Catequesis

Miércoles, 11 noviembre 2020 15:55

Gran Vigilia de la Almudena (8-11-2020)

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Queridos amigos, los que estáis aquí, en la catedral, y los que en las parroquias estáis siguiendo y viviendo esta celebración: en San Juan de la Cruz, en Nuestra Señora de Guadalupe, en la basílica de la Asunción de Colmenar, en la Santísima Trinidad de Villalba, y quizá en muchas otras parroquias, y otros que lo estáis siguiendo en vuestras casas. Gracias porque, aun en tiempos no fáciles como los que estamos viviendo para vernos, somos capaces de inventar lo que fuere para seguir escuchando a nuestro Señor y seguir viendo por dónde Él quiere que entremos en nuestra vida.

Después de escuchar esta Palabra que el Señor, en estas vísperas de la fiesta de nuestra Madre la Virgen de la Almudena nos ha regalado, yo quisiera acercar esta palabra de Dios a vuestra vida. Y después de meditar la palabra, he visto tres aspectos que me parece que son muy importantes en nuestra vida, para que caigamos en la cuenta. La pandemia que estamos viviendo nos ayuda a entender quizá aún mejor lo que os voy a decir. En primer lugar, el ser humano tiene anhelo de Dios. En segundo lugar, es importante que abramos las puertas para que entre Dios en nuestra vida, para que entre Jesucristo. Y, en tercer lugar, descubramos la misión a la que nos llama el Señor. Y vamos a descubrirla precisamente a través de nuestra Madre, la Santísima Virgen María, a quien el Señor, lo habéis escuchado después del relato que nos hace de la elección de los Doce, cuando está reunido con más gente, aparece su madre y le dicen que está esperándole, y esa expresión bellísima, esa pregunta: ¿quién es mi madre?, ¿quiénes son mis hermanos?. Y la respuesta que habéis escuchado en el Evangelio: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre». Pero, en el fondo, lo que está haciendo es resaltar la figura, la vida, de nuestra Madre, que esta noche nos reúne aquí a todos nosotros.

Me detengo un instante en ese anhelo de Dios que tiene el ser humano y que en este tiempo de la pandemia se ha manifestado de una forma especial. Quizá la soledad, el silencio, el tener que estar en casa, ha llevado a mucha gente a interrogarse en su vida, a descubrir lo que hemos dicho en el salmo 84 que hemos recitado: «¡Qué deseables son tus moradas, Señor del universo!». ¡Qué bueno es estar contigo, Señor! ¡Qué grande eres para descubrir aspectos de nuestra vida que quizá los teníamos o encerrados y escondidos, o turbios en nuestra existencia. Y, sin embargo, cuando llegan momentos como los que estamos viviendo, el corazón humano anhela y se consume; el corazón humano siente necesidad de alguien mayor que él, y más grande que él, que le abra otros horizontes distintos y nuevos. Y, ciertamente, el Dios que se nos ha revelado en Jesucristo nuestro Señor nos da y nos abre a esos horizontes.

Unos horizontes que ciertamente son una vacuna para arreglar este mundo. Para entrar en este mundo con todas las consecuencias. Sí, porque entregan amor; entregan reconocimiento del otro como imagen de Dios; entregan capacidad para darnos la mano los unos a los otros, sin desentendernos absolutamente de nadie. Nos dan entereza, hondura y fuerza para ir a los que más lo necesitan. «¡Qué deseables, Señor!». Y el salmista compara ese anhelo de Dios a ese gorrión que encuentra una casa, que encuentra un nido, y que encuentra la dicha, el confort; que encuentra fuerza para descansar y para seguir volando; que encuentra los caminos en el Señor, que parece que no solamente llenan su vida, sino que es que transforman la vida de los demás. Y esos caminos no están exentos a veces de dificultades, como nos decía el salmista. Hay que atravesar valles que quizá son preciosos, pero también los hay difíciles de atravesar. Pero yendo con el Señor, esa dificultad se transforma en un oasis, en un lugar donde también se descansa. Termina el salmista diciendo: «Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa». Y si mi casa vale algo, es porque yo te dejo a ti entrar en mi existencia y en mi vida.

Queridos amigos: sois jóvenes. Hoy vosotros sois quizá los que con más fuerza estáis manifestando ese anhelo que tiene el ser humano de Dios. ¡Llenadlo de Jesucristo! Dejad que nuestra Madre os dé la mano, nos conduzca. Jesús, en el momento más sublime de la vida, cuando estaba dando la vida por nosotros, nos la entrega como Madre. «Ahí tienes a tu madre», le dijo a Juan, pero en Juan estábamos todos nosotros. Todos nosotros. Anhelo de Dios.

