Catequesis

Viernes, 01 enero 2016 21:18

Vigilia de oración con jóvenes (1-01-2016)

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Buenas noches a todos. Quiero deciros que esta noche, una vez más, me convenzo de la certeza que tenía nuestro Señor cuando tanto se fió de Juan. El discípulo más joven. Un joven como vosotros. Él puso su confianza en él. Tanta confianza tuvo en él que al final de la vida del Señor en este mundo, a quien le recomendó que cuidase a su madre y que en él viésemos todos cómo había que acoger a su madre en nuestra vida, fue a Juan. ¿Por qué os digo esto? Porque yo esta noche he querido estar con dos o tres, o cinco o seis: de verdad lo digo. Venía con el convencimiento que en la catedral esta noche pues estarían los que cantan y unos cuantos más. Y el Señor, una vez más, me hace ver que lo mismo que Él confió en Juan, yo tengo que confiar en estos «juanes» que sois todos vosotros, los jóvenes de Madrid. Porque muchos de vosotros, seguro, os habréis acostado tarde, estaréis cansados, y habéis venido a esta cita que tenemos mensual de los primeros viernes. Y habéis venido además en un día singular, como os decía antes en la oración con la que me dirigía a nuestro Señor. Habéis venido porque el Año Nuevo es Jesucristo.

Esta noche, aunque era para cinco, seis, diez -no sé cuantos pensaba que podrían estar- sí que había pensado en las tres cosas que suelo deciros siempre, porque quiero ser fiel también a lo que Dios mismo manifiesta de Él, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo: tres personas y un solo Dios verdadero. Yo también os digo esta noche, para que tengáis durante este mes esta palabra que el próximo domingo se va a proclamar, que es el prólogo del evangelio de san Juan, como habéis visto, pero que yo os invito a que acojamos esta tres cosas: primera, se hizo carne; segunda, vino a su casa; tercera, contemplemos su gloria y seamos su gloria.

La palabra se hizo carne. Esta afirmación, si os dais cuenta, es fundamental en el Evangelio. Es fundamental. No es un mero hecho histórico. Es mucho más. El Señor que tenemos delante de nosotros, en el misterio de la Eucaristía, viene a nuestro encuentro. Es mucho más que un hecho histórico. Dios viene al encuentro de los hombres. Es un Dios que acoge a todos los hombres. Y que nos acoge en nuestra condición humana de hombres y mujeres que tenemos oscuridades, pecados, que tenemos dudas. Él viene a nuestro encuentro. Y viene al encuentro de todos.

Ese término que hemos escuchado antes: en el principio existía la Palabra. El término griego significa mucho más que palabra. Logos es más bien sentido. Y el principio ya existía el sentido, habría que traducir: en el principio estaba el sentido, el sentido de todo. Pero es verdad que se perdió. En el principio existía el amor, alguien que sustenta todo y que da sentido a todo. Y en el principio solo existía Él. No existía nada, y de la nada nunca nace nada. Pero este Jesús, que es Dios mismo, que es misterio, que es amor... este amor está en el origen de todo. De este amor ha surgido la vida, todo lo que existe. Y en Navidad celebramos la vida de Dios en nosotros, en cada uno de los que estamos aquí reunidos: este es Jesús. La palabra se hizo carne. Es mucho más que un hecho histórico: es que ha venido a encontrarse con nosotros, a dar sentido a nuestra vida, a decirnos que existe sentido, que existe amor, que es lo que necesitamos los hombres.

Qué maravilla esta noche, reunidos aquí todos nosotros, en torno a nuestro Señor Jesucristo, que ha querido permanecer en el misterio de la Eucaristía, ver que se hizo carne y que sigue siendo alimento para nosotros; que sigue siendo alguien a quien podemos contemplar; que sigue siendo alguien que nos mete su amor, su fuerza, el don de alguien que abre nuestro corazón, si es que dejamos por un momento que se acerque a nuestra vida. Abre nuestra vida.

Es llamativo que el evangelista utilice el término carne: se hizo carne, en vez de hombre. Pero quiere expresar que Jesús Dios ha asumido nuestra condición humana, con debilidades, con limitaciones, con vulnerabilidad, tal y como la vivimos. Este Dios ha bajado a lo profundo de nuestra existencia. Sin embargo la vida, cuando baja, deja de estar vacía. Dios acampa entre nosotros, asume nuestra carne. Pero, queridos amigos, nosotros a veces seguimos sin saber vivir ajustadamente a la condición humana, no vivimos en la condición humana que Él tomó, y por eso quiere que le contemplemos, que descubramos nuestra condición, pero desde Él, que es la única manera de entender lo que es la condición humana. Se hizo carne. Está entre nosotros.

