Catequesis

Viernes, 11 marzo 2022 13:48

Vigilia de oración con jóvenes (4-03-2022)

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Delante de Nuestro Señor vamos a hacer la experiencia del desierto. Esta que Él vivió. Intentémonos trasladar a aquel momento, y hagamos esta experiencia.

Vamos al desierto con Jesús. Lo hacemos en estos momentos donde la humanidad está sometida a una crisis grande. La guerra de Ucrania es un dato, pero hay muchos más en otros lugares, donde hay guerra, donde hay dificultades de todo tipo. Es conmovedor, y hasta emocionante, contemplar a Jesús en el desierto. Es conmovedor contemplar a Jesús en el desierto y sometido a la oscuridad; a las crisis de oscuridad, de angustia; y, a la vez, a la escucha de lo que Dios quiere de Él.

Jesús sometido a la tentación, como un hombre cualquiera. Jesús es tentado como nosotros. Y se siente también en un conflicto interno. La tentación es una experiencia permanente del ser humano. Y, sobre todo, las tentaciones del tener, del poder y de la gloria. La evidencia de esta guerra sin sentido de Ucrania es la experiencia de la tentación de tener, de poder y de gloria.

Y el evangelista nos dice que Jesús estuvo todo el tiempo en el desierto sin comer, y sintió hambre. En la debilidad es como entra también la tentación en nuestra vida.

Yo os pediría tres cosas. En primer lugar, dejémonos hacer la misma pregunta que le hicieron a Jesús: «Si eres hijo de Dios…» Se trata de hacernos dudar de esto, como se trataba de hacer dudar a Jesús de su condición de hijo de Dios. La tentación más grave de la vida es precisamente esta: dudar de que somos hijos de Dios; de que somos amados por Dios. Aquella expresión que Dios mismo le dice al Señor, «Tú eres mi hijo amado», ahora se convierte en el fondo en una tentación para Él: si eres hijo de Dios; muestra en el fondo que eres hijo de Dios. Dejémonos hacer la misma pregunta. ¿Acaso dudáis vosotros que sois hijos de Dios? Hagámonos esta pregunta: si eres hijo de Dios…

Las tentaciones son tremendas. Las tentaciones son tremendas. Dudar de que somos hijos. Y, por lo tanto, de que somos hermanos. Esa duda, ese olvido de que somos hijos de Dios, trae las consecuencias que nosotros estamos viviendo en la humanidad: la guerra entre hermanos, la ruptura, el matar al otro hermano para conseguir lo que fuere a costa de la vida del otro… Pero somos hijos de Dios. Y todos los hombres son hijos de Dios.

Y la oración que salió de los labios de Jesús, y que tantas veces repetimos en nuestra vida, nos hace vivir en la vida reconociendo el título real que tenemos: hijo. Hijo de Dios. Y las consecuencias que tiene este título: soy hermano de todos los hombres. Y no puedo maltratar absolutamente a nadie, porque también es hijo de Dios. Y el hijo de Dios no maltrata: cura, rehabilita, entrega, sirve… pero también… Primero está la duda de lo que somos. Y esta es una duda que está entrando en esta humanidad en la que vivimos. Cuando se retira a Dios de la vida y de la historia, y no queremos saber nada con Él, llega un momento en el que el ser humano olvida quién es, a quién pertenece, a quién se debe… Olvida que el otro es su hermano. La importancia de Dios en la construcción de la historia personal de cada uno, y de la historia colectiva, es fundamental. Dios nos es alguien secundario, porque su presencia en mi vida y su paternidad hace que no me pueda olvidar de que el otro es mi hermano.

Dejémonos hacer la misma pregunta: «Si eres hijo de Dios…» Y lo somos. Dios me ama. Dios me quiere. Dios me ama entrañablemente. Y, me ama tanto, que lo único que quiere es que el amor que Él me da, se lo regale a quien tengo a mi lado.

