Catequesis

Lunes, 07 septiembre 2020 19:43

Vigilia de oración con jóvenes (4-09-2020)

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Buenas noches a todos los que iniciamos este tiempo de oración mensual que llevamos viviendo desde que fui nombrado arzobispo de Madrid. Un tiempo importante. Un tiempo de comunión. Ojalá pudiésemos hacer ver a todos que este encuentro de los primeros viernes de mes ante Jesucristo nuestro Señor, realmente presente en el misterio de la Eucaristía, donde escuchamos la palabra del Señor... Ojalá pudiésemos hacer ver a todos - a todos los jóvenes de Madrid, cristianos, pertenecientes a parroquias, a colegios, a instituciones de todo tipo que promueven la acción en los jóvenes-, que pudiese ser este un lugar de encuentro donde la comunión se expresase también con nuestra presencia. Yo aspiro a que en este curso que iniciamos tomemos conciencia, todos, como nos dice el Papa Francisco, de la importancia de la comunión. Esa comunión que nosotros, junto a Jesucristo nuestro Señor, sentimos de una forma especial. Y más con esta página del Evangelio con la que comenzamos este curso, donde se nos propone vivir tres realidades especialmente importantes, como habéis visto.

En primer lugar, nuevas relaciones entre los hombres. Relaciones nuevas. En segundo lugar, somos la Iglesia. Nos sabemos Iglesia de Cristo. No somos de este grupo o de este otro, aunque estemos en un grupo. Somos la Iglesia del Señor. Esta Iglesia que camina en esta tierra. Y una Iglesia misionera, como voy a intentar proponeros en la carta pastoral que escribo a toda la diócesis como hago todos los años en el inicio del curso. He escogido el texto de Zaqueo, en el que el Señor, entrando en Jericó, ve a un hombre subido a un árbol y le dice: «Baja pronto. Quiero entrar en tu casa». Esta es la propuesta que la Iglesia que camina en Madrid quiere hacer en estos momentos, y la que yo quiero hacer también a través de vosotros. Quiero entrar en todos los lugares, en todos los caminos donde haya seres humanos, para proponer esta maravilla que hoy, en presencia de Jesucristo nuestro Señor, nosotros podemos experimentar. Nuevas relaciones. Sabernos Iglesia de Cristo. Y, en tercer lugar, orar en común, hablar al Señor. Decirle al Señor lo que vivimos, y que queremos necesariamente contar con Él para afrontar todas las situaciones.

En primer lugar, nuevas relaciones. Nos lo ha dicho el Evangelio claramente: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano». Con estas palabras de Jesús, que estaban destinadas a la primera comunidad cristiana en la que existían ya problemas de convivencia, el Señor nos quiere decir que junto a Él, en la experiencia de su cercanía y en la experiencia de la comunión con el Señor, ciertamente nos sentimos hermanos de todos los hombres. Ofensas personales perdonadas, dificultades en la relación superadas por el amor mismo de Cristo. Estas palabras de Jesús que hemos escuchado -«si tu hermano peca, repréndelo a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano»- son válidas también para los cristianos de todos los tiempos. Y son válidas precisamente para nosotros. «Si tu hermano peca, repréndelo a solas». Jesús está hablando de la vida normal que tenemos los discípulos de Jesús en medio de los hombres. Y el objetivo de nuestra vida es salvar al hermano. No otra cosa. Salvar al hermano. Algunos códices griegos traducen estas palabras: «Si tu hermano te ofende». No si peca, sino «si tu hermano te ofende». Es la primera vez que se emplea el término «hermano» para designar a los miembros de la comunidad cristiana. Lo que nos relata el Evangelio es seguramente reflejo de una costumbre que existía en esta comunidad. Se trata de prácticas que ya se llevaban a cabo, incluso en la sinagoga. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento, pero lo importante es estar preparados para superarlos. Y este tiempo que estamos viviendo de la pandemia es un momento especialmente importante para hacer verdad estas relaciones nuevas que se tienen que dar entre los hombres.

