Catequesis

Martes, 09 febrero 2021 11:36

Vigilia de oración con jóvenes (5-02-2021)

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Durante esta semana pasada hemos estado celebrando también el día de la vida consagrada. Y hoy lo hacemos, no como otros años, pero con esta fiesta de Luces en la ciudad, que de alguna forma lo que quiere hacer ver es que eso que celebrábamos estos días pasado, parábolas de fraternidad, aplicando esta expresión a las comunidades de la vida consagrada en Madrid, y en toda España, pero en concreto aquí lo celebrábamos así, hoy también lo arreglamos más aún, exponiendo y diciendo que es verdad que hay Luces en la ciudad. Y Luces en la ciudad que enciende nuestro Señor Jesucristo.

El Evangelio que acabamos de proclamar, que es el del próximo domingo, nos acerca tres palabras que a mi modo de ver son esenciales precisamente para ser luces también nosotros en la ciudad: cercanos, rehabilitados y liberados. Nos ha dicho el Evangelio cómo Jesús se acercó –cercano–, la cogió de la mano y se levantó. Esta página del Evangelio nos hace contemplar aún todavía más a Jesús en Cafarnaún, como lo estamos haciendo en estos últimos domingos. Este Jesús que sale de la sinagoga y se dirige a casa de Simón y de Andrés porque la suegra de Simón estaba aquejada de fiebre, y no podía acercarse a Jesús: es Jesús el que se acerca a ella. Ante esta imposibilidad, Jesús le muestra su amor. Y le muestra también su gran deseo de poner fin a esta situación negativa, como quiere hacer con todos los hombres.

Jesús se acerca a todos los hombres. Y se acerca a todos los hombres en cualquiera que sea la situación en la que podamos vivir nosotros. Habéis escuchado que esta página del Evangelio nos dice que la suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Jesús describe la situación de esta mujer con dos rasgos: su estado, la postración, está en la cama; y otro rasgo, que es la causa que le provoca esta postración: la fiebre. Le hablan de ella, y Jesús se acerca, coge su mano y la levanta.

En primer lugar, cercanos. Estemos siempre cercanos a los hombres. Cercanos a sus situaciones. No solamente dejemos que se acerquen a nosotros, que ya es importante, sino que nosotros también dispongamos nuestra vida para acercarnos a todas las situaciones en las que viven los hombres. Porque lo que queremos hacer es también lo que hizo Jesús: liberar de cualquier opresión; quitar cualquier impedimento que nos impida vivir plenamente. Jesús, como veis, no solamente se acerca, sino que da la mano. Se acercó, la cogió de la mano y la levantó.

Aquí está la segunda palabra: rehabilitados. Basta la información, para que Jesús actúe. Porque se trata de liberar de una opresión, de una dificultad real, que impide vivir a esta mujer una vida plena. Jesús trasgrede la ley de Moisés, el sábado, porque lo que le importa es la vida. Se acerca, coge su mano y la levanta. Los gestos de Jesús se caracterizan por la cercanía entrañable. La toma de la mano. Aquí, el verbo levantar tiene su importancia. En griego, «jeiró», es el mismo que utiliza el Evangelio de Marcos para hablar de la Resurrección de Jesús. Hay que caminar y vivir como resucitados. Es que Jesús siempre infunde vida. Siempre restaura lo que está enfermo en nosotros. Nos dice el Evangelio que a esta mujer a la que rehabilita se le pasó la fiebre, y se puso a servirles. ¿No podría ser que esta fiebre fuera algo desproporcionado que la incapacitara para vivir y para amar?

