Cartas

Miércoles, 12 enero 2022 12:00

La tarea de un obispo

La tarea de un obispo

En los últimos meses se están produciendo distintos nombramientos episcopales y, entre ellos, el obispo auxiliar de Madrid Santos Montoya acaba de ser nombrado por el Papa obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño. Así contemplamos la sucesión apostólica como continuidad histórica y espiritual. Como los doce son asociados primero, hasta la formación del ministerio del obispo en la segunda y tercera generación, de tal modo que la continuidad de la sucesión se realiza en la cadena histórica. Y en esa continuidad de la sucesión está la garantía de perseverar, en la comunidad eclesial, del colegio apostólico que Cristo reunió en torno a su Persona.

A través de Pedro, hoy Francisco, el Señor confía a los obispos la misión de pastorear una Iglesia particular. Lo que importa es que Cristo sea anunciado, conocido, alabado. Con la vida de los obispos, debe ser Cristo quien llega a los hombres. En la palabra de los apóstoles y de sus sucesores es Él quien nos habla. Tiene que ser Él quien actúa en los sacramentos, mediante nuestras manos. Que nuestra mirada sea la mirada de Cristo, que envuelve a quienes mira y los hace sentirse amados y siempre acogidos en su corazón.

Querido Santos, en tu caso, ¡cómo me has ayudado en mi ministerio episcopal como obispo auxiliar en la Iglesia diocesana en la que te formaste como sacerdote, formador del Seminario Menor y párroco! Doy gracias a Dios hoy por todo lo que me has ayudado, por la fraternidad vivida en concreto. Recuerdo cuando te ordené en catedral de la Almudena junto a nuestros hermanos José y Jesús. Según la tradición apostólica el sacramento se confiere mediante la imposición de las manos y la oración. ¡Qué silencio vivimos cuando te imponía las manos a ti y a los hermanos! Aquel silencio nos hizo ver y experimentar que ante Él, la palabra humana enmudece y así os abristeis en silencio a Dios que alarga su mano hacia el hombre. Santos, el Señor te tomó para sí, te pusiste a su servicio, ayudándome en mi ministerio episcopal. Y en estos momentos de tu vida, cuando el Sucesor de Pedro, Francisco, te pide que pastorees una Iglesia diocesana, lo sigues haciendo con generosidad. Y, cuando me preguntaron a mí, no lo dudé, aun sabiendo que más te necesitaba, pues quiero estar a su servicio también.

¡Cuántas veces he pensado, rezado, y preguntado lo que quiere decir obispo! Ha de ser una persona que contempla desde Dios, como nos ha enseñado Jesús. Nos regala el Señor una mirada que se hace con y desde el corazón. ¿Dónde he visto reflejada esta realidad de esa palabra griega episcopos? El apóstol Pedro en su primera carta llama al Señor «pastor y obispo», «guardián de las almas» (1 P 2, 25). De ahí que los sucesores de los apóstoles se llamaran después obispos, episcopoi. Deseo que, con la ayuda de Dios, los nuevos prelados sean hombres con celo al guiar al Pueblo de Dios, a esa porción del pueblo que el Señor les encomienda a través de Pedro, que hoy es Francisco. Que no les distraigan otras ocupaciones que pueden ser en ocasiones evasiones en ese vivir de la fe, con confianza y valentía. Que vivan cerca de todos, lo que supone una entrega total de la vida. Que susciten esperanza en todas las ocasiones, también en las difíciles. A imagen de Él y siguiendo sus pasos, que dediquen la vida a anunciar al mundo que Jesucristo es el Salvador del hombre.

En este sentido, pido al Señor que otorgue tres pasiones a los nuevos obispos:

1. Pasión por protagonizar su ministerio dando y repartiendo esperanza. Estamos en un mundo complejo, con muchos cambios y también problemas. Que nunca pierdan la esperanza, que hoy está sometida a pruebas diversas. Que no sean obispos desesperanzados, pues no harán creíble el anuncio del Evangelio. Eso no quiere decir que no haya días más grises, pero en ellos hay que fiarse de las promesas de Dios: Él nunca abandona a su Pueblo, nos llama a la conversión.

2. Pasión por protagonizar su ministerio repartiendo el amor de Jesucristo. Ese amor lo percibirán de una manera palpable en la comunión vivida y experimentada junto a Jesucristo. La Eucaristía celebrada, vivida y contemplada será el secreto de su misión, como lo es de la de todos los obispos. Tenemos que reproducir en nuestra existencia la imagen de Cristo que nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre. Les ayudará a repartir. Dice san Gregorio Magno que «el gobierno de las almas es el arte de las artes». Es un arte que requiere el crecimiento permanente en virtudes: paciencia, prudencia, valentía, firmeza, misericordia, justicia…

3. Pasión por protagonizar la misión. El Papa Francisco, ya desde su exhortación Evangelii gaudium, insiste en hacerlo en este momento de la historia humana. Hay que recordar que hemos sido llamados a una misión excelsa: «actualizar perennemente la obra de Cristo, Pastor eterno» (Christus dominus, 2); que ciertamente «Cristo es el corazón de la evangelización» (Pastoris gregis, 27), y que «Dios nos colma» de amor y lo «debemos comunicar a los demás» (Deus caritas est, 1).

Con gran afecto,

+Carlos, Cardenal Osoro Sierra
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