Catequesis

Martes, 05 noviembre 2019 16:52

Vigilia de oración con jóvenes (1-11-2019)

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Es la página del Evangelio que este próximo domingo, como hacemos todos los primeros viernes de mes, vamos a escuchar. Una página que se puede resumir en tres expresiones: nosotros misioneros; hay buscadores de Dios; y mirados, respetados y orientados.

El Señor hoy se acerca a nuestras vidas para decirnos a nosotros que, como Él, tenemos que ser misioneros. Lo habéis escuchado en la página del Evangelio que acabamos de proclamar: Jesús entró en Jericó. Es lo mismo que si el Señor nos dijese a nosotros que tenemos que hacer como Él: Jesús entró en Madrid a través de todos nosotros. Y, como Jesús, también nosotros atravesamos la ciudad.

El Señor nos invita a ser misioneros. A no guardar para nosotros lo que, por gracia, hemos recibido. El Bautismo no es un acto más. No es un acto social. Es el regalo más grande que un ser humano puede recibir. Es la vida misma de Jesucristo que entra en nuestra propia existencia.

Y esto es lo que quiere entregar Jesús a todos los hombres. Quiere hacerles conscientes de que Él quiere entrar en sus vidas porque, ciertamente, a nosotros nos ha llamado a ser parte de la Iglesia, a ser su cuerpo, y lo que hace la cabeza lo tiene que hacer el cuerpo: entrar en los caminos donde están los hombres.

Os invito esta noche a que, delante de Nuestro Señor Jesucristo, le digamos al Señor: Señor, nosotros queremos también entrar en todos los caminos por donde están los hombres. Y no queremos entrar de cualquier manera. Tú nos has hecho partícipes de tu vida, entregándonos tu vida misma por el Bautismo. Bautizados y evangelizadores. Bautizados y misioneros. Nos has dado tu vida, no para guardarla egoístamente para nosotros, sino para dársela a los demás.

Porque, en segundo lugar, queridos jóvenes, hay buscadores. Hay muchos que, como Zaqueo, buscan a Jesús. A Zaqueo nos lo presenta el Evangelio como un hombre publicano, pequeño en estatura. Un hombre recaudador de impuestos, rico a costa de otros. Y, además, era jefe de publicanos. Considerado despreciable por su colaboración con Roma, por parte de los judíos. Era un hombre mal visto. Despreciado de los demás, y quizá tenía desprecio de sí mismo. Podemos decir que Zaqueo era un marginado religioso. Pero él trataba de distinguir quién era Jesús. La gente se lo impedía porque era bajo de estatura, nos dice el Evangelio. Quizá ha oído hablar de Él, como han oído hablar tanta y tanta gente que vive junto a nosotros.

Zaqueo se sintió atraído por el Señor. Tal vez siente admiración por Él, por lo que le han dicho, y desea ver a Jesús. La dificultad está en que es pequeño de estatura, y hay una gran multitud que no le deja ver a Jesús. Entre otras cosas, porque nadie le aprecia. Nadie quiere a Zaqueo. Y él se las arregla para encaramarse a un árbol. Zaqueo se adelanta. Él tiene un deseo de ver al Señor. Parece un poco ridículo que, siendo un hombre de tan buena posición, un jefe de recaudadores, se suba a un árbol. Sin embargo, quiere ver a Jesús.

Queridos amigos: hay buscadores. Hay gente que busca a Jesús. Hay jóvenes que buscan a Jesús. No retales de Jesús. Buscan encontrarse con la persona de Jesús. Lo mismo que Zaqueo. Quizá pueden estar, incluso, muy preparados intelectualmente, pero sin embargo les falta algo necesario en la vida, que es la vida misma. La vida misma, que es Cristo.

Hay dificultades. A veces no por la estatura, como Zaqueo, sino por las circunstancias que nos hacen no ver la importancia que tiene el Señor. El tener, el disfrutar, prescindir no de sí mismo, sino al contrario, egoístamente viviendo para sí mismo, son dificultades reales que aparecen en la vida de Zaqueo. Pero sed conscientes todos, queridos jóvenes, de que hay mucha gente como vosotros que se parecen a Zaqueo, y que buscan a Jesús. Y hacen lo que pueden para poderlo ver. Y quizá el árbol aquí sois vosotros. Sois todos vosotros. Un árbol en el que los demás puedan ver a través de vosotros a alguien que merece la pena porque construye la vida, me construye, y me hace construir la vida de los demás. Me hace vivir para los demás. ¿Veis? Nosotros misioneros, por el bautismo que tenemos, porque hay buscadores de Jesús.

Hay muchos que quieren encontrar y dar sentido a su propia existencia. Hay muchos que viven un vacío existencial, que no se llena solamente distrayéndose y disfrutando de la vida. Hay alguien que puede llenarla. Eso es lo que buscó Zaqueo. Y lo encontró en Jesús. Y eso es lo que buscan muchos jóvenes que  hay junto a vosotros, en vuestros trabajos, en la universidad, en el barrio en el que vivís. Buscan a Jesús.

