Catequesis

Martes, 10 septiembre 2019 13:44

Vigilia de oración con jóvenes (06-09-2019)

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Muchas gracias por vuestra presencia después de estas vacaciones. Iniciamos esta oración de todos los primeros viernes de mes, aquí en la catedral, que desea ser también un momento de comunión y de vida con todos los jóvenes en los diversos movimientos, asociaciones o parroquias donde están. Que se note y se viva la experiencia de que somos la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia fundada por el Señor, la Iglesia que acoge su palabra, la Iglesia que sale, que solamente anuncia a nuestro Señor Jesucristo cuando experimenta, vive y manifiesta la comunión. Y os invita a los jóvenes a ser precisamente en Madrid los que llevéis a cabo esa necesidad de experimentar y vivir la comunión, que es la única manera de hacer creíble el Evangelio de Jesucristo nuestro Señor.

Esta noche, como todos los días, el Señor nos sorprende. Nos sorprende con su palabra. Esta palabra que se va a proclamar el domingo próximo. Esta palabra que la proclamamos también en esta oración que ha organizado la comunidad de San´t Egidio, que está presente, y cuyos miembros están presentes en nuestra archidiócesis de Madrid precisamente porque la semana próxima celebramos en Madrid el Encuentro Internacional de la Oración por la Paz en el espíritu de Asís. Estáis todos invitados. Y sabéis que el día 15 se celebra aquí la eucaristía por la mañana, y después por la tarde es la inauguración oficial de este encuentro en el que van a participar personalidades de la cultura, de la política, de la Iglesia, de todos los continentes, y también confesiones religiosas que no son cristianas. También los cristianos que están separados de la Iglesia. Todos, en el espíritu de Asís, vamos a vivir este encuentro.

Yo quisiera acercar precisamente hoy a vosotros esta página del Evangelio que acabamos de proclamar, y que tiene como tres realidades que yo quisiera acercar a vuestro corazón y a vuestra vida: un centro en primer lugar, un proyecto en segundo lugar, y un bien. Un centro. Pongamos en el centro a nuestro Señor. Un proyecto: cargar con la cruz, ir en pos del Señor, siguiendo al Señor, siguiendo sus pasos, siguiendo sus huellas. Y un bien que el Señor nos regala. Quien no renuncia a otros bienes, y no coge este bien, no puede ser discípulo mío.

Sobre estas tres realidades yo querría hoy, esta noche, acercar a vuestro corazón, en la presencia del Señor, algo que me parece que es importante también para todos nosotros.

Un centro. queridos jóvenes: yo os invito a poner en el centro de nuestra vida a nuestro Señor Jesucristo. Mirad: os estoy invitando a la oración por la paz. A este Encuentro Internacional. Quien organiza hoy esta oración han organizado también este Encuentro Internacional, que lo hacen siempre en los lugares donde todos los años se realiza, en los diversos lugares del mundo. Pero mirad: un centro. La fraternidad, que es una dimensión en sí esencial del ser humano, porque el ser humano es un ser relacional, nos relacionamos los unos con los otros, es más, tenemos necesidad de relacionarnos. Esta conciencia viva de ser hombres y mujeres que nos relacionamos, que el mismo Señor nos ha dicho: amaos los unos a los otros, nos tiene que llevar a tratar a cada persona como un verdadero hermano, como una verdadera hermana.

Queridos jóvenes. Mirad: sin poner en el centro a Jesucristo, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una sociedad en paz, estable, de una sociedad duradera. Y es necesario recordar permanentemente nosotros que la fraternidad comienza uno a experimentarla y a vivirla por ejemplo en el seno de la familia. Cada uno de los miembros tenemos una responsabilidad en la construcción de esa fraternidad. Y así como en la familia, en pequeño, se construye la fraternidad, así a nivel más grande tenemos que construir también nosotros esa fraternidad humana. Que es también fundamento y camino primordial para la paz. Mirad: los cristianos tenemos la responsabilidad, en el espíritu de Asís, de contagiar al mundo con el amor mismo de Jesucristo nuestro Señor. Este Jesús que una vez más, esta noche, con su presencia, nos acompaña.

Un centro: Jesucristo. Solamente contemplando a nuestro Señor. Por eso, os habéis dado cuenta de que el Evangelio que hemos proclamado, esta página del Evangelio, comienza diciendo: mucha gente en aquel tiempo acompañaba a Jesús, y Él se volvió y les dijo. Esta noche, los que le acompañamos somos nosotros.

