Catequesis

Domingo, 04 enero 2015 00:00

Vigilia de oración con jóvenes (2-01-2015)

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Era en enero del año 1997 cuando yo comenzaba a hacer esta oración de los jóvenes en las iglesias particulares que he tenido que servir, en Orense en concreto. Estamos en el año 2015, ha pasado mucho tiempo y he mantenido durante todos estos años la fidelidad absoluta y total a vosotros, los jóvenes. Nunca me imaginé que iba a terminar en Madrid, pero ahora era la fidelidad a quienes, como el papa Francisco nos ha dicho en Brasil, son esa ventana abierta al futuro del mundo y depende de qué cristales pongamos en la ventana, eso ya es mío y no del papá, va a depender cómo se observe, se vea y se construya la realidad de ese mundo.

Yo quiero darle gracias al señor esta noche, en su presencia real en el misterio de la Eucaristía, por poder estar con todos vosotros aquí, en esta Navidad, en este enero de 2015. Quién me iba a decir a mí en el año 1997 que iba a terminar con los jóvenes aquí, en Madrid, haciendo la misma oración ante nuestro Señor Jesucristo... Y, después de haber escuchado la Palabra del Señor, yo fundamentalmente quiero deciros tres cosas. Después de haber escuchado esa página del Evangelio de san Juan en el prólogo, navidad es celebrar, navidad es recibir y navidad es anunciar.

Voy a ir diciéndoos algunos aspectos de esto que yo querría, que no yo sino nuestro Señor que está aquí presente, metiese en vuestro corazón y vuestra vida. Y como os decía al iniciar esta celebración y esta oración, pensad que en los otros están todos los jóvenes. Traedlos aquí siempre, cuando vengáis todos los meses, pensad que con vosotros vienen todos los jóvenes. Desde el año 97 yo vengo haciendo esto, aunque hubiese estado solo, sé que estaba orando ante el Señor por personas con las cuales él tuvo una predilección especial. Recordad a la apóstol Juan , un muchacho joven a quien le entregó lo que más quería Él: a su santísima madre. Y en él estábamos y estabais todos vosotros.

En primer lugar, navidad es celebrar. Es celebrar lo que acabáis de escuchar hace un momento, que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, y nosotros esta noche tenemos el misterio de la Encarnación, como os decía hace un instante. Celebramos el que Dios haya tomado rostro, que haya dicho que no quiere dejar a los hombres solos: yo quiero acercarles mi amor y mi vida, quiero darles el rostro que yo hice y diseñe en el momento de la creación, pero que quizá los hombres y mujeres de este mundo, por querer ser como dioses, han perdido ese rostro. Y le dan a su manera, y es un rostro –cuando le damos a nuestra manera– que hace esclavos, como nos decía el papa Francisco en el mensaje que no se entregaba con motivo de la Jornada Mundial de la Paz. Sólo el rostro de Jesucristo nos hace libres, hace que nosotros entreguemos libertad a los demás, hace posible que las cadenas que atan y nos atan a los hombres, se rompan. ¿Cómo no vamos a celebrar esto?

Que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Cómo no vamos a reunirnos aquí, aunque sea este grupo, pero en este grupo se está gritando en nuestra archidiócesis de Madrid precisamente que el motivo de todas las luces y adornos, de todas las cosas que se hacen (es verdad que es un motivo festivo pero no es una fiesta que hacemos los hombres para distraernos y desentendernos de los problemas de los demás) es la fiesta de Dios en medio de nosotros, de un Dios que nos lanza a meternos en un camino que promueve que nuestra vida se mueva a todos los lugares donde esté cualquier ser humano.

Navidad es celebrar. Gracias porque hoy, con vosotros, vuestro arzobispo puede celebrar la Navidad. Es la mejor navidad. Como una ventana preciosa, que son los jóvenes de Madrid que tienen un cristal que quiere ser transparencia de Jesucristo, nuestro señor

En segundo lugar, Navidad es recibir. Recibir a Jesucristo. De su plenitud nos decía el evangelio de Juan que hemos proclamado, de Jesucristo hemos participado todos nosotros, por el bautismo tenemos su vida, la tenemos en nosotros y podemos pasear esta vida del señor por todos los lugares y por todos los derroteros donde nosotros pasemos o donde queramos ir porque sabemos que el ser humano tiene necesidad de encontrarse y de recibir a este Jesús, que da la plenitud de la vida.

