Catequesis

Lunes, 10 junio 2019 14:46

Vigilia de oración con jóvenes (07-06-2019)

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Hay tres palabras que, depende cómo se combinen, dan un resultado u otro a la historia humana. A la historia personal de cada uno. A la historia colectiva. Y esas tres palabras nos las acaba de decir el Evangelio: oscuridad, luz, misión.

Si combinas la oscuridad con la misión, y realizas desde la oscuridad la misión, el resultado siempre es negativo. Porque la oscuridad, en general, trae unas consecuencias: cerrar puertas, y miedo. Mientras que si combinas la palabra luz y misión, las puertas se abren. Y ya no son el miedo. No son cerrar puertas… Es la paz. Es la alegría. Es el sentirse enviado en nombre de alguien.

Sobre estas combinaciones, yo querría hablaros esta noche. Que tengáis estas palabras en consideración, también, en vuestra vida. Esta consideración la hacemos en estas vísperas de Pentecostés. Los hombres, antes de venir nuestro Señor, vivían en la oscuridad. Ni sabían quién era Dios, o a veces vivían con dioses inventados por los hombres mismos,  ni sabían quiénes eran ellos mismos… Cuando viene Jesús, y cuando nos envía el Espíritu a la Iglesia, nosotros sabemos quién es Dios y quiénes somos nosotros. Y por eso caminamos con la cabeza alta, mirando a los hombres y sintiéndonos con la capacidad de decirles, como Jesús a los primeros discípulos: «ven y verás».

Sí. Podemos vivir en la oscuridad. Es terrible. Porque siempre la oscuridad, a nivel humano nos pasa igual, nos da miedo. No sabemos con quién nos podemos encontrar… Siempre eso nos hace cerrar puertas. Ir sospechando. Así vivió y sigue viviendo la humanidad antes de conocer a nuestro Señor. La oscuridad es tremenda. Y hace que este mundo no sea como tiene que ser. Es un mundo de golpes y contragolpes. Es un mundo de división. Es un mundo de ruptura… La oscuridad nos hace vivir… La experiencia de las puertas cerradas es tremenda para el ser humano. Uno se encierra en sí mismo, en sus teorías, en su poder, en sus capacidades, en sus miramientos… Y, por tanto, es el que decide: tú me sobras… Así vienen las luchas, las guerras. Las que existen en este mundo son producto de la oscuridad.

Sin embargo, podemos vivir en la luz. O de la luz. Y la luz, para nosotros, tiene un nombre: Jesucristo. Si os habéis dado cuenta, todo el tiempo de Pascua tenemos encendido el cirio, que representa a Jesucristo. Y cuando hemos bautizado a alguien, tomamos de esa luz: cogemos una vela, la encendemos y se la entregamos, o a los padres o a los adultos, si es que son adultos los que se bautizan, como signo de que ellos han recibido una vida nueva. Una vida nueva de luz, no de oscuridad. Una vida de luz que, como habéis visto, tiene no las características de cerrar puertas, sino lo contrario: de abrirnos a todos los hombres. A todos. Sean quienes sean. Piensen lo que piensen.

El Señor nos abre. En el fondo, en el fondo, nuestro Señor hace verdad lo que les dijo a los discípulos antes de subir a los cielos, cuando les dijo: «Venga, id por el mundo y anunciad el Evangelio. Llevad la buena noticia a todos los hombres. No os cerréis en vosotros mismos». Los discípulos, al principio, estaban cerrados en una estancia, por miedo a los judíos. Pero cuando llega la luz, cambia todo. Hay una experiencia distinta. Hay experiencia de la alegría. Pero no de la alegría del triunfo de la vida, no… Habrá dificultades. Es la alegría de sentirme querido por un Dios que se me ha revelado, que me ha dicho que soy hijo de Dios, que me ha dicho que soy hermano de los hombres, y que tengo que salir a este mundo a anunciar esta buena noticia a todos. Y que no es posible que nos estemos matando los hombres, los unos a los otros… No es posible. Porque es que este Dios nos ha revelado que somos hermanos. Y nos ha revelado que nuestra condición es de hijos de Dios y de hermanos. Y que tenemos que intentar buscar con su luz, con su alegría y con su amor, la fraternidad en este mundo.

¿Veis? El Señor nos deja la paz. Pero la paz no es la que a veces entendemos nosotros. Es su paz. La suya. Es la paz de un Dios que entra a mi corazón, que me da seguridad porque sé en qué manos estoy. Sé de quién dependo. Sé que la fuerza que tengo que cultivar en mi vida es la que Él mismo me da, que es su amor. Y es la que yo tengo que llevar a todos los lugares del mundo y de la tierra. Esto es lo que hizo grandes a los grandes misioneros que hemos conocido. Recordad a san Francisco Javier: un hombre de aquí, de España, que sale de nuestra tierra y se marcha al mundo desconocido entonces para anunciar a Jesucristo.

