Catequesis

Jueves, 08 abril 2021 14:31

Tercera charla cuaresmal del cardenal Osoro (17-03-2021)

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Buenas tardes a todos los que estáis aquí presentes en la catedral, y a quienes a través de YouTube estáis viviendo estas reflexiones cuaresmales. Durante los dos días anteriores, el primer día hemos hablado de dar una versión nueva a la vida, de nuestras conversión; ayer hacíamos una reflexión, la misma que Jesús les invitó a vivir a los apóstoles, «dadles vosotros de comer». Poner en el centro de nuestra vida la Eucaristía es esencial. Y este tercer día y último de este triduo cuaresmal quiero hablaros de la misión. Pero no en abstracto, sino a través de una carta pastoral que os he escrito y que la tendréis a partir del día de san José, que he titulado: San José, un maestro en la misión hoy.

La carta apostólica Patris corde del Papa Francisco, cuando la leí, suscitó en mi corazón el escribiros esta carta pastoral sobre san José como maestro en la misión. Esa misión que nosotros, en este inicio de curso, con la carta pastoral que os escribía, como hago todos los años al iniciar el curso, titulaba «Quiero entrar en tu casa». Quiero entrar en todos los caminos por donde transitan los hombres. En ese lugar donde cada uno de nosotros estamos, y como estemos, el Señor quiere entrar. San José puede ser para nosotros un maestro de esta misión. Vosotros recordad la carta que os escribía. En este trienio he querido que todos salgamos para eliminar el riesgo de clausurarnos en nuestros propios intereses. Cuando nos clausuramos en nuestros intereses, nos convertirnos en unos discípulos de Jesús quejosos y quejumbrosos. Unos discípulos de Jesús que nos quitan la pasión por anunciar la alegría del Evangelio. Así os he dirigido ya las dos primeras cartas pastorales programadas para este trienio. Una de ellas, con aquella expresión que Jesús dirigió al ciego Bartimeo: «¿Qué quieres que haga por ti?». Era la pregunta que le dirige Jesús al ciego Bartimeo. Y por otra parte, la que estamos viviendo o haciendo vida en este año: «Quiero entrar en tu casa», que es la afirmación que Jesús le hace a Zaqueo. «Baja –estaba ahí, subido a un árbol, para verlo pasar– que quiero entrar en tu casa». Es la petición que hace Jesús a Zaqueo. Ambas cartas están marcando las líneas de trabajo pastoral, la dirección en la que deseamos trabajar según el proyecto evangelizador que hacemos trienalmente, y que nos viene bien hacerlo porque es alentado precisamente por la exhortación apostólica primera que nos regaló el Papa Francisco, Evangelii gaudium.

Como sabéis, siempre parto de un texto del Evangelio, ya que en la transformación misionera de la Iglesia descubrimos que en la Palabra de Dios está un dinamismo siempre en salida, siempre en misión, que es provocativa para nuestra vida de discípulos de Cristo y miembros vivos de la Iglesia. Cuando recibí y leí esta carta apostólica, Patris corde, que el Papa Francisco nos regala hablándonos de san José, entendí mejor aquellas palabras que el Papa Francisco nos dirige, pues en san José se hacen vida, y entiendo que puede ser el santo que nos acompaña en ese deseo que el Señor nos inspira en la carta que este año os he escrito, «Quiero entrar en tu casa». Deseamos entrar en todos los caminos, en todas las situaciones en las que se encuentren los hombres, pero siempre alentados por el modo y la manera en que lo hizo san José.

Las palabras del Papa Francisco son estas: «En cualquier forma de evangelización, el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu. La verdadera novedad es la que Dios mismo misteriosamente quiere producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras. En toda la vida de la Iglesia debe manifestarse siempre que la iniciativa es de Dios, que Él nos amó primero, y que Dios quiere hacer crecer. Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo».

