Catequesis

Martes, 08 junio 2021 15:18

Vigilia de oración con jóvenes (4-06-2021)

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Estamos en estas ante vísperas del Corpus Christi. De esta fiesta que la Iglesia tiene para que nosotros descubramos con más hondura el misterio de la Eucaristía. Este misterio que nosotros estamos contemplando. Este misterio que hace maravillas.

Recuerdo, al llegar a Madrid, haber conocido a una pareja. Él era de aquí, de Madrid, pero por su profesión había estado trabajando en Japón. Allí conoció a su mujer, que venía con él. Esta mujer, ¿dónde hace su conversión? Ella me contaba que un día, cuando eran novios, su marido, su futuro marido entonces, la llevó a una iglesia católica en Japón, donde estaba expuesto el Señor, en la tarde. Su marido se arrodilló. Ella lo imitó, por respeto también, no porque creyese en esos momentos en la Eucaristía. Pero ella me narraba lo que experimentó en su vida cuando su novio, su actual marido, decía que los cristianos creíamos en la presencia real de Jesucristo en el misterio de la Eucaristía. Y me contaba la conmoción que su vida experimentó. De tal manera que por las tardes, cuando salía del trabajo, pasaba por aquella capilla donde había exposición del Santísimo. No sé la catequesis que le daría Nuestro Señor en el silencio de su corazón, pero ciertamente ella pidió la admisión a la Iglesia y el Bautismo por aquella experiencia de contemplación de Jesucristo Nuestro Señor en el misterio de la Eucaristía.

¿Por qué os cuento esto? Os lo cuento porque quisiera que esta catequesis que os regalo hoy... Cuando anoche estaba pensando cómo podía explicaros esto, pensé en tres expresiones que a mi modo de ver son especialmente importantes para nuestra vida. El Evangelio nos ha dicho cómo Nuestro Señor se reúne con los discípulos, y cómo el Señor tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y les dijo: «Tomad», como hemos escuchado en el Evangelio. «Esto es mi cuerpo. Tomad y comed. Esto es mi cuerpo». Sería como el primer punto de esta catequesis. El segundo es: «Tomad y bebed. Esta es mi sangre. Que por vosotros y por muchos», es decir, por todos los hombres, «va a ser derramada». Y la tercera parte: contemplemos la presencia de una vida entregada. Y entregada por amor. Sobre estos tres aspectos os querría decir lo que yo en mi corazón anoche, contemplando al Señor, escribía en mi capilla.

Tomad. Esto es mi cuerpo. El Evangelio que acabamos de proclamar está marcado por este gesto de Jesús. Este gesto que nos sitúa a todos nosotros en la última cena. Nos dice el texto: «Mientras comían, tomó el pan y pronunció la bendición. Lo partió y se lo dio, diciendo: esto es mi cuerpo». Esta sencilla expresión, «esto es mi cuerpo», tiene un significado muy claro, muy claro, muy claro. En la antropología judía, en el modo de entender al ser humano que tienen los judíos, el cuerpo indica toda la persona. No solamente lo externo, sino alma, vida, corazón. Todo. Jesús quiere decir: «Esto soy yo mismo. Esto soy yo mismo. Tomadlo. Tomadlo. Alimentaos de mí». Que es como si nos dijera, o como si nos dijese a nosotros esta noche: «Este pan que llevo en mis manos soy yo mismo». Y esto es lo que nos dice el Señor: «Soy yo mismo el que está delante de vosotros. Es mi propia persona. Y esta persona se parte y se reparte. Y es mi persona. Es mi forma de vivir. Y mi forma de morir. Que es amando a los demás. Haced esto en memoria mía». Esto es lo que recibimos los discípulos de Cristo en el misterio de la Eucaristía. No es otra cosa distinta.

Por defender la dignidad de todos, diría Jesús, poniéndome al lado de todos los hombres, y de los que más necesitan, de los pobres, de los enfermos, de los que están tirados por el camino, yo he querido dar mi vida. Quiero dar mi vida. Pero deseo que vosotros toméis parte. Y, por eso, os digo: «Tomad. Esto es mi cuerpo. Es toda mi persona la que os doy. Para que la hagáis vuestra en vuestra vida». En definitiva, para que organicemos nuestra vida, no de cualquier forma, sino por un amor inmenso.

Ahora venía de confirmar en un barrio. Se han confirmado adultos. Gente ya mayor. Madres de familia. Bueno, Jesús, en el sacramento de la Confirmación, nos da su Espíritu. Su fuerza. Su amor. Su entrega. «Tomad y comed». Cuando esto lo hagáis, cuando lo oigáis cuando celebramos la Eucaristía, o cuando estamos así ante Nuestro Señor, pensad esto que os decía. Jesús dice: «Soy yo mismo. Yo mismo. Es mi propia persona. Es mi persona la que se os da. Es mi forma de vivir. Y también es mi forma de morir. Por amor a los demás. Por defender la dignidad real del ser humano. Que solamente se defiende con amor.

