el encuentro con Jesucristo.

Cuando en nuestras casas pongamos el belén o algún signo que manifieste que Dios está con nosotros, pensemos en esto: nunca estamos solos. Él nos acompaña siempre. Es más, sentimos esa cercanía más aún cuando vivimos según sus mandatos. Cuando somos fieles a la manera de vivir que Él desea de todo discípulo, es cuando mejor experimentamos su amor, su misericordia. Directamente o a través de los demás y de los acontecimientos, el Señor siempre tiene la palabra oportuna para manifestar y expresar que está de nuestra parte, que está a nuestro lado. Cada uno de nosotros podríamos escribir infinidad de páginas relatando los encuentros que tenemos con el Señor, las palabras de aliento que recibimos de Él, las direcciones que establece para nuestra vida, el coraje que pone en nuestra existencia para no adaptarnos al mundo, sino para ser siempre expresión del amor de Dios en medio de los hombres. A su lado, todo es claridad y plenitud. ¡Qué belleza adquiere la vida humana cuando no damos luz propia, sino cuando regalamos la luz que nos viene de Jesucristo!

Pido al Señor que descubráis la belleza de ser cristianos: sois luz, canto de alabanza, expresión de la misericordia de Dios, manifestación de la cercanía de Dios a todos los hombres y manantiales de sabiduría divina, que llevará a quienes os encontréis por el camino de la vida a deciros, como dijeron los discípulos de Emaús a Jesús: «Quédate con nosotros».

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos, Cardenal Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

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