¡Ponte en camino! La figura de san José nos invita a escuchar la propuesta del Señor. ¡Ponte en camino!. Qué bueno es que cada uno de nosotros, como discípulos de Jesús, escuchemos ese «id». Recordad que las últimas palabras que el Señor dijo a los apóstoles antes de ascender a los cielos fueron estas: «Id y anunciad el Evangelio a todos los hombres». Qué bueno es escuchar este «id». San José, de alguna manera, escuchó de parte de Dios que se pusiera en camino. En el camino de hacer un acompañamiento a quien Dios había elegido para ser madre de Dios, y en el camino también para acompañar a Jesús. Qué gracia más grande que todos nosotros, todos - laicos, cristianos, sacerdotes, miembros de la vida consagrada- en las diversas situaciones de vida en las que estemos, en las diversas responsabilidades que tengamos, todos escuchemos en lo más profundo de nuestro corazón, oyendo lo que nos pide y quiere de nosotros en este momento Dios. La figura de san José se sitúa en ese deseo de sentir la urgencia de salir y atrevernos a llevar la luz del Evangelio, con la misma prontitud que lo hizo san José. Él no entendía, pero se fio de Dios y salió de sí mismo. Ese mandato de Jesús, «id», hay que hacerlo con alegría, queridos hermanos; esa alegría que procede de Dios; esa alegría que no es del triunfo humano, que es la de sabernos queridos y amados y llamados por Dios a repartir y hacer experimentar ese amor, y sabiendo que esa alegría hay que llevársela a todos los hombres, a todos los pueblos de la tierra. Como san José, descubramos que la iniciativa es de Dios, y que nosotros aceptamos entrar en la misma con todas las consecuencias. Ponte en camino.

Os decía en una de mis cartas pastorales semanales que el momento histórico que vive la humanidad en todas las partes de la tierra nos hace ver que los hombres y mujeres de nuestro tiempo necesitamos y nos urge el alimentar nuestra vida de estos alimentos, siempre necesarios; pero más aún cuando la ruptura, el enfrentamiento, el rencor, el odio y la venganza aparecen envueltos en aparentes regalos de libertad, pero sin dar contenido a la libertad. Tenemos urgencia de acoger el perdón, de acoger la reconciliación, de acoger la misericordia. Recogiendo algunos apuntes que tenía escritos en las libretas cuando era joven, recuerdo cómo en el año 71 hacían eco en el corazón de todos los obispos de España, y ellos querían hacer eco en el corazón de todos los discípulos de Cristo y de todos los hombres de buena voluntad, que acogiesen el perdón, la reconciliación y la misericordia. Tuvieron instinto para saber y ver lo que necesitaba en aquel momento nuestro pueblo, y también para mantenerse fieles y libres a los imperativos del Evangelio y a lo que la Iglesia en nombre de Cristo tiene que anunciar siempre.

Como san José, descubramos que la iniciativa es de Dios. Cuando comenzaba a escribiros esta carta pastoral sobre san José, yo pensaba esto. Yo sé que las cartas y los documentos hoy a veces no despiertan grandes ilusiones, pero esta carta que os escribo sobre san José os la hago llegar para que cada uno de nosotros descubramos que, como san José fue llamado a una misión extraordinaria, también todos los hijos e hijas de la Iglesia hemos sido llamados por gracia a la pertenencia eclesial en estos momentos de la historia, y hemos sido llamados para anunciar la Buena Noticia, no cualquier noticia. San José puede ser para nosotros un santo que nos acompañe; que nos dé la mística de tener siempre ese anhelo generoso e impaciente de vivir haciendo realidad una opción misionera que nos transforme y nos convierta en discípulos que no nos detenemos en el criterio pastoral de «siempre se hizo así, siempre se ha hecho así», como nos recordaba el Papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelii gaudium.

San José nos puede ayudar a convertirnos en hombres y mujeres que, asumiendo la mística y el estilo de vivir y de hacer de san José, nos haga discípulos audaces, creativos, cercanos a las realidades de todos los hombres: la familia, los jóvenes, los emigrantes, los pobres… allí donde estemos. Que nos haga hombres y mujeres anunciadores valientes, para ir a los caminos donde están los hombres; y aduces, para mostrar que somos testigos del amor que Dios tiene a todos los hombres. Ponte en camino, como san José. Así lo hizo. En sueños recibió la visita del Señor, y se puso en camino. En la Iglesia hay un lugar para cada uno con su vida a cuestas. Cada uno con su vida a cuestas: la que tenga. Hay un lugar, y hay sitio. Busquemos por todos los medios mostrar que la Iglesia no es controladora de la gracia, sino facilitadora de la gracia. Que es casa donde hay un lugar para cada uno con su vida a cuestas. Es una expresión que nos dice el Papa Francisco en Evangelli gaudium. En la línea de salida, ofrecer a todos la vida de Cristo. Os escribía al inicio de curso esta carta pastoral que titulaba así: «Quiero entrar en tu casa». Ese entrar en todos los caminos de los hombres no se puede hacer simplemente haciendo diagnósticos. A veces hacemos diagnósticos: «esto está mal, esto…»; muy rápido, además. Ni tampoco solamente con estudios sociológicos, aunque sean necesarios. Se trata de entrar como lo hizo Jesús mientras estuvo aquí con nosotros. Se trata de entrar en la realidad con su misma mirada: la mirada de discípulo misionero que ve los signos de los tiempos, que ve cada situación de las personas, que observa que ha de cuidar y eliminar y dejar lo que oscurece el proyecto de Dios para los hombres, para poder decir «quiero entrar en tu casa».

