Catequesis

Miércoles, 07 noviembre 2018 16:34

Vigilia de oración con jóvenes (5-11-2018)

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El pasaje del Evangelio en el que el escriba le pregunta a Jesús por el mandamiento más importante era normal, porque en tiempos de Jesús los judíos habían codificado 613 mandamientos… Los mandamientos. Los maestros de la ley siempre discutían cuál era el más importante entre ellos. Cuáles eran los principales, y cuáles los secundarios. A Jesús, como veis, no le interesan las discusiones teóricas. Va a algo mucho más hondo que yo quisiera esta noche sintetizaros a todos vosotros en tres palabras: escuchar, adorar, comunicar. Tres palabras que quisiera que entrasen en vuestro corazón, que son las palabras que nos ha dicho el Señor a nosotros.

Escuchar. Fijaos que para responder a la cuestión planteada, Jesús cita un texto que todos los judíos conocían de memoria. Lo habéis escuchado en el Evangelio: «Escucha, Israel. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». La palabra «todo» colocada cuatro veces en expresiones casi iguales expresa la radicalidad de ese escuchar. Para escuchar, hay que vaciarse. Nos pasa como cuando tenemos un vaso lleno de agua: pues no entra más. Se puede echar más agua, pero se cae toda, se derrama…  No entra más. Cuántas veces, en nuestra vida, estamos llenos de cosas. Y no podemos escuchar, ni a los demás ni a Dios. Fijaos: es importante. A veces estamos demasiado atosigados por presiones, por actividades, que aprisionan nuestra vida. Estamos llenos de asuntos pendientes, estamos llenos de llamadas, pero algunas no las escuchamos. Para escuchar, hay que vaciarse y llenarse de aquello que es importante.

Hoy el Señor viene a que nosotros lo escuchemos. Y el Señor quiere entrar en nuestra vida. Pero es necesario que nosotros tengamos esa capacidad para vaciarnos. Que nuestro corazón no esté agarrado a nada; que nuestra alma sea pura, sea clara. Que de verdad descubramos y sintamos aquello que nos hace felices; que nos hace no solamente estar contentos nosotros, sino capaces de estar contentando y haciendo felices a los demás. Que nuestro ser, en lo más hondo de nuestra vida, nos sintamos felices. Entonces escuchamos. Para tener a Dios en nuestra vida, para tener a los demás en nuestra vida, es necesario escuchar. Daos cuenta de cuántas veces oímos. ¿Pero escuchar? ¿Dejar que el otro entre en mi existencia y en mi vida? Dejemos hoy que entre Jesucristo en nuestra vida. Aunque sea por unos momentos, Que sintamos la diferencia cuando escuchamos.

En segundo lugar, adorar. ¿No somos cada vez más conscientes de esa eclipse que han llamado algunos de Dios? Y lo más urgente que necesitamos los discípulos de Cristo hoy es recuperar la experiencia interior de Dios. Seamos capaces de adorar a Dios. Adoremos al Señor. Es como si Jesús nos quisiera decir ya: amad con todas las fuerzas a Dios, entrad y vivid dentro de Él. Os ama entrañablemente. Os ama con un amor que no se puede comparar con nada. Y eso es lo primero de todo: experimentar ese amor adorando al Señor. Hoy nos falta, a veces, ese sentido profundo de adoración. Como habéis visto, Jesús, en el Evangelio proclamado, no se detiene en la respuesta estricta a la pregunta. Cuando le preguntan: Maestro, ¿qué mandamiento es el principal de todos?, no se detiene. Sino que Él añade algo que es importante. Añade algo. Después de que el otro le ha dicho: ¿Cuáles son los principales? Todo esto lo hago. El Señor le añade más: ¿Amas al prójimo?

Qué maravilla. Cuando adoramos a Dios, cuando adoramos a Jesucristo, tenemos que ver en el otro un hermano; alguien del cual me tengo que ocupar. No hay adoración a Dios verdadera si yo no descubro en el otro a un hermano. Y no descubro en el otro a un hermano de verdad si no adoro a Dios con todas las consecuencias. El tema de la adoración no es secundario, queridos amigos. No es secundario en esta sociedad en la que vivimos…

No es secundaria la reconstrucción de la vida del ser humano. No es secundario en la construcción de la paz entre los hombres. No es secundario la construcción de la reconciliación entre los hombres. Todo lo contrario. La adoración es esencial, porque Jesús vino a Dios y a los hombres. Lo ha hecho en su propia persona haciéndose hombre: siendo Dios, no tuvo a menos hacerse hombre, sino hacerse uno de tantos entre nosotros. Y nos ha enseñado. Cuando a Él le adoramos, miramos con más profundidad en lo que de verdad son los demás, los hermanos.

