Catequesis

Viernes, 06 mayo 2016 23:01

Vigilia de oración con jóvenes (6-05-2016)

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Esta noche se hace verdad en nuestra vida, en estos instantes, esta página del Evangelio tal y como habéis escuchado: ellos se postraron ante Él. Con alegría. Con gran alegría. No es una página de antes de ayer, no es una página de la historia; es una página que se hace realidad hoy, en esta noche del 6 de mayo, aquí, en Madrid. Nos postramos ante el Señor, creemos de verdad que Jesucristo está realmente presente en el misterio de la Eucaristía, entre nosotros. El único Señor, el único que ha dicho al hombre quién es el ser humano, cómo tiene que vivir el ser humano, está entre nosotros. Y como aquellos primeros con los que comienza la historia de la Iglesia, que esperaban al Espíritu Santo, que se lo había prometido el Señor, para lanzarse al mundo a anunciar el Evangelio, también nosotros hoy seguimos postrados ante el Señor y le pedimos que envíe su Espíritu Santo, porque queremos que la alegría que está en nuestro corazón salga de nosotros mismos y se la contagiemos y se la demos a todos los hombres, muy especialmente a los jóvenes.

Hoy es un milagro, queridos amigos. Hoy sigue existiendo aquel milagro, en el que el Señor los bendice, subió a los cielos, pero dejó a su Iglesia para que siguiese mostrando su rostro. Y después de 21 siglos, nosotros, postrados ante el Señor, queremos mostrar también su rostro, darle a conocer; pero no con palabras solamente: con nuestras obras. Yo os invito a que esta página del Evangelio, que es la que se proclama en este próximo domingo, acojáis tres realidades que aparecen claramente: postrados ante el Señor, viendo su presencia real, dejando que entre en nuestro corazón, descubramos que hay que dar la vida, en primer lugar para resucitar. Así nos lo enseña Jesús. Nos ha dicho el Evangelio: el Mesías padecerá, pero resucitará de entre los muertos al tercer día. El Señor quiere que esta realidad viva que nos presenta la vivamos también sus discípulos.

Queridos amigos: demos la vida, gastemos la vida por algo importante, gastemos la vida por lo que es más necesario para los hombres. El ser humano no puede vivir sin amor, el ser humano no puede vivir en pie de guerra, el ser humano no puede vivir separado, con muros. Ya sabéis: normalmente, cuando empieza una guerra lo primero que se hace es eliminar los puentes, para que no pueda pasar el enemigo. Eso no es de Jesucristo. De Jesucristo es: cuando hay dificultad, puente para unirnos, amor para construir, camino para orientarnos, vida para tener la alegría que nace de sabernos queridos y que Dios cuenta con nosotros, verdad para saber que la verdad del ser humano está escrita en Cristo mismo, que se da por amor a todos los hombres. Demos la vida. Expresemos la resurrección. Entreguemos, seamos dadores de la noticia del triunfo de Dios. Pero esta noticia se da dando la vida como Él, siendo puente que une. Y siendo un puente por el que transitan, no armas que destruyen, sino el amor de Dios que construye y liquida toda forma de egoísmo.

En segundo lugar, seamos testigos audaces. Nos lo ha dicho el Señor en el Evangelio: se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. Seamos testigos audaces. Un testigo audaz es el que da a su vida la versión de Cristo; una vez que uno ha conocido la noticia del Señor, una vez que uno ha visto que Él es el verdadero camino del ser humano, una vez que uno ha visto que dando la vida resucitamos con Él y nos unimos y vivimos en comunión con Él, demos la versión de la vida que Él quiere que tengamos los hombres. Esta es la verdadera revolución que tenemos que hacer en el mundo. Las revoluciones que hacemos los hombres, a nuestro estilo y a nuestras medidas, no valen absolutamente para nada, dejan peor a la gente: rota, dividida, estropeada, maltratada, enfrentada... La revolución que hace nuestro Señor, cuando le dejamos entrar en nuestra vida, cambia de tal manera nuestra existencia, queridos amigos, queridos hermanos... Yo no puedo decir a nadie: no quiero saber nada contigo. A nadie.

Yo os pregunto esta noche, delante del Señor, postrados como los primeros discípulos: ¿estáis dispuestos a hacer esta revolución? Yo ya soy más viejo que vosotros, claro, pero si me ayudáis, lo hacemos. Aquí, hoy, estáis presentes cantidad de carismas, de vida preciosa de la Iglesia que ha sido derramada para enriquecer y embellecer ese templo nuevo que es la Iglesia de Jesucristo. ¿Estamos dispuestos todos a ser testigos audaces? ¿Estamos dispuestos a vivir de verdad la palabra perdón? Parece que la hemos quitado del diccionario, que la hemos olvidado. Perdón en las familias, perdón en los grupos, a los abuelos. Perdón. Perdón pidiendo perdón al Señor por nuestros pecados, que los tenemos. Y los tenemos que reconocer. Y le tenemos que decir al Señor: dame tu perdón, dame tu gracia, dame tu vida, reconstruye mi existencia. Vosotros sabéis que la mejor manera de hacerlo es celebrando el sacramento de la penitencia, donde el Señor nos entrega un abrazo tremendo, el que más vale, que es el de Dios, diciéndonos: sigue adelante, no peques más, yo te perdono. Testigos audaces.

Pero, mirad: para dar la vida y ser resucitados, para ser testigos audaces, en tercer lugar hay que salir preparados, como nos dice el Evangelio, revestidos de la fuerza del Espíritu Santo. Hay que decirle al Señor: Señor, danos tu Espíritu, el que tú has prometido, el que diste en el inicio de la Iglesia, el que diste a aquellos hombres miedosos que se cerraron en una estancia porque tenían miedo a los judíos, porque preveían que les podía pasar lo mismo que te había pasado a ti. Danos tu Espíritu. Dánoslo para que abramos las puertas, para que salgamos por el mundo, para que entreguemos tu noticia, para que demos noticia tuya, pero no de palabras, sino con nuestra vida, con nuestra entrega, con el misterio de tu resurrección, con la alegría de sabernos salvados por ti. No siendo hombres y mujeres que damos noticias verbalizadas simplemente, sino testigos audaces, que lo que decimos lo vivimos.

Ven Espíritu Santo.

«Vosotros sois testigos. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido». Vamos a esperarlo, queridos amigos.

Qué maravilla estar aquí, postrados. El Señor os invita a dar la vida para mostrar su resurrección, para creer que el triunfo es del Señor. Da la vida, no te importe. Dala. Lo que te pida el Señor. Si te la pide entera, dásela, exclusivamente para Él. No te arrepentirás nunca. Sé valiente, sé testigo audaz. Pero no salgas con tu fuerza: sal con la fuerza de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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