Ha sido una maravilla escuchar esto que nos decía el Evangelio de san Juan: la verdad y la gracia nos han llegado por Jesucristo, por el Señor, ante el que esta noche nosotros nos arrodillamos; la verdad y la gracia, lo que busca todo ser humano. Busca la verdad, busca la verdad. Y cuando la encuentra, retira las medias verdades que existen en su vida, deshecha, las echas a la papelera porque son para la papelera. La verdad, que es Cristo, brilla y nos hace brillar, y nos hace ser luz en medio de los hombres. La verdad y la gracia nos han llegado por Jesucristo. Esta gracia que el Señor va repartiendo y cuando dejamos que nuestra vida esté ensombrecida, el Señor llega y nos regala su gracia para que volvamos a brillar. Y qué maravilla, queridos amigos...

El poder rehacer permanentemente nosotros la gracia bautismal en el sacramento de la penitencia, cuando le decimos al Señor: «Señor, mira esta es mi verdad, perdóname, ésta es». Y el Señor no te echa una riña, te da un abrazo y te dice, como a aquella pecadora, «no peques más, sigue adelante». Navidad es recibir a quien es la plenitud de la que hemos participado todos, recibámoslo.

Y, en tercer lugar, navidad es anunciar. Anunciar a Jesucristo. En los lugares donde estamos, universidad, en el colegio, entre los amigos, en nuestra familia, en los lugares de trabajo donde estemos, donde fuere... anunciar al Señor. ¿Por qué? Porque en Él nos ha dicho hace un instante el evangelio de san Juan, en Él está la vida, Él es Dios, y la vida, que es Él, es la luz de los hombres.

Esta humanidad sin Jesucristo está perdida, no tiene luz, tiene oscuridades y se confunde de caminos porque la luz falta. Esta luz, que es Jesucristo, es la que vosotros tenéis en esos cristales, en esa ventana inmensa que se lanza a construir el futuro, pero que se lanza a construirlo con la luz que es la vida misma de Jesucristo. Porque la luz, como nos decía el Evangelio, brilla en las tinieblas. Y más aún, mirad, a cuantos recibimos a Jesucristo, nos da el poder de tener el título más bello, más hermoso y más grande que un ser humano puede tener: hijo de Dios.

El título con el que podemos pasear por este mundo y construir la paz, porque siendo hijo de Dios, yo sé que el otro, sea quien sea, es mi hermano. Os repito mucho esto, es verdad, no caigamos en hacer una ideología de nuestra fe, Cristo no es una idea, es una realidad viva. Cristo, el hijo, en Él, hemos sido hechos hijos, y en Él hemos sido hechos hermanos de todos los hombres, y se rompen en el todas las fronteras.

Por eso, Pablo canta tan bellamente aquello que nos decía el mensaje del Papa de la Jornada Mundial de la Paz, que venía a decir lo mismo que san Pablo canta: ya no hay ni judíos y griegos, esclavos y libres, ni hombres ni mujeres, sólo hay hijos de Dios y hermanos. Y eso, en el mundo antiguo, que había tantas fronteras y tantas facturas, al ver a los cristianos la gente decía que qué pasaba allí... Y si esto era necesario en el mundo antiguo, es necesario hoy, aquí también. En Cristo, hermanos.

Anunciad y, como Juan, tenemos que decir nosotros que no somos la luz, somos testigos de la luz. La luz es el Señor. Por eso, esta noche, en estas vacaciones de navidad, es de una belleza extraordinaria grupo de jóvenes, dejando la comodidad del calor incluso, y saliendo al frío, os habéis venido aquí a la catedral para estar junto al Señor y descubrir que, ante la luz, nosotros nos arrodillamos, porque queremos ser testigos de Él en medio de los hombres, con obras y con palabras. O mejor, si decimos palabras, que sean unas palabras que van acompañadas de obras.

Es verdad, cada uno de vosotros estáis quizá en grupos, organizaciones, movimientos, asociaciones, parroquias distintas... Pero Él nos une. Él, Jesucristo, y por eso todos venimos a Él juntos, porque Él es lo más importante. ¿Y quién da rostro a Él aquí en estos momentos? Pues, en medio de mis deficiencias, yo. Y por eso nos unimos en esta oración ante Él. Que el señor os bendiga.

Navidad es celebrar, Navidad es recibir, Navidad es anunciar.

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