Catequesis

Jueves, 17 diciembre 2020 15:07

Vigilia de oración con jóvenes (4-12-2020)

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En este tiempo de Adviento que estamos viviendo, el Señor nos manifiesta cómo se acerca a nosotros. Cómo se acerca a nuestra vida siempre. Es un Dios que quiere estar con nosotros. Quiere estar entre nosotros. Y no solamente se manifiesta hace XXI siglos con su encarnación, sino que se manifiesta también ahora: en el misterio de la Eucaristía está entre nosotros, y en nuestra vida, y en nuestra historia.

El Evangelio que hemos proclamado nos invita a todos a hacer un camino a través del cual pueda llegar nuestro Señor. Y quizá lo podemos sintetizar en tres palabras: necesitados, interrogados y comprometidos.

Necesitados. Necesitamos escuchar esa voz que nos está gritando a todos, como esta noche: preparadle el camino al Señor. Preparádselo. Es decir, quitemos los obstáculos que impiden la llegada de Dios a nuestra vida. No bloqueemos las puertas de nuestro corazón, para que pueda entrar el Señor. Lo importante es abrir caminos nuevos a un Dios que siempre viene y quiere estar entre nosotros, con nosotros, en nosotros.

Actualmente es cierto que hay muchos hombres y mujeres que no saben qué camino seguir para encontrarse con Él. Para algunos, la vida se ha convertido en un complejo laberinto, difícil. Otros quizá viven una pura apariencia, guardando la imagen, o la imagen social que tengan, o el reconocimiento social, o buscando el poder y el tener.  Necesitamos escuchar esa voz de Jesús. Estamos necesitados. Sí. Necesitados de abrir caminos nuevos. El Señor viene, y necesitamos preparar el camino.

Es muy fácil quedarse en la vida sin caminos hacia Dios. Es muy fácil. Quizá podemos estar llevando una vida llena de cosas, pero estamos vacíos por dentro. Y es bueno que ese vacío no se llene de cosas: se llene de Dios.

¿Cómo preparar este camino?. Quizá estamos viendo la necesidad que hay. En una sociedad que había alcanzado cotas de poder impresionantes, de todo tipo, a todos los niveles, un virus es capaz de poner en cuestión y en crisis a toda la humanidad. Y es que las seguridades que buscamos los hombres no valen. No son seguridades. Es necesario dejar un hueco y una entrada a Dios.

Esas palabras que en la carta pastoral de este año he dicho a toda la diócesis al iniciar el curso, utilizando aquellas palabras que utilizó Jesús cuando vio a Zaqueo subido en el sicómoro para verle pasar, y Jesús desde el camino, mirándolo, le dice: quiero entrar en tu casa, Zaqueo. Baja. Deprisa. Son las mismas palabras que el Señor nos dice esta noche a todos nosotros, a cada uno de nosotros: quiero entrar en tu vida.

El Señor formularía esta afirmación en una pregunta: ¿Tú tienes un hueco en tu vida para mí?. Quizá lo estás llenando de cosas, muchísimas cosas, pero no eres feliz. Estás vacío. Porque yo, cuando entro en tu casa, de la que estás necesitado, estás necesitado de mí, te provoco, no el aturdimiento, sino la preocupación por los demás; la preocupación por descubrir cómo están tus hermanos, cómo los puedes ayudar; por valorar la importancia que tiene en nuestra vida que Dios entre. Porque nos da un horizonte absolutamente nuevo. Nos provoca una existencia en la que tenemos que retomar cosas y asuntos que son esenciales, y no los secundarios, en los que a veces nos entretenemos. Estamos necesitados.

En segundo lugar, el Seños nos interroga. Interrogados. ¿Cómo preparar hoy un camino al Señor que quiere venir a nosotros? Quiero entrar en tu casa. ¿Tienes un sitio para mí? ¿Cómo prepara hoy ese camino? Cuando resulta que en muchas ocasiones vivimos volcados hacia lo exterior, perdiéndonos en mil formas de evasión que ofrece nuestra sociedad y nuestro mundo. ¿Podemos encontrarnos realmente con nosotros mismos? ¿Podemos preguntarnos ante el Señor, esta noche, qué sentido tiene mi vida? ¿Qué sentido doy a mi vida? ¿Qué es lo que estoy haciendo con mi vida?.

El grito de Juan Bautista no ha perdido actualidad. Prepararle el camino al Señor. Es un grito que está en plural: preparadle. A todos. Es la sociedad entera la responsable de hacer un camino en el que puedan ir todos los hombres, y que todos los hombres se sientan que nos damos la mano los unos a los otros. Es el camino de la liberación. Todos tenemos que poner algo de nuestra parte. Dios viene. Quiere entrar. Pero hace falta que nos encontremos en profundidad con nosotros mismos, como nos ha hecho encontrarnos ahora esta pandemia a la que aludíais al anunciar esta celebración de la Palabra, este encuentro, esta noche. La vulnerabilidad en la que estamos los hombres es tremenda. Pero, junto al Señor, cuando le dejamos entrar en nuestra vida, somos invulnerables. Preparemos el camino.

