Catequesis

Miércoles, 08 noviembre 2017 22:54

Vigilia de oración en la víspera de La Almudena (8-11-2017)

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Queridos hermanos sacerdotes. Ilustrísimo señor deán. Queridos hermanos y hermanas. Permitidme que me dirija de un modo especial a los jóvenes que, esta noche, en estas vísperas de Nuestra Señora de la Almudena, han venido acompañando a los más mayores para honrar a nuestra Santísima Madre, la Virgen María.

Permitidme que mis palabras sean, en primer lugar, para deciros que es una noche importante para acoger a Dios en nuestro corazón. Al fin y al cabo, lo más bello de la Santísima Virgen María es la actitud en la que vivió siempre, y sobre todo en el momento en que Dios le pidió la vida. Cómo acoge a Dios con todas las consecuencias. «Hágase en mí según tu Palabra». A mí siempre me han impresionado estas palabras. Y, cuando estoy delante de los jóvenes, me gusta deciros que abráis vuestro corazón y vuestra vida. Lo más importante para cualquier ser humano no es solamente qué es lo que voy a hacer, sino qué es lo que Dios me está pidiendo a mí. Mirando la realidad, mirándome a mí mismo, mirando las necesidades de los hombres… ¿Qué es lo que Dios me está pidiendo?

María entendió rápidamente que lo que le pedía era dar rostro humano a Dios. Que Dios le pedía la vida entera, y la elegía para hacer ver a los hombres que, con las razones que Dios da para vivir, se puede hacer un mundo diferente y distinto. Por eso, a vosotros, a todos, pero especialmente a los jóvenes, os invito a que esta noche, en estas vísperas de la fiesta de Nuestra Señora de la Almudena, os preguntéis: ¿Qué me pide Dios a mí hoy? Como se lo pidió a la Virgen María. ¿Qué me pide en estos momentos de mi vida? ¿Qué horizonte me abre para que yo dé lo más necesario para este mundo? Darle rostro a Dios.

Mi homilía va a consistir en comentaros tres palabras, que están contenidas en la página del Evangelio que acabamos de proclamar. Esas tres palabras se reducen a esto: primera, caminad; segunda, mostrad; y tercera, hablad.

Caminad. Lo habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado. Si nosotros queremos ser discípulos de Jesús, no tenemos más remedio que acercarnos a la discípula verdadera, la que mejor interpretó el seguimiento de Jesucristo, que fue su propia madre. Y que se reduce en primer lugar a esta palabra: caminar. Ponte en camino. No vivas para ti mismo. No te cierres en tus intereses. No seas egoísta. Camina. Sal… María se levantó y se puso en camino. Y fue aprisa. Y no era fácil el camino: tuvo que atravesar la montaña, y unas dificultades reales. Pero se puso en camino. Ella sabía que era Dios quien la llamaba. Ella sabía que era Dios quien la impulsaba a ir hacia donde están los hombres. Era Dios el que la llamaba a ponerse en camino para ver las necesidades de los hombres. Fijaos bien. María es, de alguna manera, la figura más bella de lo que tiene que ser la Iglesia. En María vemos a la Iglesia. En María yo os veo a todos vosotros, jóvenes, que tenéis un mundo delante que no es fácil de atravesar; no es fácil acercarnos a todos los caminos que tienen los hombres; pero es un mundo en el que Dios nos invita a ser discípulos, como María. Caminemos. Entremos. Aunque haya que pasar regiones difíciles.

En segundo lugar: mostrad. ¿Habéis visto la belleza que tiene esta página del Evangelio, cuando María llega a casa de su prima Isabel, y suceden dos cosas? Una: que un niño que aún no ha nacido, que está en el vientre de Isabel, nos dice el Evangelio que salta de gozo. A mí me impresionaron las palabras de la Madre santa Teresa de Calcuta, cuando le dieron el Premio Nobel de la Paz. A esta mujer sencilla, a la que todos hemos conocido, hoy santa, a la que la Iglesia nos invita a imitar también, se le ocurrió hacer no un gran discurso, porque comenzaba diciendo que no le daban el Premio Nobel por ser una sabia, pero comentó esta página del Evangelio que esta noche hemos proclamado. Y comenzó a decir a aquellas gentes, que eran sabios y entendidos, y con grandes títulos: ¿No os habéis dado cuenta que ante Dios un niño que no ha nacido salta de gozo? No implantéis en este mundo la muerte. Implantad la vida. Implantad la defensa de la vida. Esto es lo que Dios viene a hacer. Y no solamente en un niño que está en el vientre de la madre, que nota la presencia de Dios, sino en el anciano que está solo; en el enfermo al que nadie va a ver; en el que está en la cárcel, porque es verdad que ha hecho quizás cosas muy injustas y malas, pero que también necesita que le visitemos. Tiene hambre. Necesita que nosotros vayamos a verlo.
 
