Catequesis

Sábado, 06 junio 2015 09:00

Vigilia de oración con jóvenes (5-06-2015)

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Queridos amigos:

En la carta que esta semana he escrito a todos los cristianos de nuestra Iglesia diocesana cogía una expresión de Teresa de Jesús, de santa Teresa de Ávila. Una expresión que viene bien que nosotros la acojamos y la pongamos en nuestro corazón. «No os pido más que lo miréis», decía santa Teresa de Jesús a sus monjas. Esto mismo os invito a hacer a vosotros: no os pido más que lo miréis, y que escuchemos lo que el Señor nos acaba de manifestar en esta página del Evangelio, que la vais a escuchar el próximo domingo en la fiesta del Corpus Christi.

Jesucristo Nuestro Señor, realmente presente ahí, en el misterio de la Eucaristía. Él quiso prolongar el misterio de la encarnación en el misterio de la Eucaristía. Él quiso que nosotros pudiésemos contemplarle, a Él que se había hecho cordero para sacrificar su vida por amor a los hombres. A este Jesús es al que contemplamos nosotros. El primer día de los ácimos, hemos escuchado, cuando se sacrificaba el cordero pascual, los discípulos le dicen a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena?». Esta pregunta nos la hace a nosotros el Señor. Se trata de que el cordero es Jesucristo, que quita el pecado del mundo; es Jesucristo, a quien nosotros podemos contemplar en el misterio de la Eucaristía; y es Jesucristo el que nos vuelve a decir a nosotros: Id a la ciudad, preparad allí la cena.

Queridos amigos: se trata de preparar el lugar donde habitamos y vivimos para que los hombres y mujeres se encuentren con Jesucristo. Se trata fundamentalmente de que nosotros preparemos la vida, los lugares, los encuentros diversos, para que los jóvenes se encuentren con nuestro Señor, como esta noche tenemos la gracia de podernos encontrar.

¿Qué nos regala Jesucristo en este encuentro con Él?. Mirad: en primer lugar, nos regala un nuevo modo de vivir. Miradle. Un nuevo modo de vivir: dando la vida, no guardándola, no reteniéndola para nosotros mismos. El Señor no solamente ha querido darla en la Cruz, sino que nosotros podamos también estar presentes en el acontecimiento más importante, cuando Dios da la vida por amor a los hombres. Cada vez que celebramos la Eucaristía nos hacemos contemporáneos de ese acontecimiento que salva dando la vida, no guardándola. El Señor nos pide que participemos y hagamos partícipes a los demás de la gran fiesta que hay que hacer en este mundo; esa fiesta que se hace dando la vida, poniéndome siendo el primero el último, como Él lo hizo, que siendo dueño se hizo esclavo, siendo Señor se hizo siervo, servidor de todos. Un nuevo modo de vivir hay que entregar a esta tierra. Y es necesario ir a la ciudad: id y preparad.

En segundo lugar, el Señor nos pide algo especial para celebrar esta fiesta. Mirad: sabéis que cuando un ser humano tiene un accidente y pierde mucha sangre hay que hacerle una transfusión, y buscar a la persona que coincida con la sangre que el que está accidentado y pierde la vida necesita, no vale cualquier sangre, porque si ponemos otra que no coincida se muere, le matamos. ¿Qué quiere Jesucristo de nosotros? ¿Cómo quiere que hagamos la fiesta?.

Queridos amigos: hay que hacer una transfusión. Pero la diferencia está en que lo que quiere el Señor es que acojamos su gracia, que hagamos una transfusión acogiendo la gracia de nuestro Señor Jesucristo, acogiendo su amor, acogiendo su entrega, acogiendo su fidelidad, acogiendo su servicio, acogiendo su misericordia. Una transfusión, sí. Pero como veis, ésta la podemos acoger todos los hombres, no es necesario buscar seres especiales. No. Porque es Dios mismo: es Dios el que nos da la vida, Él nos invita a celebrar una cena, nos invita a celebrar una fiesta en la que nos habla de un modo nuevo de vivir. Él es el primero que lo entrega dando la vida, no guardándola. Esto requiere acoger su gracia.

