Catequesis

Sábado, 26 diciembre 2015 15:26

Catequesis de monseñor Carlos Osoro en la víspera de la fiesta de la Sagrada Familia (26-12-2015)

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Vamos a comenzar esta catequesis. Rezamos un Ave María a la Santísima Virgen, que es una protagonista singular de estas fiestas. Y pedimos la intercesión de san José. Ellos dos, junto con Jesús, nos reúnen a nosotros para mirarles a ellos y ver qué es la familia cristiana. Por eso, nos dirigimos a la Virgen diciendo:

Dios te Salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores. Ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

San José, ruega por nosotros.

Escuchamos esta página del Evangelio de san Mateo que estos días ya lo hemos oído.

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera:

María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:

-«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta:

«Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros"».

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

Sin que él hubiera tenido relación con Ella, dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús.

Palabra del Señor.

Esto es lo que nos reúne a todos nosotros aquí, en este día y en estos días, pero especialmente en estas vísperas de la Sagrada Familia. Nos reúne Jesús, María y José. Nos reúne esta realidad que acabamos de escuchar: Dios con nosotros. Una realidad que ha cambiado absolutamente todo; también ha cambiado ese núcleo que es esencial en toda la vida humana, en todas las culturas y en todos los tiempos, como es la familia. Ha estado presente en todas las culturas y en todas las épocas; pero ciertamente, desde hace 21 siglos, desde que Jesús tomó rostro, Dios vino a esta tierra e intervinieron en ese tomar rostro Dios, María y José, ha cambiado toda una manera de entender la vida y de entender la familia.

Os han repartido un folleto de un matrimonio de santos que vivió aquí, con nosotros; una familia cristiana ejemplar; una familia que mirando el misterio de Belén, mirando a Jesús, María y José, se entendió a sí misma y entendió que el santo que había nacido, imitándole a Él e imitando a María -que también había dicho sí a Dios- e imitando a José -que creyó en Dios con todas las consecuencias-, era como la santidad también se acercaba a su vida y a su familia.

El eslogan de esta Jornada de la Familia es Familia, hogar de misericordia. Precioso. Yo, en esta fiesta de Navidad, preparé mi carta pastoral de esta semana titulada Navidad revela la misericordia que vence la indiferencia. En la familia, precisamente porque es hogar de misericordia, se vence la indiferencia. Nadie sobra, todos son necesarios y todos son importantes. Es más, el que más padece, el que está enfermo, el que tiene alguna deficiencia, es el más importante. Todos se vuelcan. No existe indiferencia. Y no existe porque el amor de Dios está presente allí.

Yo querría hablaros hoy de la belleza y de la grandeza que da Jesús a la familia que, al fin y al cabo, es la santidad que existe en la vida del matrimonio y en la familia. Pero la santidad viene por la belleza y la grandeza que Jesús da a la familia.

Y me gustaría deciros, en primer lugar, que Jesús comienza su vida pública precisamente en una boda, en el inicio de una familia nueva, y sosteniendo también el aliento de aquella familia que preparaba la boda de sus hijos. Esto quiere decir algo: en el interior de una familia entra Jesús, en el seno de un hogar entra Jesús, porque a Jesús le gusta meterse en la familia, quiere estar dentro de la familia. Tanto quiso estar que Él quiso hacerse presente en esta tierra y en este mundo a través de una familia. Es más, Jesús elige momentos para mostrar el amor de Dios a la familia. Lo habéis visto en las bodas de Caná: es el primer milagro de Jesús. Jesús muestra su rostro de Dios precisamente en ese milagro. Ante una situación de una familia que está en apuros, Él interviene. Lo hace también porque su madre se lo indica: no tienen vino, no pueden celebrar la fiesta, no puede ser este un hogar de misericordia, hay que vencer la indiferencia y los que están allí no pueden hacerlo, los que han preparado las viandas, el vino... no pueden vencer la indiferencia. Es necesario que entre Jesús y que protagonice que dentro –cuando Él entre en la familia- se venza la indiferencia. Y así sucede.

Jesús entra por indicación de su madre, y les dice a aquellas gentes que llenen los recipientes de agua, de tal manera que aquella boda que no se podía celebrar con la dignidad que tenía que tener el inicio de una familia comienza a celebrarse precisamente en la alegría de tener el mejor vino para la fiesta. Jesús comienza su vida pública en una boda, en el inicio de una familia. Quiere mostrarnos, precisamente por eso, la belleza y la grandeza que Él quiere dar a la familia. Y lo hace en el inicio mismo: cuando comienza la vida pública de Jesús, el primer milagro que hace es regalar su amor a una familia que estaba en apuros.

