Catequesis

Jueves, 12 julio 2018 14:51

Vigilia de oración con jóvenes (06-07-2018)

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Queridos jóvenes: doy gracias al Señor por poder estar en esta oración esta noche con vosotros. Durante 21 años, desde que soy obispo, he estado en las oraciones de los jóvenes, sin fallarles. Os he fallado dos meses por no estar bien, por no poder moverme ni andar. Como veis, todavía tengo alguna dificultad.

El Señor hoy, como siempre, nos sorprende. Nos sorprende con su presencia. Nos sorprende con su palabra. Siempre el Señor nos dice algo a nuestro corazón y a nuestra vida.

Yo quisiera acercar a vosotros, en primer lugar, cómo el Señor no quiere discípulos vergonzosos, sino que quiere discípulos que sean valientes testigos. Lo acabamos de escuchar en el Evangelio que hemos proclamado: Él mismo, saliendo, nos dice el Evangelio, se dirigió a su ciudad, y lo seguían sus discípulos. Y cuando llegó el momento en que la gente salía a la calle e iba a la sinagoga, Él entró en la sinagoga a enseñar. Él fue valiente. No se avergonzaba de aquello que Él era. Era Dios mismo, que se había hecho hombre, y que venía a decirnos a los hombres quiénes somos nosotros y quién es Dios. Y el Señor nos pide a nosotros lo mismo.

Mirad: este es un momento de la historia donde vosotros estáis viendo cómo el desencuentro entre los hombres es quizá lo más evidente para todos nosotros. Ese desencuentro en los mismos pueblos en los que habitamos, enfrentamientos, divisiones en unos países y en otros, estamos rotos y divididos… Hoy, en pleno siglo XXI, hay guerras en todas las partes del mundo; las migraciones no solamente son por motivos de trabajo, sino también por que hay gente que ve cómo peligra su vida, y se tienen que marchar del país en el que viven, dejar sus tierras, dejarlo todo, y marcharse; la insolidaridad es evidente: hay muchos pueblos pobres que no tienen lo necesario para poder vivir y subsistir, y tienen que marcharse a buscar en otros lugares algo con lo que ellos puedan salvarse, vivir y comer.

Jesús quiere que salgamos. Pero quiere que salgamos con sus mismas armas. Él era el gran testigo del Padre. Él era el que mostraba a los hombres que Dios nos ama. Que Dios es Padre. Que los hombres somos hermanos. Que tenemos que prestarnos ayuda. Que no podemos vivir en el odio y en el rencor. Que no podemos esconder esa palabra que es única y es original del cristianismo: perdón. Esa palabra. Solamente existe en el vocabulario cristiano. Esa palabra, que es la que nos revela Jesucristo mismo cuando, viendo la injusticia que están haciendo con Él en la cruz, Él mismo la pronuncia para que Dios mismo le escuche diciendo: perdónales, porque no saben lo que hacen.

El Señor nos invita a salir como Él, a dirigirnos a donde están los hombres, a dirigirnos donde se reúnen, a dar testimonio de nuestro Señor en nuestro mundo, como testigos de Jesús: con el arma de su amor, con el arma de su entrega, con el arma de su fidelidad, con el arma de su ternura, como un Dios que está dispuesto incluso a morir para que otros crean que de verdad es Dios. Porque es capaz incluso de triunfar de la propia muerte que le dan.

El Señor, como veis, no se esconde. Y el Señor nos pide a nosotros esta noche también que no nos escondamos. Que seamos, no discípulos vergonzosos, no discípulos que utilicemos otras armas distintas a las del Señor, sino valientes testigos, como Jesucristo; que, como Él dice, pero si he estado toda la vida con vosotros, he paseado por las calles, por los pueblos, os he hablado con libertad… ¿Por qué me castigáis? ¿Por qué me vendéis? ¿Por qué me crucificáis?.

En segundo lugar, el Señor, como veis, altera la historia y la condición humana.

Qué bonitas han sido las palabras que nos ha dicho el Evangelio: cuando la gente, que sabía de dónde era, dónde vivía, en Nazaret, decía, como nos dice el Evangelio: ¿de dónde saca todo eso?, ¿qué sabiduría es esa que ha sido dada?, ¿qué son esos milagros que realiza con sus manos? Pues Jesús altera la historia. El misterio de la encarnación altera la historia y la condición humana. No hay nada que altere la historia nada más que el misterio de la encarnación de un Dios que siendo Dios viene a este mundo, y transforma este mundo, y nos dice a los hombres que tenemos un corazón raquítico, y que Él ha venido a este mundo para darnos un corazón grande, y fuerte. ¿Veis? Altera la historia.