Queridos amigos: ¿estáis dispuestos a que por vuestra vida circule la gracia de nuestro Señor Jesucristo? ¿Estáis dispuestos a que por vuestra mente, vuestro corazón, vuestras manos, vuestros pies, circule la gracia de nuestro Señor Jesucristo, y se haga presente en medio de los hombres a través del testimonio que demos nosotros? ¿Estáis dispuestos a regalar la vida al Señor para que sea una manifestación de su fiesta? Aquello que dice san Agustín: si os alimentáis de Cristo, si contempláis a Jesucristo, dad el rostro de Jesucristo, y dad la comida de Jesucristo.

Transfusión. Pero, queridos hermanos y amigos, se necesita también que hagamos también un trasplante de corazón, porque hay que bombear la gracia del Señor como bombea nuestro corazón la sangre, para que llegue a todos los miembros. Y para ello se requiere tener el corazón de Jesucristo: un corazón no raquítico, un corazón en el que entren todos los hombres. No es un corazón autorreferencial. No. Lo importante es que nos encontremos con nuestro Señor, que miremos al Señor. Es que a mí me hizo mucho bien Cefas, pero Cefas no es Jesucristo, aunque te haya hecho mucho bien, porque si solo te quedas con los de Cefas ya no eres de Jesucristo. Es que a mí me hizo mucho bien Apolo, o Pablo, y es bueno que te haga bien Pablo, y te encontraste con la gracia, pero bombea con el corazón de Jesucristo: es con Él con el que te tienes que encontrar, para no poner condición a nadie, para que todos, todos, como hace el Señor, sientan el amor del Señor; es más: con los que alomejor más dificultades tengan. Siendo de Apolo, pues con los de Cefas. Eso entre los cristianos. Pero entre los que no lo son, teniendo ciertamente el corazón de nuestro Señor Jesucristo.

¿Veis? Transfusión y trasplante. Un nuevo modo de vivir requiere esto: transfusión, vivir de la gracia, y vivir con el corazón de Jesucristo.

Por último, queridos amigos: tenemos un médico único. No os pido más que lo miréis, utilizando las palabras de Teresa de Jesús. Tenemos un médico único, Jesucristo, que nos da un proyecto de vida real, real; nos da su gracia, su amor, para que no nos duela dar la vida, para que no tengamos dolor de ningún tipo. No. Y nos da una medicina, que es Él mismo: Él mismo se nos da, Él mismo nos alimenta, Él se nos entrega, Él nos llena de su vida y de su amor. Él. Esto es la Eucaristía. Es más: Él, cuando entra en nuestra vida, nos hace de todos y para todos, sin excepción. No me digáis que no merece la pena ir a la ciudad. Hacer esta fiesta. No me digáis que no merece la pena plantear en medio de esta historia lo que Jesús, de una vez para siempre, hizo.

A Él esta noche le preguntamos: ¿dónde quieres Señor que preparemos la Pascua? Que los hombres observen y contemplen tu entrega. ¿Dónde?. Y el Señor nos dice: id, id al mundo, id a los hombres, no tengáis miedo. Preparad la fiesta, pero preparadla ha dicho el Señor. Tomad, esto es mi cuerpo; bebed, esta es mi sangre. Vamos a hacerlo: un nuevo modo de vivir.

Qué maravilla que nosotros podamos hacer esto en los lugares donde estamos. La gente tiene hambre de Jesucristo, los jóvenes tienen hambre de Jesucristo. Dios está cerca de nosotros, muy cerca: en el que no sabe quién es, en el que está solo, en el que está enfermo, en el que está roto, en el que está dividido, en el que tiene envidia, en el que mira para sí mismo... Dios está ahí. Tienes que llevar la fiesta para que recupere y sea un Cristo vivo que experimente la gracia del Señor. Pero nadie da lo que no tiene. Tenemos que acoger al Señor. Meditemos: «no os pido más que lo miréis». Y yo añado: y que os dejéis mirar por el Señor.

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