En segundo lugar, vino a su casa y -añade el evangelista- los suyos no lo recibieron. No es una amenaza piadosa, no, decir hoy que Dios vino a su casa pero los suyos no lo recibieron. No es una metáfora piadosa. Quiere decir que nosotros estamos en la dramática capacidad de poder rechazar el amor a Dios, también el amor de Dios, y elegir otro camino. Significa que tenemos ceguera, que a veces pueden confundirse las luces y escogemos otra luz que no es la que vino a esta casa, que es Dios mismo, en Belén. ¿O es que tiene Dios casa en los campos de refugiados, en los que mueren de hambre, en los que sufren el odio, en las guerras de Oriente Medio, de Burundi, en Irak, en Siria, en el Congo, en Sudán, en zonas conflictivas en todo el planeta? Dios no tiene casa, pero la tiene en nuestro corazón. Porque para hacer casa en esos lugares, para hacer casa aquí y ahora, en Madrid, es necesario que tenga casa en nuestro corazón, que le dejemos entrar en nuestro corazón, que lo acojamos, que abramos nuestro corazón a los refugiados, a los ancianos, a los que están solos, a los necesitados. Que delante del Señor hoy nos preguntemos cuando Él nos dice: vino a su casa, ¿está en mí?, ¿tengo espacio para Él en mi vida?, cuando Él viene, ha querido venir a encontrarse conmigo, ¿tengo tiempo y espacio para Él?.

¿Reducimos la Navidad a otras cosas que son externas? ¿Cuál es la fiesta que está en nuestro corazón? ¿Es la fiesta de abrir nuestra casa a Dios, o es otra fiesta? Es una maravilla, queridos hermanos y amigos, la Palabra que Dios nos da: se hizo carne y vino a su casa, y quiere entrar en tu casa porque es su casa, y quiere entrar en la casa de todos los hombres porque es su casa, te ha hecho a su imagen, eres suyo; no le cierres la casa, no le cierres tu vida, porque si entra en tu vida eres capaz de hacer posible que entre en la vida de los que tienes a tu alrededor. Hay muchos lugares en los que Dios no tiene casa. Vamos a hacerle sitio en nuestra casa. Vamos a recibirle.

Hoy el Evangelio es una maravilla cuando hablaba de la fiesta de Santa María Madre de Dios, de los pastores. Una maravilla de Evangelio, porque los pastores eran hombres de poco fiar. Eso lo sabéis vosotros. No eran los hombres de más prestigio que había en Israel. Más bien eran ladrones si podían robar algo, nadie se fiaba de ellos. Pero qué bonito, qué maravilla: Dios se acerca a ellos, les envuelve con su luz y les abre el corazón, y marchan a Belén, y adoran al Señor, y vuelven de otra manera. No son los de no fiar. Se convierten en hombres de fiar porque han metido en su casa a Dios. No importa cómo estemos. No importa. ¿Estamos dispuestos a meter a Dios en nuestra casa, en nuestro corazón, en nuestra vida? Cambiará todo.

Y, en tercer lugar, el Señor nos invita a que contemplemos su gloria, la vida que se ha manifestado en Jesús, que se hace presente en la fuerza de su amor, qué maravilla: se hizo presente en la cruz, muere por nosotros, se hace presente en el misterio de la Eucaristía, quiere que tengamos su vida, que nos alimentemos de su amor. Eso que tantas veces os he dicho, que es una expresión de san Agustín, cuando aquellos cristianos del norte de África celebraban la Eucaristía y se alimentaban del Señor, y terminaba san Agustín diciéndoles: de lo que coméis, dad. Si coméis a Dios, dad a Dios.

Contemplad su gloria, llena de gracia y de verdad. La vida que se manifiesta en Jesús se hace presente por el amor: quita las tinieblas, es un amor que es más poderoso que la muerte, es más poderoso que nuestros infiernos. Por lo tanto, si tú tienes infierno en tu vida, si estás triste, desalentado, deja que entre el amor de Dios en tu vida; que entre; déjate abrasar por ese amor, porque la fuerza de la vida triunfa, destruye las muertes, destruye los infiernos. Tu vida hace posible que participes a otros de esa vida que el Señor te ha dado.

Contemplad la gloria del Señor. Vamos a hacerlo. Contemplemos al Señor. Se hizo carne. Vino a su casa, a la tuya, a la mía. Yo no me meto con vosotros, pero yo le voy a decir al Señor: ¿cómo está la casa del arzobispo? ¿Entran todos los que viven en Madrid, o solamente algunos? Porque tú Señor me has mandado para ser pastor en Madrid, de los que creen, y a buscar con los que creen a los que no creen: vamos a buscarles todos. Aquello de la JMJ, ¿no?, que aquí vivisteis con tanta fuerza, yo quiero que siga, pero de otra forma: jóvenes misioneros de los jóvenes. JMJ. Vamos a seguirla. Jóvenes misioneros de los jóvenes. Con misericordia. Con la del Señor.

Se hizo carne. Vino a su casa. ¿Contemplo su gloria en mi casa? Hacerlo unos minutos.

Gracias le doy al Señor porque hoy me vuelve a decir: fíate, Carlos, de los jóvenes; fíate: ya los ves, el día 1º, cansados, pero vienen. Fíate. Con ellos harás la audacia de anunciar el Evangelio aquí, en Madrid, y en otros lugares si hace falta. No es una manera de ganaros el corazón: es la verdad de lo que siente mi vida en estos momentos, porque esta noche, en este primer día del año, veo con mis propios ojos que es verdad, que no me habéis dejado solo.

Contemplemos la gloria del Señor juntos.

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