Escucha. Vacíate. Adora. Adora a Jesús. A este Dios. Pero seguro que si adoras a Jesús, vas rápidamente a ver lo que necesita tu hermano. Quien sea. No hagas divisiones. No digas: este no es de los míos, porque entonces eres un tramposo y un mentiroso. No adoras. Te adoras a ti mismo.

Escuchad. Adorad. Comunicad.

Comuniquemos a todos los hombres. A esta sociedad en la que estamos viviendo todos nosotros. Comuniquemos lo que nos ha dicho el Señor hace un instante, en el Evangelio que acabamos de proclamar. Tiene una vigencia especial para nosotros. Sí: todo esto lo he cumplido. Pero te falta algo más: amarás al prójimo como a ti mismo. Sí. Escucha: amarás al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con toda tu mente, con todo tu ser. Pero eso lo demostrarás si amas al prójimo como a ti mismo. Y si amas al prójimo como a ti mismo, te remitirá precisamente a Dios.

Queridos amigos: Jesús nos dice «amad con todas las fuerzas a Dios, dentro del cual vivís, que os ama entrañablemente. Pero amad a los demás con el mismo amor». Eso es lo primero de todo.

Escuchad. Adorad. Comunicad. Comuniquemos a Dios a todos los hombres.

Que el Señor bendiga este encuentro mensual que tenemos nosotros. Y que el Señor bendiga todo lo que durante todo este mes de octubre, desde el día 3 hasta el día 28, hemos estado viviendo también, junto al sucesor de Pedro, en Roma, lo que el Señor quiere de nosotros. El Señor quiere de su pueblo esto que os decía: que escuchemos, que adoremos, que comuniquemos al Señor, a Dios a los hombres.

Sintamos el gozo de que nosotros esta noche podemos decir: qué es lo importante, qué es lo esencial en la vida que la llena de sentido, qué  y quién motiva nuestra vida, cuál es lo prioritario en nuestra existencia. Cuál. Lo único importante es amar. No hay nada más decisivo que amar a Dios con el corazón, con el alma, y amar a los demás como nos amamos nosotros mismos. La vocación del ser humano, decía el Papa san Juan Pablo II, es el amor. Está llamado a amar. Solo el amor nos hace vivir. Nadie puede vivir sin amor.

Permitidme que os diga una experiencia que tuve siendo cura joven. He sido cura joven, también. En mi ciudad, en Torrelavega, estaba de sacerdote en una parroquia. Había un reformatorio, y los que no tenían familia se quedaban en la calle. Había una casa, que sigue existiendo hoy llevada por los religiosos hoy, pero que la abrí yo, y en ella viví con 18 muchachos. Tuve que ponerme a trabajar para poder darles de comer, porque de cura cobraba solo 1.001 pesetas, en el año 1975. Y lo hice con permiso del obispo, claro está. Y Pedro, un chico que había sido un desastre, después de unos años, cuando me hacen obispo, ya estaba él, se había marchado de casa, ya estaba trabajando, y vino a mi primera diócesis, a Orense, simplemente…  Yo estaba en una procesión, y se acercó a mí para decirme: he venido hoy solo para darte gracias porque me quisiste como era, un sinvergüenza, pero me quisiste. Hoy no lo soy.

Queridos amigos, queridos jóvenes: el amor es lo que da verdadero sentido. Pero el amor de Jesucristo: que no mira, que no hace diferencias, que no divide, que no estrangula al otro, que no rompe. Es verdad que no rompe: nos rompe a nosotros, porque nos hace tener un corazón mucho más abierto. Mientras no alcancemos este amor del Señor, no habremos descubierto el gozo del Evangelio. Pero vosotros sí que lo queréis descubrir. Por eso esta noche estáis aquí. Y lo queréis hacer en comunión de unos con otros. Y lo queréis hacer, no de cualquier manera, sino mirando a nuestro Señor. Escuchando. Adorando. Para comunicar este amor de Dios a los hombres.

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