Son muchos los factores que deterioran nuestras relaciones. Lo sabéis vosotros muy bien, aunque seáis jóvenes, porque también tenéis a veces unas relaciones rotas. Del tipo que fueren. Son muchos los factores que deterioran nuestras relaciones: en la familia, entre los compañeros de estudio o de trabajo, en la pareja, en la vida de la comunidad... Porque la comunicación queda a veces bloqueada, sobre todo cuando nos parece que el otro ha actuado de manera injusta. Y nos sentimos dolidos. Pero la relación fundamental, tal como ha sido querida por Jesús, es la de vivirnos como hermanos. Yo estoy repitiendo durante todo este tiempo que está durando la pandemia, incluso desde el principio, que quizá los dos sustantivos más esenciales para la humanidad, los hemos perdido, los hemos olvidado, o por lo menos no los estamos practicando: hijos y hermanos. Es lo que Jesús, en la oración del padrenuestro, nos dice a todos nosotros. «Padre nuestro». Es decir, todos los hombres somos hijos de Dios. Todos. Unos somos conscientes, porque creemos en esa revelación que nos ha dado el Señor. Y, precisamente porque somos hijos de Dios, todos los hombres somos hermanos.

Jesús dice: «Repréndelo a solas». Necesitamos admitir que no siempre tenemos la lealtad de hablar primero con el interesado. Preferimos recurrir muchas veces a críticas, a sembrar sospechas, a hacer descalificaciones. En vez de hablar cara a cara con la persona. Como Jesús nos habla. Como nos ha hablado esta noche a todos nosotros. Cara a cara. Jesús nos invita a tomar una postura positiva, orientada a salvar siempre al hermano. Sin duda, hay dificultades muchas veces. Pero la experiencia nos dice también que, aunque no sean fáciles las relaciones humanas en muchos sectores de nuestra vida, sin embargo lo nuestro, lo de los discípulos de Jesús, es establecer relaciones de hermanos, porque somos hijos de Dios. Y manifestarlas. «Si te hace caso, has salvado a tu hermano». No se trata de corregir al otro poniéndole enfrente de sus defectos. Tampoco de mostrarle que no tiene razón. El Señor nos dice en el Evangelio: «Salva a tu hermano». Salva a tu hermano. Necesitamos de alguien que nos ame de verdad, y que nos cuestione cuando vivimos desorientados en nuestra vida. Y ese alguien es Jesús, que hoy se acerca y nos dice: ¿Cómo estás? ¿Cómo son tus relaciones? ¿Salvas al hermano?. El Evangelio nos propone sobre todo actuar con paciencia y con amor. Sí. Jesús ha venido a inaugurar un tiempo nuevo de relaciones personales y sociales. Están basadas en la verdad y en el amor. Relaciones donde se pueda vivir en libertad y en cercanía, en amabilidad y comprensión, en continuo desbloqueo, no quedándonos enganchados en malestares que nos cierran y nos distancian de los otros. ¿Es imposible cumplir ese encargo de la corrección fraterna? Pues no. No es imposible. Para ti, es imposible; si acoges el amor del Señor, no es imposible. No es imposible.

Relaciones nuevas. No distantes. Esta sociedad y este mundo en el que estamos necesita de estas relaciones nuevas que nos da Jesucristo. Que nos hace hermanos. Que nos convoca a la fraternidad. Que nos convoca a buscar salidas siempre juntos, dándonos la mano. No pegándonos tiros los unos a los otros.

En segundo lugar, el Señor nos pide que, para esto, también es necesario tener una experiencia eclesial fuerte. Es una maravilla ver a Jesús ante nosotros en el misterio de la Eucaristía, y a todos vosotros aquí, conmigo, discípulos de Jesús. Una maravilla, queridos jóvenes. Una maravilla que tenemos que incorporar a nuestra existencia y a nuestra vida. Nos lo ha dicho el Señor en el Evangelio que hemos proclamado. Se lo decía a los apóstoles: «Todo lo que atéis en la tierra, quedará atado en los cielos. Todo lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en los cielos». Se lo decía a ellos, pero para que mantuviesen la comunidad cristiana unida; para que fuesen capaces de convocar a los hombres en torno a Jesucristo, y que sintiesen la grandeza que vosotros esta noche sentís de ser el pueblo de Dios, Iglesia en marcha. Iglesia que camina. La Iglesia que camina además no sola: va con Jesús, y va con toda la Iglesia. Desde hace 21 siglos, todos los que han pasado anunciando a Jesucristo a través de esta historia, en las distintas partes de la tierra, caminamos juntos y marchamos con esas relaciones nuevas, anunciando la presencia del Señor.

