Catequesis

Sábado, 07 marzo 2015 17:49

Vigilia de oración con jóvenes (6-03-2015)

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Esta noche, Nuestro Señor Jesucristo tiene una cercanía especial con todos nosotros, no solamente por su presencia real aquí, en el ministerio de la Eucaristía, sino por la Palabra que nos acaba de entregar y que nos regala en este tiempo de Cuaresma. En este tiempo, el Señor nos invita a vivir con más intensidad el dar esa versión a nuestra vida, la que nos regaló en el Bautismo. Esa vida de Él, la vida de Dios, la tenemos en nosotros, que alcanzó para nosotros y que acabamos de escuchar en el Evangelio cuando dice: destruid este templo y en tres días lo levantaré. Él se refería a la resurrección; al tercer día resucitó y alcanzó para todos nosotros la salvación, la vida verdadera.

Yo quisiera que esta noche hiciésemos un esfuerzo, es muy sencillo: abrir nuestro corazón y dejar que la sabiduría de Jesús entre en nuestra vida, que no tengamos ningún prejuicio de ningún tipo para descubrir estas tres acciones que nos pide el Señor en el Evangelio que acabamos de proclamar, que lo hagamos en nuestra vida.

La primera de ellas es salir al mundo y acercarnos a los hombres. Esto nos lo ha dicho en el Evangelio que acabamos de proclamar. Dice en el Evangelio que Jesús subió a Jerusalén, a la ciudad de Dios, y lo hizo para ir al templo, pero desde la resurrección de Jesucristo, el templo es todo el universo. Que todo el universo como nosotros mismos hemos escuchado y cantado en el Salmo 83 que hemos recitado, «dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre». Se trata de que todos los hombres alaben a Dios, conozcan la verdad de su vida, que solamente nos la entrega Jesucristo. Por eso, salgamos al mundo como el Señor y acerquémonos a los hombres. Subamos a esta Jerusalén, a este templo que es el mundo entero, donde los hombres, a veces, oscurecemos la vida de los demás, donde los hombres no colocamos al otro en el altar que tiene que estar porque el otro, aquel con quien me encuentro, es hijo de Dios, hermano mío, y ante Él Jesús nos ha dicho que nos tenemos que arrodillar. Salgamos al mundo, acerquémonos a los hombres.

El papa Francisco nos ha dicho en cada ocasión que puede, que los cristianos no somos un grupo estufa, que nos queremos calentar unos a otros, no. El Señor nos ha llamado para salir al mundo, para anunciarle a Él, para dar rostro de Dios a través de nuestra vida –en la vida personal y colectiva a esta tierra–, para convertir este mundo en un templo. Lo que nos decía el Salmo: «dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre». Por tanto, salgamos al mundo y acerquémonos a los hombres para que tengan la dicha, la felicidad. Ese es el dichoso, el feliz, el que se ha encontrado con Dios. Salgamos al mundo, hagamos lo de Jesús, subamos al templo.

En segundo lugar, el Señor nos ha dicho en el Evangelio que contemplemos el mundo y a los hombres que habitan en él. Esto es lo que hizo Jesús. Se encontró que en el templo había cambistas, vendedores, hombres que no respetaban la dignidad que todo ser humano tiene. Contemplemos el mundo y a los hombres. No nos dejemos robar la dignidad que tiene todo ser humano, que es hijo de Dios, hermano nuestro. Ni nos dejemos robar ni dejemos robar ni tapemos los ojos para no ver las necesidades que tienen los demás. Qué maravilla poder tener la vida de Cristo, la que Él nos ha dado a todos nosotros, y salir por este mundo para contemplar con los ojos de Cristo esta tierra a todos los hombres. Y es una maravilla porque, además, el Señor ha dispuesto que todos nosotros, cuando veamos alguna necesidad en los demás, seamos capaces de arreglarla. ¿No recordáis aquella imagen de Jesús en aquella parábola del Buen Samaritano cuando hay un hombre allí tirado, medio muerto nos dice el Evangelio? O recordáis esa parábola que dice Jesús cuando alguien le preguntó: «¿Y quién es mi prójimo?» Y comienza a decir el Señor: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó»... Bajaba del templo, pero hay gente que rompe el templo, y le dieron una paliza, y le tiraron al suelo y le dejaron medio muerto...

Yo estoy seguro que ninguno de los que estáis aquí esta noche sois de los que pasáis de largo. Habéis venido aquí junto al Señor porque queréis tener la mirada misma de Jesucristo, y en esa mirada hacéis lo que hizo aquel samaritano: se acercó, le miró, le levantó del suelo, le curó con el aceite que llevaba, le vendó, le prestó la cabalgadura, lo llevó a una pasada y dijo al dueño de la posada: cuídale, gasta lo que quieras, cuando yo vuelva, te lo pagaré. Porque lo importante es que ese que he encontrado tirado, vuelva a tener la vida y la dignidad. Observad el mundo y a los hombres como Jesús.

Y, en tercer lugar, vamos a cambiar el mundo con el corazón mismo de Jesús; lo tenemos, tenemos su vida, vamos a cambiar este mundo y esta tierra. ¿No recordáis esas palabras que Jesús nos decía en el Evangelio «el celo de tu casa me devora»? Es decir, quiero que la casa, que este mundo, sea tan bello, tan hermoso, estén tan a gusto los hombres que yo doy mi vida... y eso es lo que hizo el Señor. Yo doy mi vida para que esa belleza esté presente. Hoy, el Señor, en esta Palabra, nos invita a hacer lo mismo. Somos los discípulos, vamos a cambiar este mundo. Y no con la fuerza de los hombres, que, a veces, es la fuerza de las armas, de la envidia, de la distancia, de la separación, de hacer grupos... ¡no! Con la fuerza misma de Jesús, de su amor, de su entrega, de su servicio... Cambiar todo con la vida que nos ha dado Jesucristo.

¿Con qué signos podemos ir? Con los de Jesús, sabiendo que tenemos la vida eterna, la tenemos ya por el Bautismo. No es algo que nos va a venir, no, tenemos como regalo la eternidad misma de Dios en nuestra vida, y paseamos por el mundo sin miedo. Porque el que tiene a Dios, no tiene miedo, y nosotros tenemos la vida del Señor. Salir al mundo y acercarnos a los hombres, contemplar el mundo y a los hombres, cambiar el mundo con el corazón mismo de Jesús.

Queridos amigos: ¿Os apuntáis a salir al mundo, a contemplar lo que hacen los hombres y a cambiar el corazón de los hombres para que este mundo sea habitable y nadie le robe la belleza y la hermosura con que Dios hizo esta tierra? Yo estoy seguro que sí. Habéis venido de muchos sitios, de lejos. Hasta de Navalmoral de la Mata, con su sacerdote, a ver qué hacíamos aquí, en Madrid. ¿Os imagináis jóvenes, de aquí, de otros sitios, llevando esta vida de Jesús?, ¿os apuntáis?

Vamos a decirle al Señor, en este silencio que ahora hacemos adorando al Señor, que sí que nos apuntamos, que queremos ser sus pies, sus manos, sus ojos, su corazón, su vida, en definitiva, en medio de los hombres. Vamos a inscribirnos ante el Señor.

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