Queridos amigos: en este mundo en el que vivimos cada día hay mayor interdependencia, más comunicaciones, que se entrecruzan en todo nuestro planeta, y se hace más fácil ver la conciencia de que todos los hombres formamos una unidad y compartimos un destino común. A pesar de las diversidades, de las razas, de las culturas, de las sociedades, tenemos la vocación de formar una comunidad. Tenemos la vocación que nos da nuestro Señor, que nos ha dicho: amaos, quereos, no os destruyáis, no os maltratéis, no viváis dispersos, no viváis cada uno por vuestra cuenta, no viváis en la inseguridad.

Este mundo, que quizá tiene una característica importante, que es que hemos sin darnos cuenta globalizado la indiferencia; nos hacemos indiferentes ante muchas cosas: ante el dolor del hermano, ante el hambre, ante la muerte, ante tantas cosas… Parece como si no pasase nada, mientras no nos pase a nosotros. En muchas partes del mundo se están lesionando muchas cosas para el ser humano: se lesiona la paz, la convivencia, el derecho a la vida, el derecho a la libertad que todo ser humano tiene, a la libertad también religiosa, a creer… Hay muchos cristianos, en muchas partes del mundo, en estos momentos, que están perseguidos por ser cristianos simplemente. Por poner en el centro a Jesucristo. Pero, queridos amigos, Jesús en el centro, dejando que nos acompañe, nos mete un espíritu dentro de nosotros tan fuerte, tan grande, que nos hace amigos de Él. Y nos hace vivir en la vida como amigos de Él. Y nadie es más grande que el Señor. El amigo hace las cosas y vive siguiendo las huellas desde Jesús, que ha dado la vida por nosotros. Tened en el centro a Jesucristo siempre. No os arrepentiréis. Poned en el centro de vuestra vida a Jesús. Y si alguna vez nos despistamos, volvamos al centro. Él nos alienta. Él nos abraza. Él nos quiere. Él ilumina. Él nos da la mano. Hagamos lo que hagamos.

En segundo lugar, un proyecto. Jesús nos regala un proyecto. Lo habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado: si alguno viene a mí, y quien no carga con su cruz y viene en pos de mí no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz.

Queridos amigos: ayer celebrábamos la fiesta de santa Teresa de Calcuta, la madre Teresa de Calcuta. Santa Teresa de Calcuta tuvo una experiencia religiosa que yo os invito a que la tengáis también vosotros esta noche. Ella, fijándose y teniendo en el centro a Jesús, y mirando la cruz del Señor, vio que este Dios que se había hecho hombre, que no tenía pecado… Él tenía sed de que todos los hombres percibiesen que Él les amaba, que Él les quería, que Él no nos dejaba solos, que Él apostaba por el hombre, sea quien fuese. Y ella, al ver eso, sintió la llamada también a quitar la sed, y a prestar la vida para quitar la sed de los que más lo necesitan, de esos por lo cuales Jesús daba la vida, por todos los hombres, porque todos tenemos una cruz: el pobre su pobreza, pero el rico a veces la ignorancia de no darse cuenta de que tiene al lado a alguien a quien le bastarían unas migajas, como en aquella parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro. Pero es pobre también. Y Jesús, dando la vida, para que todos nosotros experimentemos el amor: ese amor de Dios que nos invita precisamente a seguirlo a Él, a regalar su amor, a regalar su paz, a regalar la dignidad del ser humano, y a no robarle a nadie la dignidad del ser humano, a dársela, a promoverla.

No me digáis, queridos jóvenes, que cuando uno pone en el centro al Señor y acoge el proyecto de Jesús -carga con tu cruz, qué es lo que tienes, qué es lo que te pasa, cuál es tu cruz, ponla al lado del Señor- Él te da luz, Él te da capacidad para que lo sigas y te lances también a quitar la sed que tantos y tantos hombres y mujeres en este mundo tienen. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí no puede ser discípulo mío.

Discípulos de Jesús. Discípulos de Jesús. ¿Dónde está tu hermano? Este es el discípulo de Jesús. ¿Dónde está tu hermano? Para comprender mejor la vocación del ser humano a la paz y a la fraternidad, para conocer más adecuadamente los obstáculos que se interponen en la realización y en descubrir caminos, para dejarse guiar por nuestro Señor, tenemos esta pregunta que nos sigue haciendo el Señor a nosotros, aquella que hizo Dios a Caín después de haber matado a su hermano: ¿dónde está tu hermano? Recordad que Caín respondió al Señor con una respuesta vaga, ignorante, no seguía las huellas de Dios: ¿es que yo tengo que cuidar a mi hermano? ¿Acaso yo tengo que cuidar a mi hermano?