En segundo lugar, acojamos a Dios en nuestra vida. El texto del libro del Génesis, de Abrahám, es de una belleza extraordinaria. Cuando se aparece Dios a Abrahám en la encina de Mambré, cuando alza la vista, cuando se postra en tierra y le dice al Señor: «Señor mío, no pases de largo por tu siervo, entra en mi casa». Queridos amigos: dejad que entre Jesucristo en vuestra vida. Dejadlo. Habrá muchas cosas que deseáis. Muchas. Quizá riqueza, bienestar, triunfos humanos... Bien. Pero si no tenéis a Jesucristo, estás vacíos. Estáis vacíos. Y, además, no tendréis esa vacuna buena para hacer una humanidad distinta, diferente, en la que, como nos ha recorado el Papa en la encíclicaFratelli tutti, nos demos la mano y no nos desentendamos absolutamente de nadie, y miremos más para aquellos que más lo necesitan, para los que están más tirados, y más al margen, y más descartados. Que nosotros podamos dar esa mano y levantar. Poner en pie.

Y todo esto no está exento de compromiso con los demás en nuestra vida. Y no está exento de una necesidad de acoger al Señor en nuestra existencia. Si no lo acogemos, es difícil tener la mirada de Jesús. En la carta pastoral que os he escrito este año, «Quiero entra en tu casa», os digo que hay fundamentalmente dos miradas: la mirada de Jesús y la que a veces tenemos los hombres. La mirada de Jesús: es fundamental tener esa mirada. Es una mirada profunda, es una mirada que hace latir y palpitar el corazón, como lo hizo Jesús con Zaqueo: «date prisa, baja, quiero entrar en tu casa». Nos dice el Evangelio que Jesús se lo quedó mirando. Lo miró. Era una mirada singular y especial. Zaqueo vio que Jesús tenía un interés especial por él, como lo tiene por cada uno de los hombres. Acoger a Dios. Abrahám entró corriendo a la casa y le dijo a Sara, su mujer: «Prepara tres cuartillos de flor de harina, haz unas tortas, amásalos». Porque es necesario que cuando se acoge a Dios, Dios esté a gusto en nuestra casa. Es más, somos nosotros los que estamos a gusto en lo que somos, porque descubrimos la grandeza de ser hijos de Dios y de ser hermanos de todos los hombres.

Os lo he dicho en alguna ocasión, pero en estos meses de confinamiento yo estaba diciendo y repitiéndoos aquí, en todos los sitios, que la humanidad había olvidado dos sustantivos que son necesarios y que son fundamentales, y que yo os pido a vosotros que si entra el Señor en vuestra vida seguro que no los olvidáis jamás. Y esos sustantivos son: hijos y hermanos. Somos hijos de Dios. Somos hijos en el Hijo, en Cristo. Y descubrimos lo que es ser hijo en Cristo. Pero, al mismo tiempo, descubrimos que todos los demás son mis hermanos; que yo no puedo desentenderme de nadie; que no puedo retirar a nadie de mi vida.

Anhelo de Dios. Acogida de Dios en mi vida, en mi casa, en mi existencia. Y, en tercer lugar, misión. Lo habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado: cómo Jesús, cuando hace cosas importantes, sube a la montaña; es decir, a un lugar que está cercano a Dios. Y llamó a los que Él quiso. Como nos ha llamado a todos nosotros. No somos mejores que otros hombres de cualquier parte de la tierra que no conocen a Jesucristo. Pero el Señor ha querido llamarnos a nosotros como llamó a aquellos Doce, y a través de los cuales nosotros hemos tenido la noticia del Señor y lo hemos conocido. Y Él nos llama, y os llama a vosotros, para realizar la misión. Una misión en la que, fundamentalmente y lo más importante, es que Jesucristo, con su autoridad, con su amor, con su entrega, nos haga ver aquello que tenemos que hacer en nuestra vida.

Aquí nos relata la elección de los Doce, y nos dice tres cosas que son válidas también para nosotros. Nos ha elegido para estar con Él. Nos ha elegido para que orientemos nuestra vida por su palabra. Él es el maestro. Nos ha elegido para que lo anunciemos. Para que prediquemos. Pero no con palabras solamente, aunque sean necesarias, sino fundamentalmente con nuestra vida. Que con nuestro vivir y nuestro obrar manifestemos que Jesús ha entrado en nuestra casa.

Hay unas palabras de la madre Teresa de Calcuta que son preciosas. Cuando dice la madre Teresa de Calcuta que ella descubre que el Señor la había llamado porque quería ser Jesús aproximándose a los más pobres. Y que nunca lo olvidó, ella, en su existencia. No olvidéis esto: Jesús, aproximándose hoy a jóvenes como vosotros, que a veces no conocen al Señor, que no han tenido una experiencia de Él. Sed Jesús en medio de vuestro mundo joven: en la universidad; los que estáis trabajando ya, en el trabajo. Sed Jesús. Porque el Señor os ha dado la autoridad. Es verdad que a los apóstoles les dio una autoridad singular, pero a todo discípulo de Jesús le ha dado autoridad. Tenemos el Bautismo. Tenemos la vida del Señor en nuestra vida. No estropeemos esa vida. Ha entrado en nuestra casa. Manifestemos desde lo que somos esa autoridad de Jesús, que es servicio. Es servicio la autoridad de Jesús. Recordad la última cena, se sentó y lavó los pies a los discípulos y les dijo: «Lo que yo he hecho, hacedlo vosotros con todos».

