Catequesis

Lunes, 08 marzo 2021 15:55

Vigilia de oración con jóvenes (05-03-2021)

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Buenas noches a todos. Muchas gracias a todos los colegios mayores por haber preparado esta vigilia de oración que hacemos todos los primeros viernes de cada mes. Y gracias también a los testimonios que habéis dado hace un instante. Quisiera acercar esta noche a vosotros la Palabra que acabamos de proclamar, que no es extraña a nuestra vida. La Palabra que hemos proclamado se resume fundamentalmente en tres palabras: regalar, devolver y convertirnos.

Cuando Jesús llega al templo de Jerusalén no encontraba a gente que buscaba a Dios. Encontró un comercio. Por eso, acabamos de escuchar cómo Jesús coge y hace un azote de cordeles, y echó del templo a aquella gente. El gesto de Jesús es profundamente liberador. Jesús nos regala siempre liberación. Hace gestos de liberación con nosotros. Este Jesús que está realmente presente aquí, en el misterio de la Eucaristía, y que nosotros venimos a adorar esta noche, y a dejar que Él entre en nuestra vida, quiere regalarnos también a nosotros en este momento de nuestra vida y de nuestra historia un gesto de liberación.

Jesús no toleraba que se profanase el templo. Jesús no toleraba que se manipulase a Dios. El templo para los judíos era una institución incontestable. Atacar el templo era atacar el corazón del pueblo judío. Era el centro de la vida religiosa, social... y Jesús echa a todos del templo. Y a los cambistas les esparció las monedas, y les volcó las mesas. Este gesto de Jesús no lo interpretemos como violencia, como un acto de violencia. Jesús dijo unas palabras que pueden llenar nuestro corazón cuando las acercamos a nuestra vida: «No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre». Nuestra vida personal la podemos convertir en un mercado. Y nuestra vida social. Jesús se enfrenta a aquel sistema de los cambistas, que ofrecían a los peregrinos que llegaban a Jerusalén la oportunidad de cambiar las monedas para poder pagar el tributo en moneda legítima. Una moneda que el mismo templo acuñaba. Jesús denuncia este abuso. Lo que anida en la raíz de tantas injusticias en este mundo, ¿no es esta sed de dinero?

Jesús, esta noche, viene a darnos y a regalarnos un gesto liberador. Cuando yo estaba preparando lo que podía deciros en función de la Palabra que íbamos a proclamar, pensaba en vosotros. Y pensaba que estáis estudiando una carrera. Tendréis en el futuro una profesión. Si Dios quiere, a ver si tenéis trabajo: ojalá que el Señor cambie nuestra vida y nuestro corazón, y todo el mundo pueda tener el derecho mismo que Dios ha dado al hombre, que es el trabajo. Y digo que esa sed de dinero, con todo lo que esto significa, estaba en la vida de aquellos hombres. Si os dais cuenta, estamos sumergidos en una cultura muy concreta. A veces el dinero, en lugar de emplearlo para ayudar a las personas a crecer, a vivir, se ha convertido en un fin en sí mismo. En un ídolo. La amenaza que tiene el mundo actual con su economía globalizada es un deseo desenfrenado e imparable de comercialización. Comerciamos con todo: hasta con nuestras vidas. Nuestro mundo quizá lo estamos convirtiendo, sin darnos cuenta, en un mercado: todo se compra y todo se vende.

Jesús, sin embargo, viene a entrar a nuestro corazón y a nuestra vida para liberarnos de esta actitud. No se compra la vida. La vida te la han regalado. No se vende la vida. La vida es un don para que los demás puedan ser más y más personas. Este gesto liberador de Jesús esta noche nos lo quiere entregar a nosotros. Regalad siempre este gesto. Que no hagamos nosotros, o no convirtamos este mundo en un mercado, donde se vende y se compra, pero no se regala mi vida: lo que soy, lo pongo a disposición, para que los demás sean más y mejores.

En segundo lugar, devolver. Jesús devuelve al ser humano su libertad y su dignidad. Lo acabáis de escuchar en esta página del Evangelio. Jesús se nos revela no como un violento. No. Jesús, cuando limpia el templo, no es violencia lo que ejerce: quiere devolver al ser humano la libertad y la dignidad. Jesús viene a liberarnos de toda opresión. También de la opresión que a veces se hace en nombre de Dios. El Papa Francisco nos lo repite en infinidad de ocasiones a todos: no estamos en la vida para poner sacos y presiones en los demás. Estamos en la vida para liberar, para hacer respirar a la gente. El Señor viene a liberarnos de toda opresión. No podemos hacer opresión en nombre de Dios, porque Dios es libertad, y nos da libertad, y nos regala la dignidad suya misma.

Jesús nos abre un camino de profunda liberación para todos los hombres. Impresiona cuando uno lee la historia de la vida cristiana, de cómo se va desarrollando la misión que Jesús entrega a la Iglesia desde aquel momento en que los apóstoles salen del solar en el que habían vivido toda la vida, en Palestina, y se lanzan a anunciar el Evangelio a todas las partes de la tierra, para poder decir a los hombre que son imágenes de Dios, y que esas imágenes no pueden estropearse. «¿Qué signos muestras para obrar así?», le dijeron a Jesús. Esta fue la reacción de las autoridades de Jerusalén ante aquellas circunstancias que Jesús vivió en el templo: pedirle cuentas de su gesto. Jesús les contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». Y aquellas autoridades interpretan mal estas palabras de Jesús porque, como nos dice el Evangelio de san Juan, Jesús hablaba del templo de su cuerpo.