Queridos amigos, hoy Jesús nos pregunta: ¿cuál es tu proyecto?, ¿qué sed tienes?, ¿dónde está tu hermano?, ¿dónde está ese joven que está estudiando contigo y quizá parece feliz, pero no sabe ni para quién vive ni para quién es, tiene proyectos quizá alomejor buenos, porque no son malos es decir, solidarios, pero los vive con las medidas de sí mismo, y por tanto los vive con esas medidas que quien no entre en esas medidas no puede compartir la vida con él. ¿Dónde esta tu hermano?

Según el relato de Caín y Abel, todos los hombres procedemos de unos padres comunes, creada por Dios, y nos ha creado Dios a su imagen y semejanza. Daos cuenta de algo que es especialmente importante: hoy, también nosotros matamos al hermano. Y lo matamos cuando no vivimos sus miedos, cuando nos despreocupamos de los otros, cuando pasamos a su lado sin mirarlos, sin detenernos, sin preguntarles… Hoy en nosotros, lo mismo que en Caín, se pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que estamos llamados todos los hombres: a vivir unidos. Pero no de cualquier manera, sino unidos por el amor de Dios. Un amor que no discrimina a nadie, que no echa a nadie, que el otro puede pensar diferente, totalmente distinto a mí, pero yo no le veo, porque el centro mío es Cristo. No le veo como enemigo. Aunque él lo quiera ser mío. Es mi hermano. Esto tiene unas exigencias radicales para todos nosotros. Algunos dirían: eso es ser tonto. Pues sí, si hay que ser tonto… mirad a Jesucristo, presente en la eucaristía, en esa imagen que tenemos al fondo. A quienes le llevaban y le ponían en la cruz, a quienes le insultaban y se reían de él, la respuesta de Jesús fue: perdónales, porque no saben lo que hacen. No se han enterado para qué están en este mundo. No se han dado cuenta ni de quienes son ellos ni, por supuesto, de quién soy yo.

Queridos amigos: en el centro, Cristo. Y en vuestro corazón, un proyecto. Un proyecto: el de Cristo. Con la cruz que tengáis. No somos perfectos nadie. Pero esa cruz nuestra, al lado del Señor, se convierte en algo que dinamiza nuestra vida de tal manera que nos convierte en seguidores de Jesucristo nuestro Señor, en discípulos que vamos en pos de Él.

Y en tercer lugar, un bien. Ha sido preciosa la página del Evangelio en la que el Señor nos habla de ese bien, y nos lo dice con una especie de parábola: uno que quiere construir una torre y no calcula, no se sienta a deliberar cómo la va a construir, y resulta que no la puede acabar porque se le termina el dinero. O aquel rey que quiere dar una batalla a otro rey, y no se sienta a calcular primero cómo podrá salir al paso de los que le atacan con muchos más soldados que él, y pierde la batalla. Y Jesús dice: mirad, ¿sabéis cómo venceréis?, si tenéis un único bien. No se trata de construir torres, no se trata de ganar batallas. ¿Qué bien tenéis en vuestro corazón?. Todo aquel que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío. El bien grande de la vida, el que me hace a mí estar junto al otro, el que me hace buscar la paz, el que me hace buscar la reconciliación, el que me hace entregar la esperanza a todos los hombres, el que me hace ser un ser humano con capacidad de decir: tú eres mi hermano, eso me lo da Jesucristo. Es el bien.

Solamente los hombres y mujeres de este mundo podremos responder a la construcción de la paz y de la fraternidad a la que el Señor nos llama, no con nuestras fuerzas; no con nuestra fuerza que a veces cae en la diferencia, en el egoísmo, en el odio, en aceptar y vivir en las diferencias... No. La fraternidad esta enraizada con la paternidad de Dios. Una paternidad que genera fraternidad. Esa de la que nos habla nuestro Señor cuando Jesús nos dice: el amor del Padre que yo os he manifestado es el que os regalo hoy, para os sintáis hermanos los unos con los otros. La fraternidad, la paz, ha sido generada en Cristo por su muerte y por su resurrección.

Pues, queridos amigos, yo esta noche, en esta página del Evangelio, os invito a que pongáis en primer lugar, en el centro, a Cristo; a que tengáis un proyecto: ese tener sed, sed, y quitarla como el Señor nos la quita. Y que tengáis un bien en vuestra vida: podéis tener muchas cosas, que serán legítimas, pero que no os ahogue el bien más grande, que es el mismo Señor, a quien nosotros ahora adoramos.

Que durante este mes tengáis este regalo: ved cuál es mi centro, cuál es mi proyecto, qué es mi vida, el máximo bien de mi vida.

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