Es impresionante lo que supone tener la luz, queridos hermanos. Pero todos los que estamos aquí, quizás hemos tenido algún momento en nuestra vida en que hemos sentido tentados a vivir en la oscuridad. Sin salidas. Puertas cerradas, para todos o para algunos: a los que no me venían bien, los eliminaba de mi vida. Miedos. Pero qué experiencia más bella hoy, esta noche, aquí mismo: tener la luz que es Jesucristo. Esta luz que es Jesús, que nos dice que vive. Que nos ama. Que nos quiere. Que cuenta con nosotros para que entreguemos esta luz. Que nos invita a entregar su paz. Esa paz que se construye cuando estamos dispuestos a dar lo mejor de nosotros mismos hasta dar la vida por nuestro Señor.

El Señor sabía que por nosotros mismos no lo podemos hacer. Por eso envía el Espíritu Santo. Y ya en la primitiva Iglesia aquel Espíritu fue capaz de hacer posible que aquellos apóstoles, reunidos en una estancia por miedo a los judíos, al recibir el Espíritu abrieran las puertas y saliesen del lugar donde estaban a entrar en relación con hombres y mujeres que, para exagerar mucho el libro de los Hechos dicen había partos, venidos de Mesopotamia, de Capadocia, de Panfilia. Hombres y mujeres de todas las edades, de todas las lenguas. Y todos entendían en su propia lengua a los apóstoles, que eran unos pobres hombres, que habían vivido en el solar de Palestina y que no habían salido de allí, pero que acogiendo el Espíritu tenían el lenguaje de Jesucristo. Su alegría. Su amor, Su paz.

¿Veis la diferencia, queridos hermanos? Vivir en la oscuridad. Vivir en la luz. Este mundo puede ser diferente. Por eso, la urgencia que nos da Jesús es grande: id por el mundo. Anunciad la buena noticia.

Pero también el Señor, en tercer lugar, nos dice: para hacer esto, tenéis que acogerme a mí. Queridos amigos: acoger a Jesús no es acoger unas ideas. Nosotros no vivimos de una ideología. Aunque sea buena. Nosotros vivimos de una persona, que es nuestro Señor Jesucristo. Que está realmente presente aquí, entre nosotros, en el misterio de la Eucaristía. Que se nos va revelando a través de su Palabra. De esa Palabra que cuando la meditamos y la acogemos y la metemos en nuestro corazón nos da luz, y nos hace dar luz.

Acoger al Señor es acoger su alegría. Es acoger su paz. Es acoger su amor. Es acoger su esperanza. Es acoger a este Dios que nos quiere dar un abrazo y quiere que seamos Él en medio de los hombres. Sí: tú y yo. Todos los que estamos aquí podemos ser Jesús en medio de esta historia. Pero el Señor nos pide salir de la oscuridad, tomarlo a Él como es. Y el Señor nos lanza a la misión. A una misión bella. A una misión hermosa, queridos amigos. Si siempre ha sido necesaria, más que nunca en este momento de la historia, donde a veces el mundo no sabe para dónde ir, está como perdido.

Qué importante es que vosotros, todos, los jóvenes, sintáis el gozo de este abrazo que quiere darnos Jesús que vive esta noche. No estamos reunidos en la catedral en nombre de un muerto que vivió hace 20 siglos. Él vive. Vive. Ha resucitado. Y ha querido quedarse entre nosotros en el misterio de la Eucaristía, para que nos alimentemos de Él. Que no es una idea. Es una persona. Las ideas dividen. Podemos tener ideas de Jesús, pero hasta que no acojamos la persona de Jesús, que rompe nuestra vida y nos abre las puertas para todos, no hemos entendido ni quiénes somos nosotros, ni quién es el Dios que nos ama entrañablemente.

¿Veis? Combinemos luz y misión. Que nos da alegría. Que nos hace salir a los caminos. Que nos hace abrazar a todos los hombres. Que nos hace vivir en su amor. Hagamos esta combinación. Y no estamos solos: el Espíritu del Señor viene en nuestra ayuda. En la ayuda de nuestra debilidad, como vino a los apóstoles en el inicio de la Iglesia.

Que el Señor nos bendiga a todos en esta celebración que estamos haciendo, y en esta adoración que estamos viviendo a Jesucristo nuestro Señor.

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