Catequesis

Viernes, 09 abril 2021 14:53

Vigilia de oración con jóvenes (2-04-2021)

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Esta página del Evangelio que acabamos de proclamar, después de haber escuchado también las últimas palabras de Jesús en este mundo, nos ayuda a entender algo que creo que es fundamental. Todos vosotros sabéis que lo que nos hace a los seres humanos estar en pie son precisamente nuestros pies. Nos hacen, dan la posibilidad de permanecer en pie, porque son fundamento también de nuestra vida para relacionarnos, para caminar, para estar junto a otros, para trasladarnos. A Jesús no le pudieron quebrar las piernas. No le quitaron el que Él, aun en la cruz, pudiese sostenerse con sus pies. Y es que Dios es el fundamento de nuestra vida. Dios nos sostiene. Dios nos lanza a los caminos. Dios nos invita a estar con los demás. Dios hace posible que nuestra vida no la vivamos solamente de cara a nosotros mismos, sino a Él. Qué importante es que en este Viernes Santo nosotros, no solamente hayamos podido escuchar las últimas palabras de Jesús, que tienen un contenido especial, sino ver cómo el Señor nos pide que le tengamos a Él como fundamento de nuestra vida, lo mismo que tenemos nuestros pies. Pero que Él sea fundamento para poder hacer algo en esta tierra y en este mundo. Para arreglar de alguna forma esta historia.

En segundo lugar, si os habéis dado cuenta, Jesús, nos dice el Evangelio, que no le traspasaron las piernas, o no se las quebraron. Pero un soldado, con la lanza, le traspasó el costado, se la clavó en el corazón. Salió agua. Sangre. La sangre es signo de vida. Es signo de vida. Como el agua. Es signo de vida. Y es que Jesús no solamente nos quiere decir que el fundamento de nuestra existencia está en Dios, sino que Él es la vida. La vida de todos los hombres.

Pero Jesús, desde el principio, y en tercer lugar, necesitó de testigos. Necesita de testigos que evidencien que esto es cierto. Por eso el Evangelio, si os habéis dado cuenta, nos ha dicho: «El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero». Dar testimonio. Eso nos pide el Señor. Él es el que nos sostiene. Él es la vida de los hombres. Y tenemos que testificar esto en medio de este mundo. ¿Cómo lo tenemos que hacer? Hay tres realidades que aparecen en las siete últimas palabras que pronunció Jesús.

«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Acojamos la belleza del perdón. El Papa Francisco, como os dije también el mes pasado, en la encíclica última Fratelli tutti, Hermanos todos, nos habla que precisamente para verificar que somos hermanos tenemos que perdonar. La belleza del perdón es clara. El mundo puede hacerse cada vez más humano si es que introducimos el perdón. Pero si no introducimos el rostro del perdón, que es esencial en el Evangelio, no haremos un mundo más humano. Y el perdón tiene que manifestarse en el mundo. Tiene que estar presente. Porque tiene que estar presente el amor, que es más fuerte que el pecado. El perdón siempre rehabilita. El perdón hace un nosotros, no el otro. Cuando no perdonamos, el otro. Cuando perdonamos, nos situamos en el nosotros. Qué preciosa es esta palabra de Jesús: el perdón.

En segundo lugar, la segunda palabra de Jesús: «Yo te aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso». Qué importante es para nuestra vida precisamente el dar en todas las situaciones que vivamos respuestas de amor, como la de Jesús. Aquel hombre que pide que tenga compasión de él, que tenga pasión. «Acuérdate de mí». Qué respuesta más preciosa la de Jesús. Respuesta de amor. Sabemos que ha sido Dios quien nos ha amado primero. Qué maravilla hacer de la vida una entrega personal para manifestar precisamente este amor.