Todos tenemos que hacer algo de nuestra parte. Todos. Es la sociedad entera a la que nosotros, desde Jesucristo, podemos ofrecerle la versión nueva que se tiene que dar en este mundo. Seamos conscientes de ello. Dios nos hace falta para encontrarnos de verdad en la profundidad de nuestra vida; para ver qué camino real estamos haciendo, y si en ese camino buscamos solamente el goce nuestro o la capacidad para convertir este mundo en un mundo de hermanos y de hijos de Dios que sabemos de quién dependemos. Y sabemos también, porque nos lo ha dicho Dios mismo, el camino que tenemos que tener. Y no nos lo ha dicho teóricamente: se hizo hombre. Está aquí, en el misterio de la Eucaristía, quien permanece entre nosotros. Se hizo hombre. Vino a esta Tierra. Es Dios. Dios entre nosotros, que nos enseñó fundamentalmente a hacer verdad aquello de lo que nos habla el capitulo 25 del Evangelio de san Mateo: ¿tuve hambre y me diste de comer?. Interrogaros. ¿Tuve sed y me disteis de beber?. ¿Estaba desnudo y me vestisteis? ¿Estaba enfermo y me visitasteis? ¿Estaba en la cárcel y vinisteis a verme?. ¿No tenía ropa, estaba desnudo, me arropasteis? ¿Estaba triste y me disteis un abrazo, y me acompañasteis? ¿Estaba solo y os pusisteis a mi lado, e incluso me preguntasteis, sencillamente, déjame estar a tu lado, y dejé de estar solo?. Preparad el camino.

Hay muchos signos de sed de Dios en este mundo, queridos amigos. Muchos signos. Y vosotros, los jóvenes, estoy completamente seguro, que esos signos de sed de Dios, que los habéis tenido en vuestra vida, también sois capaces de ser esa fuente que abreva la sed de quien encontréis por el camino. Y la abreva, no con vuestras fuerzas, sino porque habéis dejado un hueco al Señor en vuestra vida, y le habéis dejado entrar, y ocupa un sitio fundamental en vuestra existencia. Y la orientación de vuestra vida, en medio de los límites que todos tenemos, no viene dada por cualquier palabra, sino viene dada por el mismo Dios. Que se hace palabra para mí, que se hace vida y que se hace camino.

Necesitados. Interrogados. Y, en tercer lugar, comprometidos. Los jóvenes de Madrid, comprometidos. Entregar esto que nos decía Juan Bautista en ese grito que daba de preparar el camino. En esa necesidad que tenía la gente de acudir a él, y de confesar sus pecados, y de ser bautizados con agua en el Jordán. Ahí, y esta noche, vosotros, los jóvenes de Madrid, estáis comprometidos en entregar la misma respuesta que Juan: viene alguien que puede más que yo. Y este es el que ofrecemos. A este. Que, como decía Juan: no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Él os da su espíritu. Él os da su fuerza. Él os da su amor. Él os da su entrega. Él os da su fidelidad. Él os da su capacidad para hacer la aventura más grande que puede haber en este mundo, que es entregar la fuerza de la vida y la fuerza del amor verdadero.

Jesús sumerge a la humanidad, y nos sumerge a nosotros, en las aguas de este río que es profundo. El río del amor de Dios. Nadie puede acallar la fuerza de este amor. Y, cuando se entra, o le dejamos entrar en nuestra, vida cambia todo. Y descubrimos que este Dios es para todos. Y viene a salvar a todos. Y se hace presente a través nuestro en todos los lugares.

Pues, queridos amigos, en este momento, en estas circunstancias en las que vivimos; en este momento oscuro, a veces de desolación, este Jesús es el pastor de nuestras vidas. Que cura. Que nos da su amor. Que disipa miedos. Que hace vislumbrar una claridad nueva y diferente. Que nos da esperanza. Al que le puedo abrir el corazón, y le puedo decir: Señor transforma mi vida. Transforma mi vida. Condúceme por caminos de justicia, de amor y de esperanza. Entra en mi vida para que esos caminos yo los roture en medio de esta sociedad, y hagamos un mundo diferente, no de desde ideas, no desde ideas, sino desde el amor mismo del Señor, que es un amor que contagia alegría, que contagia vida, que da fraternidad, que no repulsa a nadie, y en el que todos nos encontramos a gusto.

Queridos amigos: que este domingo próximo, que vais a escuchar esta página del Evangelio, vosotros también, como aquellas gentes que iban en búsqueda de Juan, os  sintáis necesitados, interrogados y comprometidos en llevar el amor del Señor a todos los hombres.

Amén.

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