Cartas

Miércoles, 17 marzo 2021 16:00

San José: un maestro en la misión hoy

San José: un maestro en la misión hoy 'Sagrada Familia en el taller de Nazaret'. Mosaico de Marko Ivan Rupnik. Colegio Stella Maris de La Gavia, Madrid (imagen cedida por el colegio)

Introducción

La carta apostólica Patris corde del Papa Francisco suscitó en mi corazón el deseo de escribiros esta carta pastoral sobre san José como maestro en la misión. En este trienio he querido que todos nos pongamos en estado de misión para eliminar el riesgo de clausurarnos en nuestros propios intereses y acabar convertidos en discípulos quejosos y quejumbrosos sin pasión por anunciar la alegría del Evangelio. Así, os he dirigido ya las dos primeras cartas pastorales programadas: «¿Qué quieres que haga por ti?», con la pregunta que dirige Jesús al ciego Bartimeo, y la que estamos haciendo vida este año, «Quiero entrar en tu casa», con la petición que hace Jesús a Zaqueo. Ambos textos marcan la dirección en la que deseamos trabajar según el proyecto evangelizador que hacemos trienalmente y que nos viene alentado por la exhortación apostólica Evangelii gaudium. Como sabéis, siempre parto de un texto del Evangelio, ya que la Palabra de Dios contiene un dinamismo de salida que es siempre provocativo y alienta la transformación misionera de la Iglesia y nuestra vocación de discípulos de Cristo y miembros vivos de su Iglesia.

Cuando leí la carta apostólica Patris corde entendí mejor la tarea a la que el Papa Francisco nos convoca. En san José se hacen vida muchos de los desafíos del cristianismo hoy. Por eso está llamado a ser el santo que nos acompañe en el deseo que inspiraba la carta de este curso: «Quiero entrar en tu casa». Deseamos hacernos presentes en todos los caminos y situaciones en los que se encuentren los hombres y las mujeres de nuestra época, pero siempre alentados por el modo y la manera en que lo hizo san José. Las palabras del Papa Francisco son muy clarificadoras: «En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su espíritu. La verdadera novedad es la que Dios mismo misteriosamente quiere producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras. En toda la vida de la Iglesia debe manifestarse siempre que la iniciativa es de Dios, que “Él nos amó primero” (1 Jn 4, 19) y que “es Dios quien hace crecer” (1 Co 3, 7). Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo» (EG 12).

¡Ponte en camino!

¡Qué bueno es que cada discípulo del Señor escuche ese «id»! San José acogió la invitación de parte de Dios para ponerse en camino: en el de hacer un acompañamiento a quien el Señor había elegido para ser Madre de Dios y en el camino de acompañar al mismo Jesús. ¡Qué gracia más grande que todos, sacerdotes, miembros de la vida consagrada, laicos en las más diversas situaciones, con las diferentes responsabilidades que cada uno tengamos, escuchemos en lo más profundo de nuestro corazón al Señor y acojamos lo que nos pide en este momento! La figura de san José suscita el deseo irrefrenable y la urgencia de salir, de atrevernos a llevar la luz del Evangelio, y de hacerlo con la misma prontitud, diligencia y humildad con que lo hizo el padre de Jesús. El mandato de Jesús –«id»– debe ser ejecutado con pasión y con alegría. Se trata de la pasión que brota del encuentro profundo con el Señor y de la alegría que procede de Dios. No es la alegría superficial de la vanagloria humana, sino la de sabernos inmensamente amados por Dios y llamados a contagiar y hacer experimentar ese amor a toda la humanidad y a todos los pueblos de la tierra. Como san José, descubramos que la iniciativa es de Dios y que nosotros aceptamos entrar en ella con todas las consecuencias.

Cuando comienzo a escribiros este texto, sé que las cartas y los documentos no despiertan grandes pasiones. Pero quiero haceros llegar esta carta con la ilusión de que os estimule a experimentar con gozo que, del mismo modo que san José fue llamado a una misión extraordinaria, también todos los hijos e hijas de la Iglesia somos convocados por pura gracia a la pertenencia eclesial para anunciar la Buena Noticia de Jesucristo a nuestros contemporáneos.

