Recuerdo agradecido a san Manuel González

El Papa Francisco canonizó el pasado domingo a don Manuel González, obispo del sagrario, hoy ya san Manuel González. Por eso, os quiero hablar del proyecto espiritual y humano engendrado en la Eucaristía que vivió y presentó a la Iglesia. A través de su vida y de sus escritos nos manifestó la grandeza de la existencia humana cuando se eucaristiza, como él decía, la pasión que alcanza un discípulo de Cristo eucaristizado para el anuncio del Evangelio, y el compromiso fundamental que tiene que realizar para permanecer fiel y lúcido en el momento que le toca vivir y utilizando el arte verdadero que se engendra en la Eucaristía, para ser testigo del Señor en medio de este mundo.

¡Qué fuerza y qué belleza tiene la Eucaristía en la transformación de la persona y de un pueblo! La realidad del pueblo sin Eucaristía le da tanta angustia a san Manuel González que lo compara con aquella expresión del profeta: «Se arideció mi corazón porque dejé de comer mi pan». Al ver a las personas en el camino de sus vidas, no duda en señalar esto: «Cuando veo a esas turbas que pueblan los alrededores de nuestros templos y, en las lágrimas de sus ojos y en el rechinar de sus dientes y en la postración exterior de sus cuerpos, adivino los desengaños, las desesperaciones y las rabias de sus adentros, como si fueran incurables, teniendo tan cerca el Médico, no puedo menos de acordarme de la gran lástima con que el Maestro vaticinaba estas hambres la tarde de la multiplicación del pan: “Si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán en el camino” (Mc 7, 3)».

Cree tanto en la fuerza de la Eucaristía y en la transformación que ejerce en la vida de los hombres y en la historia, que dice sin rubor: «¡Y ahora no se me diga que el pueblo no comulga porque se fue! Y está muy ido, que yo digo que lo contrario es la verdad, que el pueblo se fue porque no se le dio de comulgar». Y añade: «Tengo la persuasión firmísima de que prácticamente el mayor mal de todos los males y causa de todo mal, no solo en el orden religioso, sino moral, social y familiar, es el abandono del Sagrario [...], el abandono de la Eucaristía, al cegar la corriente de esa fuente, priva a Dios de la mayor gloria que de los hombres puede recibir y a estos de los mayores y mejores bienes que de Dios pueden esperar».

Eucaristizar el mundo es todo un proyecto que san Manuel González vive con hondura y convicción. Para lograrlo, propone vivir desde las generosidades que Dios hizo con los hombres en la Eucaristía, que para él es una historia con tres libros: el de la Eucaristía-Misa, el de la Eucaristía-Comunión y el de la Eucaristía-Presencia real. A cada uno de estos libros le da unos contenidos. Pero lo más importante es ver cómo él incide en que, para eucaristizar el mundo, hay que conocer y dar a conocer a Jesucristo: «¡Conocer y dar a conocer a Jesús! ¡Conocerlo y darlo a conocer todo lo más que se pueda! He aquí la suprema aspiración de mi fe de cristiano y de mi celo de sacerdote, y la que quisiera que fuera la única aspiración de mi vida. Y no digo conocer y amar, y darlo a conocer y amar, porque, con que se conozca, basta». Pero para esto, hay que conocer su Corazón: «Conocer a Jesús conociendo su corazón [...] ¡Entrar en su Corazón, es decir, introducirse en ese divino Laboratorio en el que se han forjado la Eucaristía y la Iglesia. Sumergirse en el Manantial del que brotan las lágrimas resucitadoras que abren losas de sepulcros y ablandan corazones de piedra y los raudales de Sangre que lavan pecados, redimen los mundos y divinizan a los hombres. Asomarse al Horno, y más, al Volcán de donde ha salido y sale el fuego de amor que ha impedido e impedirá que el mundo se muera de frío y de egoísmo. Y que ha conseguido y seguirá consiguiendo que los hombres amen a su Dios como a su Padre y se amen unos a otros como hermanos, y hasta den la vida por su Padre Dios y por sus hermanos los hombres; que los enemigos se perdonen y se abracen y que los huérfanos tengan padres y valedores [...] Entrar en su Corazón, esto es, aproximarse al místico Incensario del que se levantan blancas e inmensas espirales de alabanzas y desagravios, que satisfacen a Dios; aromas de piedad, humildad, pureza y paciencia que hacen santos a los hombres y desinfectan esta charca inmensa de la tierra pecadora!».