Por tanto, queridos hermanos y hermanas, en la familia es donde aprendemos a recibir y a agradecer la vida como una bendición, como algo que viene de Dios; es donde aprendemos las mejores cosas, que son las de Dios: la bondad, la misericordia, la paz, la entrega, el servicio, la fidelidad, el encuentro real con todos, el perdón... Es donde aprendemos todo.

Hace poco tiempo, después de celebrar el Sínodo de la Familia, os escribía otra carta en la que os decía que la escuela de Bellas Artes más importante que ha existido –y que sigue existiendo- es la familia. En la familia aprendemos las mejores cosas para pintar los cuadros más hermosos que se pintan con estas pinturas que os apuntaba hace un instante: la bondad, la misericordia, la paz, el encuentro, el servicio, la entrega, la fidelidad, el retirar la envidia, el retirar los egoísmos, el considerar siempre que el otro es más importante, el dejar al otro el mejor sitio que yo pueda tener porque se lo merece. Es en la familia donde aprendemos esto.

Agradecer la vida como una bendición. Es en la familia donde una sociedad que parece que ha perdido la palabra perdón, como si no existiese... en la familia cristiana está esta palabra, permanece siempre. Se comienza o se termina el día, o se interrumpe, para decir: perdóname. Y no nos da vergüenza.

Belleza y grandeza de la familia. Y es que la santidad del Señor, el vino bueno, el vino que entregó en las bodas de Caná, entra en la familia, porque la santidad es la que me lleva a mí a servir, a amar, a entregarme, a descubrir que el otro es más importante que yo, a disculpar, a pedir perdón... La santidad es lo que hace. La santidad es esa gracia que me viene de Dios para cambiar mi vida y todo lo que me rodea. Qué grandeza y qué belleza da Jesús a la familia.

En segundo lugar, queridos hermanos y hermanas, Jesús cuida, protege y acompaña a la familia. Son preciosas estas tres palabras. Pero eso Jesús lo hace si queremos nosotros. Nos cuida si le dejamos entrar en nuestra casa. Pero ciertamente nos cuida. Nos cuida de todo. Las enfermedades más grandes que hay, a veces, son los egoísmos, mirar para mí mismo, ser cómodo, no acabar de poner mi vida al servicio total del otro, no disculpar al otro, no hacer verdad lo que Jesús a través de san Pablo nos dice que es para nosotros: el esposo de la Iglesia, porque Él la ama con todas las consecuencias. La Iglesia tiene que hacer lo mismo. Y la Iglesia somos nosotros. En un matrimonio, que es el inicio de la familia, el día que habéis celebrado vuestra boda, cuando os decís: «yo te quiero a ti...», ¿a quién se lo decís? Es verdad que es una persona concreta, real, a la que quiero; pero también es verdad que en ella lo que digo delante del Señor es que le voy a ver a Él presente en esa persona. Y es lo que hace que le disculpe, porque tiene los mismos límites que yo. Ese perdón va creando esa unidad que hace que sea verdad lo que nos dice la Biblia: serán una sola carne. Lo mismo que Jesús con respecto a la Iglesia: es Su cuerpo, Él es la cabeza. Jesús cuida de la familia, entra en la familia; es más, la protege también, porque cuando hay algo, una enfermedad, un lío, discordia, diferencia, entra Él, y hay que decir: perdóname. Protege: es el que más protege, queridos hermanos.

Retirar a Dios de la vida o intentar retirarlo de la familia, del núcleo esencial y más importante que existe y que ha existido en la vida, la familia, es suicidar la familia. Y hay que decirlo así, con esta fuerza: es matar la familia. Y esto es esencial. Protege. Es que Jesús protege. Cuando está dentro de la familia, la protege, elimina todas las posibilidades de ruptura, de diferencias; o las arregla de una forma singular, no con odios sino con respeto.

Y acompaña. Por eso es muy importante dejarse acompañar. No es un rato, no es un momento, no es una época... Tengo que dejar que me acompañe siempre. La familia cristiana hace una opción, que es dejar que Jesús me acompañe siempre. Jesús cuida de la familia. La protege y la acompaña.