Recordad, os lo decía en la carta pastoral de inicio de curso, cuando Jesús llegó a casa de Zaqueo, había allí muchos que decían: «¡Qué va a ser este el Mesías, si se junta con todos los pecadores que hay aquí!». Y recordad la respuesta de Jesús: «No he venido a buscar a los justos, sino a los pecadores». «Quiero entrar en tu casa». Hay que imitar y seguir los caminos del buen pastor que cuida de todos, y que cuando ve alguna oveja perdida va en su búsqueda, deja a todas. Es ese buen pastor que asume la pedagogía del buen samaritano, que va de camino; un hombre, pero que ve a alguien tirado, y se queda ahí. Se arrodilla, lo mira, lo cura, lo venda, lo toma en sus brazos, le presta la cabalgadura, lo lleva a un lugar para que lo sigan cuidando, y además les dice que volverá a verlo, que lo cuiden mientras tanto hasta que se reponga. Pedagogía del buen samaritano. Se detiene en todos los caminos en los que ve que alguien está tirado y apaleado, no respetado en su integridad, dejando todo lo que tenía que hacer para dedicarse a levantar, a curar, a acompañar y a establecer un proyecto que termine con su deterioro.

Queridos hermanos y hermanas: estamos viviendo la pandemia, la COVID-19. La vulnerabilidad que nos hizo y nos hace experimentar, y nos hizo descubrir que estamos en otro momento de la vida y de la historia, es clara, y por ello tenemos que volver a revivir el cómo se inicia el misterio de la encarnación entre los hombres. Ver lo que significó san José en el inicio del misterio de la encarnación es fundamental. En san José vemos una luz que nos habla del que quizá no nos habíamos preocupado mucho. Creo que en exceso nos hemos preocupado por construir la cultura del bienestar, como os vengo diciendo durante estos días, y olvidar el cuidado. San José no lo olvidó. Es más: Dios le puso en el camino de la encarnación para que cuidase a María y a Jesús, porque Jesús presentaba el modo y la manera de cuidar a todos los hombres. La pandemia nos ha situado en otro paradigma, como os he dicho estos días: en el cuidado. Propongámonos cuidar a los demás. Siempre. La vulnerabilidad nos hizo ver que el cuidado de los unos a los otros se impone como una necesidad. Por eso, san José presenta el paradigma del cuidado como buena noticia evangélica. ¿Hemos caído en la cuenta de que es urgente pasar del paradigma del bienestar al paradigma del cuidado? Cuidar la tierra, cuidar las instituciones, cuidar al ser humano… Un cuidado que ha de ser integral, en todas las dimensiones de la vida. También la espiritual. También la religiosa. Y, por ello, el cuidado ha de ser competente y compasivo.

Conscientes de esta realidad, hemos de ver los discípulos de Cristo que el cuidado se nutre de la educación. Por tanto, esta nueva época, marcada por el paradigma del cuidado, nos hace situarnos en la misión, contemplando el mundo y a todas las personas que lo habitamos, descubriéndoles la buena noticia del Evangelio, que pertenece a las entrañas del cuidado. Dios vino a este mundo porque el ser humano estaba perdido; y vino a ofrecer la salvación, y la sigue ofreciendo a los hombres. Cuidar mis relaciones con Dios, cuidar las relaciones con el prójimo, establecer prioridades en ese cuidado… Podemos afirmar que hay un antes y un después de la COVID-19. En el después, se nos presenta la imperiosa necesidad de volver a las entrañas del Evangelio. Hemos de estar en el mundo como protagonistas de la encarnación, escuchando a Dios, prestando la vida para que la Vida con mayúsculas, para que la Verdad con mayúsculas, para que el Amor con mayúsculas, para que la cercanía de Dios que nos cuida, se haga presente. En ese protagonismo del cuidado está precisamente san José que, con mirada de fe y con pasión contemplativa, asume la tarea de colaborar activamente y de hacer presente a Dios en medio de este mundo. Es precioso esto. San José presta la vida para que Dios permanezca en este mundo. Tuvo un protagonismo singular: prestó la vida cuando Dios se lo pidió para colaborar y apostar por la presencia de Dios. Por eso, es el santo que quiere entrar en tu casa.

