Catequesis

Viernes, 03 noviembre 2017 12:00

Vigilia de oración con jóvenes (3-11-2017)

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Queridos jóvenes:

El Señor hoy nos invita a que descubramos la coherencia que hay que tener en la vida. Ser coherentes en la vida no es fácil. El Señor, sin embargo, nos insiste en esto, como habéis escuchado en la Palabra que acabamos de proclamar. Ser coherentes.

El Evangelio comienza diciendo que Él habló a la gente y a sus discípulos. Habló a todos los que estaban a su alrededor. No eran solamente palabras para los seguidores de Él más inmediatos, sino para toda la gente. Y el Señor hoy nos invita a que nuestros parlamentos sean de Jesús, tengan la coherencia de Jesús. A mí me parece que es bueno que todos nosotros hablemos; y hablemos de los problemas reales que tienen los hombres, y que tenemos nosotros, que tiene la sociedad, que tiene el mundo… Pero que hablemos desde donde nos dice Jesús.

Esta noche, nosotros lo tenemos frente a nosotros. El Señor, en el misterio de la Eucaristía. El mismo Señor que nos acaba de decir que nuestras palabras vayan acompañadas de obras; que no nos quedemos en puras palabras; que si decimos algo, sea porque lo hacemos, porque nuestra vida responde a esas palabras que decimos. El Señor nos invita a que no seamos ni letrados ni fariseos, es decir: sabios, pero sabios que nos quedamos en una sabiduría teórica, que no llega a la persona, ni a nosotros mismos, ni a la gente que nos rodea; que no seamos como esos hombres que, como tenemos el poder, imponemos a los demás lo que queremos, en beneficio de nosotros mismos. ¿Somos fariseos?.

El Señor nos invita a hacer lo que decimos querer. Esta noche, queridos amigos, estamos todos nosotros reunidos en torno a Nuestro Señor Jesucristo. Con más o menos fe, reunidos en torno a Nuestro Señor, todos nosotros podemos decir: Señor, creemos en ti; pero precisamente porque creemos en ti, queremos que nuestras palabras respondan a lo que tenemos en nuestra vida. Que no carguemos a los demás con leyes, con fardos, que son insoportables; que no carguemos a la gente los hombros; que demos libertad. Que es la que nos da Jesús.

¿Os habéis dado cuenta de que Jesús nos hace libres? ¿Os habéis dado cuenta de que el único que nos da libertad es nuestro Señor? Que, siendo Dios, se acerca a nosotros, nos dice que es el Camino, la Verdad y la Vida, pero nos permite incluso decirle: eso no, no te lo creemos… Y no se enfada, además. Porque Él quiere conquistar nuestro corazón no a la fuerza, sino regalándonos libertad. Él quiere conquistar nuestro corazón, no con palabras, sino con hechos. Sí. Con hechos. Nos dice que nos quiere, y nos ha querido de verdad: ha dado la vida por nosotros, queridos hermanos. Es más, ha querido prolongar su estancia entre los hombres en el misterio de la Eucaristía. El misterio de la Encarnación es prolongado por Jesús en el misterio de la Eucaristía.

A veces no sabemos qué decirle al Señor. Yo os invito a que hagáis aquello que decía santa Teresa: «Me mira, y lo miro. Me dejo mirar por Él». Y cuando yo, de verdad, me dejo mirar por Él, su luz hace ver mis incoherencias. Sí. Me hace ver muchas veces que paso por la vida como un letrado, un hombre o una mujer que sabe pero que no hace; o alguien que está exigiendo a los demás lo que yo no hago. Impongo… Jesús nos propone.

¿No recordáis aquel encuentro de Jesús con los primeros discípulos, cuando Juan Bautista dice: «He ahí el cordero de Dios», y algunos discípulos van detrás de Jesús? Y Jesús les pregunta: «¿Qué queréis? ¿Qué pedís? ¿Qué buscáis?» Y les invita. Cuando ellos le dicen: «Maestro, ¿dónde vives?», Jesús les dice: «Venid, y lo veréis».