San José puede ser para nosotros el santo que nos acompañe, el que nos aporte la mística del anhelo generoso e impaciente de vivir haciendo realidad una opción misionera que nos transforme y nos convierta en discípulos audaces y creativos. Ojalá no nos paralice el manido criterio pastoral del «siempre se hizo así», como subrayaba el Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii gaudium. Pidamos la intercesión de san José para ser partícipes de su estilo de vivir y de hacer, cercanos a las realidades de todos los hombres, anunciadores de la Buena Noticia allí donde estemos, valientes para ir a todos los caminos que transita la humanidad e imaginativos para mostrar de un modo nuevo que somos testigos del amor que Dios tiene por todas sus criaturas.

En la iglesia hay lugar para cada uno con su vida a cuestas

La Iglesia no es la controladora de la gracia, sino su facilitadora. Por eso, es «casa donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas» como nos dice el Papa Francisco (EG 47). En la línea de salir a ofrecer a todos la vida de Jesucristo os escribía la carta pastoral de inicio de curso, «Quiero entrar en tu casa». Ese adentrarse en la morada y en los caminos de los hombres no se puede llevar a cabo simplemente haciendo diagnósticos o solamente con estudios sociológicos. Se trata de entrar como lo hizo Jesús mientras estuvo entre nosotros, con su misma mirada, la mirada del discípulo misionero, la que escruta los signos de los tiempos, la que contempla en profundidad la situación de las personas, la que bucea en las entrañas de la realidad y no se queda en las apariencias ni se deja arrastrar por los prejuicios. Por eso, observa atentamente lo que ha de cuidar y lo que debe eliminar. Alienta lo que se acomoda al proyecto de Dios y deja todo lo que lo oscurece. Para poder decir «Quiero entrar en tu casa» hay que imitar al Buen Pastor. Cuando ve alguna oveja que se pierde, va incansable en su búsqueda. Tiene muy asumida la pedagogía del buen samaritano y, por eso, no duda en detenerse en cualquier camino cuando ve que alguien está tirado y apaleado, cuando alguien no es respetado en su dignidad e integridad. Entonces, se deja sorprender por la inesperada aparición del asaltado, deja todo lo que tenía que hacer y lo levanta, cura, acompaña, monta en su propia cabalgadura y procura un proyecto que termine con su deterioro y lo sitúe en la misma tarea de crear fraternidad.

Estamos viviendo la pandemia de la COVID-19. Todos nos sentimos especialmente vulnerables. Quizá como en ningún otro momento de la vida y de la historia. Es una oportunidad para revivir cómo se inició el misterio de la Encarnación entre los hombres y lo que significó san José. En él descubrimos que hemos pretendido construir la cultura del bienestar y el progreso, y hemos olvidado el cuidado. La pandemia nos ha vuelto a situar en otro paradigma. La vulnerabilidad nos ha hecho ver que el cuidado de los unos a los otros se impone como una necesidad personal, eclesial y comunitaria.

El paradigma del cuidado como Buena Noticia evangélica

Hemos caído en la cuenta de que es urgente pasar del paradigma del bienestar al paradigma del cuidado. Tenemos que cuidar la tierra, cuidar las instituciones, cuidar al ser humano. Se trata de un cuidado que ha de ser integral, pues afecta a todas las dimensiones de la existencia. El cuidado ha de ser competente y compasivo. Es el cuidado delicado que prestó san José a Jesús y a María. Conscientes de esta realidad, los discípulos de Jesucristo hemos de ver que el cuidado se nutre de la educación. No menos importante es descubrir que la Buena Noticia del Evangelio pertenece a las entrañas de lo que es el cuidado y que desde ahí soy convocado a cuidar mis relaciones con Dios y con el prójimo.

Podemos afirmar que hay un antes y un después de la COVID-19. En el después, se nos presenta la imperiosa necesidad de volver a las entrañas del Evangelio, de estar en medio del mundo como los protagonistas de la Encarnación: escuchando a Dios y prestando la vida para que la Vida, la Verdad, el Amor y la Cercanía de un Dios que nos cuida se hiciera presente. En ese protagonismo del cuidado está san José. Con mirada de fe y pasión contemplativa asume la tarea de colaborar activamente, de hacer presente a Dios en medio del mundo. Hoy, en el proceso de secularización que vivimos, en muchas ocasiones se pretende reducir la fe y la misma Iglesia al ámbito de lo privado y de lo más íntimo. Nos encontramos con la figura de san José que colaboró con un protagonismo singular, con innegable presencia pública, pero siempre en un discreto segundo término.

