Catequesis

Miércoles, 12 mayo 2021 15:35

Vigilia de oración con jóvenes (7-05-2021)

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Hay momentos y circunstancias en la vida en que es necesario, en los que necesitamos escuchar a Jesús. Oír al Señor. Que nos dice que nos ama. Que nos afirma que somos sus amigos: es un gran título el que nos da. Y, en tercer lugar, que nos convence de que aquí no estamos por casualidad. Hemos sido elegidos. Elegidos para ser miembros de su pueblo. Elegidos para anunciar las maravillas de Dios. Lo habéis escuchado en esta página del Evangelio, en el capítulo 15 del Evangelio de san Juan que quizá tantas veces en nuestra vida hemos escuchado. Sí. «Como el Padre me ha amado, así, de la misma manera, os he amado yo». La altura espiritual de una vida humana está marcada por el amor, queridos amigos. Incluso, yo diría, la altura humana está marcada por el amor. Porque es el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. ¿Qué es esa vida humana? ¿Qué hace? ¿Qué hizo? ¿Qué hizo? ¿Se entretuvo en la vida? ¿Pasó por este mundo quizá haciendo muchas cosas pero viviendo para sí mismo? ¿O de verdad amó?

Como os decía, la altura de la vida espiritual y humana de cualquier ser humano está marcada por el amor. Concentrar la atención en el otro, recogiendo una afirmación de san Agustín que nos ofrece santo Tomás, y que nos dice que precisamente concentrar la atención en el otro es mucho más que una serie de acciones benéficas, por muchas que a lo mejor hagamos y en el fondo estén tranquilizando nuestra conciencia. Pero no amamos. El Señor, como habéis visto, nos ha hecho una afirmación: no es una conquista nuestra. «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo». «Yo os amo. Yo os quiero. No estáis solos en la vida. No sois unos seres humanos que, tirados en este mundo, camináis… No. Estáis caminando. Pero, en cualquier sitio que os encontréis, en la luz más abundante o en la oscuridad más grande, yo os amo. Así como me ha amado el Padre, os amo yo». Y el Señor nos invita a permanecer en ese amor. Es precioso leer la encíclica del Papa Francisco, Fratelli tutti, la última que ha escrito, cuando nos habla de la fraternidad en el mundo. Que es inentendible a veces para personas que no creen, aunque también hay mucha gente que, bueno, quiere construir esa fraternidad. Pero quizá la queremos construir desde nosotros mismos: desde nuestras fuerzas, desde nuestra inteligencia... Pero es que Dios simplemente nos dice que nos ama. Y que eso que hace Él, eso que nos da Él, lo regalemos. E instauremos la fraternidad en este mundo. En estos momentos de la historia que está viviendo la humanidad, donde hay rupturas, divisiones, enfrentamientos por cualquier cosa: un enfrentamiento, una división, un lío…, ¡Qué importante es para los discípulos de Cristo el acoger y el ser conscientes de que Dios me ama!. Que me ha regalado su amor. Y que lo único que me pide es que yo lo entregue. Que yo lo difunda. Que yo lo entregue. Que yo lo transmita.

Queridos amigos: este es un momento de la historia clave para nosotros. Y un momento de la historia clave para acoger esta Palabra del Señor con todas las consecuencias. Hay momentos en que alguien se tiene que fijar en aquello que es más importante para transformar este mundo; para cambiar el corazón y la vida de los hombres; para cambiar el derrotero de la historia cuando el derrotero va por caminos de enfrentamiento, de división, de ruptura… Es necesario que los discípulos de Jesús caigamos en la cuenta de esto que nos dice el Señor: «Como el Padre me ha amado, os amo yo». «Lo único que os pido es que permanezcáis en mi amor». «Si guardáis mis mandamientos». Y, si recordáis, en el Evangelio, el Señor, cuando aquel muchacho joven le pregunta «¿quién es mi prójimo?», él contesta con aquella parábola preciosa del buen samaritano. Pero contesta antes, cuando le pregunta también: «¿cuál es el mandamiento principal?». «Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a uno mismo». Es verdad que en este mundo que estamos construyendo, y a veces en esta cultura, como que queremos retirar a Dios. Y retirar a Dios es un suicidio de la humanidad. Es el suicidio de la humanidad. Porque la humanidad camina, y camina de la mano, cuando vive de este amor de Dios. Y cuando regalan este amor de Dios los hombres, los convencidos, los que al Señor un día les tocó el corazón, como nos toca a nosotros esta noche y nos dice: permaneced en mi amor.