En tercer lugar, cuántas veces hablamos del futuro. Todo el mundo habla del futuro. Hoy mismo se está hablando del futuro. Discutimos incluso por el futuro. Lo vemos en la vida económica, en la vida política, en la vida cultural... se discute sobre qué futuro hacemos... ¿Qué vais a dejar a vuestros hijos? Esto habría que preguntárselo también a los que preparan leyes: ¿Qué vais a dejar en un país, en esta tierra? ¿Qué futuro vais a hacer? El futuro no se hace solamente con la economía. ¿Qué vais a dejar? ¿Dejamos un mundo con familia, o rota la familia? ¿Dejamos un mundo con un hogar de misericordia que vence la indiferencia de esta tierra, o eliminamos? ¿Qué leyes estamos haciendo que protejan el futuro del ser humano, para que el ser humano pueda tener hogar y no techo solamente? Hogar, hogar de crecimiento, hogar de cuidado, hogar de protección, hogar de acompañamiento. ¿Dejamos un mundo con familias? ¿Qué dejamos a nuestros hijos?

Yo os aseguro una cosa: cuando voy a un colegio, si voy con la sotana, distingo rápidamente lo que sucede... Entro en una clase de niños pequeños, y los primeros que vienen a agarrarse a la sotana y a buscar... cuando pregunto a la profesora o al profesor, rápidamente me responden, y en el 99 % de los casos suelo acertar: hay algo que falta en el futuro de ese ser humano. Algo que falta. Y ese algo que falta no se arregla solamente con un colegio excepcional y unas cuantas cosas. No. Falta el vino, falta Cristo, falta lo que el Señor quiso que estuviese presente en el inicio de su vida pública: la familia. Después curó a mucha gente, pero lo primero que hizo fue esto. ¿Dejamos un mundo con familia?

Y, en cuarto lugar, la familia es una escuela de humanidad, de libertad. ¿Y sabéis dónde se alcanza esta humanidad? Cuando uno se encuentra con el humanismo verdad, del cual hablaba san Pedro Poveda –tenemos una capilla dedicada a él aquí, en la catedral-, mártir aquí, en Madrid: humanismo verdad, humanismo que aprendemos precisamente en torno a la mesa de nuestro Señor Jesucristo, en la Eucaristía. La Eucaristía es lugar donde aprendemos a cuidar, a proteger y a acompañar. Cuando dejamos entrar al Señor en nuestra vida, ¡qué diferencia queridos hermanos! Cuando dejamos que el Señor sea nuestra protección y aceptamos su misericordia, y nos vestimos -como dice el apóstol Pablo- de la misericordia de Dios, del amor mismo de Dios, ¡qué diferencia, queridos hermanos! Pero esto hay que cultivarlo, hay que hacerlo. Cuando nosotros somos capaces de acompañar, como Jesús acompañaría, a todos los que forman parte de mi familia, y lo hacemos unos y otros, cada uno según el estatuto que tiene, como padre, como hijo, como abuelo...

La Eucaristía es la cena de la familia de Jesús, es el lugar donde aprendemos el humanismo verdad, nos reunimos, escuchamos la Palabra, nos alimentamos del cuerpo del Señor y regalamos al más próximo a mí, al que me encuentro día a día, lo que yo recibo: a Cristo mismo. No le regalo otra cosa. Y si le regalo otra cosa que estropea a quien tengo al lado, le pido perdón, porque Cristo me lo recuerda. Es una escuela de humanismo verdad.

Una sociedad crece fuerte, buena y hermosa, crece en verdad, si se edifica sobre la base de la familia. Si no protege a la familia, si suicida o pone medios para establecer rupturas en la familia, es una sociedad enferma, fea, débil. El amor de Dios quiso salir de sí mismo, quiso amar fuera de sí. Por eso, Dios creó el mundo, pero lo más hermoso que creó en el mundo, lo más grande, fue la familia. Creó al hombre y a la mujer, y les dio todo para ellos, entregó todo el amor en esa creación, y se lo dio todo a una familia.