En segundo lugar, aparece otra tentación, que es el querer manipular a Dios. Usar a Dios. Como tiene poder, usarle. Pero para mi servicio. «Si eres hijo de Dios, di que esta piedra se convierta en pan». Propone a Jesús que ponga las fuerzas para satisfacerse a sí mismo; que utilice a Dios en su beneficio. Es la tentación de querer satisfacer los deseos, las apetencias… Manipular a Dios. Querer manipular a Dios. Todo el día le estoy pidiendo: haz esto. Pero para manipularle… En el fondo, es para mí. La tentación aquí es que le pide que haga uso del poder mesiánico en beneficio propio. No manipulemos a Dios. No manipulemos a Dios. El poder de Dios, que me lo regala a mí, su poder, es para amar, para servir. No para utilizar a nadie. No para hacer gestos grandilocuentes. No. Es para hacernos crecer mutuamente, los unos a los otros. No manipulemos a Dios. Dejemos que Dios se acerque a nuestra vida. Que entre en nuestra existencia.

Y, en tercer lugar, no busquemos solo nuestra gloria, o el poder. Jesús responde a una tentación grave. Él ha rechazado por una parte el dudar. La duda. Él es el hijo de Dios. Ha rechazado manipular a Dios, ponerlo a su servicio. Y ahora viene una tentación más grave. Ahora le propone: «Tú tienes el poder absoluto. Tú mandas». Y lo lleva a lo alto. Y le muestra los reinos del mundo. Y le dice: «Todo esto te doy, y la gloria de todo esto, si te arrodillas ante mí». El poder absoluto… Buscar la gloria y el poder. Todos los reinos.

«Todo te lo doy, si me adoras». Es la tentación de la ambición de poder. En cualquiera de sus formas. El poder en cualquiera de sus formas. Ya veis a dónde lleva el poder: a la opresión de los demás.

La experiencia de la humanidad, y la personal, nos pone de manifiesto la corrupción a la que puede llevar la ambición de poder. Por eso, la respuesta de Jesús es tajante: «Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo darás culto». Jesús no ha venido a este mundo para decir que el mundo solo se humaniza con la fuerza del poder. Jesús ha venido a este mundo para decirnos que este mundo se humaniza con la fuerza de Dios. Le proponen una manifestación apoteósica, triunfal, espectacular… «Realiza un acto impactante, que todo el mundo vea quién eres. Demuestra que tienes a Dios de tu parte, que eres más que nadie». Es querer triunfar en la vida a costa de lo que sea. La respuesta de Jesús es contundente. Está llena de sabiduría, y corta de manera radical con la tentación de dejarse llevar por el protagonismo.

Queridos amigos: estas tentaciones que aparecen en el Evangelio que se proclamará el domingo, y que hemos proclamado aquí, en esta oración, nos ayudan a descubrir cómo Jesús experimentó en su propia carne la fuerza de la tentación. Pero Jesús eligió la fuerza de la docilidad a Dios. Jesús se abre camino abriendo un camino de una liberación más profunda. Más profunda.

¿Quién podrá liberarnos a nosotros de las fragilidades, de las heridas? ¿Quién? Solo Nuestro Señor. Apoyados en Él, también nosotros podemos vencer todas las tentaciones.

Hoy podríamos preguntarnos: ¿cuáles son mis tentaciones? ¿Qué es lo que me separa de lo esencial de mi vida? ¿Qué es lo que me separa? Podemos decirle al Señor: Señor, tú conoces mis fragilidades. Que tu gracia nos fortalezca. Que volvamos a ti de todo corazón. Que sintamos el gozo de mirar de cara y de frente a quien ha hecho todo lo que existe. Que, en definitiva, te miremos a ti. Que te miremos de frente, Señor. Tú eres el camino. Eres la verdad y eres la vida. En este desierto en el que estamos nosotros -crisis, oscuridades- te escuchamos a ti; no dudamos de que somos hijos de Dios. No queremos manipular a Dios: queremos escucharle. Y queremos decirle: entra en nuestro corazón y en nuestra vida. Entra. Y quiero ponerme a tu servicio para, en este mundo, manifestar tu gloria y tu poder, que no tienen nada que ver con los poderes de este mundo. Tu gloria es nuestra gloria, Señor.

El Señor nos ha dado una oportunidad en este inicio de la Cuaresma. Vayamos al desierto. Abrámonos a Dios. Veamos qué es lo que mueve nuestra vida. Sintamos el gozo de ser hijo de Dios en el hijo, en Jesucristo, como Jesucristo, siguiendo las huellas y los pasos de Jesucristo, y sabiendo que el Señor siempre, siempre, nos acompaña. No nos deja solos. Y en ese camino, según Él, encontramos la felicidad, porque vemos que no la buscamos solo para nosotros mismo, sino para los demás. Que así comencemos la Cuaresma.

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