Catequesis

Martes, 22 mayo 2018 16:48

Vigilia de oración con jóvenes presidida por monseñor Santos Montoya (4-05-2018)

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Amados. Amados todos en nuestro Señor Jesucristo. Amados todos lo dice nuestro Señor, porque Él se sabe amado. Él, nuestro Señor Jesucristo, es el mismo amor. Participa del amor del Padre. Y Él, como se sabe amado, por eso ama. Es la consecuencia de saberse amado. Así nos lo ha dicho el Evangelio que hemos escuchado: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. Permaneced en mi amor».

El permanecer en el amor de Dios indica que es posible estabilizarse en ese amor. Es posible perpetuarse en ese amor. Que no es algo caduco, que no es algo pasajero, que no es algo transitorio, sino que permanece. Y permanece porque Él sostiene esa permanencia. Y, curiosamente, esa permanencia nosotros podemos desecharla. Si queréis permanecer en el amor, la libertad está en juego. Siempre. Y aunque Él quiere que permanezcamos con Él, nosotros podemos no querer permanecer con Él. Podemos elegir otra realidad, podemos elegir otros flashes de la vida que nos lleven por otros derroteros.

El amor lo tenemos vivo. No estamos hablando de algo que ha sucedido. Estamos diciendo que el amor está vivo y lo reconocemos verdaderamente presente en medio de nosotros. Nosotros no podemos apagar este amor. Lo podremos reconocer, lo podremos no reconocer, pero no podemos acabar con él. Nosotros no podemos acabar, por tanto, con el amor. Nosotros no podemos secar el manantial del que brota la alegría, la vida plena, el amor por excelencia. Nosotros no podemos agotarlo. Sin embargo, precisamente porque estamos hechos a imagen y semejanza suya, nosotros sí podemos no aprovecharnos de este amor. Nosotros sí podemos elegir el desamor. Podemos elegir el odio. Podemos elegir el no amar.

Y esto es algo que nosotros, en esta tarde, venimos hoy a contemplar. Hemos echado unos fragmentos de incienso al empezar la celebración. En esta tarde, cada uno de nosotros tiene que ver qué ofrece al Señor, cuál va a ser su incienso, qué es lo que queremos que se eleve ante Él en esa visualización, esa significación de esos granos de incienso.

El amor no podemos apagarlo, pero sí podemos no aprovecharlo, optar en otras direcciones. Cada vez que somos seducidos de cualquier manera, en vez de aparecer la vida, aparece este otro signo que tenemos al lado; esta Cruz que hoy viene con esta significación particular de Lampedusa.

El amor está vivo. Pero cuando al amor no se le hace caso, aparece la consecuencia del desamor: el dolor, el sufrimiento, la necedad. Y nosotros, en este día, caemos en la cuenta de que somos responsables de la aceptación del uno y de la existencia de lo otro. Cuando el mal se las ingenia para intentar arremeter contra Dios, ve que no puede, porque contra Dios nada ni nadie puede. Pero eso se traduce en acabar con lo que Dios más quiere: con sus criaturas.

El mal –el enemigo de la naturaleza humana, que nos dice san Ignacio– no puede acabar con el bien; no puede acabar con Dios. Pero, ¿qué hace? Arremete contra lo que Dios más quiere, por lo que ha dado la vida: por sus criaturas. El mal arremete contra sus criaturas. Y entonces, sí, entonces produce en Dios el dolor del amor, la pasión del amor. Y cada vez que nosotros atentamos contra otro hermano nuestro, estamos haciendo lo mismo: estamos haciendo que se deteriore la criatura, que es el mismo Dios.

Dios, el impasible, padece la pasión del amor. Y nos quiere contagiar esa pasión. Nos quiere contagiar su presencia para que seamos, como hemos dicho en el salmo, los que revelamos a las naciones su salvación. El Señor revela a las naciones su salvación. ¿Cómo? Mostrándose, contagiándose para que lo mostremos. Si nosotros nos callamos, la salvación no llega. Dios proveerá. Si nosotros lo mostramos, la salvación se revela a las naciones.

Han venido personas de distintas zonas para traernos esta Cruz. Han venido personas que han sufrido las consecuencias de estos movimientos migratorios. Somos nosotros también los que aceptamos o rechazamos.

En esta tarde, lo primero que hemos hecho es recibir a la Cruz. Porque quien conoce algún tipo de cruz, la tiene que recibir. La cruz, o se llega a recibir, o nos destroza. Pero precisamente para que la cruz no nos destroce, y llegar a recibirla, y transformarla, echamos manos de este manantial que no cesa, de este amor que no se deja apagar. Y precisamente quien ha dado la vida por nosotros abrazando la cruz ha sido el mismo amor que ha hecho posible esto. El saber que su amor es más fuerte que el desamor, porque podamos ir sembrando con nuestras malas acciones.

Entonces, en un rato de silencio, vamos a contemplar las dos realidades: el amor, que no cesa; y las consecuencias del desamor, del pecado, del dolor, de la muerte, de las víctimas, de los culpables de esas víctimas, de los que atienden a esas víctimas, de los que atienden a los culpables para que dejen de serlo, de las persecuciones, de los accidentados, de los que han sufrido o cometido algún delito, de los enfermos, de los pobres… Y veamos hasta qué punto nosotros, contemplando este amor, hoy, en las circunstancias en las que se encuentre cada uno… Cómo participa de este amor, cuándo colaboro yo con este amor, cuándo participo de aquel dolor, de qué personas me acuerdo cuando contemplo el mismo amor, y a quién reconozco cuando contemplo la cruz del desamor o la cruz de la entrega por amor.

Se lo pedimos al Señor en esta tarde. Porque seguro que muchos de los que estamos aquí hemos hecho ejercicios espirituales. Os animo a ello. ¿Qué hago? ¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué voy a hacer por Cristo?

Que el Señor nos ilumine a cada uno de nosotros y nos conceda la gracia de sentir; de hacer nuestra la pasión del amor; de hacer nuestro este dolor del Señor que se quiere meter en nuestra vida para que su amor llegue a todas las naciones. Podemos mostrarlo si previamente nos hemos empapado de Él.

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