Catequesis

Martes, 19 abril 2022 13:23

Vigilia de oración con jóvenes – vía crucis de jóvenes cofrades (1-04-2022)

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Hemos hecho este camino con Jesús, acompañando al Señor en ese itinerario de los últimos momentos de su vida. Y quizá hemos podido sentir en nuestro corazón lo que Dios es capaz de hacer por cada uno de nosotros. Hemos proclamado hace un instante el Evangelio del próximo domingo. Hay unas palabras de Jesús que sobresalen sobre todas las demás: «Tampoco yo te condeno». Necesitamos todos nosotros escuchar por dentro, en lo más hondo, estas palabras pronunciadas por Jesús a la mujer sorprendida en adulterio. «Tampoco yo te condeno». Es decir: «yo te comprendo y te acojo tal como estás. Porque te amo». ¡Qué fuerza liberadora encierran estas palabras de Jesús!.

A mí me gustaría que esta noche, en esta adoración de la cruz, cada uno de nosotros oyésemos estas palabras. «Tampoco yo te condeno». Fijaos que Jesús irrumpe. Irrumpe ante un grupo y una mujer, quizá medio desnuda, y la ponen delante de Él. Están hablando de lapidarla y de matarla. Ella se siente culpable y avergonzada; tiene miedo a la muerte. A esta mujer la acusan en nombre de la ley de Moisés. Los que la condenaban le dicen a Jesús: «Esta mujer ha sido sorprendida en adulterio. ¿Tú qué dices?». Queridos hermanos: aquí, en esta pregunta, está el meollo del pasaje evangélico que este próximo domingo vamos a escuchar. «¿Tú qué dices?». «¿Tú qué dices?». En el fondo, quieren exigir a Jesús que se pronuncie sobre esta mujer que ha sido sorprendida. Va contra la ley de Moisés.

La pregunta es comprometida para Jesús. El Señor se inclina en el suelo. Jesús –qué bonito es esto–, ante el pecado, se inclina. Se pone al nivel de aquella mujer pecadora. El que se incline significa que es el único que se pone a su nivel para escucharla y comprenderla, porque todos los demás, que son igual que ella, pecadores, no se han puesto a su nivel. El Señor nos invita a ponernos al nivel de quien está caído, derrotado, deprimido. Es un gesto cargado de simbolismo.

Y, como insisten en preguntar a Jesús, Jesús responde de esta manera excepcional: «El que de vosotros esté sin pecado, que tire la primera piedra». Que empiece a tirar la primera piedra. Jesús, con esta expresión, está proclamando la verdad del ser humano; la verdad del corazón humano. «Aquel de vosotros que esté sin pecado». Jesús nos quita la máscara. Jesús nos pone frente a la propia conciencia y a la propia verdad. Y ante Jesús, y ante esta pregunta, aquellos hombres se encuentran desnudos. No solo se les caen las piedras de las manos, sino que también se les caen las máscaras, la aureola, la imagen de apariencia que tienen, porque son pecadores también. Como todos. Al oír aquello, se fueron escabullendo. Cada uno para un sitio. Nos dice el Evangelio que comenzaron los más viejos, porque también, por larga vida, habían pecado más. También son egoístas y adúlteros.

Esta noche, aquí, ante la cruz, tendríamos que preguntarnos si somos tan buenos como para permitirnos juzgar a los otros duramente. Jesús miró a aquella mujer y le dijo: «¿Dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado?». Aquella mujer le dijo: «Ninguno, Señor». «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más». «Tampoco yo te condeno». Son las palabras que nos dice el Señor a nosotros esta noche, adorando la cruz, cuando Él dio la vida por nosotros. «Tampoco yo te condeno». Te comprendo. Comprendo tus vacíos... existenciales, afectivos. Comprendo el sufrimiento que hay detrás de tu soledad, de tu insatisfacción, incluso de las necesidades humanas que tienes y no las puedes cumplir.

Es increíble. Resulta que donde nosotros vemos el pecado, Jesús descubre un sufrimiento. Un grito de soledad. Es el único que puede ver lo hondo de nuestro corazón. «Yo tampoco te condeno». Es precioso esto hoy, queridos amigos: mirando a la cruz, mirando lo que ha hecho por nosotros este Dios que se ha hecho hombre para darnos vida, es impresionante. Jesús no nos condena. Hay amor y ternura: «Yo tampoco te condeno». Jesús, como Él mismo nos dice en el Evangelio: «No he venido a condenar. He venido a salvar. Y yo os salvo con mi amor».

El rostro de Dios es el que nos revela a Jesús. ¿Quién nos enseñará a mirar hoy a cada ser humano con la mirada de Jesús? ¿Quién nos lo enseñará? Solo Él. Por eso, yo os agradezco a los cofrades jóvenes que habéis venido de todas las Cofradías a hacer este vía crucis, en este viernes primero donde hacemos la oración de los jóvenes, os agradezco que hayáis venido y vuestra entrega, también, y vuestra misión de hacer una expresión pública de la fe, y de prestar vuestra vida. Pero todos los que estamos aquí, esta noche, hemos tenido un regalo. ¿Quién me enseña a mirar hoy a los seres humanos? ¿Quién? Solo Jesús. Solo con la mirada de Jesús. Solo una mirada de amor y de ternura puede cambiar este mundo.

Las miradas que hoy se siguen dando en Ucrania por parte de quienes están militando y haciendo posible que exista la guerra, no son las miradas de Jesús. Son otras miradas. Las miradas que a veces vemos nosotros mismos, no son las miradas de Jesús. ¿Estamos dispuestos a acoger esta mirada de Jesús?

Yo os quiero acompañar, como vuestro obispo y como vuestro pastor. Os quiero acompañar a hacer esta mirada. Y lo que Dios me dé. Gastaré mi vida para ver si podemos juntos hacer esta mirada: la mirada de Jesús. Es verdad: somos frágiles. Pero, ante la solidez del amor de Jesús, nos hacemos fuertes. Nos volvemos a Él para decirle al Señor, y lo hacemos aquí hoy, ante su cruz: «Señor, en medio de dificultades, de penas íntimas, de culpabilidades también, esta noche venimos aquí, a la catedral, para dejarnos mirar por ti. Y quizá donde mejor vemos que nos miras, y hasta dónde has llegado a mirarnos, es ante la cruz. Míranos con tus ojos de amor y de ternura. Mira a la diócesis de Madrid; a cada uno de los que vivimos en este territorio; a los que creemos y a los que quizá están lejos de ti y no creen; a los que tienen dudas. Míralos. Hazles caer en la cuenta de tu amor. Haznos hacer en la cuenta de tu amor».

Amén.

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