Es verdad que lo que sucedió puede seguir sucediendo hoy también, queridos hermanos; que el ser humano dice: yo quiero vivir por mi cuenta, ese amor que me ha sido dado por Dios lo quiero retirar, quiero ser yo el que organice el cuadro... El cuadro de la creación le organizo yo, el que me ha puesto Dios no me gusta, o no le quiero, quiero libertad, quiero hacer lo que a mí me parezca.... ¿Sabéis lo que pasa? Que se descompone el cuadro. Y por eso el Señor mandó a su hijo. Cuando paséis al lado del Belén, ved cómo se recompuso el cuadro: Dios haciéndose niño. Y este Dios, lo primero que hace cuando ya es mayor, cuando crece y sale al mundo, es encontrarse con una familia. Os lo decía al principio: ¿a dónde mandó a su hijo Dios? A una familia. No le mandó a un palacio: a una familia. Porque el verdadero palacio del ser humano, hermanos, es la familia. No el Palacio Real, por muy bonito que sea. Puede hacer un palacio, pero si no hay familia... el ser humano está solo, a la intemperie. El palacio que Dios puso al ser humano fue la familia. Así lo hizo. Miradlo ahí, en el Belén. ¿Dónde mandó Dios a su hijo? Junto a María y José.

Dios golpea las puertas de nuestros corazones, golpea las puertas de nuestras familias, para decirnos que la familia tiene carta de ciudadanía, es lo más bello que existe, es la institución que ha existido siempre, comenzó así la historia, la creación terminó con una familia, y Dios regaló todo a esa familia: su amor lo quiso regalar y ponerlo al servicio de la familia. Y lo quiere seguir poniendo. El amor es fiesta, es gozo, es salir adelante. El sueño de Dios se sigue realizando a través del matrimonio, a través de la familia.

La familia, en definitiva queridos hermanos, es jugarse la vida por amor, como Dios mismo lo hizo. Él juega su vida y la regala enteramente a los hombres. Y lo más próximo a Dios es la institución de la familia, que también se juega la vida por amor. Hermanos, es verdad. No existen familias perfectas. Que no. Es que mi padre, es que mi madre, es que mi hijo... No existen. ¿Quién da la perfección? Dejad que entre Dios en el corazón de la familia. El amor se vive, el amor crece si se trabaja ese amor, el amor nace y se desarrolla también entre luces y sombras, pero se desarrolla y nace, y crece, y se vive y se comunica. Es más, sin la familia la Iglesia no existiría. Sin la familia, no hay unidad en el género humano. Por eso, hermanos, el Evangelio de la familia es buena noticia. ¡Qué maravilla poder presentar familias misioneras, familias que ejercen el anuncio de Jesucristo, que lo dan a conocer, por supuesto a los que son miembros, pero también los que viven alrededor notan diferencia.

Transmitir la gozosa familiaridad con Dios y difundir la emocionante fecundidad evangélica, rezar y anunciar el Evangelio, esta es una tarea imprescindible de la familia. Es más, la familia es –siempre lo fue, pero hoy lo sigue siendo- profecía y milagro. Es profecía: se nos indica por dónde hay que ir, y qué es lo que tiene que tener para ir. Y es milagro: el desarrollo del ser humano es imposible sin el amor, y cuanto más perfecto sea ese amor más desarrollo hay en la vida humana. Y si es el amor de Dios, que se comunica también a través de los padres y de los hermanos y de todos entre sí, más perfecta es esa familia, más se parece y más santidad tiene.

Hermanos y hermanas, en estas vísperas de la Sagrada Familia la belleza y la grandeza de la familia nos la aproxima Jesús en el portal de Belén. Fijémonos en esa familia. Jesús vino para hacer la voluntad del Padre. María dijo “sí” por una obediencia total a Dios. José, por una adhesión inquebrantable a Dios. Los tres vivían para Dios, y los tres se miraban el uno al otro con el mismo amor de Dios. Fijémonos en esa familia. Pero fijémonos cómo en nuestra archidiócesis de Madrid hay un matrimonio de santos, san Isidro y santa María de la Cabeza. Se nos habla del gran milagro del pozo donde había caído el hijo de san Isidro y santa María de la Cabeza, que realizó una acción del Señor. Porque Dios sigue recompensando a los hombres cuando nos acercamos a Él. Como recompensó a los que vivían las bodas de Caná, como os recompensa a vosotros, seguro, por hacer este esfuerzo de haber venido esta noche a esta Vigilia, a rezar el Rosario, a comenzar las 24 horas de Adoración al Señor. El Señor os bendiga. Sepamos proclamar en Madrid la grandeza y la belleza que da Jesucristo a la familia. Amén.

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