¿Qué significan estas palabras? Significan que, con Jesús, el templo de piedra ha caducado. Que Jesús es el verdadero templo de Dios, en quien el amor del Padre se hace presente para todo el mundo. Y que Jesús, cuando nos entrega a nosotros su vida por el Bautismo, nos hace templos también de ese amor, y que tenemos que repartir este amor en esta tierra y en este mundo. Esto es lo que más sorprendía al mundo pagano cuando salen del solar de Palestina los apóstoles y regalan el amor de Dios. Ese amor que describe san Pablo de una forma excepcional y extraordinaria: el amor es comprensivo, es servicial, no tiene envidia, no se engríe, no es maleducado, no es egoísta, no lleva cuentas del mal, disculpa sin límites, cree sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca. El amor del Padre se hace presente en el mundo. Y Jesús quiere que nosotros hagamos presente en el mundo este amor. Jesús viene a decirnos esta noche, aquí, también presente, real, en el misterio de la Eucaristía: «El verdadero templo de Dios soy yo. La presencia de Dios entre los hombres soy yo. Me romperéis el cuerpo, me destruiréis, pero yo lo reconstruiré en tres días. Yo resucitaré. Y os regalo mi resurrección a vosotros también».

¿Veis? Realizar. Jesús nos da un gesto de liberación. Devolver. Nos devuelve la dignidad. ¿Qué maravilla esta noche, no? En los segundos que estemos en silencio, mirando al Señor, pensad cómo Él nos regala su dignidad. Y cómo Él nos ha regalado la capacidad para poder establecer en este mundo su amor entre los hombres.

Pero, en tercer lugar, el Señor nos pide convertirnos. Regalar. Devolver. Y convertirnos. Jesús convierte al hombre en templo vivo de Dios. Jesús nos convierte a todos en templos vivos de Dios. En lugares de presencia de Dios. Todo ser humano es un templo vivo de Dios. Para Jesús, el ser humano es templo de Dios. Y san Pablo se lo recuerda a la comunidad de Corinto, cuando les dice y les hace esta pregunta: «¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu habita en vosotros?». Así que el verdadero lugar del encuentro con Dios no será un templo. El lugar del encuentro del hombre con Dios es el hombre mismo.

Si tenéis ocasión, leed alguna obra de san Agustín. Leed las Confesiones de san Agustín. Y leedlas despacio. Porque ahí descubrimos lo que os acabo de decir: el lugar del encuentro del hombre con Dios está en el mismo hombre. Es el mismo hombre. Por eso, el Papa Francisco nos invita a la cultura del encuentro. Del encuentro con nosotros mismos, y del encuentro con Dios. Cultura del encuentro. ¿No tendríamos que convertir nuestros lugares, nuestras amistades, en espacios de encuentro fraternal, donde a nadie se les cierran las puertas, y donde nadie es excluido? La última encíclica del Papa Francisco, Hermanos todos, Fratelli tutti, nos habla precisamente de esto: de hacer siempre un lugar al otro. Sea quien sea.

Hoy sabemos que Dios nos sigue pidiendo que no profanemos ningún templo vivo. Hay templos de Dios profanados en muchas partes de la tierra: por leyes injustas, por el terrorismo, por las guerras, por los actos de presión, por la crueldad, por las desigualdades... ¡Cuántas profanaciones de los templos de Dios en los países más empobrecidos de la tierra! ¡Cuántas profanaciones de templos en tantos marginados y excluidos de nuestra sociedad! ¡Cuántas profanaciones en esos cristianos asesinados cruelmente por personas enloquecidas!. Ayer por la tarde, aquí, hubo una oración para ayudar a la Iglesia perseguida. Y hubo también tres personas: un sacerdote de Irak, cuya familia había muerto, les habían matado por ser cristianos; un laico de África, donde ha sufrido también la persecución en uno de esos países; y un sacerdote de Indonesia. El testimonio fue precioso. ¡Cuántas profanaciones de personas enloquecidas!

Queridos amigos, os decía al principio: estáis haciendo la carrera. Seguro que terminaréis en algún campo de la vida, sirviendo a los demás. Yo os invito a que esta noche, con un gesto audaz, con un gesto provocativo, el mismo que Jesús hizo en Jerusalén, dejéis que Jesús lo haga en vuestro corazón: que entre en vuestra vida. Jesús no ha venido a crear una nueva religión. Ha abierto un camino de amor y de comunión con todo ser humano. Con cada uno de nosotros. Jesús proclama que Él, que Él, es el nuevo templo de Dios. Y que su gloria puede estar en nuestra vida. Porque la gloria de Dios es que el hombre viva, y el hombre vive cuando dejamos que entre Jesús en nuestra existencia.

Tres palabras: regalar (la liberación), devolver (la libertad y la dignidad) y convertirnos. Es lo que nos da Jesús esta noche, y que yo os invito a meditar unos segundos.

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