Santa Teresa de Calcuta, portavoz del grito más necesario

Al comenzar este nuevo curso quiero hablaros de santa Teresa de Calcuta, canonizada el pasado domingo en Roma. El Papa Francisco la definió como «una incansable trabajadora de la misericordia» por su labor con hombres y mujeres, con rostros concretos, en todas las latitudes de la tierra, desde el inicio de la vida hasta la muerte. Con su ejemplo, ¡qué bien nos hace entender la madre Teresa lo que Dios desea de nosotros los hombres! Quiero resumirlo en tres direcciones:

1. Es portavoz, en el siglo XXI, del grito más necesario para los hombres por parte de Dios: «¡Amaos los unos a los otros!». Como subraya el apóstol san Juan, «amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios [...]. En esto consiste el amor: [...] en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación para nuestros pecados. La madre Teresa, portavoz de Jesucristo, nos dice con su vida y con sus obras que lo que más necesita el hombre es amar y ser amado. ¿Por qué se le acercaban todos los hombres, ricos y pobres, sabios e ignorantes, arrogantes y sencillos? ¿Por qué? Ella cambiaba los corazones de todos con su vida, que expresaba lo más real que cada ser humano tiene en el fondo del corazón: el amor es el gran olvidado en nuestro mundo. Y ella nos hizo caer en la cuenta –como lo hace hoy a través de sus hijas y de sus obras– de la presencia de ese amor. Nos gritaría: «Dad rostro a Cristo con vuestra vida».

Nos viene bien a todos preguntarnos cuál es la voluntad de Dios para y en nuestra vida. La respuesta nos la da Jesucristo: que nos amemos como Él nos ama, sin condiciones. ¿Se manifiesta esto entre nosotros cada día? ¿Se manifiesta en nuestras relaciones personales, familiares, culturales, económicas, políticas, etc.? Santa Teresa nos dice que el amor solamente existe encarnado. Nos recuerda cómo Dios hizo posible que los hombres entendiésemos qué y quién es el amor, se encarnó, tomó rostro humano. Ella nos dice que así se tiene que entregar en este mundo, en el servicio a cada persona, ya que el amor es don, sangre derramada, paciencia, sonrisa, compañía, escucha, caricia, comprensión. Y todo ello sin ningún límite, ya que es Dios quien da su amor a través de nosotros. Es un amor para todos, sin distinción de ningún tipo. Este amor es imposible de entender si no estamos unidos a Él, porque es entonces cuando descubrimos que, nos encontremos a quien nos encontremos, estamos sirviendo a Jesús.

2. Los hombres de hoy tienen más necesidad que en otras épocas de frescura y autenticidad, que no es tirar o echar en cara nada a nadie, sino ser luz, huerto regado, manantial de agua que sacia la sed. ¿Por qué acogían todos los hombres, de todas las condiciones, a la madre Teresa? Ella no callaba nada, hablaba fundamentalmente con obras y, si pronunciaba palabras, eran de esperanza a quienes pedían ayuda, y para recordar que Dios nos pide dar siempre para que otros crezcan y vivan.

El profeta Isaías nos dice que «cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará la luz en las tinieblas». Como él, santa Teresa de Calcuta nos trae la noticia de dónde está la frescura y la autenticidad que quiere Dios de los hombres. «El ayuno que yo quiero es este: abrir las prisiones injustas [...]; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne, [...] brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía, [...] serás huerto bien regado, un manantial de aguas».

El día que entregaron el Nobel de la paz a madre Teresa, el presidente del Comité del galardón, Egil Aarvik, señaló que reconocían «a aquella que con mayor entusiasmo ha cumplido este mandato de cuidar la prójimo, sin fijarse en las fronteras». Y creo que, si tuviese que decir en pocas palabras dónde se encuentra el nervio de la existencia de santa Teresa, os diría precisamente que se encuentra en esta convicción: «Las fronteras, la división, los motivos de enfrentamiento no son más que las consecuencias de que el hombre ha abandonado a Dios, ha olvidado que Dios le ama». Y añado yo que, al mostrar el rostro de Dios desde la caricia, la cercanía, la sonrisa, el recuerdo de que el ser humano es imagen y semejanza de Dios, lograba que quienes estaban a su lado se sintieran a gusto y contribuyeran en su causa: acercar el amor de Dios a los hombres.

3. Estamos llamados a concretar en la realidad lo que invocamos en la oración y profesamos en la fe: no hay alternativa a la caridad. Como refleja el Evangelio, las obras de misericordia son concretas y para siempre. Nuestra vocación de discípulos de Cristo es la caridad. En la madre Teresa tenemos un recuerdo permanente y cercano a nuestras vidas de lo que somos; ella es recuerdo de Cristo que se quiere seguir acercando a todos los hombres, es un compromiso con los más pobres y descartados de la vida. ¿Salgo en búsqueda de los hombres igual que el Señor salió a buscarme a mí? ¿Reparo en todos, en quienes han perdido la fe o viven como si Dios no existiera, en los jóvenes que no viven con ideales y en las familias en crisis? ¿Me inclino ante los enfermos, encarcelados, refugiados, inmigrantes? ¿Atiendo a los abandonados, niños y mayores, enfermos o sanos? Mi vida, como la de Jesús, tiene que estar disponible para acercarme a todos como santa Teresa de Calcuta, comprometiéndome en la acogida y en la defensa de la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada y descartada.

Abramos horizontes de alegría y esperanza mostrando, regalando y comunicando el amor misericordioso de Dios, mirando, tocando, hablando, orando, entrando en el corazón de todos los hombres, como lo hizo Nuestro Señor Jesucristo, que es Dios mismo entre nosotros. «Cada vez que lo hiciste con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis». ¿Qué quiere decirnos el Señor con esto? A través de la madre Teresa lo vemos claramente:

  • Que tengamos siempre el gusto de Cristo: que todos los hombres puedan conocerlo y amarlo. Él es el centro desde el cual solo se puede difundir la paz. Seamos troquelados por Él en imágenes de Dios; para ello, unámonos a Él, celebremos que Dios nos ama. Regalemos perdón, pues perdonar nos da un corazón puro. ¿Quiénes somos nosotros para condenar a nadie? Sintamos la gracia de que el mayor premio y regalo es amar a Jesús, pues hemos sido creados para amar a Jesús.
  • Que descubramos siempre a Jesús entre los hombres: quienes nos ven han de poder ver a Jesús en nosotros. Mostremos que la misión principal de los cristianos es amar y recordemos a los hombres que son amados por Dios. Siempre me preocupa eliminar distancias entre los hombres y por eso busco gestos que despierten la confianza y la cercanía, nuestro trabajo ha de ser nuestro amor en acción; que, con nuestro cariño, los que nos rodeen descubran el amor de Dios.
  • Que como Jesús pasemos haciendo el bien: la prueba que Dios nos pone es elegir el camino que nos propuso, el de amar y dejarnos amar por Él. Solamente se puede amar y servir a las personas en concreto y no a muchedumbres en abstracto. Tenemos que darnos cuenta de que somos pecadores, pues así nos será más fácil perdonar a los demás. La fe es generosa y siempre dispone a amar. Sentirse felices con Dios en este mundo supone algunas cosas: amar como Él, ayudar como Él, dar como Él da, salvar como Él... Para esto hay que permanecer en su presencia.

Experimentemos como santa Teresa de Calcuta su contacto con nosotros.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos, arzobispo de Madrid

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