Catequesis

Jueves, 09 septiembre 2021 15:34

Vigilia de oración con jóvenes (3-09-2021)

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Buenas noches a todos. Seguro que habéis pasado un tiempo de descanso. Muchos, como habéis manifestado, habéis estado en ocupaciones muy diversas. Y comenzamos un curso más en estos encuentros de los viernes primeros de cada mes por la noche. Y lo hacemos con una página del Evangelio que habéis escuchado y que tiene una fuerza especial. «Effetá». Ábrete. La traducción más exacta sería «ábrete del todo», porque a veces no solamente tenemos cerrado el oído, sino también la lengua. Inmóvil. Cerrado el oído para escuchar, y también parada la lengua para comunicar. La pregunta quizá que nos hace el Señor esta noche a todos nosotros es esta: ¿estaremos cerrados en nosotros mismos? ¿Estaremos inmersos en ocuparnos solo de nosotros? Y hay tres palabras que marcan dirección en esta página del Evangelio que se proclama este próximo domingo, esta página preciosa, esta página que nos hace abrirnos ciertamente a los demás. Marcos lo hace con mucha claridad. Esta orden de Jesús dirigida al sordomudo, esta palabra de Jesús en arameo, «Effetá», es también para nosotros hoy, y es para todos los hombres. «Ábrete del todo». A mí me parece que esta es la mejor traducción: que todo en nosotros sea apertura para escuchar la voz del Espíritu. Que sea apertura para escuchar la voz de la vida en nuestro corazón. «Ábrete del todo». ¿No estaremos cerrados demasiado en nosotros mismos?

Tres palabras sintetizan esta página del Evangelio: encuentro, incomunicación y salvación.

Encuentro. Jesús se encuentra con un hombre que tiene cerrado el oído y la lengua. Un hombre que es esclavo de su sordera y esclavo de su tartamudez. Ni entiende lo que le dicen, ni puede decir lo que él quiere. Está encerrado en sí mismo. Pero, sin embargo, hay algo excepcional en el encuentro con Jesús. Jesús está atravesando la Decápolis, que sería la actual Siria o Jordania, lugares que son hoy de mucha actualidad. Y le presentan a un hombre que tiene cerrado el oído y cerrada la lengua. Como os decía, es un hombre esclavo de su propia sordera y tartamudez. No logra entender lo que dicen, y no puede decir lo que quiere. Vive encerrado en sí mismo. Es incapaz de escuchar y de hablar. Así no puede conversar con los demás. No puede tener un coloquio con los demás.

Este sordomudo del Evangelio de hoy, de este próximo domingo, es una figura representativa de muchas de las cerrazones que tenemos también en nuestra vida como discípulos de Jesús. ¿Nos atrevemos a escuchar al Señor? El sordomudo representa las resistencias que tenemos a abrirnos al Señor. A su gran amor. A su vida. Resistirnos a vivir relaciones auténticas. A vivir en la libertad interior. A todo lo que construye y nos hace vivir plenamente. Si os dais cuenta, la soledad se ha convertido en una de las plagas más tremendas que existen en nuestra sociedad. Los niños no tienen con quién hablar; los más mayores casi permanecen en incomunicación, porque cuando llegan a casa están muy cansados, y lo que tienen es ganas de descansar; a los ancianos los retiramos de nuestro lado, los ponemos a veces en ‘jaulitas a veces de oro’, pero en la soledad más grande que puede existir... Quizá exagero, pero en la exageración se puede descubrir la realidad que estamos viviendo siempre en estos momentos.

El sordomudo del Evangelio es hoy una figura representativa de nuestra cerrazón como discípulos. Y hoy, el Señor, ante su presencia real en el misterio de la Eucaristía, nos invita a abrir nuestra vida. Nos invita a tener unas relaciones auténticas. A descubrir lo que tenemos dentro de nosotros. El encuentro con Jesús cambió la vida de este sordomudo. Comenzó a oír, a escuchar, y comenzó a hablar. Dejémonos. Que el Señor nos encuentre. Pongámonos a tiro, para que el Señor entre en nuestra vida y nos quite las sorderas. Para oír nuestros propios gritos en lo más profundo de nuestra vida –que es aquello que necesitamos y queremos de verdad–, y para escuchar los gritos de las personas que viven a nuestro alrededor: de los niños, de los jóvenes, de los adultos, de los ancianos... Escuchemos. Y hablemos con ellos. El encuentro con Jesús siempre provoca el salir de nosotros mismos para buscar siempre a los demás. El encuentro con Jesús de este sordomudo hizo posible que ingresase otra vez en la sociedad, pero de una manera diferente: escuchando, oyendo y viviendo junto a los otros. Conversando. Descubriendo lo que es más importante y más necesario.

Encuentro. Que esta noche hagamos nosotros un pacto con Nuestro Señor y, al comenzar el curso, le digamos: «Señor, queremos iniciar este curso escuchándote. Danos voz. Danos tus palabras. Danos tu manera de relacionarte con los demás. Tú quieres que estemos junto a los otros. Tú deseas que seamos hilo de comunicación con aquellos que nos rodean».