Anhelo. Deseo de Dios en el corazón humano. Existe. Cada día se va manifestando más. Hay necesidad de anunciar al Dios verdadero. Pero anunciarle no tapando cosas de Él, sino abiertamente: entregando de verdad la noticia real de quién es ese Jesús que quiere a los hombres, que abraza a los hombres, que no pone condiciones, que entrega su amor, y que cuando uno es consciente de ese amor que nos entrega, naturalmente que reacciona y vive de otra manera distinta. Acojámoslo, y entremos en esta misión.

Nos dice el Evangelio al final que Jesús se juntó con mucha gente, que no lo dejaban ni comer siquiera, y la familia, los amigos y la gente, pues creía que estaba fuera de sí. Y la gente que estaba alrededor le dice al Señor: «¡Que tu madre está ahí!». Es lo que yo os quería decir a vosotros, queridos hermanos, a todos vosotros, en estas vísperas de la patrona de Madrid: mirad, que nuestra Madre está aquí. Que el santuario de nuestra Madre es esta catedral de la Almudena. Es el santuario de nuestra Madre. Y que nuestra Madre, nos ha dicho Jesús, es la que hizo la voluntad de Dios. ¿Y cuál es la voluntad de Dios? ¿Cuál es la voluntad de Dios? Que cada día mostremos más su rostro; que cada día aproximemos más su vida desde nosotros a los demás; que cada día lo amemos más y nos dejemos más amar por Él, y que no vivamos de retales, sino entregando su mismo amor a los demás. Esta es nuestra Madre. Esta es la que recordó en la bodas de Caná: «haced lo que Él os diga». Y hoy nos lo dice también este Evangelio. Nos dice Jesús: Él sabía que cuando estaba diciendo esto se refería ciertamente a esta mujer que había cumplido la voluntad de Dios; que cuando Dios le dijo «préstame la vida para dar rostro a Dios y que nazca y aparezca en este mundo como uno de tantos», Ella no dudó y dijo: «Aquí me tienes, Señor». Que cuando está formulándose un nuevo mundo, distinto, con unas situaciones muy diferentes, es necesario que haya jóvenes y jóvenes que de verdad lo sean, no por la edad, sino porque tienen en su corazón la capacidad de arriesgar absolutamente todo por anunciar a nuestro Señor, que es el único camino que tienen los hombres, es la única verdad que tenemos en nuestra vida, y por la que merece la pena vivir y desvivirse ante los demás y para todos los hombres. «Estos son mi madre y mis hermanos».

Pues yo le digo al Señor esta noche: Señor, todos estos que esta noche están viviendo esta oración, aquí en la catedral, los que lo siguen en las casas, los que están en San Juan de la Cruz, en Nuestra Señora de Guadalupe, en la basílica de la Asunción de Colmenar, en la Santísima Trinidad de Villalba o en cualquier otra parroquia donde estén, estos jóvenes, estos, quieren cumplir la voluntad de Dios. Y hoy, Jesús, en esta fiesta de la Virgen, os está diciendo a todos, queridos amigos, nos está hablando de su madre: «mi madre cumplió la voluntad de Dios». Pero estos, todos vosotros, unidos a María como estamos, también sois hermanos de Jesús, hijos en el Hijo, hijos de Dios. Hijos en el Hijo, y por eso hermanos de todos los hombres, como Jesús.

El anhelo de Dios que está en el corazón del ser humano. Es necesario que entreguemos a este Jesús en directo, de primera mano. El ser humano lo necesita. La acogida en vuestra casa, en vuestra vida, hacedla; no tengáis miedo: ganáis todo y no perdéis absolutamente nada. Ganáis hermanos, porque si metéis a Jesús, yo no puedo decir de nadie «no te conozco». Sea quien sea. Ganáis hermanos. Y, sobre todo, el Señor nos entrega una una gran misión: vamos a cambiar este mundo. Porque Él ha venido a esto: a instaurar un reino de paz, de justicia y de verdad. Y cuenta con nosotros para que se muestre a la humanidad en estos momentos este reino ya, aquí y ahora; con las imperfecciones que puede haber que son las nuestras, pero ha de manifestarse y ha de verse para que todo sigan a Jesucristo nuestro Señor.

Que la Virgen María nos acompañe en esto. Fiaos de María. Que esta oración que ya hace años hemos empezado aquí, en la catedral, y que por estas circunstancias tenemos que hacer de otras maneras, que nunca nos haga olvidar que la comenzamos en esta catedral santuario de nuestra Madre. En esta catedral donde se venera a nuestra Madre en esta advocación de la Almudena. Esta mujer que no quiso estar cerrada en muros sino abrirse para entregarse a los demás y para regalarnos, como Ella lo hace así en su imagen, a Jesucristo. Es como si nos tirase a nuestro Señor para que lo acojamos nosotros. Ved la imagen, contemplad la imagen de la Virgen, y pensad qué es lo que os dice a vosotros en estos momentos de vuestra vida.

Que así sea.

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