San José acogió en su corazón lo que Dios le pedía. En su corazón estuvo siempre María, y el sí de María a Dios fue también el suyo. Buscó un lugar donde viniese a este mundo Dios mismo. Lo cuidó y colaboró para que una situación absolutamente nueva llegase a todos los hombres, para que descubriésemos lo que significa acoger a Dios. Nos dispuso para cuidar la presencia de Dios y la entrada de Dios en todos los caminos por los que van los hombres: cuidar la tierra, cuidar la familia, cuidar las instituciones para que no dejen de tener vida y sean, a su vez, cuidadoras. ¡Qué fuerza y qué luz nos entrega la Sagrada Familia! Ninguno de sus componentes buscó el bienestar de sí mismo. Todos buscaron cuidarse unos a otros y cuidar a los demás. En definitiva, nos enseñan a cuidar a Dios y mi relación con Él y cuidar al prójimo. El cuidado pertenece a las entrañas de lo que es la Buena Noticia y san José es un protagonista singular del mismo. En efecto, el cuidado en el Evangelio se relaciona con desvelo, solicitud, diligencia, celo, atención, ternura y compasión. Son condición para la realización del aquí y ahora del Reino de Dios.

San José prestó toda su vida cuando Dios mismo se lo pidió. Es bueno comprobar que, cuando esta Noticia no se da o se ponen trabas para hacerla presente, se provocan grandes deformaciones éticas y profundos debilitamientos en la vida de todos los seres humanos. Afectan a lo más íntimo del ser personal y tienen consecuencias graves para la configuración de la vida social. Todo ello pide a gritos una educación que nos enseñe a pensar y a reflexionar con hondura, que ofrezca un camino claro para vivir preocupados por el cuidado de los demás, especialmente por los que más lo necesitan.

Necesitamos hombres y mujeres que busquen soluciones al deseo de paz y de concordia, que procuren el bien para todos, que apuesten por la defensa de la vida y el respeto de los derechos humanos, por volver a descubrir a la familia como escuela donde se aprende a defender y a vivir lo que es la dignidad humana, que anhelen construir el bien común y la justicia social. ¡Qué grandes nos hace a los seres humanos la familia en la que aprendemos a vivir y a convivir en la diferencia! ¡Qué altura alcanza la familia que nos hace experimentar lo que es una vida vivida en la pertenencia a los otros! En ella, los padres asumen la tarea de ser transmisores de la fe a sus hijos y todos asumimos la tarea de cuidarnos los unos a los otros.

Tenemos que poner en el centro de nuestras iniciativas sociales, políticas y eclesiales el cuidado de la gente. Especialmente de las personas más vulnerables. Es el momento de valorar actividades profesionales que cuidan de las personas (servicios domésticos, sanitarios, educativos…) y de tomarse en serio el cuidado de la casa común porque en ello nos va la vida. Ojalá que el distanciamiento que impone el coronavirus no active los miedos y las cautelas frente al prójimo, no multiplique las defensas y las fronteras, sino que nos haga experimentar cuánto necesitamos los unos de los otros.

Junto a san José descubriremos que se impone una evangelización que ha de iluminar nuevos modos de relación con Dios, con los otros y con el mundo. Como miembros de la Iglesia, bajo el patronazgo de san José, sentimos la necesidad de soñar y de descubrir que somos servidores de la Vida misma. Por eso nos serviremos del diálogo y no de la ruptura, del encuentro y no de la demonización del que piensa diferente, de la verdad y no de la mentira, de la defensa de la vida y no de la implantación de la muerte. Hemos de situar a san José como esa persona que, al lado de Jesús y María, buscó servir al cuidado integral, que es precisamente el que hace emerger los valores más fundamentales.

Un rostro y tres fotografías de san José

En el deseo de adentrarnos en todos los caminos por donde van los hombres y no por los que nosotros quisiéramos que fuesen, me propongo acercarme y acercaros a la persona de san José para sugeriros algunas tareas que podemos emprender imitando su fe y su generosidad:

1. San José al servicio de Dios y de los hombres: servidor y cuidador

Su apuesta por servir al misterio de la Encarnación se ve desde el momento en que José conoce de parte de Dios lo que sucede: «La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 18-21). La respuesta de san José fue inmediata tal y como nos dice el Evangelio: «Hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer» (Mt 1, 24).

La narración es de una belleza inigualable y la respuesta de san José es de una generosidad que todos debiéramos imitar. ¿Os habéis dado cuenta de que el gran desafío que tenemos en nuestra vida es asumir una espiritualidad misionera, de servicio, que alimente el encuentro con los demás? Hemos de poner todo lo que somos y tenemos al servicio de los otros. No hemos sido llamados a la pertenencia eclesial para servirnos de, sino para servir y cuidar a los demás, con el desafío de hacerles alcanzable el encuentro con Jesucristo.

