Catequesis

Lunes, 18 junio 2018 15:31

Vigilia de oración con jóvenes presidida por monseñor Santos Montoya (1-06-2018)

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Queridos. Así nos recibe la primera carta de san Juan que se nos ha leído como meditación en este rato de oración. Queridos. Queridos en Él. Está en nuestra presencia. Queridos para avanzar hacia Él. Él nos llama. A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.

Dios tiene un deseo. Y el deseo es que lleguemos a experimentar, que lleguemos a tratar de amistad con Él. Este icono que está en el presbiterio es el icono de la amistad. Y en él, el Señor nos dice a cada uno de nosotros que cada uno es capaz de Dios. Que cada uno puede experimentar el amor de Dios. Y, a su vez, que cada uno puede llevar, puede transmitir ese amor de Dios a los demás. Somos capaces del amor de Dios. Somos capaces de transmitirlo a los demás.

Y esto en un proceso creciente, que nos dice el texto de esta carta de san Juan que nos lleva a la plenitud. Un proceso de amistad que nos lleva a la plenitud. Y aquí, en este icono de la amistad, Cristo avanza con nosotros en esa amistad. Nos concede la posibilidad de tener esta relación íntima con Él y, a su vez, nos dice que somos nosotros los otros «cristos» que vamos a acompañar en amistad a los demás para conducirlos hacia Él: la razón de nuestro ser.

Yo os propongo en esta noche que repasemos delante del Señor cómo estamos. Cómo estamos aquí y ahora. Cómo somos. A veces, nosotros le decimos como excusa al Señor: «es que yo soy así», «es que mi corazón es así», «es que tengo estas tendencias», «es que me veo así…». Pero no olvidemos que estamos llamados a esa plenitud, que va más allá de cómo estemos cada uno. Confiemos que ese proceso no va a ser por nuestras propias fuerzas, sino que vamos a ser animados en esa amistad con el Señor.

Y ahora sí, delante del Señor presente y, al mismo tiempo oculto, se nos pide que asimilemos nosotros esa intimidad con Dios. Hacerlo nuestro. Nuestro corazón preparado para esa relación con Dios. Y que, al mismo tiempo, lo mostremos, como la misma custodia indica.

En este tiempo, ahora, en un rato de oración, en un rato de silencio, vamos a considerar esto: cómo asimilar mejor esa relación con Dios, cómo transmitirlo mejor a los demás.

Se nos pide una responsabilidad. Se nos recuerda una responsabilidad. Somos responsables de nuestro propio corazón. Somos responsables de nuestros propios deseos. Si nosotros cultivamos y sembramos los deseos a los que somos llamados, iremos caminando en esa plenitud a la que el Señor nos llama. Somos responsables, por tanto, de lo que vamos sembrando en el corazón. Somos responsables, por tanto, de lo que libramos en nuestro corazón.

Si os parece, vamos a poner delante del Señor nuestra vida. Que puede ser nuestro día de hoy. Que pueden ser nuestras últimas jornadas. O desde el último mes que no nos hemos visto. Y delante del Señor, vamos a decirle qué es lo que yo voy, responsable o irresponsablemente, dejando que anide en mi corazón. Qué es el gusto, si lo voy notando así, por la verdad?. ¿Tengo gusto por la verdad?

Si verdaderamente mi libertad la voy ejerciendo en ese camino de amistad hacia el Señor. Si mis pensamientos, si mis afectos, los voy contrastando con este querer de Dios que trata de liberarme. O los voy empleando en otra dirección.

¿Qué gestos concretos de caridad recuerdo?. ¿Qué gestos concretos de fe me encuentro practicando, o me encuentro evitando?. ¿Qué signos de esperanza veo yo en mi vida?. ¿Qué signos de esperanza no quiero reconocer en mi vida?. ¿En qué momentos estoy siendo fuerte?. ¿En qué momentos estoy siendo justo?. ¿Cuándo soy prudente?. ¿Cuándo soy imprudente?. ¿En qué medida tengo control de mí, o en qué medida me dejo llevar?. ¿Qué es lo que he ido añadiendo a mi historia en estos últimos días, en el día de hoy? Signos que me vayan transformando, porque soy responsable de mi propio corazón. ¿Soy responsable de mi sensibilidad?. Me puedo ir transformando en aquello a lo que soy llamado si me dejo llevar por aquel que me llama desde siempre para participar en esta vida de Él, y que me conduzca a la vida que no termina.

¿Cómo gestiono mis dificultades?. ¿Cómo reacciono ante lo que me resulta difícil?. Ahora mi vida, ¿hacia dónde va?. ¿Qué dirección va guardando mi vida ahora mismo?. ¿Cuido la salud? ¿Mi entorno se mejora con mi forma de ser? ¿O no afecto al entorno? ¿O el entorno es el que me transforma a mí? ¿Mi dedicación es la debida? ¿Estoy orgulloso de mi relación con los demás? ¿De mi relación con Dios? ¿Cómo trato al otro? ¿Qué detalles, qué gestos tengo para el que camina conmigo? ¿Cómo cuido las cosas?.

Que el Señor nos conceda la gracia de sabernos en proceso. Que el Señor nos conceda la gracia de saber que no somos un modelo acabado. Que somos alguien siempre en constante gestación. Y que el Señor nos dé la capacidad para que nosotros vayamos construyendo ese modelo que tenemos en Cristo Jesús. Nos quiere así: amándonos y amando. Por eso nosotros venimos a contemplarlo a Él, oculto y postrado, para que, asimilándolo mejor, estemos en mejores condiciones de transmitirlo.

Que el Señor nos conceda la gracia de ir señalando aspectos que nos ayuden y aspectos que reconozcamos que no nos ayudan en este proceso de transformación.

Nuestra vocación es una vocación hermosa. Es la vocación de la transformación en Cristo. Y el Espíritu lo va hacer posible. Seamos colaboradores del Espíritu que quiere obrar en nosotros el ser de Cristo. Que seamos otros «cristos».

Que el Señor nos lo conceda. Y, en un momento de silencio, pidiendo unos por otros, que el Señor nos conceda transformarnos para transformar este mundo conforme al querer de Dios.

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