Es bueno comprobar que cuando la buena noticia no se da, o se ponen resistencias a hacerla presente o a que entre en este mundo, queridos hermanos, se provocan grandes deformaciones éticas y profundos debilitamientos de todos los seres humanos que afectan a lo más íntimo del ser personal, y que tienen unas consecuencias graves para la configuración y la vida social. Por eso, esto nos está pidiendo a gritos cuidar mi relación con Dios, cuidar al prójimo, generar procesos de humanizar este mundo, del humanismo-verdad, entregar ese humanismo. El cuidado pertenece a las entrañas del Evangelio, y san José es un protagonista singular de ese cuidado. Urge entrar, y hacer presente en todas las partes de la tierra hombres y mujeres que busquen soluciones a ese deseo de pan, que muchos tienen porque no tienen nada que llevarse a la boca: ved las colas de gente que tenemos en Cáritas, cada día más en Madrid, porque han perdido el trabajo, por muchas situaciones... Vedlo. Pan. Deseos de concordia: la gente quiere paz, no quiere líos, no quiere enfrentamientos, no quiere rupturas, porque sabe las consecuencias que trae, y especialmente para los que menos tienen, para los pobres. Mientras los demás reñimos, hay otros a lo mejor que se aprovechan. Pero siempre afecta. Deseos de hacer el bien a todos. Deseos de apostar por la defensa de la vida. Deseo de respetar los derechos humanos, entre los que se encuentra el derecho a creer, el derecho a hacer presenta a Dios también en la vida. Qué grande nos hace a los seres humanos, a la familia humana, aprender a convivir en la diferencia. Qué altura alcanza la familia humana que nos hace experimentar lo que es una vida vivida en la pertenencia a los otros, donde los padres asumen la tarea de ser transmisores de la fe de sus hijos, y todos asumimos la tarea de cuidarnos los unos a los otros. San José nos descubre que se impone una evangelización que ha de iluminar los modos de relación con Dios, de relación con los otros y de relación con el mundo. Queridos hermanos, mirad: en la cercanía de san José, sentimos la necesidad de soñar, de descubrir que somos servidores de la vida. Recordad a san José cuando ve que Jesús está en peligro: marcha, se hace migrante, no le importa ir a otra tierra distinta.

Somos servidores de la vida y, por ello, del diálogo y no de la ruptura. Los discípulos de Jesús somos servidores de la vida. Y del diálogo. No de la ruptura. Y del encuentro. Y no de los desencuentros. Y de la verdad. Y no de la mentira. Y de la defensa de la vida. Y no de la implantación de la muerte por ley. No. Cuando Dios quiere, y nos llama. A san José lo hemos de situar como esa persona que al lado de Jesús y María buscó servir el cuidado integral, que es precisamente el que hace que surjan y se susciten los valores más fundamentales.

Quiero terminar, sin leeros todo lo que he reflexionado, pero mostrando un rostro y tres fotografías de san José. En la carta pastoral está más extenso, por si lo queréis leer. Un rostro y tres fotografías. Primera fotografía: san José, servidor y cuidador. La apuesta de san José por servir al misterio de la encarnación la manifiesta desde el momento en que José conoce de parte de Dios lo que sucede: «La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: "José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados"». La respuesta de san José fue inmediata. Nos lo dice el Evangelio: «Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor, y acogió a su mujer, y se hizo servidor y cuidador de la Santísima Virgen y del niño que ya estaba en el vientre de María». ¿Os habéis dado cuenta que el gran desafío que tenemos en nuestra vida es asumir esta espiritualidad misionera de servicio, de encuentro con los demás, de poner lo que somos y tenemos al servicio de los otros? San José nos invita a retirar nuestro individualismo egoísta; a sentir que nuestra identidad es la que os he dicho: servidores y cuidadores.