En esa fiebre de esta mujer estamos, queridos amigos, representados todos nosotros. A veces estamos incapacitados para vivir y para amar. Entre otras cosas, porque no dejamos que Jesús se acerque a nuestra vida. Y esto es importante. En esa fiebre, ¿no están representadas todas las dificultades personales que nos impiden amar de verdad, entregar nuestra vida, no guardarla para nosotros mismos, darla? Ciertamente, solo podemos ser curados de nuestra fiebre cuando hay una mano amiga que se posa sobre nosotros, nos toca, y nuestra fiebre se calma. ¿Esa mano amiga no es la presencia del Señor en nuestra vida? Solo en la medida en que el Señor está presente, y le dejamos acercarse a nuestra vida; en la medida en que nos toca esa mano amiga, tendríamos que preguntarnos nosotros: ¿cuál es mi fiebre hoy? ¿Qué me impide a mí amar? ¿Qué me impide entregar la vida por todos los hombres, en radicalidad? ¿Qué me impide ser esa mano amiga que levanta y que cura a los que están a mi lado? Porque, queridos hermanos y hermanas, queridos amigos, nuestra fiebre es todo aquello que nos impide vivir hoy. Esta es nuestra fiebre real hoy. Lo que nos impide vivir. Puede desaparecer en contacto profundo con Jesús. Quizá este momento que estamos viviendo de la pandemia, que en un primer momento pues todos estábamos  pues haciendo cosas, y entusiasmados… Hoy hay cansancio. Llega el cansancio. Y no puede llegar. No debe de llegar. Porque lo que cambia este mundo, lo que cura, es el amor de Dios. Y dejarme amar por Dios para regalar ese amor no puede dejarse de vivir y de experimentar en nuestra vida.

Nuestra fiebre, si no hay contacto con Jesús, no desaparece: se mantiene. Y por tanto, pues eso: no nos toca el corazón; no se nos infunde la vida; no nos restaura para amar como amó Jesús. Jesús es esa mano tendida que nos agarra para sacarnos de nuestra postración; esa mano tendida que nos agarra para ponernos al servicio de todos los hombres. Entonces, somos luces en la ciudad. Sí. Queridos amigos, ¿no os parece que nuestra humanidad padece actualmente la fiebre de las ideologías, la fiebre de la violencia, la fiebre del sinsentido, la fiebre de la soledad, la fiebre de no saber qué camino elegir? ¡Cuánta fiebre padece nuestro mundo! Y nosotros a veces observamos estas situaciones. Pero lo observamos de una manera en que vemos también la indiferencia en la que viven millones y millones de hombres ante el hambre, ante la violencia, ante las guerras, ante las estructuras injustas. Miles y miles de personas. Hundiéndose en la marginación, tanta gente.

¿Veis? Tiene importancia esto. Y a ti y a mí nos ha elegido nuestro Señor para que nos acerquemos a la gente. Sí. Para acercarnos. Pero también para rehabilitar. Y para rehabilitar a la gente tenemos que vivir una experiencia profunda, abierta totalmente o abiertos totalmente a nuestro Señor Jesucristo, que nos toque el corazón, que nos cure, que nos invite a hacer como Él, a dar la mano y levantar y quitar la fiebre; la fiebre de la desorientación, del egoísmo, de vivir para mí mismo. Cuántas rupturas en este mundo por las ideologías. Cuántas muertes a veces por la violencia, por las guerras. Cuántas soledades por el sinsentido en el que vive mucha gente.

Nos dice el Evangelio también que el Señor no solamente curó a la suegra de Pedro, sino que después de liberarla, se acercó, la rehabilitó, la liberó para que amase a los demás: se puso a servir. Pero después de eso, cuando se puso el sol, nos dice el Evangelio que llevaron a todos los enfermos y endemoniados. La gente de Cafarnaún puso la confianza en Jesús. Queridos amigos, mirad: estamos venga a hablar de evangelización, de métodos, de no sé cuántas cosas… Que es necesario. No digo que no sea necesario. Pero, ¿sabéis cuál es lo más necesario? El testimonio de nuestra vida. Que de verdad el encuentro con Jesús, como esta noche tenemos nosotros, no sea un cuento; sea el encuentro con el Señor de la vida; con el Señor que me rehabilita a mí, y que al rehabilitarme, me hace salir de mí mismo para encontrarme siempre con los demás, y para regalarles a los demás lo mejor de mí mismo.

La gente de Cafarnaún puso la confianza en Jesús. Y llevaban a Jesús toda clase de gente. Nos dice el Evangelio: enfermos, endemoniados. Subraya una cosa el Evangelio: la ciudad entera se agolpaba a la puerta. La ciudad entera. ¿Sabéis lo que significa la ciudad entera? Significa la masa del pueblo. El pueblo. El pueblo. Su interés por Jesús es extraordinario. No solo acude, sino que se agolpa a la puerta, lo más cerca posible de Jesús, mostrando la adhesión y la confianza en él. Jesús despierta una gran esperanza. Y su popularidad ha llegado al pueblo. Y nosotros tenemos que despertar esperanza en el pueblo. En el pueblo. El pueblo sigue a Jesús. El pueblo sigue siguiendo a Jesús. Curó a muchos enfermos de males diversos, expulsó a demonios. Porque Jesús vino a curar nuestras dolencias, a liberarnos de las tiranías, a regalarnos su amor, para que nosotros, alcanzados por ese amor, nos pongamos a servir como lo hizo la suegra de Pedro, y como parece que lo hicieron aquellos a quienes curó, aquella multitud que se agolpaba y curó.