Primera palabra: encuentro. Segunda: incomunicación. Incomunicados porque, como os decía, ni escuchamos, ni hablamos. Nos resistimos a abrirnos a Dios y a los demás.

Es impresionante ver cómo la cultura en la que estamos intenta retirar a Dios. Echarlo. Pero, en el fondo, intenta también retirar a los demás. Porque los demás nos valen tanto en cuanto en tanto nos sirven. Abrirnos al amor sin límite. Esto es lo que hace Jesús con este hombre. Abrirnos a la vida es lo que hace Jesús con este hombre. Sí. «Effetá».

San Juan Pablo II, aquí, en España, cuando vino a Santiago de Compostela, dio un grito y dijo: «¡Europa, sé tú misma!». «Comunica lo que tienes. Lo que recibiste. No te dejes arrastrar por la cultura de la superficialidad, del ruido, de las prisas… No seas sordomuda ante la vida».

Si vivimos fuera de nosotros mismos, si no somos capaces de entrar en nuestro interior, ciertamente hay una incomunicación terrible. Terrible. Una incomunicación. La sordera para escuchar a Dios en nuestro mundo existe. Pero, por otra parte, se está dando algo precioso. Y lo estáis haciendo vosotros, los jóvenes. Estáis viviendo. Y necesitando escuchar a Dios. Y quizás sois los que más estáis percibiendo la necesidad de Dios en vuestra vida. Y hay grupos y grupos de jóvenes que están volviendo a descubrir la necesidad de escuchar al Señor; de reinterpretar su modo de vivir, no desde cualquiera, sino desde Jesucristo mismo.

Sí. Encuentro. Incomunicación. Y, en tercer lugar, salvación. Necesitamos de la fuerza vital de Jesucristo. Necesitamos de esos oídos que escuchan lo más interior de nosotros, y escuchan a los demás; de esa lengua que sabe entregar palabras de vida a los otros. Habéis visto cómo, después, el Señor dice que con la saliva le tocó la lengua. La saliva era un signo terapéutico. Antiguamente, cuando ya no había saliva, la persona estaba muerta. No tenía vida. La saliva era signo de vida. Y cuando Jesús coge de su saliva para dársela a aquel hombre y devolverle la palabra, era un signo terapéutico; era un signo de fuerza, personal; de una presencia que cura; de un beso que une. Curar con saliva era curar con la propia vida. Y esto es lo que quiere hacer Jesús con nosotros, queridos jóvenes. Esto es lo que quiere hacer Jesús.

Él es la salvación. Él es la verdadera salvación de los hombres. Y nosotros lo experimentamos también en nuestra vida en muchos momentos. Mirando al cielo, Jesús suspira y le dice: «Effetá». Ese suspiro que Jesús deja escapar en el momento de tocar los oídos del sordo y su lengua significa que Él se identifica con los sufrimientos de la gente, y que participa de su desgracia, y que la hace suya, y que solidariza con nuestras sorderas. Y por eso dice: «Efferá». «Ábrete». «Ábrete del todo». Nos dice el Evangelio que se le soltó la lengua, trabada, y se le abrieron los oídos.

Queridos jóvenes: el gesto de Jesús curando al sordomudo encierra simbólicamente lo que Jesús quiere aportar a la humanidad. Y lo que Jesús nos quiere dar, y nos quiere dar a cada uno de nosotros. Jesús quiere que despertemos la vida de los hombres y de las mujeres; que despertemos la vida a su realidad más profunda: ayudarles a escuchar la llamada a vivir plenamente. Cristo es la luz. Es la luz. Hay que cerrar los ojos. Hay que dejarle entrar a Él, y descubrir cómo quiere trabajar en nosotros mismos. El contacto con Jesús y la fuerza de su imperativo, «Effetá», «Ábrete», suelta ataduras. Suelta las ataduras. Y nos permite pronunciar de nuevo la palabra.

Queridos amigos: ¿qué tiene que pasar para que se abran nuestros oídos al Evangelio? Ábrete a la comprensión. Ábrete a la ayuda. Ábrete a la solidaridad. Ábrete a dar la mano a aquel que no piensa como tú. Pero ábrete a Dios. Deja que entre Nuestro Señor en tu vida. El «Effetá» de Jesús no fue solamente para aquel sordo, sordomudo. El «Effetá» de Jesús es para ti y para mí.

Que el Señor, esta noche, y lo dirá la iglesia este próximo domingo: «Effetá». Despierta. Despierta todas tus potencialidades. Que a veces están adormecidas. Comunica el soplo de la vida de Dios a los hombres. Entrega ese soplo en el lugar donde estás y vives. Entrega vida y alegría.

Necesitamos escuchar la voz de Jesús. Siempre, queridos amigos. Por eso, el encuentro con Él es esencial. Hagámonos hoy encontradizos, porque nos sentimos sordos y mudos. Sintamos lo duro que es la incomunicación, pero la grandeza que tiene cuando además hace Dios esa comunicación con nosotros y lo dejamos entrar en nuestra vida. Porque es salvación. Somos otros. Para nosotros mismos, y para los demás. Dejémonos curar por Nuestro Señor.

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