Mostrad a Dios. Mostrad a Dios. Como María que, ante una anciana como Isabel, rápidamente siente la presencia de Dios, y por eso prorrumpe en aquella expresión que acabamos de escuchar: quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a mí. Dichosa tú que has creído. Lo que ha dicho el Señor se cumplirá.
 
La presencia de Dios se percibe, se nota, se experimenta. El hombre o la mujer de Dios atrae. La gente percibe que hay algo en ellos, que es distinto, que no se compra en una tienda, ni en un supermercado, ni en unos grandes almacenes. Es un regalo de Dios. Y se acoge. Y lo mete en su vida. Y descubre aquello que el Señor nos dice en la parábola: encuentra un gran tesoro, compra el campo, guarda para Él ese tesoro. Ese es Jesucristo. Y esa es María, que nos muestra el rostro de Dios. Mostrad el rostro de Dios.
 
En tercer lugar: hablad. No lo guardéis para vosotros mismos. Habéis visto el cántico que Dios le inspira a María. Ese cántico: proclama mi alma la grandeza del Señor. Proclamad la grandeza de Dios. Proclamad la grandeza de un Dios que hace que la realidad sea realidad. No os dejéis engañar.

El siglo último que hemos vivido los hombres ha sido un engaño: eliminando a Dios de la vida y de la historia, creyendo que no era realidad. Y, cuando Dios desaparece, lo que desaparece es la realidad. La realidad tuya y mía, la realidad de mirar al hombre como imagen y semejanza de Dios, y de respetarlo, y de defenderlo. La realidad de un mundo en el que no pueden estar los hombres dándose golpes los unos con los otros, y matándose los unos a los otros. Cuando está Dios nos descubrimos como hermanos.
 
Hablad. Hablad. Pero no hablemos de memoria. Hablemos como la santísima Virgen María, con una experiencia tal que ella misma dice: desde ahora me felicitarán todas las generaciones. 21 siglos. Y esta noche estamos aquí, nosotros, en Madrid, en torno a la Santísima Virgen María. En torno a esta mujer excepcional, a esta mujer única, a esta mujer que ha visto y nos ha hecho ver que el Poderoso hace obras grandes.
 
Qué obra más grande que decirnos a los hombres que somos hijos de Dios, y que somos hermanos. Y que no podemos estar tirándonos unos contra otros. Él hace proezas. Y cuando a Dios le metemos en nuestra vida, le dejamos entrar en nuestra existencia, hace proezas. Derriba a los poderosos. Y enaltece a aquellos que con humildad le dicen a Dios: entra en mi vida. Con la misma unidad que María.
 
Queridos jóvenes. Y todos. Queridos hermanos. Pero me vais a permitir que yo tenga que decirles a los jóvenes esto. Porque creo en ellos. Creo en vosotros. Va a haber un Sínodo dedicado a los jóvenes, va a haber un Sínodo dedicado también al discernimiento vocacional dentro de los jóvenes. Que es preguntarnos qué pide Dios de mí. Un joven en este momento de la historia tiene que preguntarse esto.

La semana próxima tengo la primera reunión para empezar a preparar el Sínodo. Sois importantes. El mundo puede ser de una manera o de otra. Pues mira: depende de si hay jóvenes que siguen a María, que caminan, que entran en el mundo, que muestran a Dios, que viven la experiencia de Dios, que se han encontrado con Dios, que hablan de las obras que Dios hace en su vida y en su corazón.
 
En estas vísperas, antes de la celebración de mañana, quisiera que os quedaseis con estas palabras que son las que vivía María: caminad, mostrad, hablad.
 
Nuestra Señora de la Almudena, ruega por nosotros. Amén.

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