Catequesis

Martes, 16 abril 2019 13:52

Vigilia de oración con jóvenes (05-04-2019)

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Como veis, queridos amigos, siempre Jesús nos sorprende. Y nos sorprende a nosotros esta noche cuando nos dice también: yo tampoco te condeno. Yo te quiero. Yo estoy contigo, a tu lado, para darte otro horizonte en la vida. Y para ofrecerte mi vida, para que tú además muestres esa vida a quienes te rodean. Cambies este mundo, e instaures en este mundo otra manera de ser, de estar, de vivir. Un mundo en el cual la palabra perdón y la palabra misericordia sean constitutivos -el contenido de estas palabras- de cómo hacemos y construimos este mundo. Y esto solamente lo puede hacer Dios. Solamente Dios puede entregar un corazón misericordioso y un corazón que siempre perdona. Que siempre da la mano. Que nunca retira la mirada, ni la confianza ni el oído de nadie. Escucha, ama, construye, restaura.

Jesús, como os decía, nos sorprende siempre. Y, como todos los viernes, yo os quiero decir, en estas vísperas de celebrar la Semana Santa, los grandes misterios de nuestra fe, que el Señor nos quiere decir esto: preparar vuestro corazón para encontraros con los hombres y con Dios, y así construir el mundo regalando misericordia y perdón. Quizás esta es la síntesis que se puede hacer de esta página preciosa del evangelio, con la que el Señor quiere encontrarse con nosotros esta noche.

Preparad. Preparad el corazón, nos ha dicho el Señor. ¿Y cómo lo tenemos que preparar? ¿Os habéis dado cuenta de algo extraordinario que nos dice Jesús? Él se retira a un monte, al monte de los Olivos, a orar. Él se retira. Y, pasando toda la noche en oración, en diálogo con Dios baja del nuevo al templo. El templo, siempre, en Israel, era un lugar de encuentro con Dios. Era un lugar donde se abrían los hombres a Dios. Pero Jesús se presenta en el templo, y nos dice el evangelio que todo el mundo acudía a él: las gentes, el pueblo… acudía a él. Y Jesús se sentaba y los enseñaba. Les enseñaba, como nos enseña a nosotros esta noche.

Preparemos el corazón. Mirad. Yo creo que estos días podéis aprovechar también estas fiestas que vamos a celebrar de la Semana Santa: el Jueves Santo, el Viernes Santo y la Pascua, el triunfo de Cristo, que es nuestro triunfo en definitiva. Es un tiempo en que yo os invito a que preparéis vuestro corazón. Sí. Que tengáis un rato más para pensar, que tengáis un rato más para poder vivir lo que el Señor quiere entregaros.  

Ese texto que hemos escuchado hace un instante: tampoco yo te condeno. El Señor nos quiere decir, nos quiere tocar el corazón. Quiere entrar en nuestra vida. Jesús sigue enseñándonos. Y el ser humano tiene necesidad de encontrar a alguien que le escuche, que le acoja. Y Jesús no hace distinciones. Nos acoge a todos: acoge a todos los hombres. Acoge toda existencia. Acoge toda condición. Jesús quiere que nos acerquemos a Él, porque cuando nos acercamos a Él vemos las cosas de otra manera.

Qué bonito es acercarse el Jueves Santo para descubrir lo que el Señor quiere: quiere quedarse con nosotros, como lo hace esta noche en el misterio de la Eucaristía. Pero es realmente el mismo Jesús, que celebró la Última Cena, y por el que el Señor ha querido prolongar hasta que Él vuelva otra vez su presencia en medio de los hombres, y que podamos entrar en comunión con Él, y que podamos alimentarnos de Él. Pero no lo ha hecho de cualquier manera. Jesús, en el Viernes Santo, nos dice que nos invita a dar la vida como Él. Y nos invita a hacerlo como Él lo hizo. Miradle a Él, y miradle en la cruz tan bella que tenemos aquí, en la catedral. Porque en la cruz, aquellos mismos que estaban matando al Señor, el Señor, mirando al Padre, dice: perdónalos, porque no saben lo que hacen. Hasta ahí nos pide el Señor que lo hagamos. Siempre. Costándonos a veces. Pero hasta ahí nos pide el Señor. El Señor no se queda en la muerte. Grita Pascua. Es el triunfo de Cristo.

Por eso, este Jesús que se retira nos invita a que nosotros, sus discípulos, también nos retiremos. Tengamos algún momento para pensar. Para ver lo que cada día de esos nos va entregando el Señor. Preparad el corazón.