Hoy somos llamados a escuchar, en esta historia, queridos hermanos y hermanas, las oscuridades, las postraciones que existen en nuestro tiempo. Porque Jesús ilumina estas oscuridades, también en este tiempo de pandemia. Vivimos en una sociedad que, como la suegra de Pedro, está postrada. Una humanidad enferma, pobre; ha alcanzado muchas cotas, pero pobre. El contacto con Jesús despierta vida e interés por los que sufren; despierta vida y pasión por la liberación de todo el mal.

Aquella jornada de Jesús que, como nos dice el Evangelio, parece que fue dura... Él se cansó. Una jornada intensa. Una jornada intensa. Pero fijaos, ¿sabéis lo que hace? A diferencia nuestra, que nos estresamos enseguida. Enseguida nos estresamos: trabajamos unos días, y tres días de descanso. Estrés. ¡Mentira! Mentira. Jesús no sufre ansiedad. No sufre agobio. ¿Dónde está el secreto de Jesús? ¿Dónde está? Pues lo hemos escuchado al final del Evangelio: su relación profunda con el Padre. ¿Dónde tiene que estar el secreto nuestro, queridos amigos? ¿Dónde? En nuestra relación profunda con el Señor. Sí. Su relación profunda con el Padre. Por eso, al final de la jornada, después de estar con aquella multitud, agobiado, acosado, Jesús sentía la necesidad de estar solo. Solo ante el misterio de su relación con el Padre. Por eso nos dice el Evangelio: «se levantó de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, y se marchó y se puso a orar». ¿Veis? ¿Dónde encuentra el Señor, dónde encuentra esa liberación? ¿Dónde? En el Padre. Abba. Jesús busca su experiencia profunda en Dios, porque para amar de verdad necesitamos encontrarnos con Dios. Necesitamos entrar en una relación profunda de amor con Dios y de comunión con Él. Por eso, quedaos con estas palabras en este día: seamos luces. Sí. Luces como fue Jesús. Que estamos cercanos a la gente, que estamos dispuestos a rehabilitar con nuestro amor, no el nuestro, el que viene de Jesús, que tenemos o debemos de tener en nuestra vida. Y entreguemos liberación: hemos sido liberados para liberar. ¿Dónde está el secreto de esa liberación, la nuestra y la de los demás? El que tuvo Jesús, y no lo guardó como secreto, sino que nos lo ha dicho en el Evangelio: de madrugada fue a relacionarse con Dios. Con el Padre. A buscar otra vez la fuerza. Pero es que el Señor nos lo dice: «Sin mí, no podéis hacer nada».

Bueno. Pues vamos a vivir esto con alegría. En medio de esta pandemia, el Señor nos regala esta página del Evangelio, que es preciosa. Yo he disfrutado mucho cuando la estaba rezando. ¿Por qué? Porque es preciosa. Y tiene una actualidad tremenda: fiebres de todo tipo hoy también, enfermedades por supuesto. Acosados por esta pandemia. Acosados porque se están cerrando ya fábricas, se están cerrando lugares para trabajo. Acosados por tantas cosas. Acosados porque no acaba de llegar la vacuna para todos, por lo menos. Acosados por tantas cosas: por ideologías, de un sitio y de otro… Jesús viene esta noche, se acerca a nosotros, nos toma de la mano, y nos dice: Mira, esa fiebre que tienes de ideología, déjala; te curo yo de ella. Esa fiebre que tú tienes de a ver cómo puedes hacer, te la curo. Te curo todo. Pero claro, no te quedes sentado, ¿eh? Ponte a servir. Ponte a servir mi amor. Y, claro, vendrá el cansancio. Porque siempre llega. Pero vete a la fuente donde se quita, que soy yo, nos dirá Jesús. Pues vamos unos instantes a arrodillarnos ante esta fuente.

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