San José nos invita a retirar nuestro individualismo egoísta, a asumir nuestra identidad y a llenar nuestra vida de fervor como hizo él cuando escuchó lo que Dios le pedía. Imitemos a san José; no dejemos que las circunstancias, las dificultades e incomprensiones, nos roben el entusiasmo misionero, ese que san José recibió cuando aceptó con todas las consecuencias las palabras que Dios le dirigió: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo» (Mt 1, 20b). Imitémosle en ese deseo incansable de servir a Dios y a los hombres.

2. San José comprometido en iluminar y comunicar vida

Qué belleza y qué respuesta y compromiso de san José expresan estas palabras del Evangelio: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa Dios con nosotros. Cuando se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer» (Mt 1, 23-24). Estas palabras las escuchamos en un momento de la vida de la Iglesia en el que necesitamos dinamismos misioneros, esos que llevan sal y luz a nuestro mundo, que hacen posible que aparezcan otros sabores y otras iluminaciones que nos lleven a un compromiso cada día más fuerte en la tarea evangelizadora. No podemos desempeñar este cometido ilusionante de cualquier manera, sino con la fuerza y la audacia que el amor de Dios nos regala cuando nos envuelve y nos lanza fecundos a la misión en medio del mundo para cuidar de él, aportarle luz y comunicarle vida.

San José nos enseña que el problema no es el exceso de actividades, sino las motivaciones desde las que las llevamos a cabo. El padre de Jesús tuvo que hacer un sinfín de cosas variadísimas: buscar un lugar para que naciese el Salvador, trabajar para sacar adelante a su familia, emigrar para salvar la vida del Hijo de Dios, educar a su Hijo, pasar desapercibido para que el protagonista fuese Dios y no él... San José prestó atención a las personas que tenía al lado, vivió con la ilusión de ser colaborador del misterio de la Encarnación, fue llamado a iluminar y a comunicar vida, pero siempre sin aparecer como protagonista. Hizo todo en silencio, dejando cultivar aquello que genera luz y que lucha contra la polilla que da muerte al dinamismo apostólico. De él podría afirmarse también: «No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz» (Jn 1, 8).

¡Qué fuerza y qué belleza tiene ponerse al servicio de la luz y de la vida! San José, en las pocas palabras que se refieren a él en el Evangelio, mantuvo siempre una mirada confiada y creyente sobre las continuas sorpresas que le tocaba vivir. A ese respecto, viene bien recordar las palabras de san Juan XXIII en el discurso de apertura del Concilio Vaticano II: «En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquella lo dispone para mayor bien de la Iglesia».

Escuchar estas palabras hoy, en plena pandemia que asola a la humanidad, es volver a descubrir la grandeza del mandato del Señor de anunciar el Evangelio. Sí, anunciar al que nos cuida y nos ama, el mismo que nos invita a cuidar y a mostrar su ternura a todos los hombres y mujeres. Este es nuestro compromiso. San José comenzó su tarea porque se fiaba de Dios y, por tanto, tenía seguro el triunfo. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en la victoria. San José nos invita a dar una respuesta clara y comprometida, que envuelva toda nuestra vida, que ilumine y comunique vida. Seguir las huellas del padre de Jesús nos hace descubrir y volver a lo esencial para vivir y dar vida. No se nos escaparán los signos de sed de Dios y de búsqueda de sentido de la vida que hay a nuestro alrededor. Necesitamos hombres y mujeres de fe, que alienten con su propia vida, como san José, y que indiquen el norte del sentido entrando en los complejos y tormentosos caminos de los hombres ayudándolos a mantener viva la llama de la esperanza.

3. San José muestra que servir a Dios requiere valentía y creatividad

¿De dónde surgen la valentía y la creatividad en san José? Valentía y creatividad aparecen cuando encontramos dificultades. Son los desafíos los que nos hacen ser creativos y buscar nuevos recursos, los que suscitan la nueva imaginación de la caridad. Hoy, ayudados por las nuevas tecnologías, sentimos el desafío de vivir juntos, de vivir de cara los unos a los otros, de no darnos la espalda ante las dificultades. En estos momentos, palabras como encontrarnos, darnos la mano, apoyarnos, cuidarnos, querernos… ayudan a formular la gramática de la fraternidad y de la amistad social. Si las ponemos en juego existencial, ¡qué bueno y sanador sería! El bueno de san José percibió que lo que Dios le pedía requería valentía y creatividad. Respondió a Dios de manera diligente y sin rodeos: «Hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer» (Mt 1, 24).

