Catequesis

Martes, 07 mayo 2019 15:51

Vigilia de oración con jóvenes (03-05-2019)

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Yo creo que, para poder entender lo que el Señor esta noche nos quiere decir, yo quisiera que escuchaseis también esta pregunta que el Señor le hizo a Pedro: «¿Me amas? ¿Me amas más que estos?» Que no quiere decir entrar en rivalidad con nadie. ¿Me quieres? El Señor quiere conquistar el corazón de Pedro. Y quiere conquistar el corazón de cada uno de nosotros. Por eso esta pregunta que le hizo a Pedro, y que nos hace esta noche a nosotros también.

En esta presencia real de Cristo en el misterio de la Eucaristía, nosotros nos dejamos preguntar por el Señor: «¿Me amas?» «¿Me quieres?».

Es así como nosotros podemos entender lo que el Señor nos ha dicho en toda la primera parte del Evangelio, que yo quiero reducir a tres cosas fundamentalmente: vivir en la luz, llamados a la confianza e invitados a dar la vida.

Si os habéis dado cuenta, en esta página del Evangelio, en primer lugar aparecen los apóstoles en la oscuridad. Acaba la noche. Pero viene rápidamente el amanecer. Jesús es la luz del mundo. Y aparece en medio de los apóstoles. El Resucitado es como la luz del sol al amanecer, que disipa todas las sombras y todas nuestras sombras también, que podamos tener en la vida, o que nos vengan en la vida, que siempre nos vendrán. Es el amigo que se hace visible, y aparece la luz en nuestra vida. Es bonito ver cómo los apóstoles en la noche, nos dice el Evangelio, no cogieron nada. Los discípulos habían fracasado. Estaban todavía en el fracaso de la Cruz. Y no habían cogido nada.

La noche representa, como os decía, la ausencia de la luz. Sin Él, todo es oscuro. Sin el Señor, todo es oscuro. Y la noche es dura y larga. Habían lanzado la red una y otra vez, pero vacía. Vacíos estamos cuando no tenemos al lado al Señor, que da contenido a nuestra vida, que la entrega metas, que marca dirección, que nos señala el camino. Y el camino siempre es el otro.

Por eso, en segundo lugar, no solamente el Señor nos invita a vivir en su luz, en su luz, sino que nos dice que Él nos llama a la confianza. Esa palabra que dirige Jesús a los apóstoles: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». El término «muchachos» está lleno de cariño. Esta expresión le lleva a mostrar el cariño inmenso que tiene por los apóstoles. Y ellos, ante aquella palabra («muchachos»), ante aquel cariño del Señor, se sienten seducidos por Él. Y lo dejan todo para seguirle. Confianza y cariño del Señor. «¿Tenéis pescado?». Y cambia la dirección de los discípulos.

En ausencia de Jesús, no pueden realizar aquello que Jesús les había mostrado con su propia vida: «Sin mí, no podéis hacer nada». Cuando nos limitamos a hacer cosas, incluso aunque nuestra jornada esté repleta de actividades y no paremos en todo el día, sin embargo, sin Jesús, al final nos encontramos vacíos y muchas veces desilusionados. Nos falta alguien

¿Qué alimenta nuestra vida? ¿Quién sostiene nuestra vida? ¿Quién da sentido a nuestra existencia? ¿Quién se lo da?. Por eso, es bueno regresar a la confianza en el Señor. Y Jesús tiene confianza en nosotros. Como la tuvo con los discípulos primeros. Y por eso nos dice: echad la red. Echad la red. A nosotros, Jesús nos dice lo mismo.

Echemos la red a pesar de las dificultades, a pesar de los cansancios, a pesar incluso de nuestros desalientos, a pesar de que sintamos alomejor una vida que parece estéril, que hemos trabajado y no tenemos nada. Pero hace falta echar la red en la buena dirección. Hace falta cambiar de dirección. Jesús les indica la orientación en la que tienen que echar la red.

Necesitamos escuchar la acción del Espíritu en nuestra vida. Si no escuchamos esta dirección que nos propone el Señor, estaremos vacíos. Pero Jesús nos invita. Nos invita a dar la vida. Y a dar vida. Por eso, esa invitación qué bien la escucha Pedro al oír que era el Señor cuando el discípulo a quien tanto quería –Juan- dice: es el Señor. Se dan cuenta. Pedro, sin pensarlo, desnudo, se ata la túnica, se echa al agua. Pedro se tira al mar. Se tira. Simboliza la actitud nueva ante Jesús. Él se entrega al Señor. Se entrega a su dirección. Se entrega a su tarea.

Qué bonito es después cómo el Evangelio termina diciendo el Señor a los discípulos: «vamos, almorzar». Jesús nos invita a alimentarnos de Él, de la Eucaristía. Nos invita a alimentarnos de su amor mismo. El resucitado no necesita alimentos, y sin embargo él mismo prepara comida para nosotros, para sus amigos. Él se acerca al amanecer. Nos da luz. Nos da esperanza. Nos da confianza. Nos quiere. Nos saluda: muchachos. Tenéis mi confianza. Tenéis mi aliento. Tenéis mi vida. Tenéis mi dirección. Echad la red. Pero no la echemos para nosotros mismos.

Estamos invitados a dar la vida. Hay que tirarse, como Pedro. Y dar la vida. Y dar vida siempre. La única forma de darlo es aceptar la invitación que nos hace Jesús: «vamos, almorzar». Alimentaos de mi vida. Acoged mi palabra.

Que este mes, desde esta página del Evangelio, sintamos lo que el Señor esta noche nos invita a vivir. Vivamos de su luz. Vivamos en su confianza. En el cariño que Dios nos tiene. Y demos y sintámonos invitados a dar vida. Y a dar la vida para que la luz se muestre a todos los hombres.

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