Cartas

Domingo, 10 mayo 2020 20:15

El cardenal Osoro pide pastores que prediquen el Evangelio con su vida y sus palabras como san Juan de Ávila

El cardenal Osoro pide pastores que prediquen el Evangelio con su vida y sus palabras como san Juan de Ávila

Queridos hermanos: 

En la fiesta de san Juan de Ávila, al no poder hacerlo como otros años, me ha parecido oportuno dirigirme a vosotros en este día por carta y hablaros desde el corazón de este santo. Es una carta. Por tanto, sus citas las recojo de mis fichas personales en las que están textos de sus cartas, memoriales, etc. No es ningún tratado. Es la carta de un padre que desea conversar con vosotros sobre aspectos importantes de nuestro ministerio sacerdotal para este momento que nos toca vivir. Recojo algunos de los textos de san Juan de Ávila que a mí, a través de mi vida y de mi ministerio, más me han afectado en lo profundo de mi corazón. Recordamos en esta fecha a quienes no están con nosotros y felicitamos a quienes celebran las bodas de plata y oro sacerdotales. Lo celebraremos si Dios quiere. Gracias a todos y que el Señor nos siga bendiciendo.

Introducción

Acercarse a la persona y ministerio de san Juan de Ávila se puede hacer desde diversos enfoques, pero yo quiero hacerlo hoy a través de su ministerio pastoral y desde cuatro perspectivas que abarcan su vida de pastor. Para ello, me sitúo ante él no como investigador de sus obras, sino como lector asiduo que soy y, por tanto, de pastor a pastor. En este tiempo de pandemia me ha ayudado a centrar mi vida esta perspectiva, y es la que os ofrezco.

Las cuatro perspectivas desde la que sitúo mi reflexión son: 1. Un pastor al servicio de la sociedad de su tiempo desde el Evangelio; 2. Un pastor identificado por sus contemporáneos, sobre todo como predicador del Evangelio, con su vida y con sus palabras; 3. Un pastor reformador que diagnosticó los males de su tiempo y quiso curarlos, y 4. Un pastor que fue guía y maestro espiritual.

1. Un pastor al servicio de la sociedad de su tiempo desde el Evangelio

Me han impresionado siempre estas palabras suyas en las que nos comunica lo que es más importante para entrar con todas las consecuencias en este mundo. Desde ellas vivió su existencia y su ministerio sacerdotal: «Una es la Palabra de Dios, otra es la continua oración, otra es el recibir muchas veces el precioso cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. Estas tres cosas leemos haber sido muy usadas en el principio de la Iglesia cristiana; y por eso fue tan próspera en Dios, y así lo será en todo tiempo cualquiera ánima que estas tres cosas usare, con las cuales se hará una tan fuerte atadura de ella con Dios, que ni demonio, ni carne, ni mundo sepan ni puedan romperla». Con ellas penetró en todas las realidades de su tiempo y con ellas sabía estar presente el humanismo de su época. 

Poner como centro la Palabra, la oración y la Eucaristía, no significó en su vida ponerse al margen del pensamiento y de conocer a quienes más influían en su época. Los había leído, pero todo lo hacía desde ese anclaje que dan a la vida esas palabras con las que solía concluir sus cartas: «orad, leed, comulgad»; o estas otras: «leed, orad, y comulgad y tened caridad, y será Dios con vos». ¡Qué manera tenía de organizarse en la vida! Tenía un programa de existencia sublime: misiones populares, crear centros educativos, atender un hospital, aconsejar a quienes le consultaban, resolver eficazmente problemas técnicos... Pero con todo esto, estaba siempre inmerso en la tarea pastoral que era lo principal para él. Lo anterior eran solo medios para realizarla. El maestro Ávila estuvo presente en todos los campos de promoción del ser humano. Pero el motor y la raíz de todo ya os dije quién era, quién orientaba su servicio a la sociedad en todos los campos. Así lo evidencian sus proyectos y sus discípulos.