Presento algunos acentos del itinerario que debemos seguir los discípulos de Cristo para entrar en los dinamismos de la Eucaristía tal y como don Manuel los diseña. Los aprendemos a vivir junto al Señor en la Eucaristía:

1. Vivir sabiendo que el Señor siempre tiene algo que decirnos. Recuerda la expresión de san Manuel González: «Como a Simón, el fariseo desatento que lo convidó a comer, te dice a ti: “Tengo algo que decirte” [...] Y antes de que respondas, como aquel, “Maestro di”, quiero y te ruego que te detengas un poco a saborear esas palabras. ¡Dicen tanto al que las medita, que ellas solas calmarían más de una tempestad y disiparían más de una tristeza!».

2. Vivir aceptando esa llamada del Señor: «levántate». Dirá don Manuel, «¡con qué relieve aparece ante mis ojos esa que después de todo es una verdad de sentido común!: que para andar aunque sea un solo paso es menester levantarse! [...] El “levántate” que hacía andar a los paralíticos, despertaba a los dormidos y echaba fuera de las tumbas a los muertos [...] sin levantarnos nada podemos hacer ni en la obra de Dios, que es su gloria, ni en la obra del prójimo y nuestra, que es la santificación».

3. Vivir siempre en el horizonte de este mandato: «anda». Esta era la condición que ponía a todos aquellos que se beneficiaron de la presencia y de la acción del Señor. Don Manuel capta este horizonte y dice: «Ese “anda” era casi la única condición que ponías al agradecimiento de los beneficiados por tus milagros [...] Es para hacerme pensar y meditar muy despacio que al paralítico a quien das movimiento, al ciego y al leproso a quienes devuelves la salud, al muerto a quien das vida, o a la pecadora a quien otorgas el más generoso de los perdones, al apóstol a quien entregas el universo para convertirlo, a todo el que pasa junto a ti, sacándote virtud, le impones siempre este mandato: “anda”».

4. Vivir aceptando el reto del seguimiento: «sígueme». Explicará don Manuel que «ese “sígueme” [...] equivale a esto otro: “alma, conozco tan bien tu pasado, tu presente y tu porvenir, me fío tanto de tu cariño, me encuentro tan a gusto junto a ti, te necesito tanto para mi gloria y me necesitas tanto para tu dicha, que no quiero vivir sin ti, ni me atrevo a decirte el anda hasta luego, sino que quiero que estés conmigo todos los instantes del día y de la noche”».

5. Vivir la vida sabiendo descansar: «descansad un poco». No se trata de un descanso cualquiera, san Manuel González hace retrato de ese descanso: «Ese “descansad un poco” no es el dormir sin cuidado de los discípulos de Getsemaní, ni tampoco el volver la cara atrás mientras se lleva la mano puesta sobre el arado, de los inconstantes, ni el enterrar el único talento para no tener que explotarlo, de los desconfiados; nada de eso. El “descansad un poco” que precede o sigue a las grandes acciones evangélicas es un laborioso descansar, es un dejar quietos los ojos, los oídos, los pies y las manos para reconcentrar la actividad que se quita al cuerpo en el alma y esta vea, oiga y se entregue más enteramente a su Dios».

6. Vivir confesando al Señor en medio de los hombres. Aquella pregunta que hace el Señor a los discípulos sigue siendo clave para hacer la buena confesión de fe en medio del mundo; así lo expresa don Manuel: «“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Hace veinte siglos que tus labios, Maestro santo, se abrieron para dar paso a esa pregunta y durante esos veinte siglos no ha alumbrado el sol ningún día en que no hayas repetido tu pregunta [...] El Evangelio dice que la primera vez que se hizo esta pregunta fue respondida con gallarda y bellísima confesión: “Tú eres Cristo Hijo de Dios vivo”, pero que la segunda vez que se volvió a hacer obtuvo esta otra tan triste como injusta y falsa: “No conozco a ese hombre” [...] Y cuenta que fueron los mismos labios los que dieron las dos respuestas». Sigue siendo necesario hacer esta confesión delante del Señor y proclamarla delante de todos los hombres, «Tú eres Cristo Hijo de Dios vivo».

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos, arzobispo de Madrid

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