En segundo lugar, el Señor nos ha dicho también: «Tomad y bebed. Esta es mi sangre». Derramada. En la traducción... muchos, en el lenguaje de Nuestro Señor, son todos. Todos. Por eso, el Papa Benedicto XVI quiso que dijésemos las mismas palabras que dijo Jesús: muchos. Que a los que hablamos castellano nos parece que no son todos. Pues son todos. Es por muchos. La sangre para los judíos era la vida. Era la vida. No digo que era un signo de vida. Sino que era la vida. La vida misma. «Tomad y bebed. Es mi vida la que os doy».

En el pan y el vino está la presencia de una vida vivida como don. ¿Veis? Que sería la tercera cosa: «Tomad y comed. Esta es mi persona». «Tomad y bebed». «Os doy mi vida». Esta presencia de mi vida dada a todos y entregada por todos, este gesto que Jesús ha hecho; que rompiendo el pan de su vida hasta su muerte, que ha compartido con todos los hombres su tiempo, su amistad, su vida, su reino… eso que nos entrega, es un don. Y comparte con nosotros este don.

La despedida de Jesús, aún siendo triste y dolorosa, está llena de esperanza. Para Jesús, hay un más allá, donde se consuma el reino. Hay un más allá, donde se logra yo diría que alegrar de verdad el corazón humano. Jesús se compromete, o nos dice, que no tomemos más el mundo viejo; que tomemos el mundo nuevo; que quitemos la oscuridad que habita este mundo, y que regalemos para los otros la claridad que viene de Jesús. Regalemos claridad. El mundo nuevo vendrá a pesar de la aparente derrota que Jesús ha tenido en la muerte. Vendrá precisamente por el don de sí mismo. De un Dios que da todo. Y que nos da todo. Para que bebamos, no de nosotros, sino de Él. Él es la vida. «Haced esto en memoria mía». No nos dice Jesús: vamos a reflexionar un momento; vamos a editar no sé qué páginas de no sé qué cosas, bonitas; vamos a organizar un congreso. No. Jesús nos dice: «Haced esto en memoria mía». Es decir, esto que celebramos nosotros en la Eucaristía. Esto que estamos contemplando en estos momentos nosotros. «Tomad y comed».

Gracias, Señor, por darme tu vida. Por darme tu corazón. Me das tu vida misma. Me das tu forma de vivir. Y yo la quiero acoger en mi vida. Y por eso me alimento de ti. Me das tu sangre. Me das la vida. La vida misma. Sin ti no tengo vida. Sin ti, se me acaba la esperanza.

Haced esto: entregar la vida para la salvación de los hombres. Esto es lo que tenemos que hacer. Entregar la vida. Un discípulo de Jesús, ¿quién es? Un hombre y una mujer que pasean por este mundo viviendo esa comunión plena con el Señor. Habiendo aceptado esto que nos dice Jesús: «Haced esto en memoria mía». Y pasean por la vida entregando la vida. Para todos los hombres. De tal modo, que la Eucaristía que celebramos es memoria viva. No solo porque actualiza la presencia entre nosotros, sino porque nos hace vivir como Él vivió. Nadie que celebra la Eucaristía sale fuera de la misma manera. Porque el Señor ha dicho: «Toma. Come. Soy Yo. Y tú tienes que ser Yo en ti. Bebe. Toma mi vida. Lánzate a entregarla. Convierte tu vida en un don».

Jesús viene a mostrarse en forma de alimento. No vive para aprovecharse de nosotros, y comernos. Daos cuenta de esto. No estamos en el mundo para aprovecharnos de los demás, y comérnoslos. De formas diversas lo hacemos. Sino al contrario: estamos para ofrecer la vida en forma de comida. Como Jesús. Para darla. Para entregarla. Para servir a los demás. En cada Eucaristía hay una fuerza liberadora para todos nosotros. La Eucaristía nos libera para vivir en comunión con todos los demás. La Eucaristía hace que nuestra vida se convierta en una mesa donde haya lugar absolutamente para todos. No excluimos a nadie. La Eucaristía se convierte en una forma de asumir el cómo tenemos que cuidarnos los unos a los otros.

Hoy la contemplamos. Esto es lo que hacemos los cristianos: contemplamos a Jesús, que es nuestra vida. Él nos da su vida. La contemplamos no solamente para decir qué buenos somos; sino que la contemplamos para decir al Señor: Señor, que cada día te entendamos más. Y entendamos más lo que tú nos dices cuando celebramos la Eucaristía: «Tomad. Comed. Tomad. Bebed». ¿Qué lugar ocupa la Eucaristía en mi vida? ¿Cómo es posible que a veces, celebrando juntos la Eucaristía, resulta que después salimos y vivimos pues, no sé, de una manera que no compartimos la vida, no compartimos nuestro amor, no compartimos nuestra entrega?

Por eso esta noche, en estas ante vísperas del Corpus Christi, esta fiesta de la Iglesia donde Jesús sale a las calles… En esta época de la pandemia no lo hemos podido hacer. Pero por lo menos salimos un momentito ahí, a la plaza. Pedimos al Señor: Señor, los jóvenes de Madrid quieren acoger hoy tu gesto de amor. Quieren dejarse asimilar por ti. A ti, que has venido para que todo ser humano tenga vida, los jóvenes de Madrid hoy te dicen: mi vida quiere ser para dar tu vida, Señor. Gracias por poderte contemplar esta noche. Y por poder sentir que tú bendices nuestras vidas.

Que así sea.

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