2. Un pastor identificado por sus contemporáneos sobre todo como predicador del Evangelio con su vida y sus palabras

Las palabras que salían de la boca de san Juan de Ávila eran como saetas encendidas que salían de su corazón. Podríamos decir que el amor a Dios y al prójimo constituían el núcleo esencial de su ministerio y regían sus actuaciones. Hay unas palabras de fray Luis de Granada sobre el maestro Ávila que merecen la pena ser meditadas: «No sabré determinar con qué ganó más ánimas para Cristo, si con las palabras de su doctrina o con la grandeza de su caridad y amor, acompañado de buenas obras».

Me gusta decir que para san Juan de Ávila predicar es engendrar. Es tener ese arte de amar que hace crecer y brotar en las personas fortaleza y libertad siempre, que no nos hace tener dependencias de quien ha sido mediador, pero que provoca proclamar: «Creo, Señor, acojo tu vida y tu amor». El maestro Ávila no entiende la paternidad en términos de paternalismo. Da importancia grande a suscitar adultos en la fe y no personas dependientes. Unas palabras suyas nos lo recuerdan claramente: «No los enseñe a estar colgados de la boca del padre; más si vinieran muchas veces, mándeles ir a hablar con Dios en la oración aquel tiempo que allí habían de estar […] que en cualquier tribulación que les venga, luego corren a sus padres todos turbados, porque ninguna fuerza tienen en sí; y aunque el padre no debe faltar en tales tiempos, mas decirles que vayan delante de Nuestro Señor, y se le representen con aquella pena, porque no pierdan tal tiempo de comunicación con Él, que es el mejor de los tiempos».

El carácter interior de esa predicación que engendra, gesta, alumbra y hace crecer brotaba de su cuidado de la oración, de su configuración con Cristo. Me impresionó siempre ver en la lectura de san Juan de Ávila cómo el ministerio suyo es trinitario y cristológico. ¡Qué maravilla oír hablar a Dios con una lengua de carne! ¡Qué hondura alcanza la vida humana cuando es levantado el hombre haciendo posible que sea órgano de la voz divina!

3. Es un gran reformador en unas circunstancias necesarias de reforma

La reforma que san Juan de Ávila promovía y que veía que la Iglesia necesitaba nacía de un corazón lleno de amor a la Iglesia y a los hombres. Pero ciertamente de esto se habló poco. Recuerdo que mi profesor de Historia de la Iglesia en la Facultad de Teología en Salamanca, D. Ignacio Tellechea Idígoras, así nos transmitía los deseos reformistas del maestro Ávila. Los veía como una necesidad descubierta desde su rica experiencia pastoral y desde una profunda oración y la honda mirada espiritual que hacía de la realidad. Su sabiduría bíblica y el discernimiento espiritual constituyeron dos pilares de su análisis. Sabía acercarse a la realidad contemplando las heridas producidas por la falta de amor. Así pudo diagnosticar los males de la Iglesia. Vio que había tres causas en la división de la Iglesia: 1) El apartamiento de la fe que traía el deterioro de la vida cristiana; hoy diríamos la falta de ortopraxis; y 2) En los responsables de alimentar la vida de la Iglesia y alentar su misión abundaba la tibieza, la mediocridad, la falta de aprecio a la vida sacramental, la soberbia. Decía él: «¿Cómo ejercitarán oficios de médicos, pues nunca aprendieron el arte? ¿Cómo aprenderán lo que no quisieron saber? Y ¿cómo han de saber lo que no tienen por necesario, para el buen uso de su oficio? O, si les parece que esta arte , estiman en tan poco a ellas y a él, que el alteza de ellos no se quiere inclinar a ejercitar cosa tan baja; ni el regalo de ellos sufrelos trabajos que son menester para curar llagas feas de mirar y penosas para oler, y para tomar en los hombres las ovejas perdidas, y llorar y orar de noche por ellas, pidiendo pasto al Señor con que provechosamente las apacientes de día: sufrir al tentado, esforzar el escrupuloso, dar vivos ejemplos de perfecta virtud, abajarse a comunicar con los pobres, hacerse siervo del pueblo por Dios, y otros semejantes trabajos que los buenos prelados tienen por honra y descanso, y los malos huyen de ellos con todas sus fuerzas».