Esta noche, a todos nosotros el Señor nos dice: «Venid y lo veréis»… Yo no os digo palabras para entreteneros. Yo os digo palabras para cambiar vuestro corazón. Yo os digo palabras que hacen la revolución en vuestra propia existencia y en la existencia de los demás. Yo os digo palabras que no hieren, que no matan al otro, sino palabras que dan vida, que promueven la verdad del otro, que me acercan al otro sabiendo que es imagen viva de Dios, y que el Señor me pide que lo respete, que lo abrace como él mismo lo abraza. Haced lo que decís creer.
 
En segundo lugar el Señor nos dice: no tengáis doble vida. No tengáis doble vida. No hagáis unas cosas cuando os ven, y otras cuando no os ven. No seáis presuntuosos. No busquéis los primeros puestos. No busquéis reverencias. No tengáis doble vida. Qué fácil es vivir con doblez; vivir con dos páginas: la que se ve y la que se oculta. Qué fácil. Sin embargo, cuando uno se pone delante del Señor, solo ve una página: la verdadera. Porque Él es luz. Es luz.
 
Yo quisiera que recordaseis esta noche simplemente una página del Evangelio que nos pone a la luz. «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y unos bandidos lo asaltaron y lo dejaron medio muerto. Pasaron muchos a su lado, pero pasaban de largo. Solamente uno que era samaritano, y que no se llevaba bien con los judíos -y aquel al que habían apaleado era un judío- se acercó, se agachó, lo curó, lo recogió, lo puso en su cabalgadura, no se desentendió de él, y lo llevó a un lugar donde lo cuidasen. Y él volvió a verlo». ¿Es esta la página que nosotros escribimos en nuestra vida? ¿Es este el lugar donde nosotros nos encontramos? ¿O es otra página? ¿Pasamos de largo de los demás? ¿Nos entretenemos solamente con aquellos que son igual a nosotros? ¿Hacemos un mundo en el que no pasamos de nadie? ¿O hacemos un mundo de buenos y malos, cuando resulta que en el Evangelio se nos dice que solo hay uno bueno?. Que es Dios. Solo hay uno bueno. Que es Dios. ¿Construimos este mundo no teniendo doble vida, doble página? ¿Estamos dispuestos a ser el buen samaritano, el que se acerca a todos, el que cura a todo el que se encuentra, el que no retira a nadie de su vida, el que no se guarda para sí mismo, sino que expone la vida para los demás y en favor de los demás?.
 
Y, en tercer lugar, no solamente el Señor nos dice palabras con obras. No solamente nos dice: no tengáis doble vida. Nos dice: tenedme a mí como maestro. Como único maestro. Si me tenéis a mí como único maestro, descubriréis que todos sois hermanos. Todos los hombres. ¿Pero este? También. ¿Pero este otro? También. Porque hay un solo padre: Dios. Hay un solo jefe. Hay un solo maestro. Y este maestro, siendo el primero, se ha hecho servidor de todos. De todos los hombres. Y nos invita a nosotros a que también seamos capaces de ponernos al servicio de todos los hombres. Sin excepción. De todos, queridos amigos.
 
Mirad, a veces cuando voy en el coche, me da tiempo a pensar. En vez de hablar con Óscar, me da tiempo a pensar. Y pienso cosas. Y se me ha ocurrido que tenemos que hacer posible entre vosotros, los jóvenes, que podáis establecer diálogos. Pero diálogos sobre cualquier tema. El que fuere. Pero siempre iluminados por el Señor. Que esté presente el Señor en esos diálogos. Que esté presente su modo de ser y vivir. Que esté presente de tal manera que en el diálogo no podemos partir de otra manera sino sabiendo que todos somos hermanos. Que nadie sobra. Que en este mundo no hay sobrantes para Cristo, ni para ningún discípulo de Cristo. Esto cambia nuestro corazón y nuestra vida. Algún día os hablaré, y os daré por escrito lo que yo entiendo que tienen que ser estos parlamentos de Jesús. El Señor nos permite hablar de todo. Pero sabiendo cosas importantes. Las que hoy nos dice el Señor: nos invita a la coherencia. Palabras con obras, sin doble vida, y teniéndolo a Él como único maestro.
 
Pensemos esto unos minutos.

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