San José no se encerró en sí mismo. Atrincherarse envenena las relaciones, amarga la vida de uno mismo y enferma las relaciones con los demás. Al final, si cada uno se parapeta en su trinchera y vive al otro y a sus circunstancias, por sorprendentes que nos resulten, como un enemigo, perdemos todos. La respuesta de san José confiada, generosa y amable hasta el extremo es reflejo de la paternidad de Dios en Jesús.

¡Qué sanadora es la respuesta de san José! No solamente es valiente y creativa, también tiende puentes y hace superar la sospecha, la desconfianza y el temor. El esposo de María escapa a la tentación de vivir aislado en el círculo de los íntimos, no renuncia a la dimensión pública que tiene el nacimiento de Jesucristo. San José nos invita a correr el riesgo de dejarnos encontrar con el rostro del otro, con esa presencia que se impone y que siempre interpela, eco de la presencia de Dios mismo. La fe verdadera en el Hijo de Dios es inseparable del don de sí mismo. La vida de san José, aunque de ella no nos da mucha noticia el Evangelio, es un testimonio de lucha contra el miedo a lo desconocido, de confianza en el prójimo, de apertura a la vida y a su novedad, de no quedarse en legalismos y convenciones y apostar por la creatividad y la valentía que otorgan la fe: «No temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21).

San José nos invita a cuidar, que es lo mismo que no escapar y evitar quitarse de encima a los demás. Acoger en la vida a Cristo como lo hizo san José supone acoger a todos los hombres por los que se hizo hombre Jesús. ¡Qué remedio más verdadero nos ofrece san José! Nos ayuda a reconocer que el único camino para poder encontrarnos los seres humanos es el que nos ofrece Dios mismo: el mismo camino que le pidió a él, un camino de fe y lleno de esperanza, el del Dios-con-nosotros. El Señor no tuvo a menos hacerse Hombre, ni uno de tantos. Ello nos lleva a aceptar a todos como compañeros de camino, eludiendo las resistencias internas y los prejuicios y tratando de descubrir el rostro de Dios en los demás, especialmente cuanto más diferentes a nosotros fueren.

Cuando Jesucristo irrumpió en este mundo, san José hizo todo lo que estaba de su parte para que nadie pudiera estropear su presencia. Llegó a hacerse emigrante con María y con Jesús con tal de salvar a quien vino a regalar la salvación a todos los hombres. ¿Os habéis dado cuenta de lo que supone colaborar con quien vino a enseñarnos a mirar la grandeza sagrada del prójimo, con quien nos enseña a descubrir a Dios en cada uno de los seres humanos?

Conclusión. Lo que dijo Dios a san José te lo dice a ti y a mí ahora: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre» (Mt 2, 13)

En este año de san José y de la familia, pidamos con fuerza al Señor que nos haga entender la ley nueva del amor. El Papa Francisco, a través de las exhortaciones y de las encíclicas que nos ha regalado, nos invita a la misión. Quiere que la llevemos a cabo cuidando nuestro mundo y sabiéndonos hermanos de todos los hombres y mujeres que habitan nuestro planeta. Recordemos las expresiones de san Pablo formulando el imperativo del amor: «No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien» (Rm 12, 21) o «¡No nos cansemos de hacer el bien!» (Ga 6, 9). Quizá pasar del paradigma del bienestar al del cuidado nos ayude a permanecer en el amor fraterno y a no dejarnos robar este ideal.

Recordemos las palabras del Papa Benedicto XVI: «Es importante saber que la primera palabra, la iniciativa verdadera, la actividad verdadera viene de Dios y solo si entramos en esta iniciativa divina, solo si imploramos esta iniciativa divina, podremos también ser –con Él y en Él– evangelizadores» (meditación en la primera Congregación general de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos, 8 de octubre de 2012). Experimentar esto con san José será una auténtica gracia para todos los discípulos de Cristo.

Concluyo invitándoos a rezar la oración que el Papa Francisco compuso para san José: «Salve, custodio del Redentor y esposo de la Virgen María. A ti Dios confió a su Hijo, en ti María depositó su confianza, contigo Cristo se forjó como hombre. Oh, bienaventurado José, muéstrate padre también de nosotros y guíanos en el camino de la vida. Concédenos gracia, misericordia y valentía, y defiéndenos de todo mal. Amén».

+Carlos, Cardenal Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

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