Qué bonito, queridos hermanos, es sentirse ahora mismo, yo, como sucesor de los apóstoles aquí, en esta Iglesia que camina en Madrid, al frente de esta Iglesia. Que no quiere decir estar siempre delante: a veces hay que estar el último para que marchen otros. Y yo quisiera situarme ante vosotros así. ¡Marchad! Con vuestra juventud, con vuestra creatividad. ¡Marchad! Pero no de cualquier manera: anunciad al Señor. Y tened como tarea esencial y fundamental de vuestra vida que la iglesia viva en comunión. Somos distintos, somos diversos. Incluso podemos tener pues, qué sé yo, originalidades diferentes... pero creemos en Jesucristo, nos abrazamos todos al Señor, nos necesitamos los unos a los otros. Caminamos anunciando la presencia del Señor.

Y, en tercer lugar, no solamente hay unas relaciones nuevas, no solo nos sabemos Iglesia de Cristo, sino que oramos juntos, hablamos con el Señor. Como lo estamos haciendo esta noche. Qué importantes son las palabras de Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estaré yo en medio de ellos». Estas palabras son atribuidas al mismo Jesús, y son de una gran importancia para mantener viva la presencia de Jesús en todos nosotros, los discípulos. Nos invitan a mirar la presencia de Jesús resucitado en medio de la comunidad. Una presencia que nos mueve a acercarnos de corazón al hermano. Quien hoy contempla a nuestro Señor no puede decir a quien está a mi lado: no quiero saber nada contigo. Quien contempla a Jesús, quien tiene a Jesús, tiene hermanos. Recuerdo los primeros días de estar aquí, en Madrid, en una entrevista personal que me hicieron, y que yo recordando, miré hoy en las cosas que tengo guardadas, y salió en el periódico; cuando me dijeron, al llegar aquí: «bueno, usted aquí tiene también enemigos, tiene…». Bien, supongo que a lo mejor puedo tener, pero yo tengo hermanos. No quiero tener enemigos. No me importan los enemigos. Quiero hermanos. Y quiero tener hijos. Y los que no se sienten así junto al Señor, intentaré por todos los medios hacerlo posible.

¿Veis? Una comunidad que ora, que comparte la fe, que comparte la vida, que avanza por el camino con esperanza, con la fuerza de la palabra y con la fuerza de la presencia viva del Señor y de la comunión con Él. Queridos jóvenes: que hoy, después de escuchar el Evangelio, y ante la presencia de nuestro Señor en medio de nosotros, tomemos esta conciencia de hijos, de hijas, de hermanos, de hermanas, que nos haga superar nuestras dificultades. Pidámosle al Señor que nos enseñe a vivir esas relaciones nuevas que Él ha traído. Que son relaciones de un amor: del amor que Él mismo nos tiene a nosotros, y que nosotros tenemos que trasladárselo a los demás. Que nos sintamos esa Iglesia. Juntos. No nos sobra nadie. Queremos ser esa Iglesia de Cristo que anuncia esta Buena Noticia en medio de esta historia y de esta nueva época que está naciendo. Perdón, que está ya: nació hace ya mucho tiempo, pero nos hemos dado cuenta quizá tarde de que estaba entre nosotros. Nueva época en la que hay que anunciar al Señor; en la que hay que decir dónde está el camino, la verdad y la vida. Pero tenemos que hacerlo desde una relación tan honda y tan profunda con Cristo que es la que esta noche queremos tener. Y que en estos minutos de silencio vamos a tener junto al Señor. Adoremos al Señor. Y digamos al Señor lo que hoy, el Evangelio de este próximo domingo que hemos proclamado hoy, nos dice: «Si tu hermano está contra ti, o tiene algo, o tú tienes algo, hazle sentir que eres hermano». Establece unas relaciones nuevas. Vive también una experiencia eclesial fuerte. Siéntete pueblo de Dios. Donde estés. Únete a quienes son del mismo pueblo. Aunque sean diferentes en sus modos de actuar, pero son el pueblo del Señor. Que quieren seguir a Jesús. ¡Juntos todos! Siempre hablando con el Señor. Como lo hacemos una vez más esta noche, en estos minutos.

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