Otra fotografía: san José ilumina y comunica vida. «Cuando despertó san José, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor». Estas palabras las escuchamos en un momento de la vida de la Iglesia en la que necesitamos dinamismos misioneros; esos que llevan a ser sal y luz en nuestro mundo; que hacen posible que en el mundo aparezcan otros sabores y otras iluminaciones que sin temor alguno nos llevan a un compromiso cada día más fuerte en la tarea evangelizadora, lo cual requiere que la respuesta sea precisamente al amor de Dios, que nos convoca a la misión. San José nos enseña que el problema no es el exceso de actividades, sino las motivaciones desde donde hacemos las cosas. Para san José, que tuvo que hacer tantas cosas, desde buscar un lugar para que naciese el Salvador de los hombres, trabajar para sacar adelante a la familia, hacerse migrante para salvar a su hijo, pasar desapercibido para que el que protagonizase la vida fuese Dios y no él… San José prestó atención a las personas que tenía a su lado, y vivió con la ilusión de colaborar en el misterio de la encarnación, y lo hizo en el silencio, dejando cultivar aquello que genera luz siempre. Qué fuerza, qué belleza tiene ponerse a vivir en el servicio y comunicar vida siempre, como lo hizo san José.

Y tercera –y termino– fotografía: valentía. San José muestra valentía y creatividad. En los hombres, la valentía y la creatividad surgen cuando encontramos dificultades. Son ellas las que nos hacen creativos y buscar recursos. Hoy, con todos los medios de comunicación que tenemos, sentimos el deseo de vivir juntos, de vivir de cara los unos con los otros, de no darnos la espalda ante las dificultades que surgen en algunos. Palabras como estas: mezclarnos, encontrarnos, darnos la manos, apoyarnos, que podamos convertir nuestra vida en una experiencia viva de fraternidad, de solidaridad, de comunicación con todos… Queridos hermanos: si estas palabras las ponemos en juego y nos hacen salir de nosotros mismos para hacer el bien siempre, qué bueno y qué sanador sería. San José percibió que lo que Dios le pedía requería valentía y creatividad. No se arredró ante las dificultades: iban a matar a los niños, y se marchó. Respondió a Dios así: «Hizo lo que le había mandado el ángel del Señor, y acogió a su mujer». No se encerró en sí mismo. Encerrarse envenena las relaciones; amarga la vida de uno mismo y enferma las relaciones con los demás. Perdemos todos, queridos hermanos. La respuesta de san José no es egoísta: es de entrega de la vida a lo que le pide Dios en ese momento. Él es reflejo de la paternidad de Dios en Jesús. La respuesta de san José es sanadora y es creativa.

Y termino ya. En la carta lo digo como conclusión. Os digo lo que dijo Dios a san José, porque eso es lo que nos dice a nosotros Dios en estos momentos: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre». Esto nos pide el Señor. Ponte en pie. Toma a Dios y toma a María. En este año de san José y de la Familia, pidamos con fuerza al Señor que nos haga entender la ley del amor. El Papa Francisco, a través de todas las exhortaciones y de las encíclicas que nos ha regalado, no está invitando a la misión. Quiere que la hagamos cuidando nuestro mundo y sabiéndonos hermanos de todos los hombres. Es un momento importante. Es un momento en el que nos viene bien escuchar las palabras del apóstol Pablo: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien». O aquellas otras, también de Pablo: «No nos cansemos de hacer el bien». Quizá este paso de paradigma en el que os he estado insistiendo durante estas charlas cuaresmales, del bienestar al del cuidado, al que nos está llevando esta pandemia, nos ayude a permanecer en el amor fraterno y a no dejarnos robar este ideal, que es el que quiere suscitar Dios en este mundo. El Papa Benedicto XVI nos decía: «Es importante saber que la primera palabra, la iniciativa verdadera, la actividad verdadera viene de Dios, y solo si entramos en esta iniciativa divina, solo si imploramos esta iniciativa divina, podremos también ser –con Él y en Él– evangelizadores». Entremos en esta iniciativa a la que nos invita san José.

Pues muchas gracias. Esperemos que este tiempo de Cuaresma que nos queda por vivir le pidamos al Señor la conversión. Los cristianos no podemos hablar con conceptos abstractos, sino formular la vida a través también de lo que significa la persona misma de Jesucristo, y acercar a la realidad de quienes nos rodean la persona misma del Señor. Perdón, reconciliación, misericordia, abajarse, amor de Dios.. son palabras nuestras. San José intercede para que las vivamos, porque las vivió junto a Jesús, junto a María.

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