En segundo lugar, preparadlo para encontrarnos con los hombres. Lo habéis visto en el evangelio: Jesús baja al templo y se encuentra con los escribas y fariseos. Aquellos hombres, que sabían la Escritura; aquellos hombres, que sabían todas las normas que podían existir en Israel, y que se han encontrado con una mujer que está sorprendida en adulterio. Y, según la ley de Moisés, había que apedrearla. Y le preguntan a Jesús: y tú, ¿qué dices? ¿Y tú qué dices?

Al fin y al cabo, es lo que hacemos nosotros. Cuando nos hacen algo, parece como que queremos devolverles lo mismo. Jesús no responde así. Jesús se calla, se inclina en el suelo. ¿Veis? Él se encuentra con los letrados, con los fariseos, con la mujer sorprendida en adulterio… Y esta noche se encuentra con nosotros. Y, a través de nosotros, se encuentra con todos los jóvenes de Madrid. Quiere encontrarse, a través de nosotros, con todos los jóvenes de Madrid. Pensad esto un momento. Se encuentra Jesús con nosotros. Está entre nosotros. No es un cuento. No es un entretenimiento que os quiere hacer vuestro cardenal. No. Jesús está aquí. Realmente presente. Quiere que preparemos el corazón. Y quiere que lo hagamos para que nos encontremos con todos los hombres. Sin excepción. Con todos. ¿Para qué? Para construir un mundo regalando misericordia y regalando perdón. Como lo hizo Jesús.

Porque, una vez que le dijeron al Señor eso, ¿tú qué dices?, para comprometerlo acusarlo, porque ellos tenían la ley de Talión –ojo por ojo y diente por diente-, Jesús se inclina, se agacha, escribe en el suelo… Y, como insistían, les dice: mirad, el mundo no se construye como vosotros queréis; a base de palos; a base de devolver, si hace mal, mal; el mundo se construye devolviendo bien. Devolviendo amor. Devolviendo  misericordia. Y devolviendo perdón. por eso, cuando se incorpora Jesús, como nos dice a nosotros ahora, esta noche: el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Y nos dice el texto del evangelio que se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Es decir, que quizá el primero que me tenía que retirar ahora era yo. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Quizás sería vuestro cardenal, que os está predicando, el primero que tendría que salir por esa puerta. Digo por esa porque está abierta. La otra está cerrada. Pero pensad esto: el mundo no se construye tirándonos  piedras los unos a los otros. ¿No os estáis dando cuenta de que hoy el mundo se está construyendo así, tirándonos piedras? Tú dices algo, una piedra contra ese porque no estoy de acuerdo con lo que dice. Así solemos hacer. Unos a otros.

Qué bonito es: cuando se van marchando, porque el Señor sabe que todos son pecadores, y se van marchando, escabulléndose… Se queda Jesús mirando a la mujer. Y se queda mirándonos a nosotros. Pensad delante de nuestro Señor, realmente presente en el misterio de la Eucaristía. Que se queda mirándonos a nosotros. Y nos pregunta también: ¿dónde están tus acusadores? ¿Te ha condenado alguno? Porque cuando les he hecho esa pregunta, ¿quién está libre de pecado?, se han marchado. ¿Te ha condenado alguno? Le diríamos nosotros: no Señor. No nos ha condenado nadie. Y Jesús nos dice: tampoco yo te condeno. Pero no peques más. Perdona y ten misericordia. Ten estas armas. Ten estos utensilios. Marcha por la vida de esta manera: construyendo el mundo, regalando misericordia y perdón. Es la llamada que el papa Francisco, a través de esa carta preciosa que os ha escrito a todos los jóvenes -Christus vivit. Cristo vive- os hace, queridos amigos. Os hace a todos vosotros. Esta carta que hoy no ha llegado, pero que yo me encargaré de que llegue a todas las vicarías, y en alguna parroquia quizá, no sé cómo hacerlo, pero alomejor alguna tarde o alguna noche, ya convocaré yo a través de los vicarios y os la entrego en mano en alguna parroquia de vuestras vicarías. Se ha hecho una edición especial para vosotros. Pero leedla.

El Señor os invita de una forma especial a todos vosotros, jóvenes, a construir este mundo. Y os invita a través del Papa Francisco. Y os invita hacerlo con raíces, mirando también a los mayores. Pero os invita a protagonizar en medio de este mundo la entrega precisamente y la vida. Entregando misericordia y perdón. Protagonizar esto. En este mundo.

Yo solo quiero, y os digo, que preparemos el corazón. Dejemos que el Señor toque nuestra vida. Encontrémonos con todos los hombres. Encontraos con todos los jóvenes. De cualquier clase o condición. Pero hacedlo. Y construir un mundo regalando, como Jesús, misericordia y perdón. Porque Jesús, esta noche, nos dice: tampoco yo te condeno.

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