En segundo lugar, Jesús nos llama amigos. Sabéis lo bonito que sería que el gran título nuestro, de los que nos reunimos aquí todos los primeros viernes mes, el gran título de este movimiento que al fin y al cabo es un movimiento al que pertenece gente de muchos movimientos, de parroquias, de otros… pero lo más importante es que aquí nos reunimos los amigos de Jesús. Los amigos de Jesús. Este es el gran… Imaginemos que cuando salgamos, si nos preguntan: «¿qué hacéis?», podamos responder: «nos hemos reunido los amigos de Jesús». El Señor nos explica lo que es ser amigo de Jesús. «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando». ¿Y qué nos manda el Señor? ¿Qué es lo que quiere el Señor? Que nos ocupemos de los demás. Os hablaba antes de esa parábola del buen samaritano: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó». Paseaba un hombre en pleno año 2021. Paseaba. Le rompieron, le quitaron el trabajo, le quitaron la vida, le quitaron amistad. Al lado de él pasó mucha gente. Podemos ser nosotros los que pasamos al lado de él. Pero quizá pasamos de largo: no nos detenemos, aunque sea para hablar un momento. Porque cuando nos detenemos ante las personas descubrimos que quizá lo que más necesitan es que alguien las escuche y las ame. En este tiempo de pandemia que aún estamos viviendo quizá la tragedia más grande es tanta y tanta gente que ha vivido la soledad más grande. Tanta. Porque no podían moverse de casa porque eran mayores, por el miedo que tenían... Por tantas cosas. Tanta gente. Nadie... «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando». Es decir, si os arrodilláis ante la persona que encontréis, si la escucháis.... A veces esa es la curación que necesita. Ese es el vendaje que necesita: escucharla. Si no la dejáis sola. Si una vez que conocéis, la conocemos, continuamos ofreciéndole nuestra amistad y nuestra preocupación. Concentrar la atención en el otro.

El amor, queridos amigos, es mucho más, Mucho más, que una serie de acciones benéficas. Mucho más. Las acciones brotan de una unión que inclina más y más hacia el otro. Cuanto más amor se tiene, cuanto más se vive el amor de Jesús y uno se siente amado, más quiere el amigo de Jesús entregar esa amistad a otro. Que es amarle, en definitiva. Considerando siempre al otro más valioso, digno, grato, bello.... más allá de las apariencias físicas e incluso morales. Es mi hermano, haga lo que haga. ¿Y qué le regalo yo? Mi amistad. La de Jesús. Somos los amigos de Jesús.

Y, en tercer lugar, no solamente el Señor nos regala su amor; no solamente el Señor nos dice «sois mis amigos», este es vuestro título: amigos de Jesús; sino que el Señor nos dice, además: «os he elegido». No estáis aquí por pura casualidad. No estáis aquí por pura casualidad. No. Hay muchos más jóvenes en muchas partes de la tierra. Hay muchos más jóvenes en Madrid quizá, que tienen otra manera de pensar, que no han conocido al Señor, que no perciben o no experimentan de alguna manera lo que es la pertenencia al pueblo que ha fundado Jesucristo, al pueblo de Dios. Y nosotros tenemos la dicha y la gracia de saber que somos miembros de este pueblo de Jesús; no solamente amigos de Jesús, miembros de este pueblo que caminamos por este mundo ofreciendo lo que Jesús nos ha dado a cada uno de nosotros: su amor, su amistad, y hacerles ver también a todos que Dios les elige para ser su pueblo. «No me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure».

Queridos amigos: es una maravilla esto, ¿no? Tener aquí a Jesucristo nuestro Señor en el misterio de la Eucaristía. Dejarnos ver por el Señor y poderle decir hoy, en este mes de mayo, cuando hemos rezado antes un misterio del rosario, que quizá esta mujer excepcional, este ser humano único, María, que pudo decir a Dios: «proclama mi alma la grandeza del Señor», con toda su vida proclamó la grandeza de Dios. Este Jesús que nos mira, yque  esta noche nos acoge aquí; este Jesús nos ha dicho: «os amo. Permaneced en mi amor. Regalad este amor a la humanidad. No regaléis retales. La altura vuestra, la altura de vuestra vida, está marcada por mi amor. Regalad mi amor. Concentrad la atención en lo más importante, que es el otro». «Hacedlo, diría Jesús, porque sois mis amigos». Sois los amigos de Jesús. Esto es lo que ha sucedido en Madrid cuando hace años yo llegaba aquí y, el mismo día que tomaba posesión de la diócesis, anuncié que nos íbamos a reunir todos los primeros viernes de mes. Y lo hemos hecho. A pesar de la pandemia. Todos los primeros viernes de mes, a rezar ante el Señor. Hemos creado un movimiento: los amigos de Jesús. Que unos serán, pues, están en los franciscanos... Pero que, unidos al obispo, todos los demás títulos son válidos, porque os han hecho crecer en el Señor, pero lo más importante es que sois los amigos de Jesús. Y, además, que habéis sido elegidos por Él.

Nuestras acciones han de brotar de una visión y de una unión que nos incline hacia el otro. Como os decía antes, más allá de las apariencias físicas o morales. Y esto es lo que engendrará eso que el Papa Francisco llama la amistad socia. Que no excluye a nadie. Tampoco al que no cree como nosotros. No excluye. Porque es una fraternidad, la que nosotros aprendemos de Jesús, que está abierta a todos los hombres. A Jesús le criticaron por la amistad social que establecía con la samaritana. Los judíos no se llevaban con la samaritana. ¿Cómo un judío puede ponerse en relación? Pues Jesús abre nuestro corazón para que entremos en relación con todos los hombres.

Amados. Amigos de Jesús. Y elegidos por Jesús. Que así vivamos siempre.

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