Catequesis

Viernes, 05 febrero 2016 22:11

Vigilia de oración con jóvenes (5-02-2016)

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Le doy gracias al Señor con vosotros, porque yo creo que si quisiéramos haber buscado una palabra que hoy alentarse nuestro corazón y nuestra vida, y nos dijese de una manera especial la confianza que Dios tiene con nosotros, no hubiésemos encontrado otra que esta página del Evangelio que es la que se va a proclamar este próximo domingo, y que la Iglesia nos va a regalar. Pero que ya previamente, aquí, en esta oración, nos la da, nos la regala.

Queridos jóvenes, queridos hermanos, queridos amigos: tres palabras o tres frases nos dice el Señor hoy. Alrededor de Jesús, como nos decía el Evangelio, la gente se agolpaba. Hoy, los jóvenes de Madrid, en vosotros, conmigo, estamos alrededor de Jesús, mirando a Jesús, contemplando a Jesús. Hemos escuchado a Jesús, pero es que además estamos alrededor de Jesús para escucharle, para oírlo.

En segundo lugar, como habéis visto que nos decía el Evangelio, la gente se agolpaba a su alrededor para escuchar su palabra. Nos hemos reunido aquí, esta noche. Habéis venido de lugares muy diferentes, de parroquias distintas, unos más cerca y otros más lejos. Representáis a todos los jóvenes: a los que creen como vosotros y a los que quizá están lejos, porque no conocieron al Señor o porque incluso quizás les hemos defraudado los que decimos creer en Él. Pero aquí, alrededor de Jesús, están todos. Porque todo ser humano necesita una palabra de aliento, de vida, de verdad. Estamos aquí para oírle, para escucharle. Yo os invito ya desde este momento a que tengáis esos oídos que acercan la palabra al corazón. Al núcleo de nuestra existencia.

Porque, en tercer lugar, el Señor nos quiere decir algo. Alrededor de él para oírle, porque algo importante nos quiere decir. Y lo habéis escuchado: algo esencial. Lo ha dicho con una imagen: había dos barcas. Cuando había tanta gente para escucharle, para decir lo que necesitamos oír los hombres, nos dice el Evangelio que había dos barcas. Una de ellas era de Simón. Aquí hay muchas barcas. Cada uno de vosotros imaginaos que sois una barca; una barca en la que quiere entrar Jesús. Él quiere entrar en nuestra vida. Nos dice hoy: préstame tu vida, quiero entrar en tu vida, quiero estar contigo, quiero hablar desde ti a los jóvenes, a todos; quiero dar esperanza, quiero dar ilusión, quiero decirte la verdad de quién eres, quiero decir a los hombres la verdad de quiénes son. Pero quiero hacerlo a través de ti. Préstame tu vida, tu barca. Nos dice esto: préstame. ¿Estoy dispuesto a dejar que el Señor entre en mi vida?

Pero, es que, además, el Señor nos dice algo más. No solamente entra en nuestra vida, sino que nos dice: rema mar adentro, entra en la profundidad, entra en lo más hondo de tu vida, mírate dentro de ti, mira dónde estás más a gusto, mira cuándo estás más a gusto, mira cuándo eres más feliz, mira cuándo son más felices los que están a tu lado. Míralo. Es un momento especial para mirar en lo más profundo de nuestra vida y descubrir cuándo tenemos paz en lo más hondo de nuestro corazón, cuándo damos paz a los demás. Rema mar adentro. Atrévete, sé valiente. No te escabullas ante las circunstancias de los hombres. No te escapes. Porque es muy fácil escaparse, es muy fácil entretenerse en otras cosas, es muy fácil olvidar a los otros. Es muy fácil. Es muy fácil...

Habéis visto ahí, en la puerta, según entrabais, un mostrador que nos recordaba la Campaña Contra el Hambre. Manos Unidas. Es fácil olvidarse de los que necesitan. Es fácil. Por eso es bueno que nos lo recuerden.