Y, en tercer lugar, mirados, respetados y desorientados. Qué expresión más bella la de Jesús cuando mira para el árbol y dice: baja, date prisa, quiero quedarme en tu casa. Se invierten los papeles: Zaqueo es el que quería ver a Jesús, y es Jesús ahora el que quiere ver y estar con Zaqueo. Ocurre lo contrario. Jesús no ve el mal de Zaqueo, que veían todos los demás, los judíos. Jesús ve la belleza interior del ser humano; las ganas que tiene Zaqueo de ver al Señor mismo. Cuando Jesús lo miró, alzando la vista, Zaqueo se sintió mirado de tal manera que todo su interior se vino abajo, su mirada cambió su vida, porque Jesús, queridos amigos, apuesta por las posibilidades de todo ser humano aún no descubiertas por Él mismo.

Jesús apuesta por el hombre. Apostad por la persona vosotros, como discípulos de Jesús. Jesús apuesta por lo mejor que hay en cada ser humano, aunque nosotros siempre tenemos la tendencia de ver lo peor. Incluso de ver también en nosotros lo peor. Jesús, sin embargo, ve lo bueno en nosotros. Esta noche, en el misterio de la Eucaristía, donde está realmente presente nuestro Señor, al mirarle nosotros, es Él el que nos ve. Y ve lo mejor de nosotros. A pesar de las fragilidades que tengamos.

Yo no sé si vosotros sabéis la importancia que tiene el nombre en la cultura bíblica. El nombre de cada uno. Es la expresión del amor. Y Jesús le dice: Zaqueo, baja, tengo hoy que entrar en tu casa. Estas palabras expresan el imperativo del corazón de Jesús. Del corazón de Dios mismo. Que se inclina ante todo ser humano. Que es amado por Él. En el fondo es como si Jesús esta noche nos dijese a nosotros: Pablo, María, hospédame en tu casa. Déjame entrar en tu casa. Zaqueo, hoy tengo que alojarme en tu casa.

Pero es que esta noche nos lo dice a nosotros Jesús: déjame entrar en tu casa. Déjame hospedarte. Es el corazón de Dios que se inclina hacia nosotros: quiero ser tu huésped, quiero que entre tú y yo haya una relación personal. Quiero ser tu amigo.

Este «hoy quiero entrar en tu casa» tiene un sentido profundo en el Evangelio de san Lucas: querer entrar en casa es una manifiesta provocación. Fijaos: para los fariseos que estaban allí, la teología farisaica desdeñaba el contacto con los pecadores. Era algo que no podía ser, aunque ellos lo fuesen. Quedarse en casa de Zaqueo era el colmo de la desvergüenza. Y el colmo de la desvergüenza para decir: este qué va a ser Dios, hombre, este nada, ni Mesías ni nada. Pero Jesús desea establecer una relación personal con cada uno de los que estamos aquí.

La casa es nuestro interior. Queridos amigos, ¿estáis dispuestos a acoger a Jesús, a hospedarle esta noche en vuestra casa? ¿en vuestro interior? ¿Estoy yo dispuesto, como arzobispo de Madrid, y vuestro pastor, a hospedarle? ¿a dejar que entre de verdad en mi vida? ¿a dejarme de cuentos?. Porque, fijaos, Zaqueo acoge a Jesús tal como está, porque ha comprendido además que Jesús cuenta para él, que Jesús es importante, que sois importantes vosotros. Ya Zaqueo no se considera despreciable. Ninguno de vosotros es despreciable. Nadie es despreciable.

Zaqueo se siente amado. Como esta noche yo quisiera que lo percibieseis vosotros: sentiros amados. Zaqueo se transforma en el encuentro con Jesús. Por eso, qué encuentro sería ese que Zaqueo se levanta, se pone en pie, y le dice a Jesús: mira, mira, la mitad de mis bienes Señor se los doy a los pobres, y si a alguien le he sacado dinero se lo restituiré cuando haya más. Y la expresión de Jesús: hoy ha llegado la salvación a esta casa.

¿Sabéis qué le produjo a Zaqueo el cambio? Que se sintió amado por Jesús. Lo mismo que nosotros esta noche. Cuando Jesús nos dice: ¿me dejas entrar en tu casa?, ¿me hospedas esta noche? No importa cómo esté la casa. Déjale entrar. Eso produce un cambio profundo en Zaqueo.

Sed misioneros. Pero sed misioneros teniendo esta experiencia. Sabiendo que hay por todos los lugares buscadores de nuestro Señor. Sabiendo que el Señor nos mira. Que el Señor nos respeta. Que el Señor desorienta, porque ¿a quién se le ocurre decirle a Zaqueo, que tiene el título de pecador: baja, que quiero entrar en tu casa?.

Pues, queridos amigos, que sintamos este gozo esta noche. El Señor nos ha visitado con una palabra preciosa. Entregársela, esta palabra, a quien encontréis por el camino. No la leáis solamente. Haced la vida vosotros. Mirad a los demás como miró Jesús. Y dejaos mirad por Jesús. Ya veréis qué a gusto estáis.

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