A quienes trastocan su misión los llama san Juan de Ávila «falsos enseñadores», porque realizan un vaciamiento de la predicación cristiana. Para revertir este estado de cosas, propone una alternativa radical: la vuelta a la pobreza, la formación y la santidad. Da un gran relieve a la defensa de la Madre Iglesia, haciéndonos ver su santidad y apostolicidad.

Nos regala la clave de la reforma que ve que hay que realizar: formar ministros en los que more fundamentalmente la gracia y la virtud. Relegaba y deseaba que los criterios dominantes de su época no se impusieran en la selección de candidatos: letras, riquezas, oficios, linajes. Dice él: «No sea el preferido más docto al más virtuoso, ni hagan contrapeso letras donde lo hiciere por otra parte la virtud; porque para eso se ordenan colegios, para cumplir estas faltas y para que, tomando como de la mano de Dios a una persona virtuosa, tome la Iglesia cargo de instruirlla y labrarlla para su edificio. Ni sea estorbo el oficio ni otra cosa semejante donde pareciere la virtud».

Pero la reforma en la que piensa san Juan de Ávila va mucho más allá de los obispos, sacerdotes y seminarios. Quiere la reforma de todos sus miembros. De ahí el cuidado que pide que se preste a la educación, la catequesis y la atención a los pobres. Nos manifiesta el arte de las artes para saber guiar y curar. Esta hay que ponerla en la formación de los sacerdotes y en su vida ministerial. Por ello, nos recuerda el texto del profeta Ezequiel: «No habéis robustecido a las débiles, ni curado a la enferma, ni vendado a la herida; no habéis recogido a la descarriada, ni buscado a la que se había perdido, sino que con fuerza y violencia las habéis dominado» (Ez 34, 4).

4. San Juan de Ávila, un pastor que fue guía y maestro espiritual

Sencillamente quiero recordar unas palabras de san Juan de Ávila que para mí siempre han sido importantes. Tenemos necesidad de tener un guía y maestro espiritual: hombre de letras, preparado y con experiencia de Dios. Si no lo tenemos, busquémoslo. Yo tengo guardadas unas palabras de él que siempre han sido fundamentales en mi vida y que siempre aconsejé: «[…] conviene que, para lo que toca al recogimiento de vuestra conciencia, toméis por guía y padre alguna persona letrada y ejercitada y experimentada en las cosas de Dios. Y no toméis a quien tenga lo uno sin lo otro, porque las solas letras en ninguna manera bastan a regir los particulares movimientos ni necesidades del ánima, ni a saber juzgar de las cosas espirituales, y muchas veces pensará ser engañado del demonio las que son mercedes de Dios, como hicieron los apóstoles que, andando en tormenta de la mar y tinieblas, pensaron que quien venía a ellos andando sobre la mar era alguna fantasma, siendo Cristo que es de verdad Dios (cf. Mt 14,26)».

Como maestro, nos enseña la necesidad de convertirnos en maestros de oración, de comunicarnos con Dios, de allegarnos a Dios, de depositar la confianza en el Señor, de mostrar afecto o sentimiento interno hacia las entrañas de Dios. Se trata de cultivar el deseo de dar la vida. Como el Maestro Ávila advertía: «Avisad, amigo, que el llamamiento de Cristo a nadie hace perfecto, si el llamado no acude de veras a quien le llama, cumpliendo la voluntad del Señor que le llamó».

Fue un pastor y guía espiritual y lo sigue siendo. Nos enseñó que la mística de la mirada al Crucificado fue la que alimentó su ascética de mortificación, del amor y de la entrega a todos los hombres.

He ido hilvanando mis fichas para ir haciendo con sus frases esta carta que os entrego a todos los sacerdotes en este día con todo mi afecto. Quisiera que no las veáis como unas palabras más. Salen de mi corazón y han querido ser confrontadas con un pastor santo que, tanto en vida como ahora, sigue ayudándonos a todos los sacerdotes a ser santos en esta nueva época que ya está entre nosotros.

Con gran afecto y agradecimiento a todos los sacerdotes, os da un abrazo fraterno y mi bendición,

+Carlos, Cardenal Osoro, arzobispo de Madrid

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