Pero es fácil olvidarse de lo que más necesita el ser humano, y lo que más necesita el ser humano es que Dios le abrace, que sienta el abrazo de Dios. Pero, ya veis: Jesús quiere subir a vuestra barca, quiere entrar en vuestra vida, quiere entrar en nuestra vida, porque a través de nuestra vida quiere dar ese abrazo a los demás. Y por eso nos dice: rema mar adentro. No eres... tienes un título, eres hermano de los hombres. Demuéstralo. No seas cobarde: entra. Este olvido es terrible. En este mundo en el que vivimos, qué fácil es olvidar al otro, que es mi hermano. Que fácil. Qué fácil es vivir como enemigos: a este sí, a este otro no; a este le doy, a este ni los buenos días. Nada. Qué fácil... Por eso, impresiona estar esta noche aquí, alrededor de Jesús. Es Dios que se ha hecho hombre, que ha querido permanecer entre nosotros, que quiere que nos alimentemos de él. Alrededor de Jesús para oírlo. Pero ¿qué me dice? Me dice algo tan importante como esto: déjame tu vida, déjame tu barca. Quizá nosotros decimos: Señor, si es que nuestra barca es de esas de madera, que se rompe, hay tablas rotas, un desastre... ¡No importa! Déjamela. El Señor no nos pone condiciones, no te pone condiciones: como eres. Déjasela. Deja que Él entre. Y rema. Entra y descubre el título que tienes, el más grande que existe, el que hace un mundo nuevo, distinto, diferente, el que no enfrenta, el que no rompe, el que no pone muros, el que no discrimina, el que no elimina, el que no crea indiferencia, el que no crea descarte... Esto es lo que nos dice el Señor hoy. Sois hermanos, de todos. Venga: salid de aquí a buscarlos.

Echa las redes. Échalas. Yo descubrí hace muchos años lo que significan las redes, lo mismo que alguno que es de zona de mar, aunque viva en Madrid, como yo. Si habéis salido alguna vez con un pescador -yo he salido más de una vez en los barcos con los pescadores- y pasa la noche, uno ve que los pescadores echan las redes... Y, claro, es una imagen preciosa la que utiliza Jesús. Los hombres somos como los peces: estamos cada uno por nuestra parte. Cuando se ve el fondo del mar, un día en el que el agua está limpia, ves que los peces marchan, cada uno por su lado, pero cuando se echan las redes y se levantan, salen un montón de peces. Todos juntos. Es una imagen preciosa. Porque esto es lo que quiere el Señor: que estemos todos juntos, que hagamos una gran familia; pero no con la fuerza de los hombres, sino con la fuerza del Señor, con su amor, con su entrega, con su fidelidad. Por eso, habéis visto lo que nos dice el Señor: echa las redes. Eso cambia la vida de los hombres, cambia la ruta de la historia, cambia las relaciones entre nosotros. Rema mar adentro. No temas nada, préstame la vida. ¿Veis lo que nos dice el Señor?

No me digáis que no merece la pena haber venido esta noche, todos nosotros; estar aquí, alrededor de Jesús, para oírle y para ver qué nos dice. Y hacerlo en el silencio de nuestro corazón. Meterlo en nuestra vida. Préstame la vida. Eso lo podemos hacer todos. Cada uno se la prestará... Aquí hay matrimonios, jóvenes que sois novios, jóvenes que estáis decidiendo qué vais a hacer en la vida: prestad la vida, ¿eh?, pero para algo importante.

Remad mar adentro. Ved el título que tenéis, que os lo ha dado Dios. Echad las redes: hagamos un mundo distinto, diferente. Este no nos gusta. No nos gusta que cada uno ande por su lado. Ya veis los peces: ven algo donde comer y enseguida se lanzan, y el primero que se lanza y el que más fuerza tiene... Y a veces se comen los unos a los otros. Los más grandes a los más pequeños. No ha de ser así entre vosotros, nos dirá el Señor. Como la red: echad todos juntos, unidos. Casi, casi, no se distingue uno del otro: una familia. Vamos a hacerlo.

Y si el Señor os pide que toda la vida la pongáis al servicio de los demás, sin nada más, como nos dice en el Evangelio: sin alforja, sin bastón, sin capa... hacedlo. Hay que hacerlo. Porque no solamente vamos a ser felices nosotros, sino que hacemos felices a los demás, y les mostramos a los demás el mejor tesoro que un ser humano puede tener, que es a quien hoy estamos contemplando, y estamos alrededor de Él.

El Señor os bendiga. Dejemos que el Señor nos hable en estos momentos de silencio. ¿Qué te dice? Te dice: presta la vida, te dice rema mar adentro, te dice echa las redes, cambia la vida, convence a los hombres. Dejad que Jesús os siga hablando en estos segundos de silencio...

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