El Señor nos hace también un regalo: a su madre. «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre». Palabras bellas. Palabras que nos hacen sentir que María, la madre de Jesús, es nuestra madre y camina con nosotros. Que nos hace descubrir que hay que caminar como María. Como hizo Ella, que marchó a dar la noticia a su prima Isabel e hizo saltar de gozo a un niño que Isabel llevaba en su vientre, Juan Bautista, e hizo y provocó a Isabel que prorrumpiese en aquellas palabras: «Dichosa tú que has creído, que lo que ha dicho el Señor se cumplirá». A esta mujer la necesitamos. Para que nuestra madre nos enseñe esto: a confesar, a confesar a Dios. Se es testigo del Señor cuando se le confiesa con nuestra vid. Y María quiere enseñarnos a realizar esta confesión. Dejémonos siempre sorprender por Dios, como lo hizo María nuestra madre. Dejemos que nos acompañe. Yo os quiero decir a vosotros, jóvenes, que no es retrógrado ni es no sé qué otra cosa el tener cercanía a la Virgen. Vendréis muchas veces por Madrid, por el centro, por aquí. No os olvidéis de este gesto: venir y subir esas escaleras, y acercaros a María simplemente para decirle: «Aquí estoy. Ayúdame, madre». Seguro que algo recibís de Ella. Esto no es una niñería. Esta es una decisión de nuestra vida, de tenerla como madre, y de expresarlo de alguna manera -ya sabemos que no hay que venir aquí necesariamente, pero es una manera de expresarlo. Esta catedral es el santuario de nuestra madre, la patrona de Madrid. Que además tiene en sus manos a su Hijo, que está como tirándolo para echárnoslo a nosotros, y que lo acojamos.

Otra palabra de Jesús: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Qué importante es darnos cuenta a veces que tenemos una experiencia grande de un abandono. Grande. ¿Os imagináis a nuestra humanidad, en estos momentos de la pandemia, cómo está viviendo? Siente abandono. Siente abandono. Y, sin embargo, Jesús nuestro Señor está a nuestro lado. ¿Y cómo hacer ver que Dios no ha abandonado a los hombres? Pues psando de querer construir una convivencia entre nosotros sin principios a construirla con principios. Dad y se os dará. No condenéis. Perdonad siempre. Ciertamente, ese abandono Jesús lo dice, pero siente que Dios está con Él. Ser imagen y semejanza de Dios, ser retrato de Dios cada uno de nosotros, nos hace no sentirnos abandonados. Nunca. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

Cuando yo era arzobispo de Valencia, sabía que los fines de semana había muchos jóvenes que querían terminar con su vida. Pregunté un día por qué no…, qué datos había. La respuesta que me dieron era que si los daban, creaban una turbación en la sociedad. He vuelto a preguntarlo. Y es verdad: hay jóvenes que sienten abandono. Ojalá nosotros seamos capaces de vivir esa bienaventuranza. Esa bienaventuranza de saber acoger, de saber hacer visible cada día ese amor incondicional, para que todos encuentren un camino con el mismo amor que nosotros lo hemos encontrado, para reconocer que Jesucristo es nuestro Señor y nuestro camino. El que se siente abandonado, quizá a veces no encuentra el sentido que tiene su vida.

«Tengo sed», dijo el Señor también. «Tengo sed». Sed de entregar la verdad y el verdadero amor. Sed de comprometerme a engendrar en vosotros, diría el Señor, el amor a la verdad. Porque el amor tiene origen en Dios. Y siempre mueve y remueve a la persona, y la compromete con valentía a construir la vida de uno mismo y de los demás, dando rostro a Jesús. «Tengo sed», dijo el Señor. Tengo sed de vosotros, para que en medio de las dificultades seamos capaces de pasear por este mundo recogiendo a todo el que está gritando, como el ciego Bartimeo, del que os hablaba yo el año pasado en la carta pastoral que escribía al inicio de curso. La respuesta de Jesús: «¿Qué quieres que haga por ti?». ¿Qué quieres? ¿Qué deseas? «Tengo sed».