Hoy, quizá nosotros podríamos preguntarnos: ¿Cuál es mi sabiduría? ¿Qué sabiduría tengo yo delante de Jesús, presente realmente en el misterio de la Eucaristía? ¿Qué sabiduría habita en mi corazón? ¿Es la sabiduría de los hombres? ¿Es la sabiduría de la fuerza de los hombres? ¿O es la sabiduría de un Dios que nos dice: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado», «Nadie tiene  amor más grande que el que da la vida por sus amigos», «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando»?

Con esta fuerza, con esta sabiduría, salieron los primeros discípulos de Jesús del solar de Palestina a todos los caminos del mundo conocido de entonces. Fueron a Roma, visitaron a los griegos, hablaron a los judíos. Nos dice el texto del libro de los Hechos de los Apóstoles que, cuando la venida de Pentecostés, había partos, medos, elamitas venidos de Mesopotamia, de Capadocia, de Panfilia, de Cirene… hombres y mujeres de todos los lugares del mundo conocido de entonces. Y los discípulos de Jesús, con la sabiduría del Señor, les hablaban. Y les convencían. Y les entendían todos los demás. Porque hay un lenguaje que solamente tiene Nuestro Señor Jesucristo. Ese lenguaje no solamente es el que nace de nuestras razones, sino el que nace de las razones de Dios y está en el corazón de todos nosotros.

¿Veis? Jesús manifiesta, confiesa, proclama, con obras la sabiduría de Dios. Y el Señor nos pide a todos nosotros que confesemos, que proclamemos, que manifestemos con obras de sabiduría. Dejaos preguntar esta noche por el Señor: ¿Qué sabiduría tengo yo en mi corazón y en mi vida? ¿Con qué sabiduría reacciono yo ante los problemas que pueda tener personales o con otras personas? ¿Con qué sabiduría? ¿Con la del Señor? ¿Con sus gesto, con sus actitudes, con sus movimientos de corazón? ¿Con qué sabiduría?

Y, en tercer lugar, os decía: el Señor altera la condición humana. Habéis visto la pregunta del Evangelio, cuando la gente que lo veía decía: ¿Pero este no es el hijo del carpintero? ¿Este no es el hijo de María? ¿Hermano de Santiago, de José, de Judas y Simón? ¿Pero no vive su familia aquí, entre nosotros?. No podían entender, como a veces a nosotros nos cuesta hacerlo, que Dios haya venido a este mundo. Y que haya venido a este mundo en nuestra propia condición. Porque si no, no entenderíamos a Dios. Y no entendemos que este Dios ha querido quedarse permanentemente entre nosotros en el misterio de la Eucaristía. Prolongando el misterio de la encarnación. La Eucaristía es la prolongación del misterio de la encarnación. Un Dios que quiere saber con el hombre. Que quiere estar con el hombre. Que quiere impulsar la vida y el corazón del hombre. Un Dios que, cuando le abrimos nuestro corazón y nuestra vida, cuando nos alimentamos de Él, se tiene que hacer verdad en nuestra vida aquello que decía san Agustín en el norte de África, que algunas noches os he explicado aquí también. Cuando terminaba la Eucaristía, san Agustín les decía a los cristianos de aquellos primeros siglos: bueno, os habéis alimentado de Jesucristo. ¿Qué vais a dar cuando salgáis fuera? ¿A Jesucristo? ¿O qué vais a dar? ¿Vais a dar de lo vuestro? ¿O de lo que habéis comido y os habéis alimentado?.

Como veis, queridos jóvenes, la condición humana se altera cuando dejamos entrar a Jesucristo en nuestra vida. Se altera. Pero se altera dándole el equilibrio que tiene que tener la condición humana. Que es la condición con la que nos creó Dios, hijos y hermanos entre nosotros.

En este mes de julio, donde estamos menos gente, porque muchos están en campamentos, de muchas parroquias, están en muchos sitios. Pero a todos los tenemos aquí, esta noche. Aunque seamos pocos. Porque el Señor sabe dónde está cada uno. Y al Señor le decimos: Señor, queremos ser vergonzosos discípulos. Deseamos ser testigos valientes. Danos tu fuerza. Queremos, también, no tener cualquier sabiduría. Danos tu sabiduría. A veces nos cuesta ponerla en práctica, porque es una sabiduría que desborda todas las demás sabidurías que puedan estar en este mundo. Dánosla. Déjanos alterar la historia. Déjanos que la condición humana en nuestra vida manifieste la tuya. Sí. Como tú. Hijos del carpintero. Pero contigo. Con tu vida, que ha entrado en nuestra vida y que nos hace vivir en una condición de hijos de Dios y de hermanos entre nosotros.

Pensemos esto un momento, queridos jóvenes, queridos hermanos. Pensémoslo. ¿Soy valiente testigo? ¿Cuál es mi sabiduría? ¿Qué condición humana me ha regalado Jesús?

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