«Todo está cumplido». El Señor nos habla con esta expresión. Al final de la vida todo pasa: tu honor, tus esperanzas, tus luchas. «Todo está cumplido». Todo. Y, sin embargo, cuando estamos hablando hoy de que tenemos que construir la cultura del encuentro, esa cultura alcanza su plenitud en este Viernes Santo, en estas palabras de Jesús: «Todo está cumplido». Ojalá hagamos posible que tengamos lugares que se conviertan en verdaderas escuelas de encuentro. En estas palabras de Jesús, «todo está cumplido», hay un deseo tremendo de haber realizado todo por que los hombres se encontraran con Dios y descubrieran de verdad lo que es ser humano, lo que es ser persona. «Todo está cumplido». Él lo ha hecho. Ha paseado por este mundo, ha tomado rostro humano, ha paseado con los hombres, nos ha dado la vida, nos ha manifestado dónde está el «quid» verdadero para engrandecer nuestra vida. Entremos a construir la cultura del encuentro, que comienza por encontrarnos con Dios para encontrarnos de verdad con los hermanos. No nos encontraremos con los demás de verdad, en la profundidad que tenemos que encontrarnos, si nos nos encontramos con los hermanos.

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». ¿Quien nos arrastra? ¿Quién? ¿Quién nos da de verdad a nosotros el verdadero sentido que tiene nuestra vida? Yo os invito a que descubramos lo esencial para vivir. No caigamos en el desierto espiritual. No caigamos en ese construir una vida sin Dios. Eso elimina la alegría y somete al ser humano a una experiencia terrible de desierto, de vacío, de lo que es el valor esencial para vivir. El Papa Francisco nos lo ha dicho, y os lo ha dicho a vosotros, los jóvenes, cuando os propone que seáis personas «cántaros», es decir, personas que estáis llamadas a dar de beber a los demás, porque tenéis contenido en vuestra existencia. Personas que os reveláis ante una cultura de lo provisional, que nos cree incapaces de amar y de ser felices desde el fondo de nuestro ser. Hagamos felices a los demás. «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

Seamos artesanos, queridos amigos, de futuro. Seamos profetas de la bondad de Dios. Y ello con los valores de la belleza, de la bondad, de la verdad. Hay que ser valientes para hacer cosas grandes y para no caer en la mediocridad. Cuando hacéis música, cuando hacéis teatro, cuando cantáis, en el fondo está el deseo de belleza. Y eso lo hacéis muy bien los jóvenes, porque tenéis deseo de belleza. El mundo desde luego parece como relativo, donde se predica que lo importante es disfrutar el momento y no comprometerse con las personas y con opciones definitivas. No aceptéis esto. ¡Sed revolucionaros en esto!. Pero no «de pandereta». No revolucionarios «de pandereta», que los hay también. Sino entregando misericordia, que es la manera de ser de Dios, y que nos ha revelado Jesús. «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu».

Hoy, en este Viernes Santo, el Señor nos ha convocado a todos nosotros. Nos convoca a vivir la misericordia. A regalar la misericordia. ¿Y qué es la misericordia? Recoged el capítulo 25 del evangelio de Mateo: «”Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. “¿Pero, cuándo te hemos visto, Señor?”. “Cuando se lo habéis hecho a alguno de mis hermanos, a mí me lo estábais haciendo”». Ponerse en manos de Dios, como Jesús, es lo que el Señor nos pide a nosotros en esta noche del Viernes Santo. Pero para esto, remitíos al Evangelio que hemos proclamado. Hay que estar con fundamentos. Sin piernas quebradas, como Jesús. Con un corazón lleno en vida, del cual sale sangre y agua. ¡La vida! Y queremos entregársela así a los demás.

Que el Señor nos bendiga a todos. Y que sepamos regalar esto a todos los jóvenes de Madrid. Amén.

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